- Nacional
- Artículo cargado el 19/08/2009 - 03:28
Para comerse un elefante primero hay que cortarlo en bifes
Todas las provincias argentinas tienen siquiera un simulacro de descentralización del poder político: departamentos, municipios o comunas según sea el caso. Hay provincias que tienen sólo cuatro municipios y otras que tienen 350. La Ciudad Autónoma de Buenos Aires no tiene ninguno. Es un curioso Estado de 12 mil manzanas que, más allá de las vueltas de la historia, se asocia al bienestar de los negocios apátridas radicados en su microcentro y se disocia de la suerte del resto del país.
Sin descentralización del poder político, sin participación de los barrios o comunas en la ejecución de su presupuesto, Buenos Aires está tan desfederalizada como en la época en que Rivadavia se le había sentado encima.
Por economía de espacio, salteese el compañero los 70 años de guerra federativa que terminó en 1880, cuando Roca le dio en propiedad al país pobre la aldea rica convertida en distrito federal. Ignore hasta donde pueda los siguientes 114 años del doble status capital argentina-oficina factoril.
En 1994, la reforma constitucional de Menem y Alfonsín liberó a la ciudad de esa carga pública y pesada. El artículo 129 redujo la jurisdicción capitalina a unos pocos edificios y dejó a la inspiración de una asamblea estatuyente qué cosa sería el resto.
Mientras invocaba el federalismo y la descentralización del poder político, la estatuyente de 1996 inventó una virtual ciudad Estado. Uno de los inventores —Aníbal Ibarra— calculó con picardía política desacostumbrada la subdivisión del distrito en comunas tomando el modelo de París. Su intención era refugiarse con el Frente Grande en una de ellas tras la derrota electoral que preveía. Pero ganó. Y las cajoneó. Temía que los duhaldo-menemistas se atrincheraran en una junta comunal y desde allí le corroyeran el tapizado al sillón de Alvear.
La fecha tope para hacer las comunas de la ciudad, so pena de incurrirse en incumplimiento de la constitución, estaba prevista para el 1 de octubre 2001. Sin embargo, Ibarra, haciendo caso omiso de las acciones legales que le caerían por la cabeza, decidió posponerlas un año más aduciendo que el mismo pueblo que lo había votado a conciencia no estaba preparado para ejercer la democracia participativa. El año duró tres meses porque la crisis social tenía más prisa.
El estallido social de diciembre del 2001dejó a la ciudad descentralizada de facto. Obligó a los funcionarios, a la izquierda portuaria, a los sindicalistas a desaparecer del escenario ya ocupado por las asambleas populares. Contra la prohibición constitucional, el pueblo deliberó sin intermediarios en ellas. De haber estado funcionando las comunas, también podría haber gobernado ejerciendo la democracia de manera directa, cosa que, por supuesto, está todavía más prohibido.
Aquellas asambleas se dispersaron en corto tiempo a falta de un cauce programático para su acto instintivo de desobediencia. No obstante ello, algunos grupos e individuos ya asociaban las asambleas con las comunas cajoneadas por los mismos funcionarios que acababan de derrocar. La idea de cierta forma de autogobierno, entonces, quedó en estado de somnolencia hasta el presente.
Acaso los estentóreos ronquidos de la constitución municipal, la acción de un puñado de vecinos, como se ha dicho, o un fallo judicial de ocasión resultaron en la ley 1777 del 2007, que delimita 15 comunas (Macri quería sólo 8 por obvias razones) y un plazo final de un año para que se eligieran las respectivas juntas. El circunstancial jefe de gobierno, Jorge Telerman, convocó al mismo tiempo a los vecinalistas en la facultad de derecho para lanzar las comunas, y a la prensa en la intendencia para lanzar su candidatura. El compañero perspicaz ya se imagina en dónde se lanzó Telerman.
A parte de las funciones de intendencia de las comunas (algunas codiciadas, como el poder de policía o la obra pública barrial), lo que las hace atractivas y temidas al mismo tiempo es que la distancia que media entre el pueblo y los dirigentes es del largo de un brazo y un puño.
La división política de Buenos Aires en juntas comunales emergidas de los barrios pone al jefe de gobierno a contar y descontar de su poder a estos pequeños intendentes. Queda expuesto a sorpresas, como la experimentada por Néstor Kirchner con sus capitanejos del segundo cinturón urbano en las últimas elecciones.
No se puede asegurar que en la euforia de su éxito electoral de aquella jornada, Pino Solanas advirtiera cuán voluble puede ser la autonomía comunal. Pero fue el único candidato porteño que se acordó de la democratización política y de las comunas en el vértigo de los micrófonos que disimulaban la ausencia de militantes en la celebración del Proyecto Sur.
Pino Solanas carece de un programa. Como las asambleas del 2001. Y eso puede mandarlo a la misma vía muerta. Sin embargo, su apelación al activismo comunal puede movilizar a muchos compañeros que sólo se han expresado mediante un voto, puede persuadirlos a ocupar espacios de lucha política en las comunas. Naturalmente, cuando el suburbio se sacuda de nuevo y la dirigencia, como siempre, procure un helicóptero o un camión de Juncadella para huir, los compañeros deberán considerar hacerse cargo del muerto. Y cómo manipularlo para que no se les desparrame.
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