Izquierda Nacional • Socialismo Latinoamericano
  • Artículo cargado el 17/02/2009 - 20:41
Hay que desenmascarar la hipocresía de los derechohumanistas

Violencia revolucionaria y violencia contrarrevolucionaria

¿Por qué repudiamos a la dictadura de Videla?

El problema que presenta centrar las críticas a la última dictadura en su política represiva y no en los objetivos en función de los cuales la dictadura desenvolvió su política represiva, consiste en que sin darnos cuenta estamos preparando las condiciones para condenar cualquier proceso revolucionario. Esta es la razón por la que los continuadores “democráticos” de la dictadura (la partidocracia demoliberal y sus profesores y periodistas de alquiler) prefieren hablar de “genocidio” y “violación de los derechos humanos” en vez de llamar a las cosas por su nombre: la dictadura fue una profunda y sangrienta contrarrevolución. Veámoslo con un ejemplo.

¿Qué dirían la señora de Carlotto y sus patrones socialdemócratas?

Suele decirse que de todos los crímenes de la dictadura, el más aberrante fue el secuestro de niños y el “robo de su identidad”. Es curioso que esta ponderación, comprensible en los individuos conservadores que están convencidos de que “la familia es la célula básica de la sociedad” y nada hay más grave que atentar contra ella, sea compartida por sectores “progresistas” y hasta “de izquierda” a los que uno supone críticos de la instituciòn familiar y de la escala de valores creada en torno a ella. Sea como fuere, imponer a un niño una identidad que no es la suya parece haber sido el más horrendo de los crìmenes cometidos por los militares. Veamos ahora lo que cuenta alguien situado en las antípodas de Videla, el Che Guevara, en “Pasajes de la Guerra Revolucionaria”, donde relata algunas peripecias de la lucha en la Sierra Maestra librada entre el Ejército Rebelde y las fuerzas de Batista.

Nos cuenta Guevara que un campesino combatiente llamado Eutimio Guerra fue condenado a muerte por el Ejército Rebelde, que lo juzgó culpable de delación y otras cosas. Dice: “Eutimio escuchó (la condena) en silencio y con la cabeza gacha. Se le preguntó si querìa algo, y él contestó que sí, que quería que la Revolución o, mejor dicho, que nosotros nos ocupáramos de sus hijos. La Revolución cumplió. El de Eutimio Guerra es un nombre que ahora resurge al recuerdo de estas notas, pero que ya ha sido olvidado quizás hasta por sus hijos; estos van con otro nombre a una de las tantas escuelas y reciben el tratamiento de todos los hijos del pueblo, preparándose para una vida mejor…”.

Está claro, ¿verdad? Los revolucionarios cubanos “robaron la identidad” de los hijos de un contrarrevolucionario a fin de que estos no fueran estigmatizados en el nuevo orden surgido de la revolución. Los contrarrevolucionarios argentinos hicieron lo mismo a fin de que los hijos de los revolucionarios no fueran estigmatizados en el nuevo orden surgido de la contrarrevolución. ¿Significa esto que el Che y Videla fueron iguales? Excepto para los cultores de la “teorìa de los dos demonios”, la respuesta es obviamente negativa. Pero las diferencias sustanciales no se sitúan en el nivel de los métodos (que no siendo idénticos tienen en común el ejercicio de la violencia contra el enemigo) sino en el de los objetivos en función de los cuales se implementaron ciertos métodos.
Sigamos con el relato del Che. ¿Qué hicieron los revolucionarios con Eutemio Guerra una vez que fue ejecutado? “Al día siguiente —dice Guevara— lo enterramos allí mismo y hubo un pequeño incidente que recuerdo. Manuel Fajardo quiso ponerle una cruz y yo me negué porque era muy peligroso (...) que quedara ese testimonio del ajusticiamiento”. Es decir: los revolucionarios cubanos se vieron obligados a implementar el método de las tumbas anónimas, anticipándose así 20 años a los contrarrevolucionarios argentinos.

