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La reciente Conferencia Industrial organizada por la UIA produjo un acontecimiento de singular importancia para la suerte de los argentinos: la resurrección de la gran burguesía fabril, la misma clase que proclamó la alianza productiva en los comienzos del gobierno de Duhalde, ocupó el Ministerio de la Producción, e inmediatamente huyó a campo traviesa cuando los banqueros, los organismos financieros internacionales y los lobbistas de las consultoras económicas, de las calificadoras de riesgo y de la prensa, se les echaron encima por haber precipitado en su beneficio una hiperdevaluación.
En esa conferencia su presidente, Héctor Massuh, afirmó que "determinadas decisiones de emergencia, que debieron tomarse en el contexto de la más grave crisis de los últimos cien años, tuvieron por finalidad intentar restablecer los equilibrios básicos en el sistema económico".
En el lenguaje elusivo de los “hombres de empresa”, esto quiere decir simplemente que la devaluación con flotación “sucia” estableció el equilibrio de costos y precios en un punto excepcional para el negocio de la burguesía exportadora.
La intervención del titular del UIA no tuvo nada de extraordinario. En todo caso, lo significativo del asunto fue reaparición de un discurso prudentemente silenciado tras la realización del jugoso negocio de la depreciación monetaria con pesificación para la deuda del gran capital. Sin embargo la “heterodoxia” de los grandes industriales no podía menos que provocar la indignación de los ortodoxos del modelo neoliberal.
Juan Llach sostuvo sin vueltas, que “hay un lobby vergonzoso de querer un tipo de cambio estrastoférico, cuya contrapartida es el hambre de muchos argentinos”. El hombre fue viceministro de Economía de Menem en época en que Domingo Caballo reinaba en el Palacio de Hacienda, y luego ministro de Educación de De la Rúa; períodos florecientes en los cuales, como todo el mundo sabe, pobres, indigentes y excluidos sociales constituían verdaderas rarezas.
Más allá de cualquier otra consideración, el choque pone en evidencia que lejos de haberse saldado, la disputa entre las distintas fracciones de los círculos que detentan el poder, sigue pendiente.
Massuh reclamó que se mantenga un tipo de cambio alto, en realidad extraordinariamente alto. Esa fórmula alentará “inversiones genuinas, se recreará la Argentina productiva y gente demandará pesos y no dólares”, dijo.
La burguesía industrial cree estar ante su oportunidad histórica. Alejado el pánico provocado por la amenaza hiperinflacionaria, estabilizado el dólar (debido al control de cambios y a la limitación del pago con reservas a los organismos financieros), sin riesgo inminente de colapso bancario, y con ciertas señales de reactivación, la gran patronal fabril sacó números y recuperó el uso de la palabra.
Días atrás el ex secretario de Industria y ex directivo del Grupo Techint (siderurgia y construcciones), Javier Tizado, dio cuenta de esos cálculos. En la Argentina de la posconvertibilidad el costo de la hora/hombre oscila entre 4 y 5 dólares contra 45 dólares en los países capitalistas desarrollados, el gas natural cuesta la décima parte del valor que tiene en Estados Unidos y por la electricidad el fabricante local paga una quinta parte de lo que desembolsan sus competidores en las economías más avanzadas. Aún sin crédito bancario para prefinanciar y comercializar sus productos en el exterior, el imaginario exportador ha vuelto a despertar las ilusiones de esta fracción de la burguesía, de cara a imponer su solución a la crisis capitalista.
Sin embargo, ¿está en condiciones el gran capital fabril de reorganizar bajo su mando el bloque de clases dominantes y de constituirse como nuevo polo hegemónico, ampliando su interés particular hasta el punto de presentarlo como interés general de la sociedad?
Los grupos exportadores que dirigen la UIA fueron los beneficiarios directos de la devaluación que apreció el valor del dólar en alrededor de 250%, provocando una formidable redistribución de ingresos en contra de los asalariados. Pero no sólo eso. A una parte de esa fracción corresponden las empresas beneficiarias por la pesificación uno a uno de sus deudas con bancos locales, que al Estado le costó 19.000 millones de pesos en el caso de las 80 mayores corporaciones.
