18 Ago 201070 años del asesinato de León Trotsky 

Trotsky, La revolución traicionada y los problemas de la transición socialista

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Cuando en 1936 Trotsky mandó a la imprenta el manuscrito de la Revolución Traicionada la situación del régimen stalinista en la Unión Soviética estaba definitivamente consolidada. Stalin, que hasta ese momento había sostenido que la Revolución de Octubre había echado los cimientos de la sociedad socialista, declaró que tal estadio había sido alcanzado. En esos días había sido promulgada la nueva Constitución, “la más democrática del mundo”, estableciendo el voto universal para todos los ciudadanos y archivando el antiguo régimen electoral soviético que aseguraba una mayoría a la clase obrera. Simultáneamente, el régimen de partido único fue consagrado jurídicamente por primera vez mediante la justificación de que en una comunidad socialista desaparecen los conflictos de clase, tal como se expresan a través de los regímenes políticos de la democracia burguesa.  Mientras tanto, en una sociedad crecientemente desigual se había abierto una profunda brecha entre los grupos privilegiados de la burocracia y las grandes masas trabajadoras; brecha glorificada por la minoría dirigente como una “conquista del socialismo”. En medio de un asfixiante clima de restauración, bajo cuyo peso las reformas progresivas de los años 20 en materia de educación fueron condenadas como desviaciones ultraizquierdistas, un orden autoritario y jerárquico, impregnado de tradicionalismo y nacionalismo, había logrado imponer una férrea disciplina paternalista sobre el conjunto de la sociedad, particularmente en los dominios de la literatura, las artes y las ciencias. Se iniciaba la época trágica de los Procesos de Moscú, una grotesca infamia judicial mediante la cual el stalinismo mandó a la muerte a lo que quedaba de la vieja guardia bolchevique, protagonista central de la Revolución de Octubre.

El término “burocratismo”, en alusión a las deformaciones del aparato estatal soviético, fue aplicado por primera vez en los comienzos de los años 20. Lenin buscó el origen del fenómeno en el bajo nivel cultural de las masas, en el atraso y el carácter de subsistencia que revestía a la agricultura, y en la inmensa dispersión en que se desenvolvía la producción campesina que volvía dilatados y fragmentados los circuitos de comercialización. En diciembre de 1923, al redactar El Nuevo Curso Trotsky tomó distancia de este diagnóstico y señaló que el “burocratismo” no era una sobrevivencia del pasado en trance de desaparición, sino un fenómeno social diferente, consecuencia de las nuevas tareas, dificultades y errores de partido. Por entonces Stalin, afianzado en la secretaria general del partido, controlaba piezas claves del aparato partidario y estatal, en una situación de enfrentamiento abierto con Trotsky. Lenin que le había propuesto a éste formar un bloque para desplazar a Stalin, había sufrido un segundo ataque en diciembre de 1922 y habría de morir en enero de 1924, dejando tras sí una de las pocas oportunidades que se presentaron al régimen bolchevique para rectificar el rumbo.

En 1928 Trotsky publica La Tercera Internacional después de Lenin. Había transcurrido una década de régimen soviético, y la situación mundial que había hecho abrigar a los bolcheviques la expectativa de que las condiciones revolucionarias de postguerra habrían de permanecer durante todo un período histórico, ya no existían. En Alemania la revolución había sido derrotada nuevamente en 1923, en China la victoriosa insurrección obrera de Shangai había sido aplastada en 1927 por Chiang Kai-shek con la ayuda de la política oportunista de Stalin y Bujarin, y en la Unión Soviética la Oposición de Izquierda estaba liquidada políticamente y la fracción gobernante detentaba la suma del poder público. Trotsky señaló la presión que la tendencia contrarrevolucionaria internacional descargaba sobre el partido y observó sus efectos sobre la consolidación de la burocracia. En esa burocracia, escribió tiempo después, la fracción stalinista había encontrado la base social necesaria para desarrollar una política típicamente centrista.

En 1933 tras la victoria del nazismo en Alemania al escribir La naturaleza de clase del Estado soviético, la interpretación del régimen soviético adquiere un carácter sistemático, anticipo de la conceptualización de lo que tres años más tarde se conocería bajo el título La revolución traicionada. Este fue el último libro que Trotsky logró terminar y, al decir de Isaac Deutscher, constituye su testamento político. En esta obra la Unión Soviética es caracterizada como una sociedad intermedia entre el capitalismo y el socialismo, cuyo bajo nivel de desenvolvimiento productivo impide dar carácter socialista a las relaciones de propiedad. La maquinaria estatal surgida sobre este terreno social tiene un carácter dual: es un Estado obrero en tanto sostiene la propiedad colectiva de los medios de producción y de cambio, pero al mismo tiempo reviste un carácter burgués, derivado del contenido de las normas de reparto, necesariamente desiguales. Esta observación constituye la clave teórica de la interpretación de Trotsky; de cómo se resolviese la tensión que encierra esa contradicción, dependería la suerte del régimen soviético.

Lenin había caracterizado al Estado soviético como “un Estado burgués sin burguesía”, y Trotsky apuntó que ni él ni Lenin habían advertido que semejante combinación habría de tornar incompatible el desenvolvimiento de una democracia socialista, tal como la historia se encargó de demostrar en los primeros años de la década del 20. La imposibilidad de proceder a una distribución igualitaria de los bienes, la necesidad de mantener a una minoría dirigente y a la vez privilegiada, que regulase esa distribución y, por fin, la persistencia de la división social del trabajo, lejos de propiciar la tendencia declinante del aparato estatal anticipada en la teoría por Marx en la Crítica al programa de Gotha y por Lenin en El Estado y la revolución, crearon las condiciones de su consolidación y afirmaron a la burocracia en los estamentos administrativos y en los niveles directivos del partido. Trotsky explicó que la burocracia, que en al principio adquirió poder como órgano burgués de la clase obrera, con el correr del tiempo se erigió en árbitro entre los trabajadores y la pequeña burguesía, se desarrolló como capa diferenciada y alcanzó un alto grado de autonomía. Sin embargo, advirtió que su situación de privilegio no se fundaba en condiciones particulares de propiedad: los funcionarios no tenían ni títulos ni acciones que les asegurasen el derecho a apropiarse de la propiedad colectiva; tampoco podían dejar en herencia su posición en el aparato administrativo. Además, los privilegios de los grupos administrativos estaban circunscriptos al dominio de los bienes de consumo. Su poder y sus rentas derivaban de un orden social cuya base material estaba determinada por la propiedad pública de los medios de producción y de cambio y, en consecuencia, su supervivencia la obligaba a aceptar, al menos durante cierto tiempo, el estadio alcanzado por la revolución. En definitiva, la burocracia no era una nueva clase explotadora, una clase capitalista de Estado, como había sido denunciada.

