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  • Artículo cargado el 22/11/2011 - 00:23
A propósito de la “izquierda independiente” en la UBA

¿Por qué la mella se llama “La Mella”?

Gustavo Cangianotwitter @gcangianoSocialismo Latinoamericano

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La reciente aparición del libro Escritos y Crónicas Políticas, que reúne textos de Julio Antonio Mella y contiene un estudio preliminar de Hernán Camarero (Ed. Capital Intelectual, Buenos Aires, 2011), ofrece una oportunidad para plantear a viva voz un viejo interrogante: ¿Por qué La Mella se llama “La Mella”?

La Mella es una agrupación estudiantil de la UBA que se autodefine “de izquierda independiente”, en oposición a las agrupaciones de izquierda no-independientes, es decir, adscriptas a alguna organización partidaria. Pero, ¿saben los integrantes de La Mella quién fue Julio Antonio Mella? Empecemos por decir que si algo no fue Mella es un “izquierdista independiente”. Desde 1924 hasta 1929, cuando murió a la corta edad de 25 años, militó en las filas del comunismo prosoviètico, es decir, de la “izquierda no-independiente”.

Una historia de sexo y sangre

Cuenta la historia oficial que un sicario contratado por el dictador cubano Machado asesinó a Mella en México, donde se hallaba exiliado. Sin embargo, con el tiempo empezó a ponerse en duda esta historia oficial.

Hace unos años el periodista italiano Pino Cacucci escribió la biografía

Tina Modotti

(Ed. Circe, Barcelona, 1995), donde deja entrever la posibilidad de que Mella haya sido asesinado no por Machado, sino por los agentes stalinistas que para entonces ya habían tomado posesión de la Internacional Comunista y la utilizaban como agencia de la burocracia soviética. La célebre fotógrafa y actriz holywoodense Tina Modotti era la amante de Mella y quien lo acompañaba la noche en que lo asesinaron por la espalda en una suerte de ratonera. La policía mexicana consideró a Modotti sospechosa y la detuvo por algún tiempo. Luego fue liberada, pero las sospechas sobre ella, desde el punto de vista de la investigación histórica, no han dejado de acrecentarse debido a que aún no se había enfriado el cadaver de Mella cuando se conoció su vínculo sentimental con Vittorio Vidali. Vidali era un agente stalinista que sería conocido en España como “Comandante Carlos” (bajo este nombre escribió su autobiografía, publicada en México en 1986 por la editorial del hoy afortunadamente desaparecido Partido Comunista mexicano). Junto al histórico jefe de los comunistas argentinos, Victorio Codovilla, Vidali se dedicó a torturar y asesinar revolucionarios marxistas y anarquistas acusándolos de “trotskistas”. Según se cree, la misma Tina Modotti, a la vuelta de los años, habría sido una de sus víctimas, cuando un extraño envenenamiento acabó con su vida en 1942.

Pero si Mella era un “revolucionario profesional” al servicio de la Internacional Comunista orquestada desde Moscú, ¿por què razón Vidali, con o sin el concurso de Tina Modotti, habría querido acabar con su vida? Para responder a esta pregunta hay que situarse en el contexto de la época.

En 1927 León Trotsky debe abandonar el Partido Comunista, y un año después es deportado a Alma Ata, en la frontera con China. Al año siguiente, en 1929, Trotsky es definitivamente expulsado de la URSS y la presecución más despiadada se desata contra sus partidarios. Apenas habían transcurrido diez años desde la Revolución de Octubre, y los sueños socialistas se trastocaban en una pesadilla sangrienta. Cuando Mella se integra al “movimiento comunista internacional”, todavía soplaban con fuerza los vientos de Octubre. Lenin estaba vivo, Trotsky era el más prestigioso de sus colaboradores, y Stalin aún no emergía de las sombras. Mella fue uno de los tantos jóvenes iconoclastas que se incorporaron en aquellos tiempos primigenios y prometedores al movimiento revolucionario. A medida que la maquinaria burocrática de la Internacional Comunista empezó a desarrollar su labor disciplinadora y contrarrevolucionaria, estos jóvenes se encontraron ante un dilema: o se sometían a la maquinaria o, de lo contrario, la maquinaria los trituraba. Mella entró en conflicto con el Partido Comunista cubano, que lo sancionó en 1926 por su “izquierdismo”. Pero en 1927 le levantaron la sanción y lo invitaron a la URSS con el propósito de domesticarlo definitivamente. Un año después, sin embargo, Codovilla y otros jerarcas de la Internacional atacaban a Mella. Vidali le habría espetado en esa oportunidad: “no te olvides nunca de que de la Internacional se sale sólo de dos maneras: expulsado o muerto”. Es sabido que a Mella no alcanzaron a expulsarlo.

