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La Izquierda Nacional llamó a no votar o votar en blanco en las últimas elecciones legislativas.
Los resultados de los comicios, a contramano de lo que enuncia la propaganda oficial, pusieron de manifiesto que las mayorías populares siguen dando la espalda al régimen político que administran conjuntamente oficialistas y opositores. Hay que enfrentar al régimen semicolonial en sus dos versiones: la de centroizquierda y la de centroderecha. Hay que disputarle la vanguardia revolucionaria a las corrientes de izquierda cipaya. Hay que reconstruir el Frente Nacional y Antiimperialista.
Ningún proceso electoral puede ir más lejos que el régimen político del cual es expresión. Esta premisa, que debería ser el abecé para cualquier revolucionario, sin embargo suele ser olvidada y su olvido conduce a errores electoralistas y democratistas. Ninguna consulta electoral tiene, de por sí, un significado positivo o negativo. Depende de la circunstancia en que se lleve a cabo, de sus modalidades, de los objetivos que se persigan recurriendo a ella. El terreno electoral, como el terreno militar o el terreno cultural, o el de las movilizaciones callejeras, es sólo un terreno entre los muchos donde se libra la batalla entre opresores y oprimidos, y hay que aceptar librar la batalla en un determinado terreno sólo cuando se cree que es posible obtener allí réditos. De lo contrario, mejor no librarla.
En consecuencia, lo primero que deberíamos tener en cuenta al escribir sobre las elecciones del pasado domingo, es cuál es el propósito que los dueños del poder político y económico persiguen con esta consulta electoral. La respuesta correcta es la siguiente: legitimarse a sí mismos. O, mejor dicho, legitimar el sistema institucional que les permite seguir usufructuando el poder. Legitimar quiere decir que los propios explotados lleguen a considerar “natural” o “lógico” el dominio que sobre ellos ejercen los explotadores, que por el hecho de haber ganado unas elecciones se convertirían en auténticos “representantes democráticos” de todos los “ciudadanos”.
Puesto que el objetivo de los revolucionarios no es salvar al régimen partidocrático, sino poner en evidencia su auténtico carácter mistificador y expropiatorio de la voluntad popular, preparando así su hundimiento definitivo,es que todas nuestras energías, en esta etapa, deben orientarse en esa dirección. Desnudemos entonces las grandes mentiras partidocráticas en torno a estas elecciones.
Veamos los números,
Dice Clarín de hoy, martes 25 de octubre, que
“EL KIRCHNERISMO LLEGO AL 40,1% DE LOS VOTOS”
Sin embargo, al dar vuelta la página, Clarín dice lo siguiente:
“Padrón electoral nacional: 26.098.099
Votos obtenidos por el kirchnerismo en todo el país: 6.808.305”
¿Entonces? ¡LOS VOTOS KIRCHNERISTAS LLEGAN AL 26% DEL TOTAL, NO AL 40%! Clarín miente.
Podríamos, todavía, profundizar cualitativamente el análisis a fin de desagregar los votos kirchneristas, y comprobar así que una buena parte de ellos han sido arrimados a Kirchner por dirigentes como De la Sota o el riojano Maza, hasta hace poco menemistas y ahora abruptamente convertidos al kirchnerismo. Pero dejemos esto de lado, aunque deberíamos considerarlo a la hora de discutir con quienes afirman que el kirchnerismo expresa algo nuevo y progresivo en la política argentina..
El domingo votaron 18 millones de personas sobre un padrón total de 26 millones. Pero el universo sobre el que los analistas partidocráticos calculan los porcentajes son los votantes, y no el padrón. Y ni siquera el total de los votantes. Hubo un millón y medio de votos en blanco que tampoco aparecen a la hora de sacar porcentajes. En consecuencia, es en base a 16 millones y medio de personas, y no en base a los 26 millones del padrón, que se calculan todos los porcentajes. Se trata de una trampa formidable, tendiente a inflar los números y así legitimar un régimen político que goza de la indiferencia y hasta del desprecio generalizados.
