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El levantamiento popular del 19 y 20 de diciembre puso fin al gobierno de De la Rúa-Cavallo, pero simultáneamente dio comienzo a un período de inestabilidad política que aún sigue abierto. Eduardo Duhalde no fue ungido a la primera magistratura por el voto popular ni por la lucha en las calles. Fue designado por los mismos políticos partidocráticos repudiados masivamente por los sectores populares.
Esta circunstancia le confiere a su gobierno un vicio de origen y una enorme fragilidad.
Duhalde se ubica en el vértice de un conglomerado de fuerzas antagónicas. De un lado, las clases dominantes que se beneficiaron durante la década menemista y su prolongación bajo el gobierno de la Alianza, le exigen al presidente transitorio que reestablezca el orden social. Simultáneamente, ya están disputando la hegemonía. El imperialismo norteamericano tironea con el europeo, los bancos con las empresas privatizadas, con los exportadores.
Del otro lado, el bloque popular presiona de manera inorgánica para que el costo de la crisis no recaiga sobre sus espaldas. Asalariados, desocupados, la clase media próspera afectada por el “corralito”, convergen en una protesta común que, sin embargo, se nutre de intereses diferenciados. Aún carecen de programa y dirección, lo que marca los límites de su presencia en el escenario político.
¿Qué hará el gobierno de Duhalde? Un presidente que llega a la Casa Rosada rodeándose de un vallado policial para desmovilizar al pueblo no puede sino quedar prisionero del bloque de fuerzas dominantes.
La oligarquía y el imperialismo ya están operando a través de los legisladores, de los medios de comunicación, del PJ y de la UCR, del chantaje económico de los bancos, de las privatizadas, de los supermercadistas, para imponer un plan económico “sustentable”. Es decir, para impedir que las jornadas del 19 y 20 de diciembre se profundicen en el camino de la Revolución Nacional.
La Izquierda Nacional llama a los trabajadores y al pueblo a organizarse y movilizarse. Hay que salir a la calle para que la crisis la paguen los que la provocaron. Hay que exigir el no pago de la deuda externa. Hay que recuperar para el patrimonio público las empresas privatizadas por el menemismo. Hay que impedir que la banca y el comercio exterior sigan en manos de los usureros internacionales y sus agentes vernáculos. Hay que aumentar salarios, frenar despidos y subsidiar a los desocupados. Hay que reclamar elecciones generales y sin proscripciones para remover a la partidocracia irrepresentativa. Hay, en definitiva, que poner en pié un Frente Nacional y antiimperialista que uniendo a civiles y militares patriotas diga basta a la opresión nacional y social.
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