18 Ago 201070 años del asesinato de León Trotsky 

¿Revolucion permanente o “teoría del desvío”?

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En los años setenta la ultraizquierda argentina construyó lo que se puede denominar “Teoría del Desvío”. Esta teoría pretendía explicar el regreso de Perón al gobierno, después de 18 años de exilio y proscripción, como resultado de la voluntad política de la oligarquía que había dado el golpe en 1955, y no como resultado de las luchas obreras y populares. La teoría afirmaba que los mismos que echaron a Perón decidieron años más tarde ir a buscarlo. ¿Y por qué razón lo habrían hecho? Para que Perón apagara el incendio de la revolución socialista que se encontraba -supuestamente- a la vuelta de la esquina.

Esta teoría contenía un elemento de verdad, pero era unilateral (y por eso mismo era falsa): el fracaso del régimen de la “revolución libertadora”  (o “revolución argentina”) había generado tal estado de efervescencia política y social que en la clase obrera se advertían signos de querer superar los límites inherentes al Frente Nacional del 45. Llevadas por la dinámica misma de la lucha de clases, las masas populares tendían a manifestarse por fuera de las estructuras burocráticas sindicales y políticas del “justicialismo del 45”. Y a las nuevas formas de manifestación les correspondían definiciones ideológicas y objetivos programáticos que empezaban a entrelazar, no sin cierta dosis de vaguedad, el nacionalismo popular con el socialismo antiimperialista. La “unión democrática” que había hecho posible el golpe del 55 se desarticulaba a pasos acelerados, y el Frente Nacional se reconfiguraba con la presencia de sectores medios que contribuían a dinamizarlo. En este contexto, las corrientes más lúcidas del régimen militar (el lanussismo) optaron por un repliegue transitorio y se resignaron al regreso de Perón. La ultraizquierda, con un sorprendente grado de simplificación analítica, concluye que fue el propio régimen militar el que recurrió a Perón para “desviar” el inexorable rumbo de la lucha popular hacia el socialismo. Se trata de una estupidez de proporciones colosales cuyas consecuencias políticas, como veremos, son calamitosas. ¡La salida electoral de 1973 no fue una concesión graciosa de la dictadura, sino que fue una conquista obtenida luego de más de tres lustros de resistencia popular! ¡A Perón no lo devolvieron al gobierno ni la UIA ni la Sociedad Rural, sino la lucha de la clase obrera y sus aliados “plebeyos”!

Perón y el Cordobazo

En el libro Qué es y qué fue el peronismo, escrito por Ernesto González, un dirigente de la línea de Nahuel Moreno que militó sucesivamente en el PRT-LV, el PST, el MAS, el MST y, poco antes de fallecer, en IS, se afirma: “La posibilidad que tuvo el peronismo de presentarse a elecciones y ganarlas se debió al acuerdo entre toda la burguesía y el Ejército, quienes aterrorizados por el ascenso del movimiento obrero no encontraron otra vía más efectiva que volver a llamar a Perón para que desviase el proceso iniciado a partir del Cordobazo”. La idea de González -que es común a todo el arco político de la pequeña burguesía ultraizquierdista- es que el peronismo constituyó desde sus orígenes algo así como una anomalía histórica, que había impedido a la clase obrera encolumnarse detrás de las organizaciones que supuestamente debían representarla. En vez de partir de la realidad existente (la irrupción de la moderna clase obrera conformando un Frente Nacional bajo la conducción de un jefe bonapartista y un programa de capitalismo nacional) y, a partir de ella, construir una estrategia de poder desde la perspectiva emancipatoria del socialismo, la ultraizquierda parte de un preconcepto según el cual la norma del comportamiento de la clase obrera ha sido apriorísticamente establecida en otro tiempo y lugar; al no coincidir la realidad con la norma, entonces se declara equivocada a la realidad introduciendo la noción del “desvío”. Así, González dice que el regreso de Perón en 1973 “desvió” el proceso iniciado a partir del Cordobazo, del mismo modo que un trauma infantil puede “desviar” el desarrollo psíquico de su curso natural. Pero, ¿qué justifica tal apreciación de González? Sin duda, la creencia infundada de que “a partir del Cordobazo” estaba superada la adscripción del proletariado al peronismo.  Esto le permite concluir a González que “Perón llega al poder no para profundizar la brecha abierta con el Cordobazo, sino para tratar de cerrarla en un acuerdo con todas las fuerzas patronales, incluido el Ejército”. Aunque pocos meses después de estas palabras de González “todas las fuerzas patronales, incluido el Ejército” volvieron a derribar al gobierno peronista, la ultraizquierda no ha revisado su caracterización y todavía hoy la repite, transmitiendo a las nuevas generaciones un inmenso error fáctico y conceptual. Para comprobarlo, basta con leer el libro de Alejandro Guerrero, de PO (“El peronismo armado”), o el de Ruth Werner y Facundo Aguirre, del PTS (“Insurgencia obrera en la Argentina. 1969-1976”), o el de Daniel De Santis (“La historia del PRT-ERP por sus protagonistas”). Inclusive una prestigiosa académica como Inés Izaguirre es tributaria de este error ultraizquierdista (ver “Lucha de clases, guerra civil y genocidio en la Argentina”).