¿Un colectivismo burocrático?

La discusión sobre la caracterización del régimen soviético reapareció años más tarde. En 1939 Bruno Rizzi, ex integrante del Partido Comunista francés, publicó La burocratización del mundo, libro donde desarrolló ampliamente la tesis de que la Unión Soviética, lejos de encaminarse hacia el socialismo, había dado origen a un nuevo régimen de explotación y opresión política. Rotuló a la nueva forma social como colectivismo burocrático y opuso a los argumentos de Trotsky la afirmación de que la burocracia detentaba la posesión de los medios de producción y acumulaba ganancias, pero a diferencia de la burguesía bajo el capitalismo, no lo hacía de modo individual sino colectivamente. Esta transferencia de la riqueza generada por el conjunto de la sociedad a favor de los funcionarios se producía a través de la estatización de la plusvalía arrancada a las masas explotadas. Sin embargo –advertía– el colectivismo burocrático no era una tendencia exclusiva de la Unión Soviética: el control y la planificación estatal se desarrollaba igualmente en la Italia fascista, la Alemania nazi y la democracia burguesa de Roosevelt. En la medida que significaba una organización de la economía y la sociedad más eficiente y con mayores índices de productividad que el capitalismo, constituía una etapa históricamente necesaria, que se prolongaría hasta que en algún momento el agotamiento de sus posibilidades creara por fin, las condiciones históricas para el advenimiento de una sociedad liberada de toda forma de explotación y opresión. La obra de Rizzi sirvió de base para que otros como Max Shachtman, James Burnham y Milovan Djilas, con menor consistencia que Rizzi, anunciaran el advenimiento de lo que denominaron la “revolución de los administradores”.

En septiembre de ese año Trotsky publicó La URSS en guerra, un artículo destinado a refutar el planteo de Rizzi. Recordó que la justificación histórica de toda clase dominante consiste en proclamar su capacidad en asegurar el mayor desenvolvimiento posible de las fuerzas de producción. En la URSS esas fuerzas materiales habían registrado un avance notorio y, sin embargo, el resorte de tal impulso no residía en el régimen burocrático sino en la nacionalización de los medios de producción y la planificación económica. Por el contrario, la burocracia constituía el mayor obstáculo para el desarrollo técnico y cultural del país. El hecho de que la economía soviética hubiera dedicado dos décadas a asimilar la tecnología y la organización de los países capitalistas avanzados, disimuló el verdadero papel de los grupos administradores y dirigentes. Pero alcanzado ese punto, la burocracia entró en contradicción con las exigencias del desarrollo; no era portadora de un nuevo sistema económico, que resultase imposible sin su presencia y, en consecuencia, no estaba en condiciones de producir una nueva clase dominante. Anteriormente, en La revolución traicionada, había sostenido que “en la economía nacionalizada la calidad supone la democracia de los productores y los consumidores, la libertad de crítica y de iniciativas, cosas todas incompatibles con el régimen totalitario, la mentira y la alabanza”.

Al criticar el escrito de Rizzi, Trotsky señaló que en la degeneración burocrática del Estado soviético no se expresaban las leyes generales de la transición entre el capitalismo y el socialismo, sino una “refracción especial excepcional y temporal” de esas leyes, bajo las condiciones de una revolución en un país atrasado inmerso en un contexto capitalista. Explicó que a causa del reflujo político de la clase trabajadora, las tendencias colectivistas habían derivado en una suerte de colectivismo burocrático. “El fenómeno es en sí irrefutable, pero, ¿cuáles son sus límites y su peso histórico?”, se preguntó. Lo que es una malformación en un período, resultado del desarrollo desigual de múltiples factores, Rizzi lo presentaba como una formación social en la cual la burocracia se había transformado en una nueva clase dominante. Trotsky no hacía hincapié en la denominación de la sociedad que había surgido del repliegue de la revolución. La singularizaba a partir de la naturaleza social del Estado: un Estado obrero burocráticamente deformado. Sin embargo, en su respuesta a Rizzi aceptaba que éste hablara de colectivismo burocrático, siempre y cuando la definición encerrara el contenido histórico-concreto determinado por la presencia de un régimen de relaciones de propiedad fundado en la nacionalización de los medios de producción y de cambio. Mientras estas relaciones resistieran el empuje de las fuerzas restauradoras, no habría margen para el surgimiento de una nueva clase explotadora.

La dualidad del stalinismo

Pero Trotsky no se engañaba sobre el carácter inestable de semejante régimen. En algún momento –advirtió en La revolución traicionada–  los grupos de administradores de las empresas públicas y los funcionarios estatales intentarían avanzar sobre las relaciones de propiedad estatizadas y transformarse en accionistas propietarios sobre los bienes públicos, la tierra, los transportes, el comercio mayorista, la banca y, particularmente, sobre la industria de medios de producción. En ese punto habrían de chocar con la fracción dirigente del partido y del Estado, cuyo centrismo dependía precisamente de la preservación de las relaciones de propiedad establecidas por la Revolución de Octubre. En este sentido escribió que el régimen stalinista constituía una variedad de bonapartismo, solución que bajo el capitalismo emerge bajo determinadas condiciones como respuesta ante la crisis. En el caso soviético el bonapartismo se erigía sobre las bases del Estado obrero despedazado por el antagonismo entre la burocracia y las masas.

