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  • Artículo cargado el 03/04/2009 - 14:44

Luto nacional o duelo partidocrático

La muerte del ex presidente Raúl Alfonsín ha puesto nuevamente sobre el tapete las trágicas complicidades de una partidocracia nacional siempre predispuesta para afianzar las cadenas de la opresión nacional y social.

Oficialistas y opositores no han perdido la oportunidad de pavonearse frente a los medios para afirmar el luto nacional que supone la desaparición física del presidente de la primavera democrática. Sin embargo, es llamativo que el tono de las reivindicaciones y los excelsos discursos que se le dedican al expresidente. A pesar de tratarse de una figura política de primer orden en todo el proceso histórico de los últimos años, los desagravios y reparaciones que pretenden legitmarlo para situarlo en el panteón de proceres nacionales se han orientado en líneas diversas, cuando no se trata de la pretendida intergidad moral y ética del desaparecido líder, se trata de las ingenuas expectativas que el retorno democrático generó en la pequeña burguesía progresista, siempre por sobre el significado histórico de la trayectoria política de Don Raúl en el drama nacional.

De ascendencia balbinista y un furibundo antiperonismo, el padre de Renovación y Cambio pretendió remozar y superar las contradicciones radicales que ascendían a la disputa entre personalistas y antipersonalistas, aggiornando ideológicamente a la UCR desde una matriz liberal y socialdemócrata que, en clave derechohumanista, no tardó en seducir a los sectores ilustrados de la pequeña burguesía.

Una vez en el poder, gracias a la definitiva fractura y dispersión del Peronismo, la entelequia ideológica y política de solucionar los problemas de la dependencia nacional desde el apego estricto al orden constitucional duró poco tiempo. Mientras Franja Morada vivía su época de esplendor, y la pequeña burguesía liberal se sentía súbitamente interpelada por las peroratas izquierdistas de la cordinadora, las clases populares argentinas reconocían que la democracia no garantizaba de por sí el empleo y el salario, la salud o la educación y comenzaban a intuir una curiosa continuidad económica y social tras la aparente bisagra entre gobiernos de hecho y gobiernos de derecho. Por su parte, el poder económico doméstico y global no tardaba en, literalmente, desnudar a un gobierno que, en sintonía perfecta con el cipayismo que empujó a su lider a condenar la gesta de Malvinas, empezó como un carro triunfal en que se afirmaba que “no vamos a pagar la deuda con el hambre de los argentinos” terminando como un camión atmosférico que llamaba a una economía de guerra, otorgaba todas y cada una de las exigencias al gran capital nativo, el capital financiero extranjero y el FMI, y perdía todo sostén social en medio de paros, movilizaciones y saqueos.

El alfonsinismo ni siquera pudo mantener en pie sus bulliciosas exigencias derecho humanistas. La CONADEP, y el nunca más, no sólo instituyeron la teoría de los dos demonios, además no tardaron en estrellarse contra el vacio de poder que supone gobernar contra las mayorías populares y los sectores estratégicos de la liberación nacional. Cuando las leyes de obediencia debida y punto final ya habían desencantado a muchos de los seguidores del alfonsinimos, Jorge Abelardo Ramos caracterizó a este último con palabras que gozan de una llamativa vigencia: “Vista la situación más de cerca diríamos que el gobierno se encuentra en manos de una clase social que se caracteriza por su indefinición. La clase media universitaria y tecnocrática ocupa el gobierno pero no practica una política propia ya que no puede tenerla sino que otorga para su propia mezquina seguridad amplias concesiones a la oligraquía financiera y el imperialismo mundial. Estamos en presencia de una clase social cuyas virtudes extremas son el terrorismo o el miedo más abyecto y que no ha vacilado en aprovechar las inmensas derrotas y desilusiones sufridas por las grandes masas trabajadoras para enajenar los últimos bastiones de soberanía y justicia social sobrevivientes del pasado. ¿A cambio de qué? Según ha dicho Sábato en defensa de Alfonsín y de la democracia eurpea, la libertad es un valor absoluto. Se refiere, sin duda, a la libertad individual. Pero la libertad de la patria ¿no es también un valor absoluto? Sábato sabe muy bien qué quiere decir y sus lectores tampoco lo ignoran. Aramburu dio a los lectores de Sábato ese tipo de libertad; también fusiló obreros…”.[1]

Finalmente, el menemismo pudo imponer la más flagrante traición a las mayorías populares gracias a la represión hiper inflacionaria alfonsinista que aterrorizó y paralizó toda alternativa orgánica de resistencia.

Sin embargo, la trayectoria del excelso demócrata de la dependendencia no terminaría cuando apresuradamente cedió el cargo de presidente a Carlos Saúl Menem. La emergencia de la partidocracia bipartidista domesticada por el imperialismo en el post proceso, se selló históricamente con la ferviente complicidad de Don Raúl en el pacto de Olivos.

Este último torna más hipócrita la reivindicación del último caudillo radical que ensayan los partidócratas locales. Toda la prédica ideológica sobre la democracia, el dialogo y el consenso que había monopolizado el alfonsinismo frente a la amenaza populista y autoritaria peronista, se diluyó en una cobarde maniobra absolutamente reñida con cualquier principio de ética política que, sí era absurdo esperar del entonces presidente, podía exigírcele al líder de la UCR. Sin embargo, el pacto sólo tenía como objetivo despejar cualquier eventual reaparición política del antiimperialismo, cediendo el control absoluto del escenario político al justicialismo y el radicalismo, las degeneraciones partidocráticas del Peronismo y el nacionalismo democrático irigoyensita.

Basta esta sencilla e incompleta revisión para comprender las razones por las cuales los protagonistas de la reconposición partidocrática y semicolonial del post 2001, se desahacen en excelsos y fervorosos alegatos a favor del primer presidente de la transición democrática, intentando imponer un luto nacional que no tiene que ver con la continuidad de la entrega y la dependencia, sino con la desaparición física de uno de sus máximos responsables históricos.