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América Latina en su conjunto asiste al derrumbe del modelo de acumulación financiera impuesto en las dos últimas décadas. La intensidad y profundidad de la caída en cada país está en directa proporción con la aplicación de las recetas de la "nueva economía", pregonadas por los gurúes de la globalización. la profundización de la crisis va a impulsar y pone a la órden del día un nuevo armado frentista de raíz patriótica, popular y revolucionaria, anclado en las tradiciones de lucha de cada país, en el que confluirán los sujetos dinámicos de cualquier cambio social en América Latina: el movimiento obrero, los sectores pauperizados de la clase media, el pobrerío excluido y los sectores patrióticos de las Fuerzas Armadas.
Argentina colapsó en toda la línea porque su experimento fue “químicamente puro”. No por nada fue el alumno ejemplar durante los ’90, exhibido en los foros internacionales como modelo a imitar en la senda del bienestar definitivo y con ello, del fin de la historia. Uruguay está en quiebra y la salida que se plantea anuncia una confiscación de ahorristas, más ajustes y salvatajes del FMI que profundizarán el estancamiento. Brasil, en tanto, se encuentra al borde del default, que provocará una crisis financiera mundial de proporciones mayúsculas y una nueva escalada de bancarrotas. Inestabilidad, agudización del conflicto social y miseria creciente, es el escenario visible en Paraguay, Ecuador, Perú y Bolivia. La catástrofe es continental y la región en su totalidad se hunde a remolque de un régimen de capitalismo dependiente sustentado en el automatismo del mercado, las privatizaciones y la extinción del Estado.
En el epicentro del sistema mundializado, EE.UU. sufre un proceso de monumental desvalorización de capitales que revela el carácter ficticio de la “locomotora” de los ’90 edificada sobre la corrupción, la sobreinversión y la falsificación de ganancias. Europa está estancada y Japón hace más de una década que se halla en recesión.
Todo lo anterior revela la inviabilidad del régimen capitalista librado a la voracidad del mercado y de los monopolios transnacionales. La profecía de Marx cobra viva actualidad: el capitalismo es un modo de producción atravesado por contradicciones insuperables, que derivan de sus propias leyes de funcionamiento. La quimera de los ’90 trocó en caídas espectaculares e inestabilidad creciente, que amenaza desembocar en una quiebra globlal. En los propios cenáculos del establishment internacional se escuchan ya nítidamente voces críticas (Stiglitz, Krugman) que intentan recuperar la faz productiva del capital, imponiendo regulaciones y normas a la especulación y financierización desenfrenada. Los reformadores parecen descubrir, 70 años después del crack del año 30, que la operatoria del mercado es imperfecta y que requiere de intervenciones extraeconómicas para escapar a la concentración del capital, polarización de la riqueza y destrucción de fuerza productiva sobrante. Lo que los reformadores no ven, ni pueden ver, es que el proceso de hipertrofia financiera es un rasgo central de la fase actual (¿terminal?) del capitalismo y que en última instancia, descansa en la imposibilidad de encontrar una salida rentable a los excedentes de capital dentro de la economía real. La monumental deuda externa que asfixia a las economías periféricas es una expresión de ese fenómeno.
Este cuadro de crisis económica internacional y tendencia al estancamiento, como es natural, ha provocado un incremento de las luchas populares y de la rebelión social en América Latina, que ponen en cuestión aceleradamente el formato político-institucional sobre el que se sustentó la hegemonía neoliberal en las últimas décadas. La fórmula de los ’80 y ‘90 “democracias coloniales con economía de mercado y desregulación” se revela cada vez más impotente para contener la protesta social y su crisis arrastra a los partidos políticos que operaron como cobertura institucional servil y corrupta al brutal despojo perpetrado en beneficio de los centros mundiales de poder.
¿Cuáles son las perspectivas políticas que deja abierto el escenario actual? En primer lugar, el imperialismo norteamericano, bajo el puño de hierro del clan criminal de Bush, prepara de un modo inocultable una creciente militarización de la zona y sabotea cualquier perspectiva tibiamente autónoma de salida de la crisis. El abierto apoyo al golpe militar en Venezuela y el Plan Colombia son testimonios claros del retorno a América Latina de la opción represiva como modo de imponer el programa neocolonial. A medida que el mercado y la democracia se tornan irreconciliables, el imperialismo actúa como siempre lo ha hecho, arrojando al tacho de basura la legalidad democrática para poner a seguro sus intereses. Business are business.
Las opciones “centroizquierdistas”, particularmente en nuestro país (Carrió, Frepaso, etc.), campean como salida ilusoria de las clases medias más o menos empobrecidas, todavía parcialmente embrujadas por el sueño imposible de “democracia, bienestar y justicia” sin revolución nacional, sin pobres en las calles y sin amenazas a la legalidad institucional. La agudización de la crisis y la estafa neoliberal empuja a los franjas medias en dirección a salidas más radicales (Zamora) e incluso a solidaridades ocasionales con los sectores más oprimidos, aunque los reflujos en la movilización popular tienden a abrir nuevamente una brecha entre la clase media y el movimiento obrero y los excluídos, brecha que en definitiva es el reflejo de sus distintos intereses de clase.
La izquierda tradicional, en especial la de origen trotskista o stalinista, siente que se acerca su hora. Ha experimentado algún crecimiento relativo en los últimos tiempos y presencia activa en movimientos de piqueteros y desocupados, pero no logra superar los límites que le imponen sus prejuicios antinacionales, su consignismo dogmático y sus extravíos ultraizquierdistas. Cuando se apropia de un fenómenos social nuevo, a la vez que lo impulsa lo conduce al aislamiento y a callejones sin salida, dilapidando la voluntad militante y la honestidad de los mejores luchadores sociales.
Los movimientos nacionales, forma bajo la cual se desplegó la lucha antiimperialista durante el siglo XX, no logra aun darse, sino puntualmente y con vacilaciones (Venezuela, Ecuador, Bolivia), un nuevo eje superador a la descomposición de la mayoría de los partidos políticos que les dieron vida en el pasado (Peronismo, MNR, etc.). Pero la profundización de la crisis va a impulsar y pone a la órden del día un nuevo armado frentista de raíz patriótica, popular y revolucionaria, anclado en las tradiciones de lucha de cada país, en el que confluirán los sujetos dinámicos de cualquier cambio social en América Latina: el movimiento obrero, los sectores pauperizados de la clase media, el pobrerío excluido y los sectores patrióticos de las Fuerzas Armadas. Sin esos sectores, unidos tras un programa con eje en el nacionalismo económico, la desconexión de la mafia financiera internacional vía repudio de la deuda externa ilegítima, la defensa de la renta nacional y de la integración continental, no habrá salida al drama social que padece nuestra Patria Grande.
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