Si Perón expresaba ”el frente único de casi toda la patronal para frenar el movimiento de masas” -como afirma González-, su significación era entonces obviamente contrarrevolucionaria. La lucha contra Perón y el peronismo se convertía, así, en un deber para los “auténticos revolucionarios”. No extraña, entonces, que toda la ultraizquierda de la época, desde el PST hasta el PRT, pasando por PO, OCPO y grupos semejantes, se haya pronunciado en favor del derrocamiento del gobierno peronista en 1976. No era un hecho novedoso, por otra parte. En Argentina, la izquierda cipaya ya había participado activamente en los derrocamientos de los gobiernos populares en 1930 y en 1955. En 1946 también dio la espalda a la clase obrera acompañando al imperialismo yanqui en la “unión democrática” o asumiendo posturas “neutrales” entre la “burguesía proyanqui” y la “burguesía proinglesa” (el morenista Milcíades Peña estuvo a la vanguardia de quienes calificaron al peronismo como agencia del imperialismo británico).

La teoría de la revolución permanente y el Frente Nacional

La Teoría del Desvío constituye la contrafigura de la Teoría de la Revolución Permanente. Desde la perspectiva de esta última, la participación de la clase obrera en el “frente único antiimperialista” o Frente Nacional no es el resultado de una maquinación diabólica de “todas las fuerzas patronales”, ni tampoco un hecho excepcional o un accidente de la historia. Es, por el contrario, la lógica manifestación en el plano político-estratégico de las determinaciones estructurales de un país semicolonial. La clase obrera no se “desvía” al formar parte de un Frente Nacional, aun cuando sea conducido por un líder bonapartista (Perón), sino que ingresa por esa vía en el único camino históricamente posible que puede conducir a su propia emancipación a través de un proceso ininterrumpido que entrelace los objetivos de la revolución democrático-burguesa (independencia económica, soberanía política, justicia social) con los del socialismo (expropiación de la burguesía, poder obrero y creación del “hombre nuevo”). Pero para que esto sea posible, la clase obrera, con su partido, sus métodos y su programa, debe poder constituirse en la cabeza conductora del Frente Nacional.

La ultraizquierda, por el contrario, directamente ignora el significado de los frentes nacionales antiimperialistas. Uno de sus primeros ideólogos -convertido hoy en un autor de culto en la Universidad semicolonial- fue el mencionado Milcíades Peña. Escribía en 1957, prologando un texto de su jefe político Nahuel Moreno: “Rodolfo Puiggrós, Jorge Abelardo Ramos, Eduardo Astesano, Enrique Rivera alias Peñaloza, y otros que giraban en torno a ellos, sostenían que el gobierno peronista realizaba una Revolución Nacional y la clase obrera debía apoyarlo mediante la estrategia del Frente Nacional, o sea, mediante la colaboración entre los obreros y los patrones que apoyaban al peronismo. Según esta corriente la clase obrera tenía que apoyar al peronismo hasta que Perón hubiera realizado la industrialización del país. Recién entonces, sólo después de eso, la clase obrera podía pensar en gobernar el país”. Es difícil entender cómo una persona capaz de decir de modo simultáneo tantos disparates pueda ser tomada en serio por presuntos “académicos” y aspirantes a “dirigentes del proletariado”.

