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En este artículo –escrito en 1974– el presidente del FIP y director de "Izquierda Nacional" pinta magistralmente los extravíos teórico-políticos de la izquierda peronista y los vincula a su naturaleza pequeño burguesa. Recuerda que Perón es, a la vez que jefe bonapartista, caudillo popular y gran patriota, el representante de la burguesía nacional y las burocracias sindical y militar. De allí derivan tanto su progresividad histórica como sus limitaciones políticas. Para Ramos, reclamarle "socialismo" a Perón significa no comprender la naturaleza del peronismo y conduce a caer en manos de la oposición gorila renunciando a construir un partido revolucionario dentro del ancho cauce de la Revolución Nacional antiimperialista. (Nota de la IN)
(Revista "Izquierda Nacional" N°29, mayo de 1974)
La vida política del peronismo gira hoy alrededor de dos problemas: uno de ellos es la crisis manifiesta de la juventud peronista y el otro la tentativa sistemática de la burocracia sindical por ganar posiciones gubernamentales en vista al fortalecimiento del llamado “partido isabelino” ante una eventual desaparición, enfermedad o renuncia del general Perón.
Consideremos en este artículo a la juventud peronista. Recordemos que el peronismo no contó nunca, desde 1945, con una juventud organizada como tal. Naturalmente, eran jóvenes los trabajadores del 17 de Octubre; pero la clase obrera no se clasifica con denominaciones "generacionales", pues un obrero se integra desde niño a la producción; sus ideales no tienen edad. La "generación" es un concepto y una actividad típicamente pequeño burguesa. Como, por lo demás, la juventud peronista hizo su aparición en las postrimerías de la dictadura militar del general Lanusse, resulta necesario evaluar el verdadero sentido de su crisis. Ya hemos dicho en esta revista y en la prensa del FIP que la clase media, al sufrir los golpes de la crisis política y social derivada de las convulsiones de la sociedad oligárquica, en particular a partir de 1955 y 1966, fue derivando lentamente hacia posiciones nacionales. Llamamos ya hace ocho años a esa evolución, la "nacionalización" de la pequeña burguesía. Hacia 1972, cuando los movimientos de masas iniciados en Corrientes, Córdoba, Tucumán y otras provincias, despojaron de viabilidad a la dictadura de los comandantes, una parte de esa pequeña burguesía, generalmente hija de padres gorilas y cuyos miembros, en algunos casos, procedían directamente de la izquierda cipaya, se desplazó hacia el peronismo, bajo la forma del "frejulismo" o "camporismo".
El 11 de marzo fue su triunfo, pero no exactamente el triunfo de Perón. La pequeña burguesía de tradición liberal, arrastrada, ¡quién lo diría!, al campo de la revolución nacional, se sintió mucho más representada por el gobierno de Cámpora que por la perspectiva, en ese momento ilusoria, del retorno. Perón era una figura legendaria, de ribetes ambiguos, que redimido de sus errores por la crueldad de una larga proscripción, parecía hundirse en un glorioso crepúsculo. Los jóvenes abogados de Cámpora, mientras tanto, libertaban presos, invitaban a Dorticós y Allende y nombraban a Puiggrós interventor de la Universidad de Buenos Aires. Ese peronismo que hablaba de la perspectiva del socialismo nacional desde la Casa de Gobierno tenía para muchos la ventaja extra de ser u peronismo sin Perón. Se trataba de un producto histórico atrayente, pero no era el peronismo genuino.
Cuando Perón regresó al país el 20 de junio, la masacre de Ezeiza puso de relieve que en esta etapa de su gestión, Perón sólo confiaba en los peronistas viejos, en los jerarcas sindicales sin representatividad pero que, de todos modos, tenían el control efectivo de los sindicatos, en los hombres del pasado que, aunque no le habían sido leales, estaban, por eso mismo, en la hora del poder, a su merced, dispuestos a obedecer ciegamente sus indicaciones. El vandorismo sindical que intentó hace diez años socavar la influencia de Perón, es hoy el núcleo dirigente de la CGT. Los neoperonistas más propensos a pactar a espaldas de Perón con el régimen de Buenos Aires, como Martiarena, de Jujuy y Juárez, de Santiago del Estero, son puntales del régimen.
Si en el actual elenco de Perón se mueven hombres de indiscutible trayectoria nacional-democrática poco inclinados a mirar con simpatía a los pistoleros, en la juventud peronista, cuyos dirigentes en su mayor parte proceden de la izquierda cipaya o de la derecha pro-fascista, también hay una base muy amplia de pequeña burguesía realmente nacionalizada y poco dispuesta a regresar a la "oposición democrática".
Basta leer los discursos de Firmenich y otros dirigentes de Montoneros o JP en el acto del 11 de marzo (que recuerda el triunfo de Cámpora, mientras que el triunfo de Perón fue el 23 de septiembre) para advertir que los militantes de la Juventud Peronista se encuentran decepcionados, abrumados y presa de desesperación por la política que Perón ha emprendido desde su regreso el 20 de junio del año pasado.
"¿Qué pasa, mi general?", preguntan. Este ingenuo interrogante revela la incomprensión de esta juventud peronista acerca de la verdadera naturaleza del peronismo y su poca disposición a aceptar al peronismo tal cual es: pretenden "reencauzarlo", "devolver el gobierno a Perón". ¡Como si Perón no fuera el responsable del cauce actual, como si Perón no estuviera en el gobierno, como si Perón fuese prisionero de los cortesanos! ¡Hay en esta perplejidad algo de insincero, puesto que los dirigentes juveniles advierten con claridad que cada día resulta más difícil usar a Perón con la soltura con la que los americanos rebeldes empleaban la "máscara de Fernando" para legitimar sus aspiraciones.
Basta señalar la estrecha vinculación entre la Juventud Peronista (regional I) con la tendencia alfonsinista del radicalismo y con la Federación Juvenil Comunista, para concluir que una parte del peronismo juvenil está derivando hacia la "oposición" de la Unión Democrática. Si a esto se agrega que otros sectores de la misma juventud (Montoneros y afines) excusan a los grupos del ERP por sus actividades terroristas, el cuadro es perfectamente claro. Juventud pequeño burguesa, integrada por muchos elementos procedentes de la izquierda cipaya, se ha hecho peronista; y pretendió que Perón se hiciese socialista.
Así como la pequeña burguesía en otra época definía a Perón como nazi, sus hijos aspiraban a idealizarlo como izquierdista. Pero en ambos casos se trata de un error. Perón no era ni una cosa ni la otra. La dificultad para comprender la cuestión nacional desde el punto de vista socialista, cerró a la juventud pequeño burguesa del 11 de marzo la posibilidad para entender la naturaleza social del peronismo y la significación del rol de Perón. Jefe bonapartista, caudillo popular, gran patriota, Perón no por ello deja de encarnar los intereses de los sectores burgueses de capital nacional, tanto como los de la burocracia civil, policial, sindical y militar. Sus enfrentamientos o rasgos de independencia frente al imperialismo fluyen de esta caracterización, que la Izquierda Nacional y Popular ha formulado hace treinta años y que los jóvenes peronistas de hoy, como los jóvenes de la FUA de ayer, persisten en ignorar. Pero la clase obrera empieza a comprenderlo.
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