AMÉRICA LATINA / ARGENTINA | Artículo de marzo de 2006
La destitucion de Ibarra es un triunfo del campo popular
IN capital federal
 

La tragedia de Cromañón, que no fue un accidente sino el resultado de la imprevisión, la desidia y la corrupción de un sistema político cuyo jefe porteño era el play boy progresista Anibal Ibarra, tuvo tal magnitud que los números espantan: en sólo un rato murieron casi tantos adolescentes como los que la dictadura de Videla, según el informe “Nunca Más”, mató a lo largo de siete años (194 contra 250). Tal vez por eso, y porque los familiares de las víctimas resistieron con admirable coraje el hostigamiento del ibarrismo y sus aliados kirchneristas, los diputados de la Sala Juzgadora, por abrumadora mayoría, no tuvieron más remedio que mandar a Ibarra a su casa (era demasiado pedir que lo mandaran a donde debería ir: a la cárcel).

Anibal Ibarra, a despecho de su mediocridad intelectual y de la frivolidad que emana su figura, es uno de los personajes más siniestros y emblemáticos de la era partidocrática inaugurada en la política argentina a partir de la derrota de Malvinas y la irrupción del alfonsinismo. No hace falta rememorar su participación en el gobierno aliancista de De la Rua y Chacho Alvarez para constatarlo. Basta con enumerar las maniobras de auto-salvataje a las que echó mano desde que supo que la muerte de 194 pibes amenazaba con poner fin, de manera lamentable, a su carrera política:

1)            El miserable intento de comprar el silencio de los familiares de las víctimas asignándoles una suma de dinero (operación que resultó exitosa con una minoría ínfima de familiares).

2)            El no menos miserable intento de acusar al fallecido hijo de José Iglesias, uno de los principales portavoces de los familiares, de haber tirado la bengala en la noche trágica

3)            El montaje de un plebiscito tramposo, que fracasó por falta de participación popular, con el que quiso perpetuarse en el cargo, en vez de hacerse cargo y renunciar.

4)            La politización de la tragedia con un sentido perverso y autoexculpatorio, atribuyendo a los familiares y a los sectores populares que los acompañaban el ser manipulados por la derecha macrista.

5)            El chantaje emocional de la población, alquilando los servicios de Strassera, Carlotto y otros personajes que el imaginario colectivo asocia a los derechos humanos, para erigirse en víctima de una supuesta conspiración fascista (¡hasta se comparó con los judíos perseguidos por Hitler!, un recurso que le valió el repudio de miembros de la comunidad judía no ligados al lobby sionista).

6)            La malversación de fondos públicos para financiar un despliegue publicitario que abarcó desde pegatinas de carteles y solicitadas millonarias, hasta la organización de actos callejeros con la participación forzada de los funcionarios y empleados municipales.

7)            La aplicación de la política “borocotista” consistente en apretar o tentar con todo tipo de prebendas a los diputados de la Sala Juzgadora (operación que resultó exitosa con Beatriz Baltroc, una amiga de Chacho Alvarez y del kirchnerista Miguel Bonasso)

8)            La falta de pudor que lo impulsó a burlarse del dolor de las víctimas, y de los los mecanismos institucionales por los que derrama lágrimas de cocodrilo, asistiendo a cuanto ceremonial del Estado hubo mientras duró su separación del cargo (el más reciente: acto inauguratorio del ciclo lectivo).

Resulta ocioso, a esta altura, seguir discutiendo sobre la responsabilidad política de Aníbal Ibarra (y no sólo de Aníbal Ibarra, sino del gobierno por él encabezado en su conjunto). Ha sido probado que la tragedia no habría ocurrido si el sistema de corrupción y coimas montado con la aquiescencia del propio Ibarra y de sus amigos y familiares no hubiera permitido a Chabán mantener abierto un local que no cumplía con las condiciones requeridas para su habilitación. Resulta inútil, también, intentar convencer a toda la red de funcionarios y empleados ibarristas, que en definitiva no hacen más que defender sus fuentes de trabajo y sus abultados salarios, de que el mentado “golpe institucional” sólo ha existido en la cabeza de los estrategas “progresistas” de la acción psicológica. Lo que importa, en cambio, es poner de manifiesto la extraordinaria importancia que la destitución de Ibarra adquiere para el próximo período.