En primer término, como nadie que esté medianamente informado ignora, los autores nombrados por Peña tenían opiniones diferentes respecto del peronismo y de la estrategia a seguir frente a él: Puiggrós, por ejemplo, terminó militando en Montoneros, es decir, asumiendo una identidad peronista; Abelardo Ramos, por el contrario, en todo momento subrayó las diferencias entre el peronismo y el socialismo. En segundo lugar, ¿a quién sino a un muchacho atolondrado como Peña —-cuyo suicidio tal vez simbolizara su impotencia teórico-política— se le podía ocurrir que la izquierda debatía sobre si la clase obrera debía o no debía apoyar al peronismo? ¡La clase obrera de hecho apoyaba al peronismo! Guste o no guste, así era. Más aún: la clase obrera era parte constitutiva del peronismo. Es a partir de este hecho irrefutable que se debatía cuál debía ser la línea político-estratégica, no “de la clase obrera”, sino de las organizaciones políticas que aspiraban a que en un momento se canalizaran a través de ellas los intereses históricos del proletariado. Para Peña, esas organizaciones debían asumir una postura francamente antiperonista, puesto que “la Revolución Nacional de que se hablaba sólo existe en las palabras porque ni la independencia económica, ni la industrialización del país, ni la soberanía política pueden lograrse sin que la clase obrera tome el poder en sus manos y liquide a la patronal nativa, que es socia y agente del imperialismo”.

Ahora bien, de la imposibilidad del peronismo —es decir, del Frente Nacional con conducción nacional-burguesa— para llevar a su término la Revolución Nacional, no se sigue que haya que asumir una postura antiperonista. Tal cosa significaría confundir el punto de llegada de un proceso revolucionario con su punto de partida. Significaría negarse a acompañar la experiencia política concreta de las masas populares para encerrarse en el gabinete de estudio a enunciar profecías de corte sociológico. Para Peña, “la estrategia del Frente Nacional” implicaba “apoyar al gobierno peronista”, a diferencia de “la táctica marxista revolucionaria del Frente Unico Antiimperialista” que suponía “luchar junto al peronismo contra los golpes de Estado pero sin depositar ninguna confianza en la política de la dirección peronista y explicando constantemente a la clase obrera que sólo ella, armada, confiando en sus propias fuerzas, actuando independientemente de la Presidencia de la Nación y del Ministerio de Guerra, sólo ella, podría aplastar las intentonas patronal-imperialistas y defender las conquistas logradas por Perón”.

El proletariado en la revolución nacional-democrática

¿No es un disparate? ¿De qué “frente único antiimperialista” está hablando Peña cuando ese Frente ya existía en su modalidad peronista? Peña parece estar pensando en un “frente único antiimperialista” establecido entre el peronismo por un lado, y… ¡el grupo de Nahuel Moreno por el otro! Pero los frentes antiimperialistas los conforman básicamente las clases sociales y las franjas sociales, o los partidos de masas, y no los grupos numéricamente insignificantes. El peronismo había irrumpido en 1945/46 como un Frente entre la clase obrera, las franjas nacionalistas de las Fuerzas Armadas y de la Iglesia, las franjas más plebeyas de la pequeña burguesía y la incipiente burguesía nacional. A la cabeza de ese Frente estaba Perón, un líder bonapartista que imponía un método y un programa nacional-burgueses a ese Frente. Lo que la Teoría de la Revolución Permanente enseña es que en la medida que la clase obrera no se coloque a la cabeza del Frente Nacional (o Frente Unico Antiimperialista), la Revolución Nacional (el programa nacional-democrático) no podrá llevarse a feliz término. Pero —sigue enseñando Trotsky—, si la clase obrera se convierte en la clase hegemónica dentro del Frente —lo cual sólo puede suceder si tiene un partido templado que la represente—, su marcha no se detendrá en los límites nacional-democráticos sino que avanzará ininterrumpidamente hacia el socialismo.

No se trataba, entonces, de decidir si la clase obrera debía o no debía apoyar al peronismo. Había que partir del hecho de que la clase obrera efectivamente apoyaba al peronismo. A partir de esto, lo que debía decidirse era si se acompañaba la experiencia política de la clase obrera procurando que su natural desenvolvimiento condujera a la reconfiguración del Frente Nacional en una perspectiva superadora de los límites del 45, o si, como aconsejaban Peña y demás ultraizquierdistas, había que oponerse al peronismo acusándolo de “conciliar con la oligarquía y con el imperialismo”. El primer camino es el de la Revolución Permanente. El segundo camino, en cambio, es el que conduce a la “Teoría del Desvío” de la izquierda cipaya en los setenta.

