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  • Artículo cargado el 08/04/2009 - 22:18

Memoria y traición del tiempo

No conocer la historia es estar en otro lado; no saber qué pasó un día como hoy hace 33 años no es menos que ser de otro país, despreocupado de los problemas argentinos.

¿Pero no hay muchos argentinos, nacidos acá al lado, que no saben qué sucedió? ¿No hay muchos argentinos que ni enterados están? Esos, retruco, son de otro país; un país que injertaron dentro del suelo argentino, un país que olvida y calla, que mira para otras costas con ojos de enamorado, que no siente lo suyo propio pero sí siente, con fervor y pasión, lo de otros.

Ese país es un lugar que a muchos ha encerrado contra su voluntad; que los encarcela en discursos prefabricados y no los deja salir al sol.

Ellos, los presos de las mentiras que le hacen, no saben que afuera de la caverna hay luz que resplandece y verdades dolorosas, tan dolorosas que inmovilizan algunos sentidos de toda una nación y dejan, como marcada a fuego, una huella imborrable en la historia y en la memoria de todo un pueblo.

Los que están afuera de la caverna, porque han podido zafar, porque se han escapado o no se tragaron los versos que le vendían y se dejaron guiar por aquello que sus ojos veían, esos gritan y alertan tratando que los otros se aviven y pidan salir, que abran las puertas de esas tinieblas de la falsedad y desoigan a sus maestros que le dicen, miedosos de la verdad, que afuera solo hay sufrimiento; tristeza y dolor de los que saben.

No es tarea fácil, es remar contra la corriente en un río agitado. Porque esas mentiras muy bien talladas, en el aire no se sostienen. Hay que tener mucha fuerza para tenerlas ahí, a esa altura, para que todos puedan verla y creerla. Gran amigo, es el Gran Fortachón el que asiste en la empresa, el que con sus fibrosos brazos mantiene arriba las ridículas versiones y deja, entonces, cautivo a miles de almas en pena.
Los últimos hilos de la dictadura siguen flameando por estos días. No se han ido, siguen estando, no en presencia física, es sabido, pero con criteriosas formas de hacerse sentir y presionar.

El universo simbólico que por entonces, con el trono en su poder, nos armaron, esas verdades de porcelana que entregaron como reliquias y ahora muchos, sin saberlo, las cuidan y lustran, día tras día, diálogo a diálogo, en todas sus conductas, aumentando más y más sus podridos efectos, siguen siendo, legado funesto, la marcha que marca el paso de nuestros actos y pensamientos.

La batalla simbólica la ganaron. Dejaron al rival moribundo para que en los años ’‘90 se le dé el tiro de gracia.

Y ahora, ya muerto el enemigo, y con multitudes controladas, pasan el encargo de esconder las técnicas de resucite, para que esos revoltosos que andan revisando el pasado no puedan darle nueva vida a aquellos principios y valores que alguna vez, lejanos tiempos de patriotismo, acompañaron los días y orientaron las deducciones.

Gracias al trabajo de aniquilación hoy nos queda este eterno crepúsculo, esta ausencia de amaneceres; amaneceres perdidos que de la memoria se cayeron.
Hablar de Genocidio es mirar para otro lado. Traición del tiempo, el paso de los días puso a los asesinos en un lugar que los reconforta, que los exime de acusaciones y que deja intacto su proyecto fundacional.

Eso quisieron y, hoy, eso quieren sus seguidores: que miremos para otro lado, que a la historia la veamos de refilón, poniéndonos bizcos y confundiendo las cosas.
Si decimos Genocidio, a ellos le conviene. Es sacarle la carga política, olvidar el proyecto que planificaron para romper la historia como se rompe un florero: dándola contra el piso y descomponiéndola en mil pedacitos, todos desparramados, inconexos, unos lejos de los otros. Y así nada entendamos.

El Genocidio los viste de Bestias Inhumanas y hace pasar de largo el lugar que materialmente ocupaban, los intereses que representaban.

¿Cayeron del cielo, emisarios de Lucifer, para matar y matar, por puro placer, a una raza desagradable que no les gustaba? ¿O fueron los ejecutores, en cambio, de un proceso que propendía a acallar las voces que clamaban pro una sociedad justa y maniatar los brazos inquietos que luchaban por ella? ¿Mataron asistemáticamente, a diestra y siniestra, a una raza o grupo étnico que no les complacía? ¿O, por el contrario, fueron con un plan sistemático, organizados, para acabar con las franjas sociales que ponían en jaque sus privilegios?

Fueron asesinos e impiadosos, desvergonzados e hipócritas, cínicos y cobardes, embusteros y sanguinarios, fueron todo eso y mucho más, pero no fueron genocidas.

Plantear estas cosas puede ayudar a comprender mejor, no como ellos quieren que la comprendamos, nuestra historia nacional.