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  • Artículo cargado el 15/01/2010 - 07:16

Redrado, un economista profesional que no opina

El Sr. Director del Banco Central, Martín Redrado —sobre cuya suerte sólo podrán dar cuenta los próximos sucesos que ocurrirán en la fantástica novela de la Argentina— vuelve sobre uno de los argumentos centrales del período histórico reciente, dominado por las visiones ultraliberales ortodoxas de la economía.[1]
 
En efecto, el referido argumento- escuchado en boca de estos economistas como una letanía continua y persistente- sostiene que la profesión técnica que ellos desempeñan no se relaciona, en absoluto, con la “política”, lo cual deja entrever una nada inocente pretensión de “objetividad” y “neutralidad” ,arropada convenientemente por la idoneidad profesional a la hora de desempeñar la tarea funcional asignada en el cuadro general de la administración pública.
 
Claro, uno de los problemas centrales de este argumento, es que la supuesta pretensión de neutralidad esgrimida por los liberales argentinos, se topa, permanentemente, con la dinámica propia del juego y ejercicio democrático, que tiene algunos supuestos críticos que, de no ser respetados, implican el vaciamiento progresivo de la naturaleza del régimen.
 
Ciertamente, es consustancial a una democracia republicana, el control de los actos de gobierno de los funcionarios, la rendición de cuentas permanentes sobre lo actuado, la creación de espacios permanentes de debate público y deliberación y participación popular y, por supuesto, la elección de funcionarios que, a la sazón, ocupan los puestos clave en torno a los cuales se decide la implementación de un determinado proyecto de gobierno a través de las diversas instancias de la administración pública.
 
Ahora, a pesar de la continuidad del juego y ejercicio democráticos en el último cuarto de siglo, se ha operado- impúdica, pero silenciosamente- un pavoroso vaciamiento del sentido del régimen en términos de variables centrales como la participación, el control o la deliberación.
 
En lo que respecta a la política económica, la pretendida “autonomía” de los Bancos Centrales —aquí y en el resto del mundo capitalista— no es otra cosa que la neutralización y erosión permanentes de las posibilidades de control público sobre el manejo de asuntos estratégicos de la vida nacional, y este tipo de argumentos —aparentemente apolíticos, científicos y neutrales— son verdaderos indicadores de un fenomenal proyecto político que persigue el vaciamiento definitivo de la democracia para poder operar, sine die, a espaldas de las comunidades involucradas en decisiones en las que están en juego las vidas de generaciones enteras. Nada muy diferente, en definitiva, a lo que la tradicional partidocracia argentina ha venido practicando en estas décadas, agudizando la dependencia política y económica a través de una institucionalidad instrumental a los poderes fácticos que han venido operando, exitosamente, en función de la consolidación de un modelo de centralización y concentración del capital, uno de cuyos baluartes centrales ha sido y es el poder financiero transnacional.
 
Pero, yendo más allá del argumento centralmente democrático, podríamos afirmar que nuestras naciones latinoamericanas- al igual que el resto del mundo desarrollado- han protagonizado un portentoso proceso de destrucción de cualquier tipo de instancia de control y/o regulación de los poderes económicos, y la denominada “autonomía del Banco Central” se ha convertido en el instrumento ideal para despojar a los países de la posibilidad de planificar y conducir su propia política económica, monetaria, financiera y comercial.
 
Ello ha sido más grave aún si miramos la desolada realidad de los países subdesarrollados, que seguimos funcionando en el sistema internacional como verdaderas unidades adscriptas, con funcionamiento de economía de enclave y, por ende, semicoloniales en nuestra estructura fundamental de decisiones políticas y de construcción de imaginarios colectivos.
 
Finalmente, es importante tener en cuenta la forma en que este tipo de discursos y personajes —que reivindican para sí un rol político indiscutible aunque matizado y travestido en el papel del “tecnócrata neutral y profesional”— son deliberadamente masificados a través de los medios de comunicación, que actúan como poderosos aparatos de desinformación y vaciamiento de sentido de los conceptos y de la praxis política, en una silente y permanente tarea de adoctrinamiento y aculturación.
 
Claro, porque los que nos adoctrinan con el cuentito de la autonomía del Banco Central, son los mismos que dicen, en voz baja y a quien quiera escucharlos:
 
“La economía es algo demasiado importante para dejársela a los políticos”.
 
Alguien decía, hace ya décadas, que la economía no era ni es libre: o es manejada por el Estado en favor de los sectores populares, o la manejan unos pocos grupos corporativos en función de sus intereses.

Notas: