|
Estas elecciones han sido diseñadas para devolverle al régimen partidocrático la legitimidad perdida cuando una marea popular irrumpió en las calles exigiendo que se vayan todos los que arruinaron el país durante 20 años. En lugar de irse, ahora se reciclan y piden que los votemos.
Las históricas jornadas del 19 y 20 de diciembre alcanzaron para echar al gobierno aliancista y poner en terapia intensiva a la partidocracia demoliberal, con su derecha “civilizada” y su izquierda trucha.
Pero el empuje inicial, que obligó a los políticos corruptos a desaparecer de los lugares públicos y a los banqueros a guarecer sus cuevas con mallas metálicas, perdió energías al no encontrarse una salida popular a la crisis.
Las asambleas barriales, al comienzo multitudinarias, fueron desgastándose. Las movilizaciones piqueteras, tras ganar las simpatías de la clase media, quedaron encerradas en sus propias fronteras. La clase obrera ocupada, contenida por los efectos de la recesión económica y por la deserción de una burocracia sindical cómplice del régimen, no intervino en el escenario político.
Tampoco irrumpió una fracción nacionalista de las fuerzas armadas decidida a recuperar el espíritu sanmartiniano y malvinista de convergencia militar-popular.
Mientras los partidos tradicionales se reacomodaron pactando con la rosca oligárquico-imperialista una salida a la medida de sus intereses, las fuerzas de izquierda, igualmente tradicionales, se empantanaron en un consignismo despojado de toda conexión con la realidad nacional: en lugar de propiciar el salto desde la rebelión popular a la reconstrucción de un Frente Nacional Antiimperialista, cacarearon sobre un ilusorio gobierno autogestionario de piqueteros y caceroleros. Una vez más, confundieron el marxismo con el nihilismo, a la clase obrera con los estudiantes de sociología, a la realidad con sus deseos. La perfidia demoliberal los dejó hacer. Y cuando que el repudio furioso se transformó en un repudio resignado, pergeñó la salida electoral con el propósito de reconquistar la representatividad perdida.
Gane quien gane el 27, no seremos nostros quienes ganaremos. Ganará el régimen, que se apoyará en los votos obtenidos para redoblar las cadenas de la miseria colectiva y la sumisión nacional. Por esa razón, cada voto que no les demos los hará más débiles, y en esa debilidad están depositadas nuestras mayores posibilidades de revertir la situación en el período postelectoral.
Pero, ¿acaso no hay algunos candidatos peores que otros? ¿Son lo mismo Menem y López Murphy que Kirchner, Rodríguez Saá o Carrió? Ni siquiera una gota de lluvia es idéntica a otra. Pero de lo que se trata es de no mojarse y no de mojarse menos. Mientras justicialistas, radicales, progresistas y liberales nos distraen con el juego electoral, el FMI diseña los planes de gobierno y la CIA monitorea su cumplimiento.
Para que se vayan todos, hay que reconstruir el Frente Nacional. Hay que unir a los patriotas para enfrentar a los vampiros internacionales, recuperar el patrimonio público extranjerizado y rescatar de la miseria a los compatriotas condenados a comer de la basura. Hay que acabar con las “relaciones carnales” y abrirse camino junto a los pueblos oprimidos que luchan por su emancipación.
A la Argentina la debemos gobernar los argentinos, y no los genocidas del Norte y su quintacolumna partidocrática. Por eso,
EL 27 DE ABRIL NO CAEREMOS EN LA TRAMPA.
PARA QUE SE VAYAN TODOS, RECONSTRUIR EL FRENTE NACIONAL
VOTE EN BLANCO O NO VOTE.
|