|
(Acerca de “Peronismo y cultura de izquierda” - Carlos Altamirano. Bs.As., Ed. Temas, 2001).
El conspicuo integrante del autodenominado grupo gramsciano de la revista “Punto de Vista” (que más certeramente merece llamarse juanbejustista), analiza lo que la izquierda pensó del peronismo. Se destaca la desinformación del autor sobre los orígenes de la Izquierda Nacional, y sus serias dificultades para comprender el período que se extiende desde el derrocamiento de Perón, en 1955, hasta el comienzo de la dictadura, en 1976.
El libro, pleno de desajustes interpretativos y errores señeros, ha sido propiciatoriamente recibido por los reductos profesorales académicos, lo que preanuncia su incorporación a la “lectura obligatoria” para los estudiantes de Ciencias Sociales.
Desde el inicio queda clara la temática del libro. El autor advierte que se referirá a la historia de las ideas sobre el peronismo. Durante décadas el tema ha sido —y en cierta medida continua siéndolo— la cuestión central del debate intelectual argentino. Unas veces la polémica tomó los tintes propios del combate encarnizado, y otras las formas nutritivas del intercambio, que es el tono que parece ahora preferido por Altamirano. De allí el interés que despierta la cuestión, y el libro mismo.
No se trata de un análisis exhaustivo o integral de las teorías interpretativas lanzadas a comprender el fenómeno peronista, sino tan sólo —o nada menos— que de aquellas formuladas desde la izquierda, la vieja y la nueva, la tradicional y la renovada, tal como lo hace suponer el título del trabajo.
Cabe entonces formular una pregunta ineludible: ¿qué se entiende por cultura de izquierda? La respuesta no se hace esperar: “Al hablar de cultura de izquierda me refiero a ese subconjunto de significaciones que le confirieron entidad como sector de la vida política e ideológica argentina. O sea, una terminología y fórmulas más o menos codificadas (un lenguaje ideológico), cierta fundamentación doctrinaria, valores y rituales particulares, símbolos distintivos y una memoria histórica —una narrativa— más o menos específica. En resumen, son las significaciones que se reúnen habitualmente bajo el concepto de cultura política.” (pág. 10)
Ese es el tema común de una serie de artículos que reúne el libro. Pero como suele ocurrir en este tipo de agrupamiento, emergen los problemas propios de la falta de un tratamiento unitario, que es característico de los ensayos sistemáticos. Por eso, al lector no deben sorprenderle las reiteraciones (p.e. en el tratamiento del nacionalismo marxista de cuño stalinista), unas omisiones señeras (p.e. la falta de consideración de la postura del totskysmo tradicional), ni las inclusiones indebidas (p.e. como el debate de Martínez Estrada y Sábato con el troglodismo de Borges).
No se le escapa al autor que se trata de una temática que ya ha sido abordada por Oscar Terán (“Nuestros años sesentas”, 1991) y por Silvia Sigal (“Intelectuales y poder en la década del sesenta”, 1991), en cuyos lineamientos se mueve, agregando avances que, a diferencia de las obras mencionadas, extiende más allá de 1966.
No son pocos los aciertos de Altamirano. Ha tenido en cuenta que el país y el mundo del peronismo han cambiado notablemente. Junto con ellos se transformó la izquierda, frente a novedosas circunstancias. El peronismo, por su parte, se ha desintegrado, pese a que el articulista pretende asignarle vida con las expresiones adversativas del menemismo. También es cierto que no pueden desgajarse las interpretaciones provenientes de la izquierda, del resto de la cultura nacional y de las influencias externas en ese período que, con mayor justeza, puede sindicarse entre la caída del peronismo (1955) y el derrocamiento de Isabel Martínez de Perón (1976). Es correcta la elección de los aportes de Rodolfo Puiggrós, Jorge Abelardo Ramos y Juan José Hernández Arregui como expresiones gravitantes de una izquierda nueva y de sus obras significativas de mayor influencia, respectivamente “Historia crítica de los partidos políticos argentinos” (1956), “Revolución y contrarrevolución en la Argentina” (1957) y “Formación de la conciencia nacional. 1930-1960.” (1960).
De todos modos, Altamirano no utiliza la feliz denominación que Hernández Arregui le asignara a esa corriente de izquierda nacional, prefiriendo la desacertada nominación de izquierda neomarxista, que hace suponer la existencia de una versión bajo los lineamientos de los fundadores del socialismo científico.
