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El capital impuso su ley de hierro a los trabajadores de Brukman. No otra lógica conoce cuando se pone en discusión la propiedad privada de los medios de producción.
La fábrica de la empresa Brukman fue llevada a una situación de quiebra y abandonada por sus dueños hace más de un año. Puesta a producir, fue salvada de la desaparición por sus trabajadores. La justicia determinó que la planta debe ser devuelta a sus “legítimos” propietarios y un juez autorizó la utilización de toda la fuerza represiva del Estado para hacer cumplir la ley contra los “usurpadores”. En definitiva, los jueces intervinientes aplicaron al pie de la letra una de las leyes Murphy que dice que los derechos del capital revisten un carácter exclusivo y excluyente respecto a cualquier otra reivindicación, se trate esta del derecho a la vida o al trabajo.
En consecuencia, el pasado 21 de abril el Ministerio del Interior del gobierno de Duhalde puso en práctica la solución Menem-López Murphy, que es, después de todo, la derivación necesaria de un capitalismo cada vez más parasitario, basado en las formas más brutales de explotación y exclusión social y revestido por una democracia fraudulenta, expropiatoria de todo contenido de soberanía popular.
El crimen de los compañeros de Brukman fue poner en evidencia la verdadera naturaleza del capital, como cristalización de trabajo socialmente necesario producido por aquellos que, expropiados de todo medio de producción, sólo tienen su fuerza de trabajo. Este y no otro es el origen de la propiedad de la planta, de las instalaciones y de la maquinaria de la empresa recuperada por sus obreros, sobre las cuales los jueces pusieron el sagrado sello de la propiedad privada.
En definitiva, en Brukman se libró un episodio del secular combate entre el capital y el trabajo. Este combate dejó al desnudo el carácter de clase del Estado, no importa quien de los elencos partidarios del régimen ocupe alternativamente el puesto de mando. En última instancia, superados los límites y la hipocresía de la política parlamentaria, y colocada en sus verdaderos términos la lucha de clases, los mecanismos represivos del Estado son los encargados de poner a la orden del día la verdadera Constitución de la democracia capitalista. El combate de Brukman también develó la naturaleza clasista de un orden judicial, para quién la seguridad jurídica sólo rige en uno de los polos del conflicto social.
En Brukman algo quedó en claro. La lucha por la revolución nacional contra la dependencia del imperialismo y sus socios nativos, es inseparable de la lucha contra toda forma de opresión y explotación, en camino hacia una sociedad de hombres socialmente libres y socialmente iguales.
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