La previsión de Trotsky se cumplió al menos mientras duró el gobierno de Stalin. Deutscher señala el hecho de que una vez exterminada en la Unión Soviética la izquierda trotskysta y la derecha bujarinista, Stalin mantuvo el sistema de purgas, y con la excusa de liquidar los resabios de esas oposiciones procedió a sistemáticas depuraciones en las filas en los aparatos administrativos, impidiendo que la burocracia se consolidara como un cuerpo homogéneo y estructurado, en condiciones de disputarle el poder. “Stalin estimulaba sus instintos voraces y les retorcía el pescuezo”.[1]

Sin embargo, ¿hasta qué punto podría sostenerse este equilibrio inestable entre el interés del grupo dirigente de mantener el orden existente y las tendencias hacia la restauración capitalista? El carácter intermedio de la formación social soviética no podía mantenerse indefinidamente: o el rumbo era rectificado profundizando las tareas socialistas, o la subversión de las relaciones de propiedad y la abolición de la planificación económica serían inevitables.

Trotsky había caracterizado al régimen de Stalin como el gobierno de una casta burocrática; una casta usurpadora del poder, que necesitaba de “un árbitro supremo inviolable”, de ahí que la divinización del jefe supremo, a pesar de su carácter caricaturesco, constituyese una necesidad inevitable. Recordó que durante los primeros diez años de la república soviética la Oposición de Izquierda había librado una lucha por la conquista ideológica del partido sin proponerse tomar el poder. La consigna era entonces la reforma; no la revolución. Pero en 1927, cuando el conflicto con el grupo dirigente entró en una fase crítica, Stalin llegó a advertir que cualquier intento de modificar el balance del poder gubernamental sería respondido con la guerra civil. En consecuencia, el camino de la reforma se había convertido en el camino de la revolución. Sin embargo, a diferencia de la revolución social que él había pronosticado en Occidente, advirtió que la abolición del régimen stalinista debía desenvolverse sobre la base del terreno histórico conquistado por la Revolución de Octubre. En este sentido comparó la revolución política que postulaba con las revoluciones de 1830 y 1848 en Francia y con la Revolución de Febrero en Rusia, que modificaron la composición del poder sin alterar los fundamentos sociales del régimen existente. Fue en medio de estas consideraciones que lanzó una profecía que nunca habría de cumplirse: “Esta crisis no tiene solución pacífica. La burocracia soviética no abandonará sus posiciones sin combate; manifiestamente, el país se encamina hacia una revolución”. Pero las cosas no sucedieron de este modo y, finalmente, luego de algo más de cinco décadas, la restauración capitalista puso fin a la Unión Soviética.

El Ejército Rojo y la revolución

Al caracterizar al régimen de Stalin, Trotsky destacó la existencia de una contradicción: mientras en la URSS el grupo dirigente se erigía en un obstáculo ante las posibles tendencias de restauración, en la arena internacional, su papel revestía un carácter contrarrevolucionario, como había quedado en evidencia en Alemania en 1923 y luego durante el ascenso del nazismo en este país y en Austria, en Polonia durante el golpe de Pilsudski en 1926, en China en 1927… Dentro de una relación recíproca de causa-efecto, las derrotas del proletariado en la escena internacional fortalecían a la burocracia y, a su vez, la dirección burocrática contribuía a esas derrotas.

La vigencia de esta dualidad habría de ser puesta a prueba al estallar la segunda guerra mundial. A comienzos de septiembre de 1939 Alemania invadió Polonia; el día 16 el Ejército Rojo cruzó la frontera oriental de ese país con igual finalidad. Una semana más tarde las fuerzas invasoras llegaron a un acuerdo para el reparto del territorio polaco según los términos del pacto germano-soviético firmado un mes atrás. En su zona el Kremlin expropió a los terratenientes, estatizó bancos e industrias y aplicó un programa de transformaciones en el régimen de relaciones de propiedad que luego habría de repetir en los países del Báltico y de Europa Oriental. Mediante los métodos militares el stalinismo impuso un régimen semejante al que imperaba en la Unión Soviética.

Sin embargo el vuelco de los acontecimientos en Europa Oriental no se redujo a este aspecto principal. En enero de 1940, en discusión con Shachtman sobre el papel de las fuerzas del Kremlin en Polonia, Trotsky citó un artículo del New York Times de esos días, que en uno de cuyos párrafos se señalaba lo siguiente: “La revolución agraria en la Polonia soviética ha tenido la fuerza de un movimiento espontáneo. Tan pronto como se enteraron de que el Ejército Rojo había atravesado el río Zhruez, los campesinos empezaron a repartirse las tierras de los señores. La tierra se ha dado a pequeños propietarios. Se ha expropiado de este modo alrededor del 30 por 100 de la tierra cultivable.” Otro de los testimonios que reprodujo Trotsky no resultó menos significativo. En una nota publicada en el órgano parisiense de los mencheviques en el exilio podía leerse en los días de la invasión: “En las aldeas –frecuentemente al acercarse las tropas soviéticas– surgen comités de campesinos por todas partes, los órganos elementales de la revolución campesina se autorregulan…” Trotsky acotó que esos comités fueron sometidos a los órganos burocráticos creados en las ciudades por las autoridades militares, pero destacó que esas autoridades se habían visto obligadas a apoyarse en la organización creada por las masas para poder llevar adelante la revolución agraria.

Difícilmente estas transformaciones podrían conciliarse con el carácter unívocamente reaccionario asignando al stalinismo en la política internacional. En La URSS en guerra, al formular las primeras conjeturas sobre el papel de Moscú en Polonia, Trotsky escribió: “Nuestra concepción general del Kremlin y el Comintern no debe, sin embargo, modificar nuestra idea de que el hecho particular de la modificación de las relaciones de propiedad en los territorios ocupados es una medida progresiva. Debemos reconocerlo abiertamente. Cuando Hitler vuelva sus ejércitos hacia el Este para defender ‘la ley y el orden’ en la Polonia occidental, los trabajadores deberán defender contra Hitler las nuevas formas de propiedad impuestas por la burocracia bonapartista soviética”. Mientras transcurrían los acontecimientos señaló que la expropiación de los grandes terratenientes y la estatización de los medios de producción obedecían al hecho de que la burocracia no tenía intención de compartir el poder con las viejas clases dominantes. Si por el contrario, el Kremlin se limitara a controlar los territorios ocupados, siguiendo el procedimiento del fascismo, entonces habría llegado el momento de reconsiderar la concepción sobre la naturaleza del Estado soviético. Al formular su pronóstico, Trotsky tomó como referencia la política seguida por Napoleón Bonaparte en los países conquistados. Apenas ingresaron sus tropas en Polonia, el futuro emperador de Francia, emitió un decreto aboliendo la servidumbre de la gleba que agobiaba a los campesinos. No lo guiaba una convicción democrática ni compasión por la situación del campesinado, sino la necesidad de imponer el mismo régimen burgués de relaciones de propiedad que había establecido la revolución de 1789 en territorio francés.