Pero, más allá de las designaciones, resulta necesario precisar el comienzo de interpretaciones que no vieron en el peronismo una simple variante del totalitarismo europeo de derecha. En la obra glosada puede leerse: “Las interpretaciones del peronismo que se ofrecerían como alternativas a las que habían proporcionado los partidos de izquierda tradicional proliferaron después de 1955”. (pág.61). Pero, en realidad, habían tenido origen mucho antes. Un núcleo trotskysta brindó una interpretación diferente del peronismo a la proporcionada por los líderes socialistas, comunistas y trotskystas, durante el desarrollo mismo de los acontecimientos cruciales de octubre de 1945. Frente Obrero de Aurelio Narvaja, Enrique Rivera y otros) y Octubre (de Jorge Abelardo Ramos, Mauricio Prelocker y otros), encuentra los precursores directos de la izquierda nacional en los núcleos revolucionarios que combatieron el ingreso de nuestro país en la segunda guerra mundial como lo hacían los yrigoyenistas de FORJA: “Esta tendencia socialista revolucionaria publica, en el período que media entre los prolegómenos de la guerra imperialista y los primeros años del peronismo, diversos periódicos y revistas: Inicial, Frente Obrero y Octubre son los más importantes. Desde sus páginas se descifra la condición semicolonial del país, la filiación histórica de sus partidos políticos, el papel de las clases sociales y la naturaleza de la cultura dependiente. En ellas escriben Enrique Rivera, Aurelio Narvaja, Angel Perelman, Hugo Silvestre, Jorge Abelardo Ramos y otros. En la hora crucial de 1945 serán los únicos en apoyar la revolución popular peronista, y en dar una acabada interpretación histórico-social de la misma. Mientras el socialismo cipayo y el comunismo soviético de aliaban con la oligarquía y con le imperialismo en la célebre Unión Democrática, se demostraba en los hechos que era posible y respondía a una profunda necesidad histórica, la emergencia de un pensamiento y de una política socialista, criolla y revolucionaria. En 1945, y junto al inicio de la Revolución Nacional, este pensamiento adquiere carta de ciudadanía y gravitará en los sucesivo en todos sus avatares”. (“Izquierda Nacional y socialismo criollo”, Bs. As., Mar Dulce, 1985. p.12).
Además, en el seno mismo del Partido Comunista no fue aceptada pacíficamente la adhesión a la coalición bajo la consigna de “batir al naziperonismo” lanzada por Victorio Codovila, a finales de 1945. Rodolfo Puiggrós sometió la tesis a una dura crítica, lo que le valió la expulsión al año siguiente.
En el terreno del socialismo tradicional hubo que esperar un tiempo más prolongado para que se produzca una escisión de importancia, como la que encabezó Enrique Dickmann, y se concretó en la fundación del Partido de la Revolución Nacional (1953).
Como consecuencia de todo ello, hacia 1955 lo que se dio en llamar la izquierda nacional presenta diversas fuentes de procedencia. Unos vienen del comunismo (Puiggrós y Artesano), otros del trotskysmo (Ramos y Estaban Rey) o de corrientes nacionales (Hernández Arregui y Cooke). La existencia de matices diversos no les impidió confluir en una crítica de la izquierda nacional anquilosada en un cerril antimilitarismo y en un estéril anticlericalismo. También coincidieron en elaborar una concepción renovada de la historia argentina y de la realidad contemporánea, desde una óptica latinoamericana, lo que les permitió reivindicar movimientos populares como los liderados por Yrigoyen y Perón.
Las cuestiones políticas que generaron las discrepancias tampoco salen a relucir en la obra de Altamirano. Aspectos cruciales de la caracterización del movimiento emancipatorio, y muy particularmente el rol que en el mismo se le asignaba a la clase obrera, concretarán el núcleo de los desacuerdos. ¿Cómo debía lucharse por la liberación nacional y social? ¿Desde dentro o fuera del peronismo? ¿Era posible la constitución del partido que encarnase la independencia política del proletariado o había que constituir un polo socialista dentro del frente nacional antiimperialista? Puiggrós y Hernández Arregui sostenían que la lucha debía darse en el peronismo mismo. Ramos y Spilimbergo pensaban entonces que era necesario fundar un partido socialista nacional y revolucionario.
El artículo sobre Montoneros tampoco abarca en su integridad la problemática generada y enfrentada por esa corriente. Nada se dice, en cambio, sobre las restantes organizaciones. Todo ello configura un cuadro amplio de ausencias que debilitan el intento, con lo que el prometido avance sobre los años no tratados por Sigal ni Terán resulta parcial e insuficiente.
En definitiva, son muy importantes las carencias, pero no pueden volcarse sobre el autor que merece ser juzgado por lo que él encaró. Prefirió consideraciones moderadas, de corte profesoral, sin definiciones rotundas, todo lo cual impide al lector conocer qué piensa ahora del peronismo este antiguo opositor. El relato expositivo predomina sobre los cuestionamientos, eludiéndose una visión crítica de las lecturas diversas del peronismo que fueron produciendo tanto la izquierda tradicional como la nueva izquierda, que nació antes de lo que Altamirano supone.
|