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  • Artículo cargado el 21/06/2009 - 19:00
KIRCHNER, PERÓN, HEGEL Y LA COMUNIDAD ORGANIZADA

La otra cara de la justicia social peronista

Caucásico, de ascendencia nórdica, con un dejo de satisfacción y empilchado como el típico empresario sufrido y plebeyizado:

           “ — Bueno muchachos, les quería decir que desde hace cinco minutos… ¡¡¡están todos en blanco!!!”

Un conjunto de ultra estereotipados cabecitas negras que hacen de obreros, dejan las herramientas para aplaudir y juntos responden:

           “ — ¡¡¡Gracias Don Carlo!!! ¡¡¡Grande Don Carlo!!!”

Emotivos violines de fondo. El buen burgués se justifica y hace mención a las posibilidades que le ofreció el estado. El último plano se queda con la cara de satisfacción del emocionado y ético empresario. El estado invita a blanquear personal.

El spot del gobierno para combatir al trabajo en negro podría dar pie a un infinito número de análisis socio-económicos pocos favorables para el oficialismo.

Sin embargo, a la luz de la historia argentina reciente y de su más traumática y liberadora experiencia del siglo XX, puede considerarse como una auténtica muestra de los fundamentos que determinaron la degeneración partidocrática del Peronismo y su histórica claudicación pejotista. Es más, puede concebírsela como un extracto minimalista de las aristas más conservadoras del pensamiento de su máxima figura histórica: Juan Domingo Perón.

Si los creativos de la publicidad se hubieran propuesto reflejar en tan sólo unos segundos el horizonte utópico del peronismo en toda su magnitud, difícilmente hubieran alcanzado un resultado tan revelador.

La publicidad se centra, independientemente de la voluntad de sus creadores, en el núcleo propositivo del pensamiento justicialista: “La comunidad organizada”.

Este confuso “modelo societario” fue el producto de la creciente influencia que el “nacionalismo” cipayo de toga y espada adquirió durante la primera década peronista rozando, inclusive, a su máximo líder.

Fue Perón quien se encargó de legitimarlo y respaldarlo, aunque su autoría se ha puesto más de una vez en duda,  gracias a su impresionante ascendencia popular, no sólo en las jornadas del congreso filosófico del 49, sino editándolo como una de las obras obligatorias de cualquier biblioteca justicialista.

Básicamente, se trata de un modelo en que las distintas clases y sectores sociales, las “partes” de un sistema hegeliano, negocian y pactan estrategias comunes para suavizar las contradicciones sociales en pos del bienestar de la nación, el “todo hegeliano”.

Cada clase social cumple su papel específico sin cuestionar el orden estructural que las diferencia entre sí y, ante cualquier inconveniente, la paternal mano estatal se hace presente para garantizar, con la burocracia o la policía, la armonía  social y el natural entendimiento entre la totalidad social.

Si el Peronismo era poli clasista, su ideología también debía serlo. Las ideas, en este marco, no estaban determinadas por las condiciones materiales objetivas de quien las concibe, sino por el genio y la maquiavélica virtud subjetiva de quien conduce. La “comunidad organizada” no era más que, en el fondo, una sencilla traducción criolla del idealismo hegeliano más vulgar.

Ni yanquis, ni marxistas, la ortodoxia peronista terminó asfixiada en el mismo pensamiento eurocéntrico que pretendía impugnar en liberales y “zurdos”.

Si la tercera posición significó una patriótica política antiimperialista en el plano externo, determinó en el plano interno el constante movimiento pendular del jefe bonapartista, sus inútiles esfuerzos por consensuar clases e ideologías antagónicas y, en definitiva, la crisis terminal del movimiento que lideraba, incapaz de trocarse en revolución social para cumplir sus promesas de liberación nacional.

La tercera posición, en este sentido, estaba íntimamente relacionada con la noción de “comunidad organizada”. Es decir, los aspectos revolucionarios de la primera estaban vinculados de manera indisoluble a las aristas más conservadoras de la segunda.

Obreros sumisos que se someten libremente a la explotación para favorecer la acumulación del patrón. Empresarios éticos y comprometidos con la justicia social y los derechos de sus trabajadores. El estado como la entidad todopoderosa capaz de consensuar los opuestos. El ente hegeliano que condensaba la racionalidad perfecta para alcanzar el interés del todo, frente a los particularismos disolventes de las partes.
Si el justicialismo se hizo compinche de la dependencia enterrando los principios peronistas de antiimperialismo y soberanía política, no deja de apoyarse en “la comunidad organizada” para garantizar y reproducir la opresión nacional y la explotación social. Parecen saberlo, inclusive, hasta los creativos a sueldo de la AFIP.