Veamos, por ejemplo, la Capital Federal:
Padrón electoral: 2.580.649
Votos obtenidos por Bielsa-Kirchner: 360.608. Según la prensa venal y los políticos oficialistas y opositores, esa cifra representa un 20% de los votos. Pero cualquiera puede darse cuenta de que, en realidad, es algo menos del 14%.
Veamos la “gran victoria” de Cristina Kirchner en Buenos Aires:
Padrón electoral: 9.713.791
Cristina Kirchner: 2.924.402
Porcentaje según el gobierno: 46%. Porcentaje real: 30%.
Además, la lista de candidatos a diputados del kirchnerismo obtuvo menos que la de Cristina. Según el gobierno, 43%; en verdad, 27%
Veamos los distritos en los que más se votó al oficialismo. En Tucumán, donde el kirchnerismo dice haber obtenido el 64% de los votos, obtuvo en realidad unos 373.000 votos sobre un padrón de 897.000, es decir, alrededor del 40%. Entre 64% y 40% hay una pequeña diferencia, ¿verdad? En Santa Cruz, donde el gobierno dice haber obtenido el 58% de los votos, obtuvo en realidad unos 57.000 sobre 144.000, es decir, un 39%.. En Misiones, donde el gobierno dice haber obtenido el 46% de los votos, obtuvo en realidad el 29% (en esta provincia la ex menemista Elida Vigo, ex militante del MPL, obtuvo una banca para el Senado).
Por otra parte, el gobierno perdió en dos de los cuatro distritos más importantes del país (Capital y Santa Fe). En Buenos Aires ganó con el concurso de una buena parte del aparato de intendentes duhaldistas, que con su característico oportunismo, pegaron el salto hacia el oficialismo. En Córdoba ganó De la Sota, que difícilmente pueda ser enrolado en el “progresismo kirchnerista”. En resumen, el gobierno sólo fue votado por alrededor de 1 de cada cuatro ciudadanos. Tres de cada cuatro no lo votaron. Por otra parte, hubo unos 10 millones de ciudadanos, es decir, casi 4 de cada 10, que no fueron a votar, o votaron en blanco. (Y no debe olvidarse que el voto es obligatorio y que tanto el oficialismo como la oposición instaban a “cumplir con el deber cívico” de ir a votar). Esto demuestra varias cosas:
a) la gente no “reventó las urnas” con votos a favor de Kirchner, como proponían algunos ex compañeros de Izquierda Nacional. El kirchnerismo carece de implante real en el movimiento de masas.
b) la gente no compartió el entusiasmo que estas elecciones despertaron en algunos compañeros electoralistas que dicen pertenecer a la Izquierda Nacional. Sigue vigente la crisis de representatividad del régimen político partidocrático.
c) Esta falta de entusiasmo generalizada explica que un gobierno que dice haberse legitimado o “plebiscitado”, no pudo realizar una sola movilización de masas en su favor (sí las hubo en contra, de parte de desocupados, estudiantes, etc.). Esta, entre muchísimas otras, es una gran diferencia entre un gobierno pequeñoburgués como el de Kirchner y uno como el de Chávez, implantado en el pobrerío y con enorme capacidad de movilización.
Además, y yendo al aspecto no meramente cuantitativo del asunto, estas elecciones demostraron que:
a) se recicló el elenco estable de la política partidocrática. Por ejemplo, Menem perdió en La Rioja, pero obtuvo una senaduría, junto a su ex hombre de confianza Maza, ahora hombre de confianza de Kirchner, que también será senador. En Salta ganó el ex menemista Romero, ahora en proceso de trasmutación hacia el kirchnerismo. En Capital, ganó Macri y perdieron Carrió y Bielsa, pero los tres serán diputados. Y así ad infinitum. El régimen partidocrático tiene características tales que personajes farandulescos, como Moria Casán, pueden irrumpir en cualquier momento y sacar más votos que intentos de construcciones militantes como los de buena parte de la izquierda marxista.