Del partido único al monolitismo partidario

En La revolución traicionada Trotsky revisó la experiencia soviética a la luz de los factores intervinientes en el proceso de degradación burocrática. Escribió que “la degeneración del partido fue la causa y la consecuencia de la burocratización del Estado”. Recordó que en ese partido, construido por Lenin y la vieja guardia, la libertad de crítica y la lucha de ideas daban el contenido a la democracia interna y, en contraposición con la doctrina forjada posteriormente por el stalinismo, la existencia de fracciones formaba necesariamente parte de la vida partidaria: “La historia del bolchevismo, es en realidad, la de la lucha de fracciones”. Sin embargo la toma del poder, la incorporación de los cuadros partidarios a las funciones dirigentes del Estado, en las condiciones extremas en las que se desenvolvió la Revolución de Octubre (crisis devastadora originada por la guerra y el hundimiento del régimen zarista, guerra civil contra los ejércitos blancos y guerra defensiva contra las fuerzas invasoras de los países imperialistas) fueron creando una nueva situación. A pesar de que los jefes bolcheviques intentaron sostener el funcionamiento de los soviets en base al principio de la democracia obrera, esas condiciones excepcionalmente desfavorables determinaron que la intensificación de las luchas y los antagonismos pusieran en riesgo la estabilidad del poder. La consecuencia de este giro, del cual la tragedia de Kronstadt constituyó una manifestación sintomática, fue la proscripción, uno a uno, de los partidos de la oposición. Trotsky señaló que entre los bolcheviques nadie entendió que esta medida, en contradicción con la democracia soviética, obedecía a una cuestión de principios, sino, por el contrario, a una circunstancia ocasional.

Sin embargo, la constitución del régimen de partido único no habría de ser un episodio transitorio: era la primera fase que poco a poco conduciría a la instauración del partido mononolítico. En marzo de 1921, cuando aún se luchaba en la fortaleza naval a orillas del Báltico, el X Congreso del partido resolvió prohibir la existencia de fracciones. Restringida seriamente la democracia soviética, las tensiones y presiones de una sociedad convulsionada no podían dejar de refractarse en los enfrentamientos internos del partido gobernante, potenciando las diferencias. También esta vez, los dirigentes bolcheviques consideraron la decisión como un expediente excepcional que quedaría en desuso apenas la situación mejorara. No habría de ser así.

En noviembre de 1977 se celebró en Venecia un encuentro internacional de sindicalistas, militantes políticos e intelectuales de Occidente y del bloque comunista para discutir la experiencia de los países del “socialismo real” y la relación existente entre la lucha de clases en el este y en el oeste. En la ocasión el húngaro Istvan Mészáros citó un artículo poco conocido de otro húngaro, Georg Lukács, escrito en 1919. En este texto Lukács había advertido que los problemas que aquejaban a la revolución (escasez y carestía de los artículos de primera necesidad) eran consecuencia de una merma de la disciplina laboral y de una caída de la producción. La crisis tenía dos salidas posibles: o la clase obrera tomaba conciencia del problema y se imponía los sacrificios necesarios para afrontar la situación, o la recomposición de la disciplina habría de fijarse a través de la ley, instrumento que llevaría al proletariado a dictar condiciones de comportamiento a su propia clase y, en definitiva, terminaría volviendo la dictadura contra si mismo. Esta última solución encerraba un grave riesgo. La advertencia de Lukács habría de resultar premonitoria: “... ese sistema legal no puede ser abolido automáticamente por el desarrollo histórico. Ese desarrollo pasa entonces a las manos de una dirección que pone en peligro la aparición y la realización del fin último. Porque al sistema legal que el proletariado está obligado a crear de esta manera hay que darle una vuelta y, ¿quién sabe que convulsiones, que heridas causará una transmisión que llevará por ese camino del reino de la necesidad al de la libertad?”.

El problema, además de revestir una extraordinaria gravedad, resultaba inédito. En octubre de 1926 la Oficina Política del Partido Comunista Italiano, envió un carta escrita por Antonio Gramsci al Comité Central del partido soviético, advirtiendo el peligro de una escisión y responsabilizando a la oposición conjunta organizada en torno a Trotsky, Kámenev y Zinóviev de la crisis. En uno de sus párrafos la nota subrayaba que la historia nunca había conocido una situación igual, en la que la clase dominante –el proletariado– se encontrase en peores condiciones de vida que algunos estratos de la clase dominanda. Esta contradicción no podría ser superada a menos que el proletariado estuviese dispuesto a sacrificar sus intereses inmediatos a los intereses generales de su clase. De no hacerlo, no podría sostenerse en las posiciones conquistadas.[2] La reconvención, al menos en lo que a Trotsky se refiere, suena extraña. Había sido precisamente éste quien en abril de 1923 durante el XII Congreso del partido, defendiendo la tesis de la acumulación primitiva socialista, había afirmado que el peso principal de la reconstrución fabril habría de caer sobre la clase obrera y, sin cuidarse del impacto de sus palabras, advirtió que “podrá haber ocasiones en que el Estado no pueda pagar salarios, o cuando sólo pueda pagar la mitad de los salarios y ustedes, los obreros, tengan que prestarle (la otra mitad) al Estado)[3] Unas décadas más tarde, a comienzo de los 70, Rudolf Bahro volvió sobre el asunto. En La alternativa recordó los pasajes de Marx en los cuales se refería a las formas forzadas de proletarización durante el período de acumulación capitalista originaria y señaló que bajo condiciones precapitalistas heredadas de la Rusia zarista, la industrialización, más allá que la emprendiera una dictadura socialista, resultaba imposible sin trabajo asalariado y sin coerción estatal.

