04 Jun 2002En lucha
Una trampa para recomponer la hegemonia partidocratica
Por definición, lo nuevo es aquello que hoy no tiene forma claramente identificable en el mapa político nacional. Lo nuevo es una virtualidad inscripta en el curso del desenvolvimiento ininterrumpido, con marchas y contramarchas, de la Revolución Nacional emancipadora. Lo nuevo es ese “quedarse en el 45” enriquecido con las luchas por el retorno de Perón en 1973, contra la dictadura genocida del 76, por la gesta patriótica de Malvinas, contra la socialdemocracia alfonsinista y contra el neoliberalismo menemista. Lo nuevo es lo que hoy no es, pero que ha sido y será: el Frente Nacional y Antiimperialista que una a todos los patriotas, civiles y militares, tras las banderas del nacionalismo económico, la soberanía popular y la justicia social.
El gobierno de Eduardo Duhalde, ungido por un contubernio partidocrático para apagar el incendio que abrasó la Argentina a partir del colapso de la Alianza radical-liberal-frepasista, fracasó en todos los terrenos. El país está hoy en condiciones mucho peores de lo que estaba en diciembre del año pasado. Esta es la razón del adelantemiento de los comicios previstos originariamente para setiembre del año próximo, y no la consecución de la “pacificación nacional”, como insinúa tímidamente el Presidente.
Con la convocatoria anticipada a elecciones, el gobierno intenta ganar tiempo del único modo posible: acortando su mandato. Espera, de una parte, descomprimir la situación política derivando el descontento popular hacia canales institucionalizados, y de otra, asegurar a la usura internacional que en poco tiempo existirá un interlocutor válido, legitimado por el voto, con el que replantear los términos de la sumisión nacional.
El fin de un régimen
El 19 y 20 de diciembre de 2001 estalló el régimen político concebido como reaseguro de la transferencia de recursos desde los sectores productivos hacia la especulación financiera. Desde los tiempos de Alfonsín hasta los de De la Rúa, la Argentina fue despojada, sin solución de continuidad, de las palancas fundamentales para ejercer la soberanía económica. Desde el petróleo y demás fuentes de energía hasta las comunicaciones o el sistema financiero, el furor privatista y extranjerizante penetró todos y cada uno de los poros del cuerpo social. Simultáneamente, la soga al cuello del endeudamiento con el exterior se ajustó progresivamente hasta cortar el paso de la menor gota de oxígeno.
La cara social de este modelo económico está a la vista. La polarización de la riqueza, considerada por Marx inherente al desenvolvimiento del capitalismo, alcanzó un grado extremo. Los indicadores oficiales señalan que nunca antes en la historia moderna del país existió un abismo tan inmenso entre el ingreso de las elites dominantes y el de las mayorías populares. Los 18 millones de compatriotas que sobreviven bajo la línea de pobreza y el 30% de desocupados transforman en un sueño paradisíaco el infierno de la Década Infame.
Pero, ¿qué circunstancias explican que este programa antinacional y antipopular haya podido sostenerse durante las últimas dos décadas y que todavía siga en pié? Sin dudas, parte de esa explicación se encuentra en el auxilio que le prestaron los aparatos ideológicos y la casta corrupta de los políticos partidocráticos. Tanto desde la prensa como desde el Parlamento, y también desde la universidad pública capturada por el radicalismo, una pléyade de pequeñoburgueses arribistas adoptó y difundió la ideología democratista y liberal que procedía desde los centros imperialistas. De ese modo, las diferentes formas de resistencia ensayadas por las franjas populares se esterilizaron convirtiéndose en lo que los plumíferos llaman “protestas sin propuestas”. ¿Qué propuestas podían ofrecerse si el horizonte conceptual, aun el de aquellos que se llamaban a sí mismos “progresistas”, estaba encorsetado en los marcos de la democracia partidocrática y la economía de mercado?
Como muestra, un botón. En un país arrodillado ante el imperialismo, en el que hasta el FMI tiene una oficina dentro del Banco Central, el término “nacionalismo” se convirtió en una mala palabra. La sola reivindicación de las Malvinas –esa parte de nuestro territorio ocupada por una potencia extranjera- era motivo de sospechas por parte de una “opinión pública” que consideró aquella gesta patriótica una “aventura irresponsable”. Oponerse a la entrega del patrimonio público significaba “haberse quedado en el 45”, y criticar la venalidad de los políticos era prueba de desprecio a la democracia.
Pero los efectos perniciosos del programa antinacional, sintetizado en la fórmula “democracia y mercado”, resultaron más fuertes que las barreras ideológicas construidas para protegerlo. El levantamiento del 19 y 20 de diciembre marcó el final de un período sombrío en la historia nacional.