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Comentarios

El  23/08/2010 a las 18:27 Carlos A. Zelada dijo:

Revolución permanente o Teoría del Desvío —G. Cangiano

” La idea de González -que es común a todo el arco político de la pequeña burguesía ultraizquierdista- es que el peronismo constituyó desde sus orígenes algo así como una anomalía histórica, que había impedido a la clase obrera encolumnarse detrás de las organizaciones que supuestamente debían representarla”
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“Pero, ¿qué justifica tal apreciación de González? Sin duda, la creencia infundada de que “a partir del Cordobazo” estaba superada la adscripción del proletariado al peronismo.”
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Las dos citas del artículo de Cangiano se hacen sobre la hipótesis que es el núcleo del pensamiento de izquierda cuyo sustento humano está en la pequeña burguesía intelectual que estima que su modo de vida no tiene suficiente movilidad (social se entiende) por lo que, como es causalista, busca denodadamente la razón por la cual siempre está en el mismo lugar.

La vida política, es ante todo la forma de dirimir los intereses contrapuestos de los diversos grupos que integran una Nación. No es de ninguna manera una cruzada para establecer una visión del mundo, ni siquiera la “Justicia”, cuyas resonancias bíblicas aun tienen asidero en el alma de los hombres. Es que el término solo expresa sintética y emotivamente, el instinto de sobrevivencia de los seres humanos. De ahí se puede extraer una primera nota clara de la vida política: no se hace política sino con un interés específico que se comparte con otros individuos. Eso denota la existencia de un sector que solo se vuelve clase cuando hay alguna permanencia de una forma de vida que tiene un sustracto material.
Así la industrialización de la Córdoba de fines de los sesenta y comienzos de los setenta mostraba el surgimiento de un movimiento obrero maduro que no era el de la “sustitución de importaciones” que había encabezado el Gral. Perón en los ‘40/’50.

La historia del peronismo, rica fuente de reflexión política, tiene su estructura ideológica que, quienes con evidente desinterés por la verdad e interpretándolo a la luz de los manuales marxistas, ya no lo ven como un “desvío”, sino como parte del aborrecido sistema capitalista, enceguecidos en la comprensión de la vida social de la vida nacional.

Una Política que merezca ser vista así, con mayúscula, tiende a mantener el curso del río de la vida que, al fin de cuentas, es lo que la política trata de encauzar. Para ello es necesario que algo cambie pero que el río permanezca. Menos metafóricamente: es la Nación, compuestas por las diversas clases sociales, el norte de la Política. No las clases, aun menos los individuos. Eso implica que el sector social que sustancialmente compone las corrientes de pensamiento de la llamada “izquierda” esté errada – según nuestro entender que no es la voz de la “verdad”— doblemente: sectoriza al querer imponer una visión clasista y personaliza al dar al individuo una estatura sobrehumana.

Como las afirmaciones, cuando se manifiestan con intención sincera aun si son equivocadas, deben tratar de fundamentarse, diremos: la conformación de los países – término que hace mención a las fronteras – se fue gestando lenta y progresivamente y hoy, cualquiera sea el poder de la “multinacionales” que se apoyan en los Estados nacionales para ampliar sus ganancias, sigue siendo el conglomerado base donde se asienta la vida política.

Dentro de esas fronteras vive el ciudadano que espera que su Estado le permita una vida aceptable –solo eso…..aceptable; no “digna” según un concepto de lo humano – y en tanto el Estado del que se trate le haga saber con hechos y no con teorías, que ellos también son tomados en cuenta, la famosa “revolución” no solo no se dará, sino que, cuando se espera mejorar, como en la Argentina actual por dar un ejemplo, el término no es tomado en cuenta por la “masa” que es quien decide las revoluciones. Porque de allí surgen los dirigentes,—que los líderes son un bien escasos tanto en la vida prosaica que crea el trabajo como en los momentos extraordinarios de los violentos cambios sociales como son las revoluciones – surgen, decíamos, los dirigentes que cohesionan las voluntades.

Por eso, la “revolución permanente” es una contradicción en los términos humanamente hablando. Y para que esta afirmación no quede en el aire se puede recordar las palabras de Engels acerca del obrero inglés de su época y que todo buen marxista conoce.

El  06/06/2011 a las 22:02 oscar conte dijo:

saludos al compañero Héctor para que este al tanto de mi navegación por la páina y la lectura del diario.
Un abrazo
OSCAR

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