10 May 2010Energía
Una política energética independiente, en el centro del proyecto de liberación
Hay dos ejes centrales sobre los cuales se plantea la necesidad estratégica de contar con una nueva política energética nacional que pueda transformarse en un instrumento sistemático de estudio, planificación, reordenamiento y reorientación de las prioridades estratégicas del país de cara a la construcción de un proyecto nacional de liberación.
Por un lado, las fuentes tradicionales de generación de energía basadas en los combustibles fósiles —petróleo, carbón y gas-— que han permitido la extensión y profundización de una economía industrial diversificada, compleja y altamente eficiente en los procesos productivos durante las últimas siete décadas, son hoy motivo de fuertes disputas en el sistema internacional debido a una multiplicidad de factores que se relacionan e interactúan permanentemente.
Ello plantea, en sí mismo, fuertes desafíos para nuestro país, que se leen en clave geopolítica y que están estrechamente vinculados a los profundos cambios que se están manifestando en la matriz de poder mundial, con el ascenso de grandes actores nacionales —auténticos Estados pivotes— que están configurando una nueva estructura de poder multipolar.
En efecto, uno de los conflictos más relevantes en la actual coyuntura internacional, es el vinculado al acceso a fuentes de recursos energéticos y minerales en distintas regiones geopolíticamente relevantes del sistema, entre las que resaltan la región del Cercano Oriente, el Cáucaso y los Balcanes, los espacios marítimos del Atlántico y del Pacífico Sudoccidental, del Océano Índico, y del Polo Norte, el enorme hinterland euroasiático y sudamericano y, finalmente, la región del cuerno de África.
Asimismo, la intensificación de la puja por el acceso y el control de las cada vez más escasas fuentes de recursos hidrocarburíferos y minerales, liderada no sólo por el centro del poder anglosajón de base euroatlántica, sino por estas nuevas potencias de creciente influencia regional —China, India, Rusia, Brasil, Sudáfrica, Venezuela, Irán, entre las principales— se extiende al compás del avance de un proceso de estancamiento estructural de los niveles de reservas de hidrocarburos comprobadas en el mundo, cuya contracara es el aumento incesante de los niveles de demanda de los recursos, impulsados básicamente por el crecimiento de los nuevos jugadores del esquema de poder mundial, con China, India, Rusia y Brasil a la cabeza.
Dos datos, por demás contundentes, permiten avalar estas afirmaciones. En sus proyecciones para el año 2030, la Agencia Internacional de la Energía —órgano dependiente de los principales países desarrollados de la OCDE— sostiene que será necesario extraer algo más de 112 millones de barriles por día de petróleo —actualmente estamos en un promedio de 86 mbpd— para satisfacer la creciente demanda mundial y no provocar una agudización de los problemas estructurales de oferta. A su vez, la misma fuente señalada, el Departamento de Energía de los EE.UU. y British Petroleum, dan cuenta que casi el 90 % de las reservas de hidrocarburos comprobadas en el mundo, están en manos de empresas nacionales de energía, que geográficamente están ubicadas en el Hemisferio Sur en su gran mayoría, con todo lo que ello significa en términos geopolíticos.
Por otro lado, y mirando esta compleja situación desde las necesidades de la Argentina, se intenta reflexionar a la luz del objetivo estratégico de consolidar una matriz energética que sea lo suficientemente diversificada en lo que respecta a las fuentes de generación de energía para coadyuvar al logro de un esquema confiable, seguro, eficiente y dinámico de suministro energético que permita reducir a niveles manejables los riesgos y los desequilibrios implicados en un proceso tan complejo como la racional administración de una matriz energética que pueda sustentar el crecimiento permanente de la economía y de la actividad productiva, más aún ante el diagnóstico de la probable agudización de las tendencias señaladas en la evolución del mercado energético mundial.
En tal sentido, dos de los tres aspectos fundamentales que se deben resolver en términos de propender a la consolidación de una estrategia de diversificación del riesgo de seguridad energética, son, por un lado, el mejoramiento de los estándares de eficiencia energética global del sistema —situémonos, por ejemplo, en el transporte automotor, que es uno de los sectores más directamente dependientes de las fuentes de generación hidrocarburíferas— y, por el otro, la búsqueda de fuentes alternativas y/o sustitutas que permitan ir reemplazando, paulatinamente, todos los combustibles y carburantes de origen fósil (naftas, diesel oil, gnc, lubricantes vehiculares, etc.) que hoy se destinan masivamente a la provisión del parque automotor ( pensemos en los motores eléctricos y en las baterías de hidrógeno como sustitutos interesantes) y, en algunos casos, a la generación de energía eléctrica para consumo masivo.
En este segundo punto, la Argentina tiene, ante sí, la posibilidad de fortalecer la nucleoelectricidad como una auténtica alternativa de generación de base, confiable, segura, eficiente desde el punto de vista de rendimiento y utilización de la energía generada y sustentable desde una perspectiva socio-ambiental, todo lo cual ha sido corroborado por más de seis décadas de desarrollo nuclear argentino. Simultáneamente, está abierta la perspectiva de una planificación racional y eficiente de otras alternativas basadas en recursos naturales renovables, una de cuyas posibilidades es la generación eólica de electricidad, pensando en la perspectiva del fortalecimiento de procesos de creación de valor y de desarrollo con impacto regional.
Finalmente, hay un tercer aspecto que es fundamental de cara a encarar los desafíos externos e internos que, en materia energética, son muchos y acuciantes. Se trata de la dimensión integración energética sudamericana, sustentada en la existencia de políticas energéticas nacionales que se planteen como prioridad la recuperación de la soberanía integral sobre los recursos energéticos, de modo tal de fortalecer la autoridad, el control y las perspectivas de planificación racional, eficiente, diversificada y compartida de la energía.