Piquetes y asambleas barriales
La irrupción de las asambleas barriales durante el último verano despertó las ilusiones más caras de la izquierda tradicional. Si el levantamiento del 19 y 20 de diciembre puso de manifiesto el descrédito que afecta a la democracia burguesa o partidocrática, entonces parecía llegada la hora de la democracia directa. Esta última surgiría de la convergencia entre piqueteros y caceroleros en el Agora moderna de las asambleas vecinales.
Pero surgieron problemas. Los piqueteros, expresión legítima y militante de la exclusión social y el desempleo, ensayaban sus propias formas de protesta, consistentes en cortes de rutas y periódicas marchas al centro de las ciudades. Los caceroleros, por su parte, pronto concentraron sus energías en reclamar por sus ahorros confiscados en las puertas de los bancos. Con la llegada del otoño, las asambleas barriales perdieron su calor inicial, y sólo siguieron animándolas los voluntariosos militantes de los partidos de izquierda y algunos pocos vecinos que habían descubierto su sensibilidad social y ampliado su horizonte ideológico trascendiendo el individualismo pequeñoburgués. Estos vecinos eran sin duda los mejores de todos quienes habían hecho tronar las cacerolas contra De la Rúa. Pero la historia no la hacen los mejores sino las mayorías, o quienes mejor las interpretan, que no son necesariamente los mejores.
A medida que las asambleas barriales perdían en extensión, ganaban en profundidad programática. Muchas de ellas iban más allá del “que se vayan todos” y formulaban un programa avanzado que planteaba el no pago de la deuda externa, la ruptura con el FMI y la renacionalización de las empresas privatizadas. Un programa justo y necesario, pero que en la medida que perdía de vista al sujeto político capaz de realizarlo, se condenaba a la impotencia.
La perspectiva de reemplazar la forma partidocrática de la democracia por la forma “pura” de las asambleas barriales, denominadas “populares”, carecía de viabilidad. La táctica de apostar a las formas más o menos espontáneas de movilización popular resultaba incapaz de empalmar con un horizonte estratégico superador del democratismo partidocrático-burgués. Para que ello resultara posible, las organizaciones de izquierda, que actuaron como eje vertebrador de la espontaneidad popular, aprovechando el vacío dejado por las maquinarias políticas tradicionales, deberían haberse planteado la articulación de las movilizaciones piqueteras y de la clase media con dos actores decisivos que permanecieron en silencio: el movimiento obrero organizado y las corrientes nacionales de las fuerzas armadas. Para esto hacía falta una política de carácter nacional, popular y revolucionario, lo que la izquierda no tenía. Sin la intervención de la clase obrera y del nacionalismo militar, sólo quedaba abierta la vía de la recomposición partidocrática. Es esa vía la que adquiere fuerza con el llamado anticipado a elecciones de Duhalde.
Por un Frente Nacional y Antiimperialista
La partidocracia demoliberal repudiada en las calles el 19 y 20 de diciembre ya está lanzada a la tarea de recomponer la crisis de representatividad que ha puesto en jaque el orden semicolonial.
Se ha instalado un escenario electoral para los próximos meses. En un polo, las fuerzas más o menos conservadoras y de “centroderecha” comenzarán a debatir cuál es su mejor candidato. ¿Reutemann? ¿De la Sota? ¿Menem? ¿El tándem López Murphy-Bullrich? En el polo opuesto, pero simétrico, el campo “progresista” debatirá en torno a Elisa Carrió y Luis Zamora. ¿Qué sitio habrá para los radicales? La línea interna de Storani ya está trabajando por la candidatura de Rodolfo Terragno. También es posible que la oferta partidocrática encuentre un rostro más o menos “nacional y popular”, como podría ser el de Adolfo Rodríguez Saa o el de Kirschner, si es que este último no se suma al polo “centroizquierdista”. Entre todos estos sectores el imperialismo espera encontrar el próximo partido de gobierno y, al mismo tiempo, el partido de repuesto que juegue el rol de oposición consentida.
En cualquier caso, ninguna de estas variantes expresa lo nuevo que comenzó a alumbrar en las jornadas del 19 y 20 de diciembre. Por definición, lo nuevo es aquello que hoy no tiene forma claramente identificable en el mapa político nacional. Lo nuevo es una virtualidad inscripta en el curso del desenvolvimiento ininterrumpido, con marchas y contramarchas, de la Revolución Nacional emancipadora. Lo nuevo es ese “quedarse en el 45” enriquecido con las luchas por el retorno de Perón en 1973, contra la dictadura genocida del 76, por la gesta patriótica de Malvinas, contra la socialdemocracia alfonsinista y contra el neoliberalismo menemista. Lo nuevo es lo que hoy no es, pero que ha sido y será: el Frente Nacional y Antiimperialista que una a todos los patriotas, civiles y militares, tras las banderas del nacionalismo económico, la soberanía popular y la justicia social.



