- Izquierda NacionalVenezuela
- Artículo cargado el 23/02/2009 - 15:58
Chávez y la revolución bolivariana
Es evidente que el proceso de liberación encabezado por Hugo Chávez ha conseguido grandes logros para la clase trabajadora de Venezuela y ha permitido al país mismo reflotar de la miseria en la que históricamente se vio inmerso. Los números hablan por sí solos y se reflejan en el bienestar alcanzado por las franjas eternamente desfavorecidas durante los años de sumisión al imperio y dominio oligárquico.
Por más que como un vendaval lleguen, desde los recintos de los eternos vendepatria de toda Latinoamérica, las críticas más duras y las asechanzas más ácidas y malintencionadas, con solo posar la vista sobre la realidad venezolana y husmear mínimamente en los rasgos primarios de la cotidianeidad, es posible notar el progreso logrado y la ratificación de los valores autóctonos.
Es un gobierno de éxitos, sin dudas, pero esas consecuciones, sin embargo, no deben nublarnos la vista y negarnos la visión de sus falencias. Hay todavía una larga lista de tareas por concretar; no es eso, sin embargo, el aspecto más destacado de sus defectos.
El espíritu revolucionario de todo aquel que anhela una Latinoamérica independiente y unida debe realizar su visión crítica y pugnar por el desarrollo del proceso emancipatorio. Acompañar, por eso, no significa convalidar a diestra y siniestra, con los ojos tapados y sin objeciones. Las críticas valen y constituyen, por cierto, argamasa fundamental en cualquier proceso revolucionario.
El régimen chavista se sustenta sobre la base de un líder carismático. No tiene nada de negativo esto, sino que es una condición casi obligada de los movimientos que representan las clases oprimidas en nuestra Latinoamérica.
Los movimientos que reivindican a las clases oprimidas surgen de las afueras de la sociedad; son el eco de las voces desplazadas, el grito de los marginados. Es por eso que no poseen las herramientas que las grandes urbes y su congestión otorgan a los sectores que seducen con lo extranjero. Antes fueron las campañas, separadas de los centros urbanos en donde se asentaban los más poderosos; hoy son, en cambio, las márgenes de la misma sociedad, sus orillas, en donde nacen y crecen los movimientos de afirmación nacional y reivindicación social.
Sin un principio agregador identificado en un individuo que reúna las cualidades que el pueblo soberano reivindica, por tanto, es imposible que las masas sojuzgadas tengan peso y poderío en la arena política de una nación semicolonial. Atacar el proceso encabezado por Hugo Chávez por eso lado, es utilizar un instrumento analítico otorgado por los enemigos de la revolución, es socavar la base misma del edificio emancipatorio.
Pero ese proceso de seguimiento del líder carismático debe tener como regla insoslayable la constitución de una base organizativa sólida y perdurable que le permita al movimiento trascender los límites lógicos, biológicos-intelectuales, del líder y conseguir sostenerse a lo largo de la historia con posibilidades concretas y reales.
El líder representa solo en una instancia transitoria la materialidad del movimiento; pero esa materialidad debe ser trasladada de forma confiable y coherente a una estructura organizacional que permita al movimiento extenderse y sobrevivir en las páginas de la historia. Sin organización, el movimiento se disipa cuando las fuerzas de lucha del líder disminuyen y ya no le es posible ascender sobre las masas ansiosas y representar sus intereses y bregar en su defensa. Las personas son siempre temporales, tienen un ciclo de existencia, y por eso, un movimiento de liberación no puede afirmarse exclusiva y perennemente sobre el retrato de un individuo, por más carismático y bienintencionado que sea.
Nuestra historia nacional presenta un caso paradigmático en este punto: el peronismo. Ya Perón, gran clarividente, vaticinaba que solo la organización vence al tiempo y que los hombres pasan y se olvidan. Es necesario conformar un cuerpo sólido en torno a una doctrina o principio regidor para poder estar en condiciones de sostener un proyecto a lo largo del tiempo y poder afirmar que cualquier proceso emancipatorio es o fue exitoso, evitando así, también, la aparición de nuevas personalidades ávidas de poder que copen el liderazgo y echen a perder todas las consecuciones.
El chavismo, hasta ahora, no ha logrado conformar un cuerpo organizativo considerable y fuerte que le permita prescindir de la figura de Hugo Chávez y dar la estocada definitiva a la revolución. Sin Chávez no hay revolución, y eso esta muy lejos de ser una virtud del líder y de su movimiento. Es, más bien, una de sus principales debilidades y el flanco principal por donde la oposición debería atacar para hacer sucumbir ese paso histórico que tan incómodos los pone.
Es necesario poder diferenciar el líder del proceso, la figura individual de la revolución, y eso hoy no ocurre en Venezuela. No prima el proceso de liberación sino la figura del líder y todas las injerencias que esto tiene. Hay mayor protagonismo individual y eso repercute negativamente sobre la posibilidad de concreción del proyecto revolucionario. Es menesteroso poder separar, poner sobre todas las cosas la revolución y concebir a los hombres como actores de la misma que no constituyen más que sus integrantes en un tiempo determinado. Siempre es más la revolución misma que los hombres que la encabezan, porque es la revolución la que representa a las masas oprimidas sedientas de libertad y soberanía.
Si confiamos en la buena fe de Chávez y deseamos ver a una Venezuela libre y soberana, la postura a tomar, creo yo, es de apoyo a esta medida y de rápida exigencia de la conformación de una organización que permita superar a Chávez y brindar mayor solidez a la revolución bolivariana.