En Cuba también hubo “errores y excesos”

Tal vez cabría plantear una objeción a esta tesis sobre la similitud de métodos (no identidad, pero ahora deseo subrayar los rasgos en común, y no las diferencias) entre la revolución y la contrarrevolución: Videla mató “inocentes”; en cambio, el Che y Fidel mataban “culpables”. Veamos lo que cuenta el Che.
Aristidio se llamaba quien era “uno de los casos típicos de campesinos que se unieron a la Revolución sin una clara conciencia de lo que significaba”. Según versiones que llegaron a oídos del Che, Aristidio dijo en un momento que tomaría contacto con el ejército. Entonces veamos lo que le sucedió a este combatiente sin conciencia del proceso en el que participaba: “Aquellos eran momentos difìciles para la Revolución -cuenta el Che-, y en uso de las atribuciones que como jefe de una zona tenía, tras de una investigación sumarísima, ajusticiamos al campesino Aristidio”. Y agrega: “Hoy nos preguntamos si era realmente tan culpable como para merecer la muerte y si no se podía haber salvado una vida para la etapa de la construcción revolucionaria (...) Aristidio tuvo la mala suerte de que coincidieran sus debilidades como combatiente revolucionario con el momento preciso en que éramos lo suficientemente fuertes como para sancionar drásticamente una acción como la que hizo y no tan fuertes como para castigarla de otra manera”. Un “exceso”, diría Videla, de esos que costaron la vida a cientos de personas cuya “mala suerte” fue estar en el lugar equivocado (la agenda telefónica de un revolucionario, por ejemplo) en el momento inoportuno (cuando los contrarrevolucionarios se apoderaban de ella).

¿El fin justifica los medios?

Pero aún puede formularse otra objeción a la tesis de que el empleo de la violencia no es lo que distingue a los revolucionarios de los contrarrevolucionarios. Matar al enemigo es una cosa, pero torturarlo es otra. Los contrarrevolucionarios argentinos torturaron. Los revolucionarios cubanos, no. ¿Es efectivamente así?

Como ya explicara oportunamente Trotsky (“Su Moral y la Nuestra”), no se trata simplemente de que “el fin justifica los medios”, sino de que existe entre medios y fines una relación “dialéctica” que determina su entrelazamiento. Los procesos revolucionarios, en la medida que son procesos históricamente progresivos, pueden valerse de métodos éticamente más respetables, mientras que los procesos contrarrevolucionarios, por su carácter intrínsecamente regresivos, recurren a métodos más abominables. Sin embargo, no hay que pensar que los revolucionarios son carmelitas descalzas. Cuenta el Che que un grupo de soldados del Ejército Rebelde cometió ciertos actos de indisciplina. El jefe de ellos, el “chino Chang”, fue fusilado. Pero “con tres de ellos se resolvió dar un escarmiento simbólico”. Veamos de qué escarmiento está hablando Guevara: “Luego se realizó el fusilamiento simbólico de tres de los muchachos que estaban más unidos a las tropelías del chino Chang, pero a los que Fidel consideró que debía dárseles una oportunidad; los tres fueron vendados y sujetos al rigor de un simulacro de fusilamiento…”

Simlacros de fusilamiento… ¿no era éste un método que Videla y sus contrarrevolucionarios aplicaban a sus enemigos? Bien, Fidel y el Che lo aplicaban, por lo visto, a sus propios soldados. Y no era el único método en su clase. “En las condiciones de la guerrilla —cuenta el Che— la cárcel no significaba gran cosa (cuando se quería castigar al combatiente que había incurrido en una falta), pero cuando la falta era grave se recurría al expediente de dejar sin comer, durante uno o varios días, al que infringiera la disciplina, y éste sí era un castigo sentido”. ¡Pensar que muchos simpatizantes del Che, como sin duda lo son quienes hicieron ese bodrio fílmico llamado “Iluminados por el fuego”, todavía reprochan a los militares argentinos haber “estaqueado” soldados en Malvinas! ¿Haberlos dejado sin comer durante “varios días” hubiera sido más “humano”? ¿Qué deben hacer los jefes militares cuando, en medio de una guerra, sus subordinados se insubordinan? ¿Llamarla a Elisa Carrió para pontifique sobre la ética?

Violencia “buena” y violencia “mala”

Toda la historia humana, hasta nuestros días, está atravesada por la violencia. Por un tiempo más, lamentablemente, seguirá estándolo. Uno puede rebozar de autosatisfacción repitiendo frases hechas contra la violencia y en favor de la “paz”, del “respeto al otro”, de los “derechos humanos”, etc.  Si quiere ganar el Cielo, puede invocar al Papa y a la Madre Teresa de Calcuta. Pero al hacerlo se estará condenando a no entender los fenómenos sociales y a ser manipulado por fuerzas cuya presencia ignora.

Es falso que no haya violencia “mala” y violencia “buena”. ¡Claro que las hay! Distinguirlas es una necesidad política ineludible para los sectores populares.