amÉrica latina/ argentina / polÍtica | Artículo de marzo de 1998

Más allá de Menem

Roberto A. Ferrero
 

“No somos la gota de agua obediente a la ley del declive, sino la energía, la voluntad soberana que rige el torrente. Si queremos un mundo nuevo, lo crearemos.”
Alejandro Korn, Incipit Vita Nova 1918

I

En pocas semanas, el pueblo argentino irá a elecciones para elegir el gobierno que suceda a la lamentable administración proimperialista de Raúl Alfonsín.

Una parte de las clases medias votará al candidato radical persiguiendo la quimera de mantener las libertades democráticas en un régimen de democracia semicolonial. Otra parte del pueblo, el de las mayorías nacionales, votará en Menem otra quimera: la de obtener cambios revolucionarios en la estructura productiva, que restauren la economía nacional y nos devuelva la prosperidad perdida.

Vivir del prestigio acumulado
en la etapa de realizaciones revolucionarias

Una y otra son quimeras. La primera lo es porque el candidato del imperialismo, al profundizar la dependencia como lo ha anunciado francamente, agravará la crisis, que finalmente devorará la democracia burguesa junto con el nivel de vida ya miserable de las grandes masas. Y la segunda porque el peronismo, no obstante el deseo de miles de sus cuadros mejores, está históricamente impedido para trastrocar los fundamentos del régimen semicolonial, operación sin la cual es imposible la reconstrucción del país.

Todas las direcciones nacional-burguesas de los movimientos nacionales (o "populistas" para la sociología que adopta el lenguaje denigrativo de la oligarquía) nacidos en los estertores de la Segunda Guerra Mundial viven del prestigio acumulado en su etapa de realizaciones revolucionarias, pero ese capital les es insuficiente para las tareas de esta hora. El aumento del componente proletario de sus filas, producto de la industrialización que pese a todo ha avanzado en el continente, el agravamiento de las tensiones sociales, y la magnitud de las tareas económicas y políticas constituyen el déficit de América Latina, han agravado la naturaleza conciliadora y timorata de esas direcciones de clase. Como la burguesía alemana de 1848 o el partido demócrata burgués de Rusia en 1905, la partidocracia prefiere transar siempre con los poderosos antes que empujar a las masas contra ellos. Y cada transacción es invariablemente un paso atrás. Allí están los ejemplos de Paz Estensoro, de Alan García y, el más notorio, el de Carlos Andrés Pérez en Venezuela, que sólo tardó 30 días en volverse contra su pueblo. Solamente allí donde ha avanzado sin cesar logró consolidarse el movimiento nacional, como parte integrante de la Revolución Colonial.

El peronismo, desgraciadamente, no escapa a las generales de la ley. En el 55, cayó precisamente por negarse a avanzar a fondo en el combate contra la reacción oligárquico-imperialista, cuya propiedad territorial respetó escrupulosamente en los años previos. Después, durante un cuarto de siglo, fue incapaz de organizar una oposición de masas contra los gobiernos antinacionales que se sucedieron desde la Revolución Libertadora. Quedó librado a los sindicatos, con el déficit de eficacia política que su naturaleza implica, la defensa del nivel de vida y las conquistas sociales del pueblo. En la actualidad, anegada su cúpula y sus niveles medios de militancia por toda una generación de burgueses y pequeñoburgueses "ilustrados" y burócratas sindicales educados en la conciliación perpetua, el peronismo se ha convertido en la oposición complaciente del régimen (más allá de los discursos electorales), cuyas principales leyes ha votado en el parlamento. Es el peronismo de los Cafiero, Manzano y de la Sota, obsesionado por la "defensa de la Democracía" (así, sin aditamentos), vale decir, por las prebendas, las canonjías y la figuración anexas al ejercicio del poder, y olvidado de las grandes banderas del 45.

