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Las movilizaciones populares del 19 y 20 de diciembre de 2001, que pusieron fin al breve y deshonroso gobierno de la Alianza, quebraron, al mismo tiempo, el ciclo de hegemonía neoliberal y abrieron un período de crisis e inestabilidad política de final abierto. En pocos meses más habrá elecciones. Pero la convocatoria tramposa que ideo el gobierno no pondrá fin al colapso de representatividad en que se sumergen partidos e instituciones de todo tipo.
La ocupación de la Plaza de Mayo un años atrás por una multitud enfurecida (buena parte de los vociferantes eran ex votantes de la Alianza), la lucha cuerpo a cuerpo con el aparato represivo, las movilizaciones y combates en las provincias, constituyeron una experiencia de extraordinaria importancia para muchos manifestantes que se incorporaron por primera vez a la lucha política. Una parte de las asambleas barriales radicalizó sus posiciones, el movimiento piquetero de los desocupados cobró nueva fuerza y una consigna unificó el movimiento rebelde: ¡Que se vayan todos!
Sin embargo, a un año de aquel acontecimiento nadie se ha ido. No se han ido los empleados, ni los verdaderos titulares del poder. No se ha ido la dirigencia entreguista de los partidos del régimen, encabezados por justicialistas y radicales, y mucho menos se han ido sus patrones: los banqueros, los ejecutivos de los grupos económicos, los abogados del capital extranjero, entre otros. No se han ido y no se van a ir. ¡Hay que echarlos!
Hay que echarlos mediante una gran movilización revolucionaria de los trabajadores, las masas populares y de todas las clases asfixiadas por la presión del capital imperialista; una gran movilización revolucionaria que ponga fin a la dependencia semicolonial y a la explotación capitalista.
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