17 May 2010Historia
Por un segundo Ayacucho que consagre la unidad de la Patria Grande
El festejo de los centenarios se puso de moda cuando se cumplió la primera centuria de la independencia de los Estados Unidos y de la Revolución Francesa. Las burguesías celebraban la expansión generalizada del capitalismo y la salida de la crisis internacional de 1873-1874. Para ese entonces la concentración económica y la conformación del mercado mundial basado en la división internacional del trabajo hacían trizas la libre competencia, dejando en vigencia los pilares de la naciente fase imperialista.
Cuando se cumplieron cien años de mayo de 1810 la Argentina oligárquica tiró la casa por la ventana. Mostraba orgullosa el crecimiento de las exportaciones y la suba de los precios internacionales de los cereales y las carnes producidos en la pampa húmeda. Para evitar problemas se creyó conveniente mantener hasta ese entonces la maquinaria del fraude y la represión del movimiento obrero. Los balances realizados se inspiraron en su gran mayoría en parámetros positivistas. La ensayística, tanto de derecha como de izquierda, desbordaba un esquemático biologismo, liberalismo europeista y un racismo obsesivo que se utilizaba para justificar la bienvenida brindada a los extranjeros y la marginación de indios, negros y gauchos.
En el bicentenario una lluvia de libros invaden las librerías proporcionando visiones panorámicas sintéticas de diferentes dimensiones del pasado argentino. Esos enfoques ponen sobre el tapete, a veces sin proponérselo, algunos interrogantes interesantes. ¿Cuándo comienza la historia argentina? ¿En mayo de 1810 se produjo una revolución? ¿No sería más justo celebrar la declaración de julio de 1816? ¿Cuáles fueron los alcances de la soberanía lograda en el siglo XIX? ¿Los objetivos básicos de nuestros proceses se encuentran logrados?
La historia se ocupa de realizar la reconstrucción intelectual del pasado humano trascendente. Los liberales mitristas acostumbraban comenzar sus relatos poco antes de las acontecimientos de 1810. Los nacionalistas rositas, por su católica admiración a la madre patria, la iniciaban con la llegada de los españoles al actual territorio. De ese modo ambas corrientes historiográficas prescindían de más de diez milenios de vida humana en estas tierras, consumando un acto discriminatorio mayúsculo que en la actualidad aún se repite.
Para clarificar al carácter de los acontecimientos de 1810 se torna necesario previamente precisar el concepto de revolución. Su acepción sociológica de cambio profundo, súbito y violento de estructuras de un orden social resulta excesiva, ya que no hubo un pasaje de feudalismo a capitalismo. Pero en términos históricos puede hablarse de una revolución política emancipatoria. Estuvo ligada a la lucha popular española contra la invasión napoleónica enmarcada por una profunda crisis de la monarquía y enlazada a la corriente independentista continental. Los tres principales nucleamientos partidarios porteños coincidieron en provocar la cesación del virrey Cisneros contando con el apoyo de las milicias. La Junta reflejó esa convergencia: Saavedra (linierista), Moreno (alzaguista) y Belgrano (carlotista) conforman los ejemplos salientes. Pero también el organismo ejecutivo evidencia la confluencia en el emprendimiento de diversos sectores sociales. Entre sus miembros encontramos cuatro abogados, dos comerciantes, dos militares y un sacerdote, siendo además algunos de ellos hacendados. Los niveles estamentarios inferiores no representados en la Junta acompañaron al nuevo gobierno que quedó enfrentado al núcleo de funcionarios virreinales y a los beneficiarios directos del comercio monopólico.
Los sucesos de mayo de 1810 se dan en el ámbito de la ciudad de Buenos Aires y la posterior integración de representantes del interior en la Junta Grande significó el desplazamiento del morenismo jacobino. El manifiesto de 1816 poseyó términos más concluyentes: eliminó el acatamiento a Fernando VII y expresó vocación unificadora declarando la independencia de las Provincias Unidas de Sud América. Pero debe señalarse que el Congreso de Tucumán, tan alentado por San Martín y Belgrano, no contó con representación de las jurisdicciones litoraleñas que respondían al mando de Artigas.
La emancipación iberoamericana se inscribe en el ciclo de las revoluciones burguesas. Pero en el Río de la Plata se carecía de una burguesía consolidada, capaz de llevar adelante la transformación hasta sus últimas instancias. Esas invertebración básica con atraso de las fuerzas productivas justifica la debilidad política del proceso pleno de avances y retrocesos, victorias y claudicaciones. En la Argentina se salió de la dominación española y se cayó en las redes de otro colonialismo económico europeo. Se terminó construyendo un país dependiente en lugar de conquistar una nación soberana integrada continentalmente por la historia, la lengua, la economía, la religión y la cultura.
En consecuencia los magnos objetivos de las grandes figuras del pasado se encuentran aún inalcanzados. Moreno, Castelli, Artigas, San Martín, Belgrano, Monteagudo aspiraron conformar la nación iberoamericana. Fueron derrotados junto a otros héroes del continente en el proceso balcanizador. Si el desmembramiento explica la dependencia, por el camino de la integración avanza la gesta emancipadora. Las mujeres y los hombres de Socialismo Latinoamericano bregan por un Segundo Ayacucho que conjugue la liberación nacional y social. Más que festejar, aprovechan la fecha célebre para memorar a los auténticos patriotas.