Mella y Codovilla: ¿stalinismo bueno vs. stalinismo malo?

En 1928 se reunió en Bruselas el Congreso Antiimperialista Mundial, convocado por la Internacional Comunista. El año anterior el stalinismo había ordenado a los comunistas chinos integrarse al Kuomingtang, que era el partido de la burguesía nacional dirigida por Chiang Kai Shek. El stalinismo consideraba “progresista” a la burguesía de los países coloniales o semicoloniales, y por eso obligaba a los comunistas a cobijarse bajo sus alas, renunciando a su independencia político-organizativa. Las consecuencias de esta “teoría” y de esta decisión fueron los miles de muertos cuya tragedia describió literariamente André Malraux y explicó sociológicamente el propio Trotsky. Bajo el influjo de esta “teoría”, el Congreso Antiimperialista invitó a Bruselas a representantes de la “burguesía nacional” o de la “pequeña burguesía democrática”, como Víctor Raúl Haya de la Torre, líder del APRA peruano.

Pero el idilio del stalinismo con la “burguesía nacional” de los países semicoloniales no iba a durar demasiado. En 1929 la Internacional Comunista declara que comienza un “período de radicalización de las masas” y se produce uno de sus habituales giros, esta vez hacia la ultraizquierda. Es entonces que, a regañadientes, los burócratas stalinistas más obsecuentes, como Codovilla o Vidali, deben recurrir a los servicios de los revolucionarios más indóciles que todavía sobrevivían en sus filas. Mella publica entonces en México, en abril de 1928, su folleto “¿Qué es el APRA?”, que constituye su obra “más elaborada y polémica”, para decirlo con las palabras de Camarero.

Tanto el contenido del trabajo como las circunstancias de su publicación y su carácter prácticamente póstumo, determinan que en él se encuentre condensada la significación histórica y política de la figura de Mella. En primer término, hay que subrayar que no es el trabajo de un “revolucionario independiente”, ni tampoco el de alguien que se encuadre en las filas de la Oposición de Izquierda ligada a Trotsky, sino el de un hombre perteneciente al aparato stalinista. Sus críticas “izquierdistas” al APRA, entonces, se explican a partir de ese transitorio giro ultraizquierdista y oportunista que la propia Internacional ensayó tras el desastre de la política china (y por las necesidades de la política interna de la URSS, ya de vuelta de la NEP). Es decir: Mella no dirigió sus críticas contra el stalinismo que estaba ahogando en sangre las esperanzas emancipatorias del Octubre Rojo, sino que sus críticas se inscribían como parte de las volteretas tácticas con las que el stalinismo pretendía encubrir su papel abiertamente contrarrevolucionario.

¿Por qué entonces reivindicar hoy a Mella? La pregunta correcta, en realidad, es otra: ¿quiènes son los que hoy reivindican a Mella? ¿Y por que presentar esa reivindicación como si fuera parte de la construcción de una “izquierda independiente”? La respuesta es la siguiente: el derrumbe definitivo de la URSS y del “socialismo real” ha dejado a los miembros más honestos de los partidos comunistas prosoviéticos en situación parecida a la de esos perritos que han perdido a su amo y van y vienen por la calle sin rumbo fijo, hasta que de pronto el tufillo de algún transeúnte les hace creer que allí está el amo extraviado, y entonces van tras él. ¿Es que acaso no hay nada reivindicable en el otrora endiosado “movimiento comunista internacional”?, se preguntan estos perritos abandonados. ¡Claro que lo hay! Aquí y allá siempre es posible encontrar un Mella, un Mariátegui, un Penelón o hasta un Che Guevara a quienes aferrarse con el propósito de que una gota de vida resista ante el peso de tanta muerte. ¿Será posible entonces recrear un Partido Comunista, aun cuando sus próceres ya no sean Codovilla y Ghioldi? ¡No! Eso no es posible, obviamente. Sería como intentar reivindicar un nazismo “bueno” contraponiendo la figura de los hermanos Strasser a la de Hitler. Entonces, no queda otro recurso: hay que invocar a “la izquierda independiente”. La palabra “independiente” siempre suena bien, aunque el marxismo, con toda razón, siempre haya desconfiado de ella.