Entre la dictadura y la democracia socialista

En los primeros años de la década del 20 la advertencia de Lukács quedó prefigurada en la Unión Soviética. La clase social que había protagonizado la Revolución de Octubre había desaparecido de la escena política; en muchos casos su mejores cuadros habían perecido en la guerras contra los guardias blancos y los ejércitos extranjeros, en otros habían sido absorbidos por la maquinaria estatal. Los soviets habían perdido la antigua representatividad, y el partido bolchevique a lo sumo podía decir que hablaba en nombre de los intereses históricos de una clase que, en su mayoría no lo reconocía como representante de sus intereses concretos. Bajo estas circunstancias, de haberse convocado a elecciones democráticas en los soviets, los bolcheviques habrían sido derrocados. En esos años Trotsky apoyó firmemente la centralización del poder contra los militantes de la Oposición Obrera como recurso extremo de defensa de la revolución; promovió y logró llevar adelante, durante un tiempo, la militarización del trabajo, e intentó subordinar e incorporar los sindicatos a la maquinaria estatal. Había sacado las conclusiones implícitas que encerraba el régimen del comunismo de guerra, y no vacilaba en tratar de aplicarlas hasta sus últimas consecuencias. En la tensión que había estallado entre dictadura y democracia, la elección por el primero de esos términos le parecía inevitable.

Sin embargo, en la segunda mitad de 1922, desaparecidas las amenazas directas que pesaban sobre la revolución y a medida que se desarrollaba su enfrentamiento con Stalin, y se hacían evidentes los peligros que encerraba el crecimiento y la gravitación de las nuevas capas burocráticas, Trotsky fue girando hacia la izquierda. Comenzó a cuestionar la desnaturalización del centralismo, a defender los derechos de las nacionalidades avallados por las pretensiones del chovinismo gran ruso, a advertir sobre la creciente autonomía que había conquistado el aparato partidario y el predominio que había logrado imponer sobre el propio partido y el Estado. Años más tarde, cuando una vez más volvió sobre el asunto en La revolución traicionada, señaló que a pesar del cuidado de Lenin y sus colaboradores en preservar al partido de las taras del poder, “la conexión estrecha y a veces la fusión de los órganos del partido y del Estado” desde los primeros años restringieron la libertad y las manifestaciones de vida partidaria. Significativamente, unos años antes, en 1928, Bujarín, desplazado ya del poder, había atribuido la degeneración burocrática y la victoria de Stalin a un sólo “error”: la identificación del partido con el Estado. 

Reconsiderando la suerte corrida por la democracia soviética, Trotsky señaló que “la prohibición de los partidos de la oposición acarreó la interdicción de las fracciones; la prohibición de las fracciones conduce a la prohibición de pensar de otro modo que el jefe infalible”. El resultado de esta secuencia fue la instauración de un monolitismo policial que tuvo como consecuencia la impunidad de la burocracia, el desarrollo de la corrupción y un clima general de desmoralización. Estos fueron rasgos distintivos del Termidor soviético, período que, a diferencia de los años 20 cuando al establecer la analogía con la Revolución Francesa alertaba sobre el peligro de una restauración del viejo orden, Trotsky lo definió esta vez como la victoria de la burocracia sobre las masas, una fase de reacción que, a pesar del retroceso, no llegaba a alterar los fundamentos del nuevo régimen social.

A mediados de los años 30 las condiciones generales bajo las cuales se había desenvuelto el régimen soviético habían cambiado sustancialmente a lo largo de dos décadas. Al descalificar las justificaciones de Stalin sobre la consagración del régimen de partido único, Trotsky señaló que la sociedad soviética era un terreno favorable para la formación de varios partidos. La propia historia de la clase obrera así lo indicaba. Bajo el capitalismo esa clase era la menos heterogénea y aún así, la existencia de capas diferenciadas –aristocracia, burocracia, masas explotadas– había dado lugar al desenvolvimiento de partidos reformistas y partidos revolucionarios. Si fuera cierto como decía Stalin que ya no existían clases, no por eso la sociedad soviética dejaba de ser mucho más heterogénea y compleja de lo que era el proletariado en los países del Occidente. Sobre la base de un mismo terreno histórico establecido por las transformaciones sociales de la Revolución de Octubre, y ante los múltiples problemas planteados y los interrogantes abiertos en el tránsito del capitalismo al socialismo, la presencia de un sistema de partidos soviéticos surgía como una necesidad profunda para el sostenimiento del rumbo revolucionario. Sin embargo, el régimen de partido único prevaleció en todas las experiencias postcapitalistas, desde la URSS, los países de Europa Oriental, China, hasta Cuba y Vietnam.

La transición al capitalismo

En la noche que transcurrió entre el 24 y el 25 de febrero de 1956, en el marco del XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, N. Jruschov presentó un informe secreto conteniendo la denuncia de los crímenes de Stalin. El dictador había muerto tres años antes y la burocracia dirigente tenía decidido sacarse de encima el pesado lastre de un régimen que se había vuelto anacrónico. Todo parecía indicar que un nuevo período se había abierto en la historia soviética.

Isaac Deutscher había comenzado a trabajar en lo que resultaría su magnifica trilogía en 1949, y publicado el último tomo –Trotsky: el profeta desterrado– en 1963. A dos décadas largas de la muerte de su personaje, el tiempo transcurrido parecía suficiente, para confrontar los pronósticos y previsiones formulados en La revolución traicionada acerca del destino del comunismo soviético, con las tendencias que parecían por entonces marcar el rumbo del presente.