Mientras tanto, los dólares con los que debían pagar sus deudas están a buen recaudo en cuentas en el extranjero. (Por su puesto, no son los banqueros quienes corren con los costos de la salida de fiesta menemista. Seguro de cambio para cubrir la diferencia de paridad en el caso de deudas contraídas en el exterior, más compensación por la pesificación de los créditos, suman a favor de la banca más de 20.000 millones de pesos que deberá pagar la sociedad, sin contar los 17.000 millones en redescuentos que les otorgó el Banco Central).
Pero a pesar de los beneficios obtenidos, la dirigencia fabril decidió que era el momento de ir por más. En la Conferencia Industrial, la misma conferencia en la que el ministro (¿de la Producción?) Aníbal Fernández, anticipó su proyecto de contratos basura sin indemnización, fue difundida una nueva variante del deseo obsesivo de la patronal: la “flexibilización laboral”, en este caso para pequeñas y medianas empresas.
Los abnegados caballeros de la industria quieren suprimir la representación sindical en las pequeñas empresas y que cada trabajador negocie con su patrón salario y condiciones de trabajo.
Reclaman que las medianas tengan un único delegado pero sin fuero sindical, es decir sin resguardo alguno frente al despido. Aspiran a que la indemnización sea reducida a 3 meses (con vigencia retroactiva), cualquiera sea la antigüedad del trabajador en la empresa y el período de preaviso baje a 15 días, sin necesidad de pago alguno en la etapa de prueba que debe durar nada menos que un año. Esta infame precarización alcanza asimismo a las vacaciones, el aguinaldo, el diferencial por antigüedad (desaparece), los accidentes de trabajo, las licencias por enfermedad, etc.
Toda una proclama clasista. En términos de dólar, el salario en Argentina equivale a la décima parte de lo que pagan los capitalistas a sus obreros en los países centrales, pero además, la mitad de los trabajadores argentinos está en negro, sin ningún derecho laboral y cobrando 58% menos de lo que ganan los asalariados encuadrados en el régimen legal.
La tasa de explotación que arrojan estas condiciones no tiene parangón en la historia de la Argentina industrial. Para la mayor parte de los trabajadores el valor del salario no alcanza a reproducir en condiciones mínimas su fuerza de trabajo, y es a través de esta brutal expoliación que las clases privilegiadas de la sociedad descargan sobre las masas obreras y populares el peso de crisis.
El programa que presentó la UIA en su Conferencia es el programa estratégico el de los grupos económicos que florecieron en la época del terrorismo de Estado a la sombra de la política de Martínez de Hoz, y han vivido a costas del Estado, vendiendo como proveedores con sobreprecios y recibiendo como inversores todo tipo de subsidios y luego, asociados con el capital extranjero, compraron las empresas de servicios públicos con bonos devaluados de la deuda. Es el programa de los que como Pescarmona, Pérez Companc y tantos otros parásitos, piden a voz en cuello el seguro de cambio como el que graciosamente les otorgó Cavallo en 1982, para que el resto de los argentinos se haga cargo de la mayor parte de su deuda en el exterior. Se trata de una burguesía vinculada por múltiples lazos con las corporaciones imperialistas, con interés en el negocio de exportación y en las franjas locales de altos ingresos; con capacidad de captar rentas extraordinarias por su posición monopólica u oligopólica, y con inserción en los circuitos de la especulación financiera. De ahí su pérdida de interés en el mercado interno y su voluntad de aumentar la tasa de plusvalía, no sólo en términos relativos (incorporación de tecnología), sino también en términos absolutos: extensión de la jornada laboral e intensificación de la explotación del trabajo.
Desde el punto de vista de la sociedad, su proyecto exportador es tan excluyente como lo fue el modelo menemista, e igualmente depredador como expresión de los intereses de clase.
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