• Opinión 
  • Artículo cargado el 20/10/2009 - 15:56

Pecado de sinceridad

Resulta, en cierto modo, inquietantemente cómico escuchar lamentos por el exabrupto de vulgaridad, justamente, a los principales propagadores de la vulgaridad, empleados rendidores de las Usinas de Porquería más grandes y sobresalientes. Ellos, que jamás tuvieron prurito alguno ante las manifestaciones más bochornosamente berretas, que se tapan la boca ante las obscenidades de algunos y que eyectan dardos embebidos en odioso veneno a sus enemigos, son los nuevos abanderados del buen gusto y la moralidad. Escudados en cobardes eufemismos dicen cosas mucho más aberrantes para la moral cristiana, que es Reina en nuestras costumbres, que las expresiones de desahogo de Maradona.

El eufemismo no calla, disfraza. Es una artera maniobra de quien teme enfrentar y hacerse cargo de sus palabras, o es, por el contrario, un movimiento táctico tendiente a conquistar y seducir, engañando al interlocutor. La cuestión es una puja por el poder: quién puede hacer valer y prevalecer su discurso, su posición y quien debe, al final, subordinarse sumisamente. El que recurre al eufemismo lo hace comprendiendo que no podrá utilizar la fuerza bruta o que, en tales momentos, no es conveniente. En fin, de lo que se trata las inevitables relaciones humanas, y que el fútbol refleja tan perfectamente –aunque alguna bobería autorizada todavía insista en que el fútbol es algo simple e ingenuo, solo un jueguito–. La hipocresía eufemística consiste básicamente en eso: decir algo solapadamente para no ser agresivo ante la posible modosidad del adversario –puntualmente, ante sus valores morales– ni dotarlo de argumentos fáciles que puedan ser usados en contra. Es un desplazamiento de guerra, ciertamente. Maradona pecó de –comprensible– falta de tacto político. No es un hombre dotado de una reconocida sagacidad, y los buitres rapaces, en estos últimos días, se lo hicieron saber al pie de la letra. El contexto ayudó, el nido en el que se refugiaron durante años sufrió un par de golpes y ellos están furiosos con todos los que hayan colaborado o apoyado la tarea. Atacan y lo hacen con implacable impudicia.

Montarse en el discurso de la moralidad es ya una estratagema capciosa: recurrir a la moral es la forma por excelencia para no profundizar los análisis; la moral es un elemento artificial, creación humana ante el choque de fuerzas y la imposición obvia de una sobre las otras, por lo que salir al cruce con la espada de la moral –costumbre de muchos pretendidos intelectuales– es cortar de raíz la excavación reflexiva y erigir una barrera infranqueable. Donde se pone la moral sobre la mesa, no se puede ahondar más. La moral divide y esa división depende de quién conforme esa moral. La moral depende del moralista, y si ese moralista aspira a que su moral rija como regla, está siendo, quizás inconscientemente, sumamente autoritario. Es marcarle el terreno por donde deben fluir sus reflexiones antes de comenzar; en pocas palabras, cercenarle la reflexión. La moral es una gran represora de la libertad de pensamiento, y eso revela la cruel contradicción de esos buenos democratistas que se pasean hablando de libertad y pluralidad por cuanto espacio le dejen para mostrarse buenos y moralmente correctos.

Cuando algo toma tamiz de absoluto, no se puede ir más allá. Ese juego es el que jugaron insidiosamente los impunes cuervos de micrófono. Le pegaron donde más duele y con un argumento casi irrebatible: hablar en contra de la moral es visto como una inmoralidad y, desde entonces, cualquier relato, por inmoral, queda deslegitimado. No tiene valor, no gravita. Por eso es necesario no caer en su juego, no pagar el costo de la inocencia, y comprender las tramas más controvertidas de lo sucedido. Lo de Maradona es una expresión más de lo taimado que alcanza a ser el discurso moralista, inscripto en las filas del honestismo.

Maradona tuvo su desahogo ante tanto escarnio malintencionado; fue el suspiro culminante de quien se encontraba arrinconado contra las cuerdas, perturbado emocionalmente, presionado, aturdido y, como si no bastara, con el prestigio divino –que sus actuales detractores ayudaron a crear y a converserlo– en suspenso. Caer con la moral, el buen gusto, las formas, la reverenciada opinión del extranjero, y alguna otra de esas patrañas, solo es aceptable desde el mismo lado de Maradona, como sugerencia táctica; en caso contrario, desde la vereda de enfrente, cómo crítica, es más bien una muestra de precariedad analítica, carencia de lucidez, sometimiento cobarde a valores abstractos, autoritarismo no asumido que pretende imponer un precepto todopoderoso o, en su defecto, una sutil estrategia para eliminar al enemigo. La suspicacia no es menor cuando se trata de los más grandes productores de basura confrontando con un enemigo con glorias celestiales y pasado mítico.

Quizás, es cierto, algún hombre más políticamente hábil hubiera utilizado las armas de la diplomacia para atacar al demonio con su propio veneno; pero afortunadamente a Maradona no le preocupa demasiado ser chupamedias de la Fiscalía Mundial y su mayor pecado fue la sinceridad. Si hay que elegir, en esta, es más sensato estar con él. 

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