En esas páginas, más allá de las previsiones de coyuntura que Trotsky había formulado y no se habían cumplido, Deutscher abrió una discusión sobre un aspecto fundamental respecto de la alternativa crítica que aquél había subrayado en los años 30. Señaló que la hipótesis de la transformación de la burocracia en una nueva clase poseedora no se había verificado ni en los años 30 ni después de la segunda guerra mundial. En cambio, las necesidades de la defensa nacional, la destrucción del orden capitalista en Europa Oriental y en China, habían significado un refuerzo considerable para la economía nacionalizada de la URSS. Es más, Stalin al apoyar, según sus propios intereses, las revoluciones en el este europeo y en Asia, había establecido un formidable contrapeso a las tendencias burguesas. A esto había que sumar la industrialización de postguerra, la marcada expansión de la clase obrera rusa, el aumento de los niveles de educación de las masas y la renaciente confianza en sí mismo de los obreros; todos estos factores tendían a someter al elemento burgués en el Estado. Deutscher destacó que tras la muerte de Stalin esta tendencia se confirmó y la burocracia no tuvo más remedio que ceder una y otra vez ante las reivindicaciones igualitarias de las masas; y si bien la tensión entre el elemento burgués y el elemento socialista del Estado no desapareció, la brecha entre los administradores, los directores de empresa, los técnicos y los obreros especializados, por una parte, y los trabajadores de filas, por la otra, se fue reduciendo a fines de la década del 50 y comienzo de los años 60, estableciéndose un equilibrio entre los elementos contradictorios del Estado muy diferente al que Trotsky había conocido. En consecuencia, Deutscher consideró que la hipótesis sobre la posible aparición de una nueva clase poseedora había resultado indebidamente pesimista, aún cuando en el momento en que fue formulada, el equilibrio era marcadamente desfavorable para los elementos socialistas.

Trotsky había sostenido que en la medida en que el régimen soviético desarrollaba las fuerzas productivas, creaba la base material del socialismo; pero simultáneamente, en la medida en que consolidaba cada vez más las normas burguesas de reparto, preparaba las condiciones de la restauración capitalista. Esta contradicción habría de resolverse en un sentido u otro: o los medios de producción terminaban ajustándose a las normas burguesas de reparto, o esas normas eran ajustadas a las exigencias del sistema de propiedad socialista. Deutscher creyó que los sucesores de Stalin, aunque de mala gana pero inequívocamente, habían tenido que aceptar la segunda de esas alternativas.

Sin embargo la historia habría de demostrar, tres décadas más tarde, que la alternativa de la restauración capitalista sería la que finalmente habría de imponerse.

Trotsky había enunciado que la contradicción entre el modo de producción no capitalista y la norma burguesa (desigual) de reparto, era la contradicción fundamental en el periodo de transición. Esa contradicción perduró hasta el final de la URSS, aunque el equilibrio entre los componentes socialistas y los componentes capitalistas, más allá de las apariencias, se fue alterando en contra de los primeros. Lo que conviene tener presente en este punto es lo siguiente. El proceso de transición tiene un límite del que no puede retroceder sin perder su carácter de régimen intermedio entre el capitalismo y el socialismo: los medios de producción son (y deben seguir siendo) bienes de uso, condición de la que no pueden desprenderse sin afectar el curso anticapitalista. Vale decir que a diferencia de los bienes de consumo, no revisten el carácter de mercancías, sino que se producen y reproducen al margen del mercado, regulados por las reglas de la planificación.

En su Tratado de economía marxista, Ernesto Mandel destacó que al carecer las empresas fabricantes de bienes de equipo de autonomía de decisión en materia de inversiones, no existe la posibilidad de que se forme un verdadero mercado de esos bienes; y en ausencia de ese mercado no hay posibilidad de que los precios se formen “espontáneamente”.[4] Sin embargo, ¿hasta qué punto mantuvo la URSS esta condición? Al estudiar de cerca la evolución de la economía soviética, Mandel explicó que a mediados de los años 60, en el contexto de las reformas industriales de Kosiguin, nació y se desarrolló una producción y un comercio de bienes de producción al margen de la economía planificada. Recordó, por ejemplo, que en su informe al XIX Congreso del PCUS, Málenkov denunció que había empresas que no cumplían con el plan porque destinaban las horas normales de trabajo a satisfacer pedidos privados, y sólo atendían sus obligaciones en horas extraordinarias. Mandel destacó que 1935, con la finalidad de combatir la tendencia a la irresponsabilidad de los burócratas individuales (robos, despilfarro) el gobierno introdujo el principio de la rentabilidad individual de las empresas; de ahí en más el ingreso de los directores pasó a depender del rendimiento de la empresa. La idea no era nueva; en 1921 Lenin había afirmado que la autogestión financiera sería en el futuro próximo el tipo predominante (en realidad el único) y, en consecuencia, las empresas deberían aumentar la productividad, trabajar sin pérdidas y tener rentabilidad. En la práctica este avance de la esfera de la ley del valor produjo distintos grados de contradicción respecto del principio de planificación. Por ejemplo, en numerosas ramas fabriles se dejó de producir determinados productos fijados en plan, en beneficio de otros que no estaban contemplados, pero que redituaban mayor ganancia. Se volvió práctica habitual entre los administradores presentar listas de pedidos de maquinaria, insumos, materias primas, que escaseaban, por sobre las necesidades de la empresa de modo de asegurarse las metas del plan; con la misma finalidad se subestimó la capacidad productiva, ya no sólo para alcanzar las metas sino para superarlas, y asegurar de este modo las primas de los directores y gerentes. Fatalmente este criterio cuantitativo de medición del rendimiento del trabajo acentuó la tendencia que, desde sus orígenes, había tornado vulnerable a la economía soviética: la primacía de la cantidad por sobre la calidad. 

A la muerte de Stalin la contradicción entre el principio de planificación y el interés privado de los directores y gerentes, de los administradores y de la burocracia en general, estaba presente en todos los aspectos de la vida social soviética. Y, en realidad, en la política de sus sucesores inmediatos estaba inscripto el proceso de restauración que alcanzaría expresión plena medio siglo más tarde a través de Gorbachov y Yeltsin.

¿Qué fue la Unión Soviética?

Trotsky descartó de plano la caracterización de la Unión Soviética como un capitalismo monopolista de Estado. Un régimen semejante implicaba la constitución de la burguesía en una sociedad por acciones para administrar a través del Estado la economía. En este caso no regiría el mecanismo tradicional de reparto de la plusvalía en proporción al capital a través del mercado, sino mediante una simple operación de contabilidad. Sin embargo, las profundas contradicciones entre los accionistas harían imposible el funcionamiento de esa sociedad. Por lo demás, el Estado como único representante de la propiedad capitalista, sería una presencia demasiado tentadora para la revolución social. Nunca había existido ni podría existir un régimen de este tipo. En realidad habitualmente cuando se hablaba de capitalismo de Estado se estaba aludiendo a un sistema en el que el Estado tomaba bajo su control los medios de transporte y ciertas industrias, fenómeno perceptible bajo las dictaduras fascistas y también bajo democracias burguesas como los gobiernos de Roosevelt en Estados Unidos y León Blum en Francia, cuya intervención mantenía intactas las relaciones de propiedad.