El peronismo ya dió lo mejor de sí

A la sombra de esas banderas, el movimiento peronista dio de sí cuanto podía: la industrialización del país, la sindicalización de masas, el voto de la mujer, la dignificación de los trabajadores rurales, las nacionalizaciones (pagas) de los grandes medios de transporte, servicio y cambio, y un vasto plan de obras públicas. Fue en su momento un progreso enorme en relación al estado de cosas imperante y a la perspectiva de la Unión democrática. Pero cumplido su ciclo histórico, su clase política intenta integrarse lo más cómodamente posible al sistema de la dependencia que, no obstante la buena voluntad demostrada por la Renovación, aún desconfía y tarda en aceptarla en bloque. No por ella, evidentemente, sino por su base social.

Esta base social del peronismo, esencialmente proletaria –al punto de constituirlo en un curioso partido laborista de ideología nacionalburguesa– ha dado pie para estimar que el peronismo no puede asimilarse totalmente al régimen, como lo hiciera un día el radicalismo fundado en las clases medias. Verdad es que el sistema colonial en quiebra –a diferencia de lo que ocurre en los países metropolitanos– no sólo no es capaz de asimilar a la clase obrera, sino que todos los días desagrega de sí a un número creciente de trabajadores lanzados al subempleo o la desocupación. Pero este hecho no es en realidad garantía de nada, por cuento el proletariado industrial es inasimilable en cuanto clase y no en cuanto peronista. Su naturaleza es estructural, mientras que su identidad política es históricamente circunstancial y puede variar. Y variará si su dirección insiste –como es lo más probable– en dejar de lado su tarea de abogar por los intereses populares.

II

Naturalmente, esa dirección no es homogénea y Menem no es lo mismo que Carlos Grosso, aunque más no sea porque uno representa pese a sus contradicciones al interior golpeado y postergado, mientras que el licenciado Grosso –y Cafiero– son la encarnación de la pequñoburguesía ilustrada del Puerto que ha tomado por asalto al aparato del Justicialismo en un momento de derrota nacional.

Menem, ni tan distinto, ni con el control del PJ

Pero tampoco es Menem tan absolutamente diferente como las masas populares, en su desesperación y en su esperanza, quieren creer para tener en quien creer. Menem se lanzó a organizar el menemismo, pero simultáneamente el menemismo recreó socialmente a Menem a su imagen y semejanza, agigantándolo a la medida de sus expectativas. Esta nueva imagen del candidato peronista no debe empero hacer olvidar que sus raíces están también en la Renovación y que apoyó el Plan Austral del alfonsinismo. Ni disimular la circunstancia irrefutable de que las posiciones moderadamente antiimperialistas que esbozara en la campaña interna para diferenciarse de Cafiero se han ido atenuando ostensiblemente después de obtenida su nominación presidencial, en casi todos los temas cruciales: deuda externa, capitalización de Viedma, "salariazo", defensa de las empresas estatales, etc.

De todas maneras, la cuestión no es especular sobre si Menem cumplirá o no con sus promesas electorales al pueblo, puesto que Menem, no obstante su prestigio y su peso político propio, es sólo una parte de la dirección del peronismo. Y quizá ni siquiera la más importante, porque su relación carismática con las masas se realiza por encima de los aparatos, en los cuales se encuentra claramente en minoría, según lo demostraron las elecciones de autoridades partidarias posteriores a su triunfo personal sobre la candidatura adversaria de Cafiero.

Ni siquiera plantearse las grandes tareas

Es el conjunto de esa dirección conciliadora e inofensiva, y no sólo Menem –cuya candidatura sabotea sordamente– la que ejercerá el poder en un futuro gobierno justicialista (incluidos los elementos más reaccionarios que, derrotados por la Renovación en 1985, vuelven encabalgados en el triunfo de Carlos Menem como ingrata compañía). Y es el conjunto de esta dirección la que, comprometida con el régimen y temiendo perder el control de su base social si la pone en movimiento, la que se niega obstinadamente a plantearse siquiera las grandes tareas sin las cuales es impensable una nueva puesta en marcha de la Revolución Nacional.

El país padece una crisis coyuntural encuadrada en una crisis estructural, y su superación exige medidas que van más allá aun de la moratoria unilateral de la deuda externa y la modificación progresiva del sistema impositivo y de servicios que ahoga a la población. La nacionalización de toda la banca privada no cooperativa, la estatización inmediata de toda la gran propiedad inglesa y norteamericana radicada en el país, la nacionalización de la renta agraria de origen oligárquico, el monopolio del comercio exterior, la planificación de la economía, el control democrático de ella y la integración así sea parcial con el resto de Latinoamérica son las medidas básicas que la situación exige con imperio. ¿Alguien piensa honradamente que la partidocracia peronista está dispuesta a empeñarse en su realización?

