Izquierda Nacional • Socialismo Latinoamericano
  • Politica Nacional
  • Artículo cargado el 06/11/2009 - 07:34

El catecismo de Al Gore

Al Gore estuvo de visita en la Argentina. Anduvo por el país predicando su evangelio del “calentamiento global”, y nos trajo la “buena nueva”: el mundo tiene salvación, vamos a evitar el achicharramiento si adoptamos rápidamente su catecismo. Predicó con devoción sus recomendaciones de adoptar energías renovables y de comerciar emisiones.

La presencia en nuestro país del multipremiado personaje, (Oscar a su película “Una verdad inconveniente”, Nobel de La Paz junto al Panel Intergubernamental de Cambio Climático, Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional por su trabajo a favor del medio ambiente), fue precedida por una impresionante operación política-mediática masiva y bien sincronizada: el estreno de la película “La era de la estupidez”, la propuesta de un plan energético basado en energías renovables y el abandono de la energía nuclear hecha por Greenpeace al Gobierno Nacional, la difusión por televisión de su película “Una verdad inconveniente”, la publicación de artículos al respecto en todos los medios, desde hace meses, para instalar en la “opinión pública” el “sentido común” de que existe un peligroso “calentamiento global” que amenaza con mayor gravedad a los pueblos de los países subdesarrollados.

La presión mediática es insoportable, la pantalla de televisión nos muestra día a día y a todo momento las calamidades pronosticadas y las explicaciones de los representantes de las ONG ecologistas transnacionales como Greenpeace, Fundación Vida Silvestre y por supuesto la del mismísimo Al Gore, recitando la consabida letanía de las inminentes catástrofes climáticas que nos acechan y la manera de conjurar esos demonios: reducir o eliminar las emisiones de dióxido de carbono e invertir en energías renovables como la eólica y la solar. En las calles nos encontramos con carteles de Greenpeace mostrando fotos de los glaciares derritiéndose con el reclamo de que queda poco tiempo para salvarlos, pegados en carteleras usualmente reservados a productos comerciales, y también afiches rojos del Partido Socialista donde Roy Cortina reclama una ley de cambio climático.

Demasiado como para que simplemente esté haciendo publicidad para las empresas donde tiene participación accionaria, como Klein Perkins Caufield & Byers y Chicago Climate Exchange, que se dedican a “negocios verdes”. Se parece más bien a la acción psicológica previa a un ataque militar. En diciembre se firmaría un nuevo Pacto Climático en Copenhague, Dinamarca. La convocatoria fue hecha por el Secretario General de la ONU, Ban Ki Moon. Al Gore no está solo, atrás está el imperialismo, la ONU con su organismo ad hoc: el Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC, su sigla en inglés).

El IPCC es un organismo político, que según lo publicado en su sitio oficial www.ipcc.ch, ”no conduce investigaciones ni monitorea parámetros climáticos (…) su rol es evaluar (…) toda la literatura producida en todo el mundo (…) para la comprensión del cambio climático inducido por el hombre (…)” Es decir que en la definición de su propio rol parte de una conclusión previa: “el cambio climático inducido por el hombre”. El IPCC que se muestra ante todos como la máxima autoridad científica del mundo en cambio climático, en realidad su función es la de “bajar línea” a todos los gobiernos del mundo. Difunden que el “calentamiento global” es causado por el dióxido de carbono de origen antropogénico, eligiendo, ocultando e incluso fraguando información pertinente. ¿Porqué mienten? Por la misma razón que justificó el ataque a Irak. ¿Qué pretenden que firmemos los países subdesarrollados? Estamos en guerra por los recursos del planeta.

La estrategia de los países imperialistas ha sido, a partir de la recomendación de Henry Kissinger (otro premio Nobel de la Paz), la de propiciar el despoblamiento de los pueblos del tercer mundo, a fin de aliviar la presión sobre la demanda de recursos energéticos y minerales. Obama adelantó que firmaría el Pacto de Copenhague cuya redacción fue propuesta por Japón en abril del 2009 en Bangkok, Tailandia, el que fijaría “metas de reducción de emisiones de dióxido de carbono por sectores industriales y no por países”. Esto fue apoyado por la Unión Europea y rechazado por China, India y Brasil.

El dióxido de carbono es la emisión industrial por excelencia y debido a las reacciones químicas de sus procesos productivos, las que más emiten son la industria cementera y la siderúrgica, precisamente las más demandadas en los países que se desarrollan. Firmar esto sería frenar el desarrollo, prioritario para nuestros países, para combatir la desocupación, el hambre y la enfermedad, consecuencia de la explotación capitalista a nivel planetario.

No llama la atención que Gustavo Sierra, corresponsal de guerra en Irak de Clarín, sea ahora el que siga las alternativas de esta guerra silenciosa desde Copenhague como enviado especial. Ha escrito hasta ahora dos artículos, uno el domingo 11/10/09 —Últimas chances para frenar el cambio climático— y el del domingo 18/10/09 —No hay acuerdo entre las potencias—. ¿Sobre qué no hay acuerdo? Sobre cómo van a recaudar en los países centrales vía impuestos, el capital de 100.000 millones de dólares por año, que, según ellos, son necesarios para pagar la “deuda climática” contraída con nosotros, “ayudándonos” a que podamos adaptarnos al “calentamiento global”: o sea, nos van a dar créditos para fines específicos como desarrollo de energías renovables, adaptación y mitigación a las consecuencias del futuro “calentamiento global”. Desde el punto de vista del sistema imperial, sería generar una importante demanda para toda la “industria verde” con la consiguiente creación de fuentes de trabajo (para ellos). Mientras que nos obligaría a nosotros, a invertir en algo no prioritario, impidiendo, postergando o haciendo más caro nuestro desarrollo.

Así podemos ver que antes que el “calentamiento global”, lo que amenaza a los pueblos del tercer mundo son las políticas sobre el calentamiento global que son decididamente genocidas.