Posteriormente la caracterización de la Unión Soviética como un capitalismo de Estado se mantuvo a través de una variedad de autores, desde Charles Bettelheim, Rossana Rossanda hasta Samir Amin. Sin embargo, hacer cuadrar al sistema soviético en los cánones del capitalismo ofrece obvias dificultades. En el modo de producción capitalista el nervio motor del sistema y su resorte regulador es la tasa de ganancia; rige la concurrencia y el desplazamiento de capitales entre las distintas ramas según las oportunidades de beneficio; el reparto de la plusvalía entre los distintos capitalistas es inherente al funcionamiento del sistema económico. En la Unión Soviética, por el contrario, estos rasgos característicos, a pesar del debilitamiento de los componentes anticapitalistas, necesitaron de la quiebra y desaparición del régimen basado en la propiedad nacionalizada, para imponerse. La planificación burocrática estableció un límite a la ley del valor; los precios fundamentales de la economía no estuvieron determinados por las “leyes del mercado”, sino por el criterio de la burocracia; esos precios planificados determinaron la distribución de las inversiones entre las distintas ramas, y entre el consumo productivo y el consumo improductivo; el sobreproducto social que se apropiaba el Estado no era el resultado del desenvolvimiento de la economía, sino de una decisión política, adoptada por los administradores del plan. 

Y, sin embargo, ¿hasta qué momento la caracterización de la URSS como Estado obrero burocráticamente deformado mantuvo su validez? En 1940, al escribir la URSS en guerra, Trotsky expresó la firme creencia de que el nuevo conflicto mundial provocaría el advenimiento de la revolución proletaria, la quiebra de la burocracia y el renacimiento de la democracia soviética. En ese caso la cuestión de si la burocracia era un cáncer del Estado obrero o una nueva clase se resolvería por sí sola. Pero ¿qué ocurriría –se preguntó– si la guerra no producía la revolución sino la decadencia del proletariado? Entonces la civilización habría entrado en un estado de regresión y la democracia, en aquellos lugares donde subsistía, sería desplazada por un régimen totalitario y una nueva clase dominante, una burocracia fascista bonapartista, reinaría en su lugar. La situación ofrecía las mismas sombrías perspectivas si la clase obrera, luego de hacerse del poder en los países capitalistas avanzados, lo entregara como en la Unión Soviética, a la burocracia. En este caso no habría más remedio que admitir que las causas de la degeneración burocrática no residían ni en el atraso ni en el imperialismo, sino en una incapacidad congénita del proletariado para transformarse en la clase dirigente de la sociedad. Este giro de la historia obligaría a repensarlo todo: la URSS no podría ya ser considerada como una suerte de refracción de las leyes de la transición, sino como la primera versión de un nuevo régimen de explotación social, y el programa del socialismo, basado en las contradicciones del orden capitalista, se habría revelado como una utopía.

En mayo de 1951 Natalia Sedova, la compañera de Trotsky, renunció a su condición de militante de la IV Internacional. En la nota que mandó a sus antiguos compañeros rechazó el hecho de que la organización siguiera considerado a la Unión Soviética como un Estado obrero y le manifestara su apoyo frente a la amenaza del imperialismo. Pesaban en su decisión el convencimiento de que la revolución había sido destruida por completo por el stalinismo, y que ya no había patria socialista que defender.

En 1982, en el transcurso de una conferencia pronunciada en París, Perry Anderson señaló que stalinismo había logrado probar que no era sólo un aparato burocrático erigido por sobre la clase obrera –tal la opinión de Trotsky– sino un movimiento capaz de mantener el poder en un contexto de penuria y escasez como el que caracterizó a la Unión Soviética, sino de conquistarlo en países aún más atrasados y pauperizados como fue el caso de China y Vietnam.[5]  Partidos comunistas organizados según las mismas reglas que el PCUS habían sido capaces de expropiar a la burguesía e iniciar la tarea de la construcción socialista, aún contra los deseos del propio Stalin. Una experiencia similar habían desarrollado en los Balcanes los partidos yugoslavo y albanés. A la luz de estas consideraciones Anderson señaló que ya no era posible seguir considerando al stalinismo tan sólo como la degeneración de un Estado preexistente de relativa pureza de clase. “Podía ser también una generación espontánea por las fuerzas de clase revolucionarias en sociedades muy atrasadas, sin una tradición democrática, ni burguesa, ni obrera”. A su juicio, esta posibilidad, que habría de transformar el mundo a partir de 1945, quedó fuera del campo teórico construido por Trotsky.

Antes de octubre de 1917 para los marxistas nunca estuvo en discusión el carácter burgués de la Revolución Rusa. Lenin afirmó posteriormente que esa etapa se había extendido hasta el verano y aún el otoño boreal de 1918, cuando emergieron en el campo soviético los comités de campesinos pobres y la lucha de clases entró en una nueva fase. Sin embargo la gravitación de los componentes precapitalistas (semifeudales, semibárbaros) habrían de perdurar por período indefinido y ofrecer una formidable resistencia a los incipientes intentos de construcción socialista. En junio de 1922, durante el XI Congreso del partido, el último del que participó, Lenin dijo que tenía la misma sensación del conductor cuyo vehículo sigue su propio rumbo, sin atender a sus ordenes. Más de un año atrás ya había llamado la atención sobre este fenómeno: “Nuestro aparato central, durante tres años y medio, se ha formado ya hasta tal punto que ha llegado a adquirir cierta inercia nociva en el país; no podemos mejorarlo considerablemente rápido y de un modo rápido, no sabemos cómo hacerlo. La ayuda para mejorarlo de un modo más radical, para infundirle una nueva corriente de fuerzas frescas, para luchar con éxito contra el burocratismo, para superar la inercia nociva, debe partir de la periferia, de la base (…)”.[6] En diciembre de 1922, al considerar el problema de las nacionalidades a la luz de la política gran rusa llevada adelante en Georgia por el stalinismo, señaló que el aparato estatal que los bolcheviques habían considerado propio, era en realidad un aparato “ajeno por completo”, una “mezcla burguesa y zarista”, que no había sido posible superar tras cinco años de revolución. 

