• Artículo cargado el 22/04/2009 - 23:05

Republicanismo americano

Lucas Paulinovich

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El republicanismo es un modelo europeo. Nacido, criado y apropiado a las sociedades europeas –sociedades, por cierto, que no tienen nada que ver con las nuestras: una composición social resultante de un desarrollo industrial de alta tecnología, una cultura largamente curtida en el tiempo y con índices iniciales que le permitieron forjarse como el centro neurálgico del universo durante mucho tiempo. Es un principio que se adapta a la organización política de las naciones europeas que nosotros admiramos y nos sentimos tan mal por no alcanzarlo, tanto como desencaja de la realidad latinoamericana.

De una santa y bendita vez tendríamos que caer en cuenta que nuestra realidad no se corresponde con las realidades europeas, que no somos todo eso que creemos ser —creemos ser porque alguien nos ayudó a convencer, y los europeos no tienen las manos limpias— y que, por lo tanto, los trajes de etiqueta europeos no nos quedan nada bien y nos hacen ver ridículos dentro de nuestro espacio.

Durante toda la historia los argentinos nos esforzamos y nos acostumbramos a estar mal vestidos: de frac en una fiesta de disfraces y de payasos en los entierros. Siempre seguimos modelos prestados, que habían andado bien —o no, los seguimos igual por ser de afuera y nada más que por eso— en otros lugares y servían para hacer la prueba. Improvisados, patéticamente chupamedias. Había que estar a la onda del mundo, seguir la moda de los países más adelantados. Porque estamos chapados a la antigua y nos molesta estarlo, se nos vino siempre, una y otra vez, trágica repetición de la historia, la idea de imitar a los más modernos —no haciendo lo que ellos, en todo caso, hicieron para ser modernos, sino tomando y haciendo eso que hacen cuando ya lo son. ¡Para ahorrarnos el camino! ¡No sudar la gota gorda! Pero sin la gordita y antipática gota de sudor ninguna de las cosas que nos propusimos —y nos propusieron, susurrándonos despacito al oído— son posibles.

El republicanismo, en el molde que esperamos formarlo, tampoco es posible en nuestro suelo argentino. No es posible mientras procuremos una genuina democracia participativa y social, con incidencia y voz popular y un sólido trasfondo de justicia social. No es posible mientras pensemos en un país justo y equitativo —o, mejor dicho, en el proceso para ser un país justo y equitativo, que no lo somos y como vienen las cosas: por un bien tiempo no seremos.

El republicanismo que adoran muchos dirigentes de la oposición —política y periodística— es una fórmula que prospera en una democracia formal. Es Estados Unidos: se meten en la batidora partidos políticos fuertes y consolidados, limpieza electoral e instituciones ilesas; se mezcla todo bien y sale el paraíso político de estos hombres. Pero, para hacer una observación nada menor en esta receta de gourmet político: el pueblo no está.

Las grandes masas de trabajadores y desclasados no forman fila en los partidos políticos, ni se expresan en las instituciones, ni parlan en el congreso, ni su voto tiene gran valor –se cuenta en el escrutinio y nada más.

Poner la figura de los partidos políticos en lo más alto tiende a desplazar del terreno de las decisiones a los integrantes de las franjas empobrecidas y a la clase trabajadora que solo cuentan con el recurso de la protesta para hacerse escuchar –y no siempre lo escuchan: sus gritos son más un chillido un tanto molesto que no deja administrar en tranquilidad los intereses de las clases pudientes o los sectores más acomodados, asociados al capital extranjero, que sí se ven representados en esos políticos, y de vez en cuando ese chillido mete miedo: ¡No vaya a ser que avispe a alguno y se termine la joda!- para demostrar su impotencia. Están relegados, son el último orejón del tarro y, a veces, ni en el tarro están. Tienen utilidad transitoria. Son funcionales —por un ratito nomás, por unos comicios nomás— a los intereses de las clases dirigentes —y, obviamente, de los grupos en ellas están representados y que ellas defienden con tanto valor y entusiasmo— tradicionales en la historia argentina.

Se los usa. Con ellos se conquista un objetivo y se los desecha. Son descartables. Bajo el republicanismo que se propagandiza no tienen otro papel para ejecutar. Porque ese republicanismo es para países libres y las naciones constituidas, pequeñas cositas que nosotros no somos ni tenemos. 

