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Rápidamente, el significado profundamente antinacional y antipopular del gobierno “progresista” de Kirchner va quedando al descubierto.
El primer paso fue ganar las elecciones nacionales con el voto de apenas un 16% del padrón electoral. El segundo paso fue construir mediáticamente, a partir tanto de operaciones de prensa como de encuestas manipuladas y acción psicológica, el apoyo popular que las urnas negaron al presidente menos votado de la historia argentina. El tercer paso fue presentar como victoria propia el resultado de unas elecciones distritales que mostraron a más del 40% del padrón absteniéndose de votar o votando en blanco. Pero este bastardeo de la democracia no fue más que la antesala necesaria para abrir el curso a lo más importante: el acuerdo firmado con el FMI y el envío al Congreso del Presupuesto 2004, hecho a la medida de ese acuerdo.
El crecimiento económico previsto por el gobierno para el próximo año es inferior al de 2003 (un 4% contra el 6%). En cambio, la inflación que según fuentes oficiales llega hoy al 4%, se calcula en más de un 10% para el 2004. A partir de enero próximo habrán subido las tarifas de las empresas privatizadas por el menemismo. En cambio, no habrá aumentos salariales ni jubilatorios, y el gasto público disminuirá respecto del de este año. Se trata, en suma, de un Presupuesto que implica un mayor ajuste, más hambre y más miseria. Todo con el propósito de acrecentar los pagos de la deuda, que cuadruplicarán los efectuados este año. No sin razón, Mariano Grondona tranquilizó al establishment escribiendo que “la diferencia abismal entre Kirchner y Menem se da en el terreno de los dichos, no en el de los hechos” (“La Nación”, 28/9/03)
El acuerdo con los organismos internacionales (FMI, BM, BID), que el gobierno presentó como un logro propio, implica volver a pactar los términos del sometimiento nacional tras la quiebra de diciembre de 2001. Sin quita de capital ni de intereses, el gobierno de Kirchner refinancia vencimientos por 21 mil millones de dólares, pagando por ello la suma de 2.300 millones de dólares. Además, superando el “déficit cero” de Cavallo, se compromete a destinar el 3% del PBI –“superávit primario”- para pagar a los usureros internacionales. Esto implica la suma récord de 15 pesos por cada 100 recaudados por el Gobierno Nacional. Un compromiso que ni siquiera el menemismo se atrevió a asumir. Entretanto, avanza la privatización de los bancos Nación y Provincia, la eliminación de las retenciones al agro y la eliminación de los controles de cambio que subsisten, a fin de facilitar a las multinacionales la transferencia de divisas al exterior. Como dice Grondona: “La estrategia de Kirchner es hablar a la izquierda, mientras se mueve cada vez más al centro”.
El significado político y social del gobierno kirchnerista va cobrando su forma definitiva. Llegó para transmutar el “que se vayan todos” en el “que se queden todos”. Y para “reinsertarnos en el mundo” remachando las cadenas que nos atan al imperialismo.
Pero quienes hundieron al país no serán los que lo sacarán a flote. La calma actual es tan aparente como transitoria. El año próximo volverán a soplar vientos de tormenta, y el gobierno kirchnerista, sin más base social que la versátil pequeña burguesía progresista que hoy se ilusiona con reeditar la utopía frepasista, se verá atrapado entre los fuegos cruzados de la revolución y la contrarrevolución. Para que la próxima batalla marque el comienzo de la Revolución Nacional pendiente, hay que empezar ya mismo a agrupar a los patriotas. Para que a la Argentina la gobernemos los argentinos. Para que el hambre de nuestros pibes no pague la voracidad sin límites de los vampiros internacionales. Hay que reconstruir el Frente Nacional Antiimperialista, romper con el FMI y poner en marcha un programa de nacionalismo económico, justicia social y soberanía popular.
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