Hay que decirlo entonces, dudosa independencia es aquella que no rompe con las cadenas ideológicas, que suelen ser más sólidas que las materiales. La “independencia” de una agrupación universitaria no debe medirse sólo a partir de su condición de colateral de alguna organización partidaria. Bautizar una agrupación “independiente” con el nombrte de Mella significa borrar con el codo la independencia que se escribe con la mano. Significa inscribir la agrupación así bautizada en la tradición de una izquierda cuyos desvaríos políticos de derecha o de “izquierda” fueron consecuencia de su alienación a una potencia extranjera. Mella fue un joven honesto y vigoroso. Nadie lo discute. Pero su folleto contra el APRA, que es su aporte póstumo a la construcción teórica revolucionaria en América Latina, contiene todos los errores de los que hay que precaverse. Echémosles un vistazo.

Mella y el Frente Único Antiimperialista

La primera gran crítica de Mella a Haya de la Torre apunta a la consigna aprista: “frente único contra el imperialismo”. Dice Mella: “la fórmula es ambigua, oscura y susceptible de varias interpretaciones, para que acomode a todos (...) Por ninguna parte aparece el principio fundamental en la lucha social: la hegemonía del proletariado y la aplicación de su dictadura para la realización del socialismo”.

Ciertamente, no cabía esperar que fuera el aprismo pequeñoburgués el que planteara la hegemonía obrera del frente antiimperialista. El papel histórico del APRA se limitó a plantear el frente antiimperialista. Y ello debió ser suficiente para que los marxistas descubrieran su carácter progresivo, en vez de arremeter contra él frontalmente, como lo hizo Mella: “el APRA representa los intentos de organización del oportunismo y del reformismo latinoamericanos (y por eso) estamos contra el aprismo”. A Mella le parece contraproducente que la fórmula aprista “acomode a todos”, cuando ese es justamente su mérito. Un mérito limitado, sin dudas, porque no establece quién debe conducir el frente antiimperialista. Pero, ¿qué clase de frente podría edificarse sobre una fórmula que “no contenga a todos” sus componentes? Además, ¿cuál es la fórmula alternativa que propone Mella, luego de invocar verbalmente la “hegemonía del proletariado”? Escribe: “para hablar concretamente: liberación nacional absoluta, sólo la obtendrá el proletariado, y será por medio de la revolución obrera”, porque “la burguesía es traidora clásica de todos los movimientos nacionales de verdadera emancipación”. Y de inmediato se dedica a apostrofar contra los diferentes sectores pequeñoburgueses con los que Haya también quería construir el frente antiimperialista: “los abogados representan el papel de criados del imperialismo. Los profesores: por cada dos revolucionarios hay mil reaccionarios y fosilizados. Quedan los estudiantes, pero su revolucionarismo puede calcularse en un tanto por ciento ínfimo. Los intelectuales, en conjunto, son reaccionarios”. ¿Acaso Mella pensaba en un frente con el pobrerìo indígena no proletarizado? Tampoco: “la penetración del imperialismo termina con el problema de la raza al convertir a los indios, mestizos, blancos y negros en obreros”. Es decir, el frente único antiimperialista, en la concepción de Mella, era un frente del proletariado consigo mismo, lo cual, obviamente, se parece tan poco a un frente único antiimperialista como el “frente de izquierda” recientemente constituido entre PO, PTS y otros grupos ultraizquierdistas.