Para ser república necesitamos ser antes nación. Es una relación directa e inevitable. No hay república si no hay antes una nación en la que aparezcan esos principios. Y para alcanzar el grado de nación es indispensable darle lugar a los intereses nacionales, abrazar a los hermanos regionales, consolidar esas uniones basadas en un pasado antiquísimo y una herencia en común, y juntos robustecer las ideas que tienden a desengancharnos del carro extranjero y dejar, de una buena vez por todas, de ocupar las posiciones subalternas y dependientes en relación a esas fuerzas extranjeras —es decir, vamos a conseguir conformar algo parecido a una nación cuando tomemos el suficiente valor para superponernos a esos que vienen pegándonos en la frente la concepciones cipayas y forzando que los intereses nacionales sean los que se vean representados por la clase trabajadora en el poder, sacándoles de las manos a los extranjeros y patronos extranjerizados los resortes fundamentales de la economía. No creo que haya otra forma.

No es el de los partidos políticos, en efecto, el camino que nos deja en una nación libre y soberana, una sociedad justa y equitativa. Sí son importantes. Son piezas claves en el armado pero solamente como herramientas jurídicas –sustentadas en las bases primeras de toda democracia: voto popular- pero de ninguna manera el asunto acaba en ellos ni son ellos el tesoro más preciado. El partido político pierde de vista el otro principio por excelencia de la democracia: participación popular.

Las instituciones sagradas y la sucesión en el poder, los sacros preceptos de un modelo que nos salvará: ese versito es el que nos quieren hacer tragar y es el que tenemos atorado desde hace mucho tiempo en la garganta. Los partidos políticos, para ser útiles —y no negativos y nefastos para los intereses nacionales y populares como son ahora— tienen que encontrarse encuadrados en una estructura movimentista, ser uno de los brazos de ella. Uno más y no el más importante. Porque es en el movimiento político y en las agrupaciones de bases que contribuyen en su composición donde encuentra sonido el clamor popular y no se ve ahogado con manejos burocráticos y arreglos empresario-electorales y así puede darle a las instituciones la representación nacional y popular que deben poseer.

La cuestión no pasa por purificar el ámbito político —despojarlo de todas las lacras que más de uno se cansa de denunciar y sancionar moralmente, en cuanto programa tenga la oportunidad de salir y en tanto sirva como estrategia para ganar simpatizantes sin tener la odiosa tarea de tirar ideas y proponer proyectos— y así tener un republicanismo sano que destroce todos los suplicios. No, porque va a seguir siendo, de todas formas, republicanismo a la europea y es ese el mal de todos los males, lo que lo vuelve insano. Es la dependencia el problema mayor. La cuestión es lograr un republicanismo —si es que tanto lo queremos— a la nuestra, americano, coherente con las condiciones y las tradiciones de nuestra tierra y nuestro pueblo. Y para eso no hay otro camino que la emancipación nacional y la unión latinoamericana.

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Comentarios:

benjadem Al-florentin dijo:

¿para q suplicar x un repubicanismo inútil q nunca va a servir al pueblo q trabaja, al q crea la riqeza? ¿acaso los patrones “nacionales” no son tan explotadores y represores como los kissinger o los benetton o los danone o cocacola o la pepsi? la democracia es una herramienta capitalista y x lo tanto nunca va a ser posible dentro d su marco llevar progreso, justicia y felicidad a los q trabajan, sean americanos o europeos,¿o no toma en cuenta las luchas q los trabajadores europeos llevan hace años contra sus demócratas? éste discurso pareciera pertenecer a la década del “30 o del “40, no al comienzo del siglo XXI. e incluso, si reniega d las recetas europeas, para q pedir “republicanismo” q es una herramienta europea. El capitalismo es mundial y x lo tanto se rige d igual manera en el polo norte y en zambia. la república democrática está podrida hasta las raíces, ningún maqillaje la puede salvar, la única salida para los oprimidos es el gobierno d los q trabajan y producen las riqezas, no d “republicanos nacionalistas” como perón q nos llevó a lo q hoy tenemos. ( y nombro a perón, chavez, el sadat, arbenz, o cualqiera q sea)el socialismo, con asambleas en fábricas, en los barrios, en los pueblos es la única alternativa.

Enviado el 02/05/2009 a las 02:29

natufiense dijo:

Felicitaciones por la seriedad con que reflexionas y escribis, está bueno que alguien se tome en serio las mismas preocupaciones que uno. Y no lo digo por hedonismo, estamos compartiendo angustias y búsqueda de respuestas. Compañeros.

Pero ¿El republicanismo no es más un principio que un molde? tengo entendido que viene de res-pública, y ahí uno se encuentra con que el republicanismo americano es caudillesco a veces. Espero que el que me salte a la yugular por esta apreciación lo justifique mejor que el comentario anterior que no explica porque Perón, Arbenz y Chavez nos llevaron a “esto” (si, igualito el kirchnerismo que el bolivarianismo, ejem.)

Por otro lado, no solo en USAmérica no participa el pueblo, como bien decís el público aca tampoco tiene el rol protagónico que el principio repulbicano postula, y una buena herramienta es la que propone el comentario anterior.

Enviado el 16/06/2009 a las 21:35

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