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En el final de su carrera política, Carlos Menem experimenta el destino inexorable de los traidores: una vez usados, son arrojados sin misericordia al basurero de la historia. La rosca oligárquico-imperialista ya obtuvo del Judas riojano todo lo que podía pretender.
Por un lado, la ejecución de un programa radicalmente antinacional y antipopular, que despojó al país de las herramientas indispensables para ejercer la soberanía política, económica y cultural. A manos extranjeras pasaron el petróleo y otras fuentes de energía, las comunicaciones, los ferrocarriles, el sistema financiero, la explotación de los recursos naturales. Por otro lado, el menemismo sumergió a millones de compatriotas en el infierno del hambre y la desocupación, mientras que hizo del individualismo egoísta, del “sálvese quien pueda” y de la frivolidad farandulera la moral rectora de una sociedad a la que se le enseñó a despreciar con la palabra “utopía” cualquier invocación a la solidaridad y a la camaradería. Y algo más hizo el menemismo. Despojó a los sectores populares de la herramienta política que, mal o bien, habían empleado desde los años 40 para defender sus intereses propios. En manos de Menem, el justicialismo se llenó de alderetes y maríajulias, que lo convirtieron en una maquinaria al servicio de quienes habían sido desde siempre sus enemigos.
Pero resta todavía el último favor que Menem puede prestar a los beneficiarios de su política. Es el mismo que les prestó Videla en 1983.
Veinte años atrás, agitar la figura del dictador genocida sirvió para inflar la de quien, presentándose como su oponente “democrático”, venía en realidad a convalidar el programa que aquel había puesto en marcha en 1976. Bajo el alfonsinismo, los ricos fueron más ricos y los pobres más pobres. Como lo demuestra Alberto Valenzuela en un libro recientemente editado por la Izquierda Nacional, la democracia colonial emergida tras la derrota de Malvinas no significó una ruptura sino una continuidad con el llamado “Proceso”. Pero esta continuidad de fondo y sustancia fue hábilmente ocultada por una propaganda tan hábil como perversa que utilizó a Videla de espantajo para inclinar a la “opinión pública” hacia el apoyo a Alfonsín.
Como Videla ayer, el rostro monstruoso de Menem sirve hoy para el chantaje: si no aceptamos lo malo –Duhalde/Kirchner- podríamos encontrarnos con lo peor –Menem-. Sin embargo, Menem hoy –como Videla en 1983- ya no representa la carta principal del imperialismo. Su desprestigio lo convierte en muy poco funcional para mantener en marcha la maquinaria de la sumisión nacional y la explotación social. Es tiempo de cambiar algo para que nada cambie. Y el Gatopardo de hoy es Néstor Kirchner, que llega montado sobre el aparato duhaldista y avalado por radicales, centroizquierdistas y liberales. Es decir, por los mismos que arruinaron el país en estos últimos 20 años.
Con Kirchner, las clases dominantes aspiran a disponer del mejor escenario para resolver sus disputas internas y revalidar la hegemonía sobre las clases y sectores subalternos. Con Kirchner, el régimen partidocrático que tras las jornadas del 19 y 20 de diciembre debió recurrir de apuro al contubernio que ungió a Duhalde, espera poder “normalizarse”, restituyendo la alternancia entre los dos polos que alimentan la trampa bifronte diseñada por los ideólogos imperiales: el polo conservador y el polo progresista, que se suceden sin solución de continuidad en los lugares instituidos del oficialismo y la oposición para conservar el statu quo e impedir que emerja una alternativa auténticamente nacional, popular, revolucionaria y antiimperialista.
Construir esta alternativa es la tarea de la hora. No se trata de votar al malo para que no gane el peor. No se trata de “cambiar de collar”, sino de “dejar de ser perro”. El 18 de mayo hay que golpear al régimen en su conjunto, donde le duele, votando en blanco o no votando. Hay que respirar profundo, armarse de coraje y salir al cruce de los desafíos que nos presenta la nueva etapa que se iniciará a partir del día 19.
En las presentes circunstancias, con Menem o con Kirchner, el horizonte estratégico de nuestra pelea es el mismo: la reconstrucción del Frente Nacional. Con nuestras banderas del socialismo latinoamericanista, avanzaremos en esa dirección construyendo una aceitada estructura militante que se inserte en las luchas populares que sobrevendrán. Sólo uniendo a los patriotas, civiles y militares, en un Frente Nacional, conseguiremos “que se vayan todos” y que a la Argentina la gobernemos los argentinos.
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