III

Frente a esta amenaza más que cierta de la tendencia de la dirección peronista a transar con los poderes constituidos del stablishment, se ha alegado que sus bases ejercerán su presión de clase sobre ella. Efectivamente: no hay dudas de que esa presión se ejercerá, como se ejerció sobre el gobierno de Isabel Perón-López Rega, pero tampoco hay dudas en que no debe hacerse de la necesidad virtud, porque las bases deben avanzar guiadas por su dirección y no ésta empujada por aquellas.

Una dirección que no orienta en el combate,
es un peso muerto que debe ser removido

Grandes alzamientos espontáneos, como el "Bogotazo" de 1949, el "Cordobazo" de 1969 y los sucesos recientes de Caracas prueban que las masas no pueden triunfar sin una dirección. Menos pueden hacerlo contra su dirección, según la trágica lección que resulta de la traición de los partidos de izquierda en la Guerra Civil española. Una dirección que precisa ser "empujada", que no orienta en el combate, no es una dirección real, sino una rémora, un peso muerto que debe ser removido.

Pero no será removido, vale decir, no habrá un recambio progresivo de la dirección del movimiento nacional si las tendencias políticas consecuentemente populares que también pertenecen al campo nacional por derecho propio y que acompañaron siempre al peronismo sacrifican la posibilidad de constituirse en un polo de reagrupamiento del campo nacional a cambio de una estrecha colaboración en la siembra de ilusiones. Si el peronismo político, como en 1975, abandona nuevamente el mandato popular en nombre de la misma soberanía popular que lo ha ungido, ¿qué dirán esos partidos que no lo advirtieron oportunamente al pueblo? ¿Qué autoridad tendrán para proponerse como dirección de recambio? Sus preocupaciones son puramente electoralistas, sin pensar para nada en el día siguiente de la victoria. Ninguno de ellos –ni el peronismo– ha propuesto mecanismos viables (ni inviables) para que las masas ejerzan sus derechos y hagan sentir su voluntad democrática sobre el futuro gobierno peronista.

Comités de Vigilancia de la Victoria Popular

¿O es que debemos confiar ciegamente en los “representantes del pueblo” que, salvo una que otra excepción, no hacen más que sentarse en sus bancas para empezar a negociar con los enemigos de la nación? El pueblo no puede esperar dos, cuatro, seis años –después que el daño esté consumado– para castigarlos con su voto privándolos de su reelección. Urgentemente deben constituirse en los barrios, en las fábricas, en los talleres, oficinas y facultades "Comités de Vigilancia de la Victoria Popular". Ellos defenderán al gobierno electo de las acechanzas de la contrarrevolución, lo apoyarán en sus momentos de debilidad y lo observarán para que el triunfo no sea negociado a sus espaldas.

No es absteniéndose de diferenciarse claramente del peronismo como los partidos revolucionarios del Frente nacional podrán constituirse en la alternativa para las masas peronistas cuando ellas busquen superar su actual nivel de conciencia y de acción, en la perspectiva de un Nuevo Movimiento Nacional. ¿Alguien se imagina a FORJA, a Jauretche, a Scalabrini Ortiz en las elecciones de 1938 absteniéndose de criticar a Alvear porque éste disputaba en las urnas con Roberto M. Ortiz? Los forjistas criticaron debidamente a ambas alas de la alternativa y quedaron en soledad, sin consejalías, sin diputaciones ni secretarías de estado, pero en su soledad, su posición de principios fue uno de los elementos que construyeron el futuro que se abría delante de ellos. Sin su intransigencia ante el radicalismo alvearista (Que entonces era todavía un movimiento de masas), el peronismo al que se incorporaron y al que prepararon ideológicamente no hubiera sido lo que fue.

