NACIONALES | Artículo de febrero de 2003
Debate con el maoísta PCR
¿Una Situación Revolucionaria?
Osvaldo Calello
 

La nota publicada en la prensa del PCR involucra algunas cuestiones de importancia capital que hacen a una perspectiva revolucionaria en Argentina.

Con algunas de estas apreciaciones estamos de acuerdo, con otras no. Según el PCR el 19 y 20 de diciembre abrió un período caracterizado como situación revolucionaria:

“El Argentinazo hizo emerger una situación nueva: una situación revolucionaria.”

“En el país existe una situación revolucionaria que puede desembocar en una situación revolucionaria directa.”

Sin embargo, la nota en ningún momento justifica teórica y políticamente la afirmación de que estamos en presencia de una situación revolucionaria. Lo que hace sí, es describir cinco rasgos de lo que caracteriza como crisis de hegemonía: el creciente desprecio a la ley y las instituciones de las clases dominantes; la práctica de la democracia directa y el cuestionamiento a la actual democracia representativa; la organización de la autodefensa de las masas; el movimiento obrero de recuperación de las fábricas quebradas, vaciadas y abandonadas por los dueños.

Ciertamente, las movilizaciones y la lucha callejera de diciembre de 2001 y por fin, la caída del gobierno de De la Rúa, sacó a la luz una profunda crisis de hegemonía que comenzó a gestarse a partir del segundo gobierno de Menem. El rasgo distintivo que los acontecimientos de fines de 2001 pusieron de manifiesto, fue la pérdida de influencia política e ideológica de los círculos del poder sobre amplias masas de clase media, que habían depositado en el programa “progresista” de la Alianza su ilusión de escapar a las desastrosas consecuencias del despiadado proceso de concentración y centralización del capital, y terminar con todas las infamias, la corrupción y el despotismo de la década menemista. Esta crisis de hegemonía se expresa, en el plano más inmediato de la política, como crisis de representatividad de los partidos que han ocupado posiciones en el aparato institucional en los últimos veinte años, y en el plano de las decisiones estratégicas, como disputa y enfrentamiento entre las distintas fracciones del bloque dominante por imponer una salida a la crisis del capitalismo semicolonial en correspondencia con sus intereses.

Sin embargo una situación revolucionaria va más allá de este estado de cosas. En los términos que la ha definido siempre el marxismo, una crisis de esta naturaleza alude a una situación en la cual las clases que ejercen el poder ya no están en condiciones de imponer su voluntad, mientras que el proletariado y las masas populares repudian la legitimidad de ese dominio. Al mismo tiempo las capas medias giran en dirección a los trabajadores, buscando una nueva jefatura. La presencia de una organización revolucionaria de la clase obrera con arraigo en las grandes masas indica que la situación revolucionaria se ha convertido en crisis revolucionaria. Respecto a esta fase, Trotsky, en uno de sus escritos sobre la situación de Alemania bajo el nazismo, enumeró los siguientes rasgos: “La desorientación y división de las clases dominantes; la indignación de la pequeña burguesía; la creciente actividad militante de la clase obrera; finalmente una política correcta del partido revolucionario. Tales son las premisas inmediatas para una revolución.”

¿Se desarrolló una situación semejante a partir del 19 y 20 de diciembre de 2001? Una característica decisiva de las luchas populares de aquel entonces fue la ausencia política de la clase trabajadora en los acontecimientos. Las organizaciones sindicales (CTA y CGT disidente), tal como describe el PCR, se replegaron y no participaron de los enfrentamientos, mientras que la clase como tal, aún no ha construido una organización política independiente, en condiciones de establecer su unidad en el plano en que está en disputa la hegemonía con las fuerzas de viejo régimen. Este vacío ha resultado decisivo respecto a los límites de las movilizaciones de un año atrás. Las asambleas barriales están mayoritariamente constituidas por la clase media, y esa clase no está en condiciones de conquistar una posición autónoma. El movimiento piquetero ha establecido una importante línea de resistencia y es de capital importancia la organización de un movimiento de desocupados. Sin embargo, el corte de rutas no es lo mismo que la ocupación de las fábricas; afectar al capital en la esfera de la circulación es importante, pero no tiene el impacto estructural que significa atacar al capital en la esfera de la reproducción.