b) Las elecciones han permitido a las clases dominantes poner un nuevo peldaño en la construcción del escenario político que preparan desde que el estallido del 2001 fragmentó a la UCR y al PJ. Se trata de construir una cárcel político-conceptual que obligará a optar entre un centroizquierda “progresista” y un centroderecha conservador, que no serán enemigos entre sí sino “adversarios”, como dice Macri y como dicen también Portantiero o Chacho Alvarez, o Carrió, o Bielsa. Ahora hay que prepararse para que los sesudos analistas del régimen empiecen a especular sobre quiénes, con vistas a 2007, se posicionan mejor en un polo y otro. ¿Binner confluirá con el kirchnerismo en el polo centroizquierdista? ¿Macri ya eclipsó a López Murphy en el polo centroderechista? ¿Y que pasará con los restos del menemismo? ¿El duhaldismo irá hacia el centroderecha? ¿Cabe esperar que el radicalismo se fragmente o que se sume a uno de los dos polos? Estos serán los debates preferidos de quienes, tanto en el centroizquierda como en el centroderecha, no quieren discutir sobre lo esencial: ¿seguiremos sometidos al imperialismo yanqui? ¿Seguirán nuestros recursos, entregados por el menemismo, en manos del capital extranjero?, ¿Seguiremos pagando la “deuda externa” a los usureros internacionales? ¿Seguirá desenvolviéndose la desmalvinización cultural de la Argentina?
c) El fracaso rotundo de la izquierda radicalizada es otro dato. Quienes, como el PO, los ex socios de IU o el PTS, apostaron a la vía electoral, sufrieron otro golpe. También el zamorismo y su ridícula e inviable prédica “basista” u “horizontalista”, tomada de algunos académicos europeos con mucha prensa pero pocas ideas. Esta izquierda tiene una enorme responsabilidad por no haber sabido estar a la altura de las circunstancias durante la crisis de 2001. Disponía de sólidas estructuras de cuadros para impulsar una salida revolucionaria tras el derrumbe partidocrático.
Pero, presa de sus prejuicios antinacionalistas y antimilitaristas, insuflados en ella por todo el sistema de la ideología liberal-oligárquica, condujo a franjas populares descontentas hacia el callejón sin salida de las “asambleas populares”. Como nosotros indicamos en su momento, la salida correcta debía orientarse hacia la confluencia de la izquierda revolucionaria y el nacionalismo militar. Pero esta izquierda,cipaya, dio la espalda a la única salida revolucionaria posible. Y nosotros, la izquierda nacional, carecíamos de un sistema de cuadros para convertirnos en un factor real de la política argentina. En esto tienen gran responsabilidad quienes destruyeron las organizaciones de Izquierda Nacional, progresivamente, en los años 80 y 90, renunciando a la perspectiva de la estructuración de cuadros para dedicarse a apoyar a cuanto charlatán surgiera de las filas partidocráticas (Cafiero, Menem, Solanas, Abel Posse, Rodríguez Sáa y, ahora, Kirchner. ¿Quién será mañana?)
Este análisis, como todo análisis, contiene un programa de acción. Las dos líneas de acción que se siguen del análisis precedente son, a mi juicio, las siguientes:
a) iniciar una crítica teórico-práctica del electoralismo y el democratismo. Las elecciones son para los revolucionarios sólo una herramienta, a la cual hay que acudir cuando resulte conveniente.
b) Para poder llegar en algún momento a tener influencia de masas, la Izquierda Nacional debe antes reconstruir el tejido de activistas y miitantes que perdió. De lo contrario, estamos irremediablemente liquidados. Hoy por hoy nuestro interlocutor no puede ser el “hombre común del pueblo”. A él no podemos llegar. Tampoco son el interlocutor los sectores populares que constituyen la base de un movimiento nacional-popular, puesto que este movimiento no existe. Nuestros interlocutores deben ser aquellos sectores minoritarios, de vanguardia, que tienen como objetivo un cambio revolucionario en la Argentina semicolonial. Cuando la porción más significativa de los combatientes de vanguardia de la clase obrera y del pueblo estén encuadrados en la Izquierda Nacional, y no en las variantes de la izquierda cipaya, recién entonces, se les podrá disputar a las clases dominantes el poder que los perpetúa, tanto bajo formas políticas dictatoriales como bajo formas políticas “democráticas”. Pero para que los luchadores populares vengan a nosotoros, nosotros debemos ser dignos de ellos.
Octubre 2005
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