IV

En realidad, el "pacto colombiano" tácito (con sus injurias y sus atenciones mutuas) entre el peronismo y el radicalismo, la alternancia en el poder de ambos partidos con resultados cada vez más funestos, refleja el hondo conservatismo de la sociedad argentina. A diferencia de Colombia, donde el acuerdo se sustenta sobre la abstención comicial de las masas y la debilidad del movimiento obrero, en nuestro país el sistema bipartidista de facto es aceptado por el conjunto de las clases sociales, que le dan su consentimiento activo en los comicios.

Una profunda inmovilidad

Es que un país que ha pasado de un régimen colonial precapitalista a un sistema de relaciones de producción por completo burguesas (aunque dependiente) sin pasar por los dolores de ese parto que es la revolución democráticoburguesa al estilo del México de 1910 o la Bolivia de 1952; que ha tenido en la oligarquía terrateniente una clase hegemónica crecida en el parasitismo propio de quienes reposan inertes sobre el ciclo anual de las pariciones y las cosechas; que vio aparecer una clase media de origen inmigratorio, nunca definitivamente asimilada, que a las primeras dificultades emigra a rehacer sus condiciones de vida –masivamente– a la patria de sus padres o sus abuelos; que pese a su condición de semicolonia británica pudo otorgar a la población de cinco provincias litorales y algunos enclaves urbanos del interior un nivel de vida superior al de muchas naciones europeas por la magnitud de su renta agraria diferencial; y que estructuró finalmente una clase obrera industrial moderna que –a diferencia de las bases del APRA o el MNR, por ejemplo– obtuvo sus conquistas sociales y laborales casi sin lucha, por la prodigalidad del Estado peronista que necesitaba su concurso para enfrentar al imperialismo, un país así está lastrado por una profunda inmovilidad.

Se suceden los gobiernos, los políticos, las modas ideológicas, las luchas obreras y estudiantiles, los golpes militares y las restauraciones civiles, pero todo ello es un brillo iridiscente de la superficie; debajo, una conformidad esencial agarrota hasta ahora a todas las clases, que piensan que con unas pocas reformas hechas por un "buen gobierno" volverá la prosperidad perdida y se mantendrá la democracia parlamentaria y sus beneficios. Por eso los partidos radicales del campo nacional no encuentran audiencia activa alguna. Sus ideas han buscado la realidad, pero la realidad todavía no ha precisado de ellas.

Mucho se ha escrito y más se ha hablado de la crisis de las estructuras económicas del capitalismo dependiente por el agotamiento del sistema agroexportador de la factoría próspera, primero, y del modelo de sustitución de importaciones, después, pero poca atención se ha puesto en el factor subjetivo, vale decir, en el inconsciente colectivo históricamente producido, que abarca a todas las clases y que aún permanece congelando la iniciativa y la voluntad de cambio de las masas populares. El vendaval de la bancarrota del sistema del capitalismo semicolonial –el factor objetivo– sacude las estructuras del país, pero aún las mayorías populares continúan presas del vaivén fatal del péndulo que oscila del radicalismo al peronismo y viceversa.

Y no serán las huestes de la pequeñoburguesía reaccionaria de la Unidad Socialista y la Izquierda Unida que también lo denuncian quienes se beneficiarán de la ruptura de este equilibrio en oscilación, porque sus estructuras políticas se niegan a acompañar fraternalmente las experiencias de las mayorías nacionales. Los votos que ellos resten al candidato popular –malo o bueno pero que aún cuenta al menos con el beneficio de la duda– son un refuerzo para la candidatura de Angeloz, criatura dilecta de las fuerzas de la reacción y el imperialismo.

La tosquedad ideológica de la izquierda portuaria

Estos grupos de la izquierda portuaria, al igual que la DC de Auyero, simulan equidistancia respecto al peronismo y el radicalismo, pero la verdad es que están más cerca de Alfonsín y de Cafiero que de Menem. En su tosquedad ideológica, su clientela ha olvidado que en los países coloniales y semicoloniales la contradicción fundamental es la que enfrenta al conjunto de la nación oprimida con el bloque del imperialismo y las clases nativas ligadas a él. La han sustituido por otra contradicción irrelevante –propia del liberalismo– que es la que opone "democracia" a "autoritarismo" o, según otra versión, "civiles" a "militares". Es este punto de vista, este canon de lectura de la realidad, el que los acerca a Cafiero y la Renovación peronista si se los pusiera a elegir.