La nota del PCR alude a esta ausencia: “Sólo algunos contingentes del proletariado industrial participaron de esas jornadas. Pero, fue el paro masivo del 13 de diciembre el que abrió las puertas al Argentinazo”. El “Argentinazo” que menciona el PCR se hubiera producido ciertamente como situación revolucionaria, si la clase obrera hubiera desplegado en los grande centros fabriles del país una capacidad de combate similar a la que desplegó en las jornadas del Cordobazo. Y si a la cabeza de las luchas se hubiera encontrado un partido de los trabajadores, con un programa de clase independiente, como fuerza dirigente de un Frente Nacional Antiimperialista, la situación revolucionaria seguramente hubiera derivado en crisis revolucionaria.

Pero respecto al planteo del PCR quienes editamos En Lucha también tenemos coincidencias firmes. Dice la nota: “Ninguna revolución ha triunfado, y menos aún una insurrección, sin que las fuerzas revolucionarias tuviesen una política hacia las Fuerzas Armadas. ‘Siempre dijimos que una insurrección popular triunfante es imposible sin ganar para ella a un sector patriótico y popular de las fuerzas armadas y neutralizar a otra parte. Y dijimos que la extensión y profundidad del Argentinazo iba a depender de lo que sucediese con las fuerzas armadas”. La historia latinoamericana señala claramente que en los países atrasados y dependientes, en relación de enfeudamiento semicolonial respecto al capital imperialista, las Fuerzas Armadas no escapan a las contradicciones de esas sociedades. Los ejemplos de Prestes en Brasil, Perón en Argentina, Torres en Bolivia, Velazco Alvarado en Perú, Torrijos en Panamá, Chávez en Venezuela, Gutiérrez en Ecuador, entre otros, demuestran que las crisis estructurales del capitalismo periférico provocan rupturas reiteradas en la unidad del aparato estatal, y crean condiciones para el surgimiento de corrientes nacionalistas opuestas al orden de la dependencia. Esas corrientes pueden ser portadoras de un nacionalismo burgués, o de un nacionalismo revolucionario que objetivamente ponga a la orden del día la discusión sobre los límites del capitalismo. En todo caso corresponderá al proletariado establecer, desde una posición independiente, el tipo de alianzas políticas que oriente al conjunto del pueblo en la profundización de la experiencia nacional-popular.

El PCR también sostiene la necesidad de recuperar para el clasismo los sindicatos y particularmente los Cuerpos de Delegados, “que son los instrumentos fundamentales para unir, movilizar y dirigir a la clase obrera”. La democracia sindical, junto con la lucha por la autonomía de clase deben ser consignas centrales de cualquier planteo revolucionario. Las conducciones peronistas de las dos CGT y la dirección de centro izquierda de la CTA no avanzan en esa dirección. La CGT oficial está en manos de una burocracia patronal, corrupta y traidora, que ha sido cómplice del programa antiobrero del menemismo y socia de la infame ley laboral de la Alianza. La CGT disidente es la expresión cabal de un ciclo sindical agotado, en el cual la ideología nacional burguesa circunscribió la iniciativa de los trabajadores a una posición subordinada en el frente de clases que se configuró en 1945. La afirmación de su secretario general, en julio pasado, respecto a que las huelgas “están agotadas para el movimiento obrero organizado, porque la gente está cansada, agotada, y porque, fundamentalmente no tengo a nadie adelante”, es la confesión palmaria de la pérdida de representatividad y de la ausencia de horizonte político, más allá de su apoyo a una u otra variante de los reciclados partidarios que de tanto en surgen de un PJ en descomposición. A su vez la CTA se orienta en una línea de centro izquierda que la llevó en su momento en poner todas sus expectativas políticas en la Alianza, y que en el presente intenta constituirse como movimiento político-social, bajo el efecto hipnótico que ha producido en la pequeña burguesía el ascenso de Lula al gobierno de Brasil. En buena medida el hecho de que la CTA no tenga inserción significativa en las filas del proletariado industrial es determinante de la línea que sigue su conducción.

Por fin la nota del PCR afirma lo siguiente: “Los comunistas revolucionarios pugnaremos para que sea un Estado de nuevo tipo, revolucionario, para que la revolución resuelva las tareas democrático-populares, agrarias y antiimperialistas, y para que avance, de manera ininterrumpida hacia el socialismo y el fin de la explotación del hombre por el hombre”. Mal que les pese a los compañeros del PCR esa es la teoría de la revolución permanente que Trotsky formuló tras la Revolución Rusa de 1905, y que los bolcheviques pusieron en práctica en 1917, cuando Lenin hizo públicas las Tesis de Abril y abrió el camino a la Revolución de Octubre.

 
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