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Tejas, Nuevo México, Colorado, Arizona, Nevada, Utha y California —hoy suelo yanqui— fueron, desde siempre y hasta ayer, patrimonio de México. Ello explica la toponimia hispánica de dichas comarcas y la población, predominantemente “chicana”. Son casi 2 millones de km2 los fagocitados por el Coloso del Norte. Lo logra mediante un “negocio” hecho con dólares y sangre. El botín es una superficie equivalente a Argentina. Con ella el Tío Sam se convierte en bioceánico. La teoría del Destino Manifiesto se inaugura al amputar el 50% de su territorio al país de Octavio Paz ¿Podrá ahora sorprendernos el estrangulamiento —a pausa— de Cuba? ¿O la invasión a Panamá con el secuestro in situ de su Presidente de la República? Aquí ese imperialismo —con diversos disfraces- desestabiliza a Allende y, con el pretexto de los DDHH, chantajea a Pinochet. La estafa frutera y la persecución a Cardoen son teclas del mismo piano... Desde otro ángulo, es sospechoso cómo los manuales escolares eluden referirse a aquella ola expansionista. Callan también las cátedras de Historia de América de las Universidades ¿Será que becas y grants —made in USA— silencian a los académicos? Por amnesia o soborno ese acto violatorio de la soberanía del Estado azteca ha sido acallado.
Joel R. Poinsset —quien fuera asesor de José M. Carrera en los albores de nuestra Independencia— es el agente que prepara el operativo. Implica “vender” la doctrina federativa y estimular las querellas intestinas. Simultáneamente se domicilian como pacíficos colonos centenares de estadounidenses en Tejas. Aprovechando el desgobierno, estos inmigrantes, en 1836, proclaman la Republic of Texas. Pronto el nuevo Estado se incorpora a la Unión norteamericana. México trata de impedirlo, pero el ejército de EUA lo derrota. Puesto el país de rodillas su capital es ocupada, pese a la heroica defensa intentada por los cadetes del Colegio Militar en el Castillo de Chapultepec. Los mexicanos, en 1848, con el Winchester en la espalda, suscriben el Tratado por el cual “ceden” al demócrata vecino, la mitad de su territorio. Marx y Engels —desde Europa— aplauden aquello como triunfo de la civilización sobre la barbarie. Las repúblicas de Iberoamérica y España permanecen inmutables ante el despojo. Pronto pagarán caro la cómoda apatía. Frente a este y otros atropellos gringos es útil releer a Gabriela Mistral. En “El grito” enseña que el gigantismo de Yanquilandia se explica por la miopía de nuestra clase política y la incompetencia del mundo hispánico para reintegrarse. Sin duda, una advertencia perdurable.
Centro de Estudios Chilenos CEDECH
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