Y sin embargo, desde una perspectiva antiimperialista, el discurso y la representación de clase de Menem tienen cierta progresividad histórica de la cual carece la Renovación, puesto que los renovadores reflejan los prejuicios y la cobardía política de un gran sector de las clases medias argentinas que ya han aceptado la derrota nacional y se conforman en su escepticismo con la vigencia de las normas republicanas de gobierno (que de eso se trata y no de una verdadera democracia: gobierno del Demos), aunque el país se hunda; no comprenden que el naufragio de la soberanía económica y política arrastrará finalmente al fondo a su preciosa "democracia". En cambio Menem representa hasta cierto punto a un sector de la burguesía argentina que aún intenta defenderse del avance arrollador del imperialismo yanqui, en la medida en que se encuentra ligada al mercado interno y la capacidad de demanda solvente o la ruina del mismo no le son indiferente. Los Menem en La Rioja, los Sapag en Neuquen, los Saadi en Catamarca y otros importantes núcleos en Santiago y en Cuyo son la parte más notoria de la que llamaremos –sin sentido peyorativo alguno y a falta de denominación mejor– la "burguesía turco-peronista" del Oeste.

El carácter vacilante, defensivo
y contradictorio de la dirección menemista

Se trata de un estrato de origen inmigratorio sirio-libanés, que comenzó invariablemente en el comercio minorista y luego (sobre todo bajo el gobierno proteccionista de Perón) expandió sus actividades al campo de la minería, los cultivos regionales, el comercio mayorista interprovincial y las industrias de transformación primaria. Ese estrato ha cumplido en las provincias andinas, en las proporciones del caso, el papel motor que la burguesía de origen italiano y español cumplió entre los dos siglos en el litoral agrario y ganadero. Conquistó la preeminencia sobre los viejos sectores criollos dependientes más bien de la economía artesanal y pastoril, pero lo hizo prácticamente en el ocaso del capitalismo nacional, cuando el conjunto de la burguesía retrocede en desorden frente al proceso de recolonización imperialista. De allí el carácter vacilante, defensivo y contradictorio de la dirección menemista y sus asesores económicos.

Este sector y la Renovación peronista, primero como aliados y luego como rivales, han conseguido encaramarse como dirección política de la clase obrera argentina en una etapa de retroceso y derrota nacional. Lo hicieron una vez exorcizada toda posibilidad de una dirección alterna dentro del propio justicialismo (tarea que agradecen al Proceso), pero estas circunstancias que indican el marco general no lo explican todo. En el terreno operativo el éxito fue posible porque lo facilitó la naturaleza del funcionamiento político del propio peronismo, basado en la exclusión sistemática de las bases obreras de toda participación orgánica en la vida interna del partido.

“De casa al trabajo y del trabajo a casa”

De hecho, este partido bajo Perón no existió más que como una maquinaria esclerosada y burocrática, porque la relación entre el líder y las masas no estaba mediada por aparato alguno, sino que se realizaba por encima de ellos, en las elecciones cuando las había y en las calles cuando eran convocadas. Pero fuera de estas ocasiones, la clase obrera iba "de casa al trabajo y del trabajo a casa". No ha existido en el justicialismo la tradición de participación y militancia sistemática, organizada, que tenía la vieja clase obrera en los partidos de la izquierda cipaya. Alineada ésta junto a las fuerzas antinacionales en la Unión Democrática, este mecanismo de militancia obrera fue una herencia que no pudo, naturalmente, ser traspasada al nuevo movimiento obrero organizado alrededor del coronel Perón desde las cumbres del Estado. Todo intento, como el del Partido Laborista, fue cortado de raíz. Por supuesto, nada de esto fue casual: se trataba del reaseguro burgués en la Revolución Nacional contra el puer robustus del 45, quien, a su vez, no lo sentía como una carencia por la constante elevación de su nivel de vida.