Hay que comprender a Mella. Tenía sólo 25 años, que es la edad en que el poder seductor de las fórmulas maximalistas inhibe toda posibilidad de pensamiento crítico. A esa edad, suele creerse que es más revolucionario quien grita más fuerte. Además, en aquella época no existía evidencia histórica de que la “revolución obrera” iba a encontrar obstáculos tan grandes para cumplir sus promesas comola que encontraron los nacionalismos burgueses estilo APRA o el peronismo entre nosotros. Pero comprender a Mella no debe impedir afirmarque sus juicios conducen lisa y llanamente a la renuncia de toda politica frentista, con o sin “ hegemonía proletaria”. Y la renuncia a una politica de frente único antiimperialista en una semicolonia, aun cuando se la postule desde una perspectiva “obrerista” o de “clase contra clase”, constituye “más que un error, una traición”, como decía Trotsky. Que en este error incurría Mella queda claro leyendo la siguiente frase: “la histórica lucha entre las clases antagónicas se lleva a cabo en América lo mismo que en Europa: insurrecciones proletarias en Buenos Aires y Chile; huelga petrolera de Colombia; masacre de inquilinos en Panamá; huelgas revolucionarias de Puerto Rico y Cuba en la industria azucarera; movimiento proletario de México, etc.” Verdaderamente, hay que estar ciego ante la realidad, y hay que ignorar todo lo que enseñaron Lenin y Trotsky, entre otros, para afirmar tan categóricamente que la lucha de clases se desarrolla de manera idéntica en los países imperialistas que en sus periferias coloniales y semicoloniales.

¿Por qué no hay agrupaciones estudiantiles nacionalistas en la UBA? ¿Por qué se llama “Gino Germani” el instituto de investigaciones?

Ten enigmático como por qué La Mella se llama “La Mella”, es por qué en las universidades públicas de un país que tiene parte de su territorio (y el grueso de su cultura y su economía) ocupado por una potencia extranjera, no han surgido agrupaciones estudiantiles nacionalistas o malvinistas. ¿Por qué una agrupación universitaria se llama “La Mella”, y no “La 2 de Abril”, por ejemplo? Es como preguntarse por qué el Instituto de Investigaciones de Ciencias Sociales se llama “Gino Germani”, y no “Arturo Jauretche”, o “Scalabrini Ortiz”. Tal vez la absurda creencia en que la lucha de clases se desenvuelve con idénticas características en las metrópolis y en las semicolonias, en Francia e Inglaterra que en Bolivia y Argentina, pueda explicar en parte esta circunstancia penosa: para la izquierda eurocéntrica (y también para la derecha eurocéntrica) “nacionalismo” es una mala palabra. Mella contribuyó, tal vez por su candor juvenil, a expandir esta idea políticamente perniciosa. Criticando el programa aprista que proponía nacionalizar la tierra y la industria, escribía: “Dice el APRA: ‘queremos la nacionalización de nuestra riqueza; nuestro programa económico es nacionalista’. ¡También los fascistas son nacionalistas!”

Jorge Abelardo Ramos, en su Historia de la Nación Latinoamericana, dedicó unas edificantes páginas a la polémica entre Haya de la Torre y Mella, y así evaluó a la afirmación de este último: “Nada más erróneo que identificar las nacionalizaciones en un país imperialista con las de un país semicolonial. De este modo, la nacionalización del petróleo mexicano por Cárdenas tendría el mismo significado imperialista que la realizada en Francia en la industria automovilística en 1946. Esta última obedecía al déficit de esa industria, salvado por el Estado imperialista mediante una generosa indemnización. Pero los propietarios ‘nacionalizados’ en Francia eran franceses, no extranjeros, y la Francia burguesa nada tenía que temer de ellos. La nacionalización en México, por el contrario, era un acto defensivo de un país revolucionario ante los capitales extranjeros”.

Pero quienes bautizaron “La Mella” a La Mella no leen a Ramos. Tampoco parece que leyeran a Marx, a Lenin ni a Trotsky. No los culpamos. La contrarrevolución de 1976 fue de tal magnitud destructiva, que las nuevas generaciones creen que el socialismo revolucionario latinoamericano se encarna en seudohistoriadores como Milcíades Peña, en terroristas pequeño-burgueses como Roby Santucho o en jóvenes malogrados como Julio Antonio Mella. Hay toda una “política de la Memoria” que trabaja para prolongar el equívoco.

Pero más tarde o más temprano, la verdad se abrirá camino.

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