Desde la finalización del período del comunismo de guerra (primavera de 1921) la experiencia soviética seguía su propio curso y, en buena medida se había independizado de la conducción bolchevique. Lo que Lenin llamaba capitalismo de Estado (monopolio del comercio de cereales, régimen de concesiones a empresas capitalistas, formación de sociedades mixtas con corporaciones extranjeras, sistema de cooperativas) y especialmente la NEP (Nueva Política Económica) basada en la reapertura de los mercados campesinos y del comercio al detalle, gravitaban marcadamente, imprimiendo su propio sesgo al proceso de acumulación; tendencia acentuada por el hecho de que la rama estatal productora de maquinaria y bienes de equipo apenas si lograba despegar, mientras que industria ligera resultaba notoriamente insuficiente para responder a la demanda de artículos de consumo masivo.

Bajo estas condiciones, la necesidad de centralizar y controlar una serie de tendencias de la economía que obraban bajo impulsos autónomos, se convirtió en una preocupación para el gobierno bolchevique. Trotsky había sostenido que para hacerse social la propiedad privada debía primero hacerse estatal, y que ese tránsito iba a estar determinado por la “extinción gradual del Estado”, expresión que Lenin había vuelto a poner en circulación siguiendo la vieja idea de Marx; una tendencia que habría de hacerse presente ya en la fase inicial de la construcción socialista, hasta reducir las funciones coercitivas del aparato y limitar su papel a la “administración de las cosas, no de los hombres”.

Sin embargo los acontecimientos se desarrollaron en otra dirección; reforzando y extendiendo el aparato estatal, fusionando alguno de sus órganos con los del partido, anulando la democracia proletaria en soviets y sindicatos y creando las condiciones de una nueva diferenciación social. Ante la nueva realidad, Trotsky señaló que el Estado se debatía en una contradicción: debía mantener la desigualdad en favor de los técnicos, los obreros especializados, los administradores, dada la imposibilidad de asegurar la igualdad general y, al mismo tiempo, luchar contra ella. Precisamente la necesidad de sostener a esta minoría privilegiada era lo que consolidaba al Estado y posibilitaba la expansión de la burocracia. Trotsky creía que esta contradicción sólo podía resolverse mediante el aumento de la riqueza social. La historia del régimen soviético demostró que esta creencia habría de resultar errada.

Es sabido que la existencia del capital excede con mucho el período histórico que abarca el modo de producción capitalista: lo antecede y luego ha de persistir, aunque subordinado, durante toda una fase de la época postcapitalista. Pero en la Unión Soviética las manifestaciones de su influencia (la división social, jerarquizada, del trabajo, la oposición entre productores directos y medios de producción, la organización del trabajo según métodos capitalistas), lejos de atenuarse se fue afirmando hasta volverse irreversible. En definitiva, no sólo en la Unión Soviética, sino en China, Vietnam o Cuba, quedó en evidencia que la “teoría de las dos fases” habría de colocar a la revolución en una vía muerta. El Estado logró construir nuevas bases materiales valiéndose de métodos clásicos de acumulación (apropiación del plusproducto generado por los obreros y del excedente campesino), desarrollando la primera de esas fases, pero en ningún momento encontró el punto de transición a partir del cual se desenvuelven las relaciones socialistas. La socialización de los medios de producción y la implantación de la propiedad social en general, terminaron bloqueadas por la lógica de ese desarrollo, y las formas tradicionales de enajenación capitalista (extrañamiento del obrero respecto del producto de su trabajo) se reprodujeron bajo otras condiciones históricas, pero en definitiva con similares resultados.

Con el tiempo el precio de estas decisiones resultaría una hipoteca imposible de levantar. Esto resultó cierto no sólo para las decisiones que tuvieron que ver con la organización de la economía, la gestión de la planificación o el tipo de acumulación. En los primeros años de la década del 20 para salvar su gobierno, pero también las conquistas de la Revolución de Octubre, los bolcheviques se vieron obligados a suprimir la democracia soviética, establecer un régimen de partido único y terminar prohibiendo las fracciones dentro de su propio partido. La decisión se transformó en una suerte de maldición que habría de pesar durante las siete décadas que perduró el régimen soviético.

Notas:
  1. Isaac Deutscher. Trotsky, el profeta desterrado. Pág. 282. Ediciones Era, 1979.
  2. La carta contenía un párrafo sugestivo, que ponía en evidencia el desconocimiento que tenía Gramsci y la mayoría del PCI respecto la situación imperante en la Unión Soviética. Luego de reconocer la contribución de Zinóviev, Trotsky y Kámenev a la educación política de los comunistas italianos decía: “A ellos especialmente nos dirigimos, como los mayores responsable de esta situación, porque creemos estar seguros que la mayoría del Comité Central de la URSS no desea supervencer en esa lucha, sino que está dispuesta a evitar las medidas excesivas”. La carta fue reproducida en Antonio Gramsci. Antología, obra editada por Siglo XXI, pág. 200, décima edición, 1987. En una nota al pie de página Manuel Sacristán llamó la atención sobre el párrafo citado anteriormente, observando las reservas que en Togliatti habían producido afirmaciones de ese tipo. Sin embargo la posición de Togliatti –en ese entonces delegado del PCI ante la Internacional– era de total alineamiento con la mayoría del Comité Central del partido soviético, como lo prueba la carta que esa oportunidad envió a Gramsci, criticando la posición del buró político del partido italiano por demasiado condescendiente respecto a la línea de la Oposición en la URSS.
  3. Isaac Deutscher. El profeta desarmado. Pág.103. Editorial Era, 1979.
  4. Ernest Mandel. Tratado de Economía Marxista. Tomo III, pág. 142. Ediciones Era, 1980.
  5. Perry Anderson. “Las interpretaciones de Trotsky sobre el stalinismo”. Reproducido en Democracia y Socialismo. Pág. 116. Cuadernos del Sur, 1988.
  6. Lenin. “Sobre el impuesto en especie”. Obras Escogidas. Editorial Progreso. Tomo III, pág. 650.
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