Durante dos décadas, el régimen partidocrático inaugurado en 1983 constituyó una prisión institucional y conceptual para los sectores populares. Los mismos que en 1976 habían promovido y apoyado el golpe militar que desató una feroz represión sobre los sectores populares, y particularmente sobre su vanguardia revolucionaria (el conjunto de activistas, militantes, delegados fabriles, líderes barriales y estudiantiles, etc), con el objeto de quebrar la resistencia a la implementación de un programa económico-social reaccionario y antinacional, fueron los que emergieron en 1983 envueltos hipócritamente en las banderas de la democracia y los derechos humanos. ¡Sólo un análisis histórico emancipado de los lugares comunes de la ideología demoliberal podría explicar cómo fue posible que el partido político que había sido la base de sustentación civil que tuvo la dictadura, se presentara, una vez que ésta hubo realizado exitosamente su tarea sucia, como su contracara “derechohumanista”! Pero hasta tanto no aparezca un nuevo Abelardo Ramos, o un nuevo Rodolfo Puiggrós, para esclarecer el significado de un período histórico que ha agudizado todos los males de la Argentina semicolonial, sólo queda constatar que la madre de todas las mentiras partidocráticas fue el planteo de que la lucha política debe desenvolverse dentro de los márgenes de un centroizquierda progresista de un lado, y de un centroderecha civilizado del otro. Fuera de estos márgenes, dice el discurso dominante, sólo se encuentran el autoritarismo, el fundamentalismo, el populismo, los nostálgicos de la dictadura, los sádicos violadores de los derechos humanos, los marxistas trogloditas, los extremistas de cualquier signo, las fuerzas oscuras de la barbarie y la intolerancia.

Aníbal Ibarra quiso ser el representante del polo progresista del régimen partidocrático en la ciudad de Buenos Aires. Salpicado por la sangre de las 200 víctimas de Cromañón, creyó que le bastaba con volver a montar el circo propagandístico-electoral que en el pasado rindió sus frutos. La convocatoria al ex fiscal Strassera, ya deteriorado por los años y el alcohol, tuvo como propósito retrotraer el imaginario colectivo a los tiempos del Juicio a las Juntas. Idéntico sentido tuvo el alquiler de las firmas de conocidos personajes de la farándula y la intelectualidad para darle peso a las solicitadas costeadas con el presupuesto público. El caso de Estela de Carlotto es particularmente significativo (y repulsivo). Hace ya tiempo que una buena parte de los organismos de derechos humanos, como las Abuelas de Plaza de Mayo y las Madres línea fundadora, militan en el campo del imperialismo. Pero en esta ocasión, la utilización que hizo Carlotto de la memoria de los luchadores de los setenta en beneficio de un gobernante culpado por la muerte de chicos pobres del Gran Buenos Aires, fue más allá de lo tolerable.

Pero aunque Ibarra obtuvo el apoyo explícito de funcionarios kirchneristas y hasta del patriarca máximo del régimen partidocrático, el ex presidente Raúl Alfonsín, esta vez la operación político-ideológica no tuvo éxito. Y no lo tuvo no sólo porque no alcanzó para evitar la destitución, sino porque por mucho que les pese a los centroizquierdistas, quienes estuvieron esta vez frente a ellos no fueron ni los militares gorilas del 76 ni sus herederos civiles de centroderecha (los progresistas son los herederos civiles de centroizquierda), sino un grupo nutrido de padres y familiares de las víctimas acompañados del apoyo de miles de jóvenes pobres y rebeldes de los suburbios populares. Son estos jóvenes de tez morena y ropas raídas, que encuentran en los recitales de bandas no comerciales un espacio para construir su identidad en confrontación con el régimen que los condena a la miseria y el desempleo, los que obligaron a la corporación política a votar la destitución de Ibarra. Por primera vez en muchos años, si exceptuamos las jornadas del 2001 que constituyen su presedente y causa, estas franjas populares marcaron una presencia claramente diferenciada de los dos rostros (el centroizquierdista y el centroderechista) con que se presenta el régimen semicolonial. Por primera vez en muchos años las banderas de los derechos humanos y de la democracia, de las que se han apropiado los centroizquierdistas, pusieron en evidencia los objetivos perversos a los que sirven. A Ibarra no le sirvió ni Carlotto y sus Abuelas, ni Strassera y su sacrosanta Justicia, ni la charlatanería vacía de Alfonsín, ni los manejos de trastienda de Kirchner, ni los exabruptos del seudopiquetero D”Elía, ni el prestigio mediático de músicos, actores, vedettes y “representantes de la cultura”. Si Ibarra, sumergido en esa mezcla de autismo y cretinismo que lo caracteriza, creyó que podía reeditar el circo alfonsinista del 83, o el del 87, movilizando a “la ciudadanía”, que según las encuestas truchas de los operadores kirchneristas tanto lo apoyaba, se equivocó. Conocida su destitución, nadie pareció sentirse afectado por ella, salvo, naturalmente, los funcionarios y empleados del gobierno porteño que temen por su futuro laboral, ante el inminente recambio de ñoquis, obsecuentes y “equipos técnicos” que implica la llegada del ex embajador menemista Jorge Telermann. El porteño “del común”, tanto el que votó a Ibarra para que no ganara Macri, como el que votó a Macri para que no ganara Ibarra, se preocupó más por la lesión de Leonel Messi que por la suerte del Jefe de Gobierno.