La aceptación, hasta ahora, por parte de la clase obrera de esta subalternización política es otra expresión del conservatismo general que analizamos. Pero todo cambiará.
La conciencia colectiva se mueve siempre con retraso en relación con los desplazamientos de su base material, pero el hiato entre una y otra no puede mantenerse indefinidamente. Las grandes crisis como la que ha comenzado a vivir el país constituyen un banco de prueba para todos los partidos que actúan atentamente observados por las mayorías nacionales. Ellas y sus estratos dirigentes hacen con esos partidos una experiencia acelerada y su grado de madurez política avanzará con botas de siete leguas.

Algunos síntomas de cambio

Una serie de indicios parecen indicar que este proceso ha comenzado ya en el seno de la sociedad argentina hasta ahora inmovilizada. El surgimiento en las fuerzas armadas de nuevas tendencias nacionalistas al conjuro de la guerra de Malvinas; el desprestigio de la partidocracia y la burocracia sindical a los ojos de las generaciones que probaron en carne propia su inepcia y su sensualidad; la creciente sindicalización y militancia de los sectores asalariados de las clases medias, clientela tradicional de la reacción liberal; el vuelco, aún tardío como se da, de esos mismos sectores hacia el apoyo electoral al candidato del campo nacional en el ámbito político (PI, DC, MID, PSA, PTP); la resistencia y desarrollo de aspectos de la propiedad social como la del cooperativismo; el surgimiento de un sentimiento latinoamericanista en capas sociales que siempre lo ignoraron, etc., son todos rasgos de una situación que madurará más aceleradamente bajo la nueva experiencia peronista hasta agotarla.

Esa experiencia deberá corporizarse en un nuevo movimiento nacional, más radical y audaz que el peronismo, sobre el que ejercerá su dialéctica de negación y conservación. Nada hay de necesidad fatal en la historia, por supuesto: su aparición no está predeterminada, pero si los argentinos no queremos sumirnos cada vez más en la degradación económica, social y cultural, entonces sí será necesario que construyamos entre todos una nueva y más radical versión del movimiento nacional. Nadie sabe qué formas adoptará, si será un frente de varios partidos populares; o el ensanchamiento de algún pequeño partido del campo nacional; o el aglutinamiento de sectores, grupos e instituciones alrededor de un caudillo civil o militar, pero sí debe quedar en claro que sin una línea política de principios que ilumine el camino, su surgimiento será más difícil y su ruta más abrupta.

 
En esta edicion
DE JUAN D. PERÓN A NESTOR KIRCHNER
Osvaldo Calello | El presidente Kirchner declaró recientemenste que el día del pago de la deuda al Fondo Monetario “lloraba en silencio porque terminaron las ataduras”. Ese día de enero pasado el país desembolsó 10.000 millones de dólares y saldó, de una vez, los compromisos pendientes con la institución que representa los intereses de la usura internacional. Al parecer Kirchner lloraba en silencio una vez ejecutada la decisión. Sin duda debería haberlo hecho, aunque no por las razones aludidas.
 
PABLO RIVERA | El poder nunca es individual, todo poder tiene una base social sobre la cual apoyarse. El individuo que lo ejerce, ya sea un monarca o un presidente es sólo la cabeza visible, la personificación del poder. Si el rey se muere se lo sustituye por otro rey, pero el feudalismo no desaparece. Entonces, para saber quién tiene el poder político, hay que ver qué intereses están detrás de éste, en otras palabras, hay que  buscar sus bases sociales.
 
MARIELA GARCIA | El documento del Ministerio sostiene que “la nueva ley debe reafirmar muchos de los fines y principios ya acordados (...) y avanzar hacia nuevos principios orientadores de la educación pública nacional hacia el futuro". Los fundamentos de esos "nuevos" principios, que el documento escamotea al debate, son indiscutiblemente los del Banco Mundial: una educación con fecha de vencimiento; una educación al servicio del mercado mundial.
 
JOAQUÍN FONT  | El Ingreso Ciudadano o Renta Básica es “un ingreso pagado por el Estado a cada miembro de pleno derecho de la sociedad incluso si no quiere trabajar de forma remunerada, sin tomar en consideración si es rico o pobre o, dicho de otra forma, independientemente de cuáles puedan ser las otras posibles fuentes de renta, y sin importar con quien conviva”.
 
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