10 Dic 2008Opinión
Pánico mediático
Nos crean el pánico. El miedo es una sustancia que se le introduce en el cuerpo a las personas por medios sofisticados; a nosotros, en nuestra Argentina de hoy, nos meten ese miedo constantemente.
El discurso hegemónico nos acosa con hechos de violencia. Las pantallas de los noticieros están empapadas en sangre y los periódicos le dedican decenas de páginas a tiros y asesinatos. Robos y más robos, iniciativa publicitaria a favor de la aceración de la discriminación y el terror en las capas medias, esas que están, por ubicación social, más cerquita de la realidad, aunque no siempre la vean con nitidez.
Mostrar en las noticias los delitos graves ocurridos; que los medios gráficos tengan su sección policial correspondiente, eso no es ningún sacrilegio, es solo el cumplimiento del deber. Pero de ahí al abatimiento reiterativo, hay un largo trecho. Las agendas de los medios se repiten; los mismos temas aparecen una y otra vez en todos lados. Los delincuentes tienen mayor protagonismo que los artistas, y los casos policíacos son más famosos que las exposiciones fotográficas o presentaciones de libros. Nos empachan con mujeres en paños menores y hombres desangrándose. Miedo y despreocupación, entretenimiento y temor, estandartes de una sociedad que lentamente va virando hacia la derecha.
El lenguaje mediático se instala, y de eso no hay duda, con demasiada firme en el imaginario colectivo. Lo que dicen los medios se transmite rápidamente por las bocas de los miles y miles que los consumen. El poder de los medios de comunicación es real, concreto y palpable; las similitudes del discurso de muchos de los grandes medios de comunicación con el discurso de la derecha dominante del poder político y económico, también es muy ostensible. Hay semejanzas en lo que dicen, hay rasgos similares en lo que piden.
Es cierto, por qué no decirlo, que los caminos alternativos para combatir la inseguridad no se atisban en el horizonte. Los gritos en contra de la exageración expositiva de los fenómenos de violencia no se contrastan con propuestas diferentas y respuestas concretas. Todas son especulaciones, quejas y puro gritería que ensordece a quienes están verdaderamente preocupados y no los dejan cavilar con suficiente tranquilidad. Son quienes blanden la bandera en defensa de la seguridad los que representan el mayor obstáculo para el mejoramiento de la misma. En su afán por figurar, desde ambos lados, solo se logra impedir la implementación de medidas o el hallazgo de soluciones viables.
Unos piden mano dura y baja de imputabilidad, anhelan una sociedad de vigilancia y encierro, en donde ellos, que son ricos y pudientes, puedan vivir sosegadamente en sus barrios privados y manejar con calma por las calles de la ciudad, sin molestos pedigüeños en cada esquina; los otros, que se ponen en la vereda de enfrente, dicen que esa no es la solución y, luego, se quedan callados tramando prerrogativas políticas para los postreros años electorales. Para algunos es mejor la seguridad que la justicia, y que los policías, bien armados y preparados, controlen cada paso de los ciudadanos; los otros dicen preferir la optimización en las condiciones de vida, que cada uno tenga todas las posibilidades. Pero estos últimos no hacen. Se quedan de brazos cruzados en esta materia y solo se limitan a esputar diatribas contra sus contrincantes.
La derecha en la Argentina aprovecha estas lagunas de los sectores que reivindican al campo popular; capitalizan la impotencia e inactividad de quienes piensan en las capas inferiores de la sociedad. Son sagaces y saben qué decir y cuando decirlo para cooptar mentes. El lenguaje de la derecha codifica la comunicación entre los ciudadanos. Se habla como en los medios; se dice lo que la derecha quiere que se diga.
El instinto de supervivencia en natural en el ser humano. Todos luchan por conservarse, es una de las leyes de la naturaleza que, por lo demás, más complacen a las expectativas humanas. Pero querer subsistir no se ensambla con el miedo paralizador que parece difundir desde los centros de poder simbólico. Las calles son intransitables y el cielo está a punto de lanzar rayos para fulminar tanta perversidad humana; los dioses están enfurecidos con los viles argentinos y esos morochitos pobretones renuentes al trabajo, que solo saben robar y alcoholizarse, drogarse y matar, ya no los dejan vivir tranquilos, a ellos, los empresarios que ante el primer sacudón de la crisis despiden a mansalva y se recluyen en sus barrios residenciales para alejarse de los injuriosos reclamos de quienes no llegan a fin de mes. En este país ya no se puede vivir.



