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“He de luchar para que no sean los peronistas quienes entierren al peronismo”
Eva Perón
Falleció el 26 de julio de l952. La fecha separa dos existencias: la propia de su vida y la ajena de su muerte: la que ella forjó con su propio pellejo y la que otros recrearon con su cadáver. Plenas de peripecias, ambas diseñan una travesía aventurada que aún no ha concluido. La presencia de Evita parece carecer de punto final mientras exista la in justicia social y la rebeldía para suprimirla…
…Para muchos reaccionarios Evita era una resentida que quería cambiar la sociedad porque no podía modificar su pasado. La agria apodíctica de Max Scheler (El resentimiento en la moral) brindó las razones básicas para explicar la conducta de una mujer metida con prepotencia en la política de los hombres. Como fuente local se eligió el pesimismo telúrico de Ezequiel Martínez Estrada (¿Qué es esto?) proveedor de una pesada carga de desdén. Pero las explicaciones psicologistas de los fenómenos sociales suelen quedarse sin lo más sustancioso. No se vincula la herida personal con el volver a sentir de una clase emergente de la necesaria memoria de los agravios padecidos. Ella sabía que en el rechazo que generaba anidaba la resistencia a la transformación peronista, la postura racista ente el cabecita negra, el miedo a la clase obrera.
Desplegó su actividad política como esposa de Perón, proclamando su amor al hombre que admiraba. Tomó distancia del feminismo clásico que consideraba un entretenimiento para solteronas feas y aburridas. No actuó con la independencia con que lo hicieron otras revolucionarias y pagó el precio de ese vínculo con barreras a su gestión dinaminizadora: no se armó a la CGT y los inservibles adulones terminaron disecando el aparato partidario.
David Viñas (“l4 hipótesis sobre Eva Perón”) sugiere que Evita debió haberse divorciado para lograr una mayor autonomía política. Sin embargo corresponde suponer que pudo haber sido más libre con un diferente proyecto personal. En última instancia la batalla por la emancipación femenina configura una instancia de la lucha de clases que la precede y abarca.
Perón fue el estratega del régimen bonapartista ejerciendo una conducción férrea y verticalizada. Ella menospreciaba las especulaciones y tácticas tendientes a la conservación de un equilibrio de las fuerzas. Prefería un accionar directo y frontal lejos de las conciliaciones propias de la política menuda. Pero eso no le impidió convertirse en un nexo vital entre el conductor y las masas.
La resistencia peronista primero y el montonerismo después, la visualizaron como la encarnación del ala izquierdista del movimiento. Si Perón resultaba un moderado conductor, ella fue la guerrillera más valiente. Tras la ruptura que desencadenó el retorno, como en un sube y baja, toda elevación implicaba una degradación de Perón. La valoración no sólo es injusta con él sino que además coloca a ella en un rol que no deseaba cumplir.
La profunda ajudeza de la crisis impone ahora una memoración crítica, en la medida de que lo mejor del peronismo histórico aporta un bagaje de recetas que resultan inocuas en la dramática actual. Ha desaparecido el mundo de posguerra y la Argentina no cuenta con los recursos propios de un modelo de país terminado de hundir por el justicialismo. Quedó desguazado el estado asistencialista del ciclo kesneysiano. La rama femenina del partido sufrió una burocratización tan profunda como la masculina manteniéndose inerme en el momento crucial del derrocamiento. Quedó intacto el poder económico oligárquico que supo seducir a los sectores medios con la conspiración para el golpe de 1955.
De todos modos Evita conoció al movimiento en su apogeo e ignoró su derrota. Todavía se oye en la magnitud de la plaza su crispada voz que, desde la ficción o él pasado promete regresar para ser millones. Aún le falta vivir esa vida del retorno definitivo. Pero el arribo recién se concretará en la jornada insigne en que el pueblo en lucha por un triunfo menos efímero y más profundo se adueñe de su propio destino. Ese día también quedarán desarticulados los mitos que nos alejan de la verdadera Evita: el angelical engendrado por la veneración y el diabólico gestado por la excecración. Entonces su agitada existencia múltiple hallará el sereno reposo que merece.
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