Los familiares de las víctimas de Cromañón, por su parte, pudieron celebrar que el principal responsable político de su tragedia haya sido destituido. Ahora anuncian que irán por más: por la inhabilitación y la cárcel. Hay que acompañarlos. En una de sus dimensiones, la muerte de 200 pibes sirvió para desenmascarar a los progresistas, y para empezar a desatar el nudo que ata política e ideológicamente a los agentes del cambio con dirigentes y organizaciones que defienden el statu quo.

Los socialistas de la Izquierda Nacional celebramos, junto a los familiares de las víctimas y a millares de jóvenes y compañeros del campo popular, el golpe asestado a una de las tantas camarillas partidocráticas que envenenan la política argentina.

PARA IBARRA, DESTITUCION, INHABILITACION Y CARCEL

PARA LOS PIBES DE CROMAÑON... ¡PRESENTE!

Condenado el inmenso pobrerío de los suburbios industriales y del interior del país al silencio y a la resistencia pasiva, a raiz de la inexistencia de un Frente Nacional Antiimperialista que replantee las banderas del 45, de las puebladas de los 70 y de Malvinas en la nueva época, sólo quedaba el progresismo pequeño burgués como herramienta política para enfrentar la voracidad predadora del neoliberalismo. Pero ningún mal puede ser enfrentado con otro. Las creencias pequeñoburguesas en que el progresismo puede vehiculizar en el período actual las aspiraciones emancipatorias de los sectores más sumergidos pronto se reveló ilusoria. ¿Acaso la Alianza progresista entre radicales y frepasistas no terminó recurriendo a las recetas del neoliberal menemista domingo Cavallo? ¿Acaso en la propia Alianza progresista no se abrazaban el centroizquierdista Alvarez con el cdentroderechista De la Rúa? El Argentinazo del 2001 fue la respuesta popular vehemente a la estafa política que perpetraban mancomunadamente, desde 1983, ambos polos de la “alternancia” partidocrática. A la hora de subordinarse a los intereses imperialistas, de entregar los resortes de la economía al capital extranjero o de concentrar la riqueza en manos de minorías privilegiadas, las diferencias entre centroizquierdistas y centroderechistas se esfumaban. Por esa razón, los protagonistas del Argentinazo se levantaron contra unos y otros.

La naturaleza reaccionaria del gobierno kirchnerista se explica por el hecho de que toda su política, desde que comenzó a diseñarse durante el duhaldismo hasta hoy, se orienta a reconstruir el régimen político y los sistemas simbólicos de producción de consenso que habían recibido un sacudón a fines de 2001. El kirchnerismo intenta constituirse como expresión del progresismo argentino, pero para ello necesita constituir simultáneamente una oposición de centroderecha que con su presencia equilibre el funcionamiento del régimen “democrático”. Kirchner necesita hoy de Macri y de López Murphy tanto como estos necesitan de aquel. Unos y otros existen para administrar conjuntamente, ya sea en calidad de oficialistas o de opositores, el régimen político que mantiene subyugado al país.

Aníbal Ibarra era el aliado progresista del kirchnerismo en Buenos Aires.

 

 
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