|
(Extraído de “Izquierda Nacional” N° 44, marzo de 1976)
A mediados de los años setenta la Izquierda Nacional incorporó la problemática de la emancipación femenina a la reflexión teórica sobre la emancipación nacional y social latinoamericanas. La compañera Faby Carvallo, junto a otras dirigentes destacadas de la corriente como María Isabel Constenla, tuvo un rol protagónico en la tarea de concientizar a una militancia todavía impregnada de prejuicios machistas. En este artículo se propone elaborar una política feminista en el marco de la acción revolucionaria orientada al socialismo, pero que parta de la experiencia abierta por Evita durante el gobierno peronista. Faby permaneció fiel hasta el final de sus días a la causa del marxismo latinoamericano que abrazó en su juventud. En sus últimos años, acompañó a los militantes que intentaron evitar que el MPL fuera absorbido por la contrarrevolución menemista. (Nota de IN).
(...) El carácter bonapartista de los gobiernos peronistas al practicar una justicia social distributiva y reparadora, adquiere particular significación en la figura y la acción de Eva Perón. Símbolo de la mujer del año 40, feminista, agresiva y desprejuiciada, en ancas de la revolución nacional impulsa el acceso de las mujeres a la política, el derecho al voto, el reconocimiento por igual de todos los hijos, la igualdad de salarios y el derecho a contraer nuevo matrimonio, luego derogado por la restauración oligárquica.
Su concepción del Partido Peronista Femenino fue una particular forma de tratar de combinar las reivindicaciones feministas con las tareas revolucionarias que se propuso el peronismo: "Así como los obreros sólo pueden salvarse a sí mismos... también pienso que únicamente las mujeres serán la salvación de las mujeres. Allí está la causa de mi decisión de organizar el partido femenino fuera de la organización política de los hombres peronistas". Constreñida por los límites de la política burguesa del peronismo, sólo pudo crear una rama femenina dentro del partido gobernante, consolidando así, sin proponérselo, la segregación política de las mujeres y su sometimiento al aparato burocrático machista del peronismo.
Feminismo y partido
Sólo un partido revolucionario que no tema al porvenir y se plantee la transformación socialista de la sociedad en que vive puede asumir las banderas de la liberación femenina. Sólo un partido que no se proponga solamente la socialización de los medios de producción, sino la participación total de hombres y mujeres en la conducción y realización de la revolución, puede asumir las banderas del feminismo. Sólo un partido revolucionario que frente a la crisis de la familia patriarcal esté dispuesto a extraer del conjunto de la sociedad el reparo y afecto que cada individuo -hombre y mujer- necesita para vivir, está en condiciones de asumir las banderas del feminismo. Sólo un partido revolucionario que no se conforme con romper los tabúes ideológicos sino con los estereotipos sexuales, puede blandir las banderas del feminismo. Sólo un partido revolucionario que se plantee como objetivo final una sociedad donde todas las mujeres y los hombres lleguen a ser padres de todos los niños, puede agitar las banderas del feminismo.
Pero si bien el feminismo es un fin estratégico del socialismo ya que afecta a la identidad de la mitad de la humanidad, su aplicación en América Latina tiene características muy particulares. La historia de la liberación de los pueblos coloniales y semicoloniales nos demuestra la participación de las mujeres en todos los niveles de la lucha militar y política, en el gobierno y los sindicatos, en la conducción y en las bases. Su participación es total. Pero también nos demuestra que a la hora del reflujo, de la contrarrevolución, las mujeres vuelven a ocultar su rostro bajo el velo y bajan la cabeza para retornar al mundo estrecho y agobiante de la cocina y la cama, mascando una derrota que las desgarra entre la contradicción y las culpas.
En el caso particular de Cuba una vibrante revolución reclama a las mujeres para que ocupen su lugar en el ejército de la producción, pero el llamado rebota contra tradiciones fuertemente arraigadas que solamente serán superadas en el momento preciso en que las mujeres asuman por sí mismas la conciencia de su liberación.
Nosotras las argentinas tenemos la misma raíz hispanocatólica de las cubanas en una sociedad igualmente machista y conservadora.
La marea revolucionaria puede elevarnos tanto como nuestra propia historia ya lo ha señalado, pero también puede devolvernos al abismo de la cotidianeidad apenas los hombres den por terminada la lucha. Sólo la conciencia de que somos personas y no ciudadanas de segunda clase, puede salvarnos.
Sin embargo, el partido que en nuestro país se proponga ganar y consolidar la batalla por la liberación nacional no podrá prescindir del 50 por ciento de la población y deberá asumir necesariamente las banderas del feminismo ya que nuestra condición de doblemente explotadas nos transforma a la vez en la doble garantía de la victoria, pues el futuro es nuestro rehén.
Esta visión estratégica del feminismo implica una política específica atendiendo a las reivindicaciones que atañen a todo el sexo femenino y a las peculiaridades de cada sector y cada clase con sus limitaciones y sus posibilidades. El partido revolucionario que asuma las banderas del feminismo en nuestro país ha de tener una voz tan alta como los sectores de la sociedad que empuja, y tan ancha como los costados del país.
|