09 Feb 2011Crítica de libros: desenredando la madeja 

A propósito de Omar Acha y su "antiesencialismo radical" que repudia el marxismo y da por muerta a la clase obrera

Miserias y extravagancia del discurso postmoderno

gcangiano Socialismo Latinoamericano

El libro Reflexiones sobre el poder popular de Miguel Mazzeo y otros autores contiene un texto de Omar Acha titulado “Poder popular y socialismo desde abajo”.

Acha es un tipo inteligente y ha leído mucho. Pero es tan inteligente y ha leído tanto, que a veces se hace un poco difícil seguirlo. Luego de leerlo, uno se queda con la impresión de que algo muy importante le han dicho pero que no se lo llega a comprender del todo. Como el texto viene acompañado de abundantísimas citas de libros en diferentes idiomas, no caben dudas de que las profundas reflexiones de Acha, expresadas en frases complejas construidas con vocablos que exigen el auxilio permanente de un diccionario, no carecen de fundamento. Habrá que prestarles atención entonces.

Omar Acha, Milciades Peña y el sujeto de la revolución

La idea central de Acha en el artículo del libro de Mazzeo parece ser la siguiente: hay que construir una alternativa emancipatoria superadora tanto del “populismo peronista” como del “socialismo obrerista”. Pero, para hacerlo, hay que abandonar el “esencialismo” que consiste en creer que existe un “sujeto de la revolución” constituido de una vez y para siempre, sea éste “el pueblo” o “la clase obrera”.

Acha dice que el error del marxismo leninista fue creer que del lugar privilegiado de la clase obrera en la sociedad capitalista se derivaba su condición de sujeto de cambio. Pero esto se habría demostrado falso porque el sujeto de cambio se debe construir en la esfera política y no viene ya construido desde la esfera económica. Además, ese sujeto de cambio no es una entidad homogénea sino una totalidad construida a partir de distintas partes componentes.

Esta misma preocupación por el sujeto revolucionario aparecía en un trabajo suyo (“Milcíades Peña y el proyecto de una historia marxista”) aparecido en el libro colectivo “La historiografía académica y la historiografía militante en Argentina y Uruguay”, editado por Biblos en 2004. Hablando más de sí mismo que de Peña, Acha escribía: “He allí donde residía la clave de la tragedia de la historia argentina (…). Mientras una fibra del desarrollo establecía las condiciones de un cambio, la desigualdad y pluralidad de temporalidades no creaba las fuerzas sociales capaces de llevarlo a término”. Está haciendo referencia al hecho de que -según la corriente historiográfica liberal izquierdista de Luis Franco, Milcíades Peña y Nahuel Moreno- las montoneras federales del siglo XIX no constituían un sujeto social capaz de abrir el curso a un desarrollo autónomo del país frente al proyecto de la oligarquía terrateniente y la burguesía comercial porteña ligadas a Gran Bretaña (el último número del periódico “El Socialista”, de IS, publica una nota reivindicatoria de Sarmiento en los términos señalados).

Pero donde la reflexión teórica de Acha respecto del sujeto revolucionario (y del sujeto a secas) se despliega en plenitud, es en su libro del año 2000 editado por “El Cielo por Asalto”: “El sexo en la historia. Intervenciones de género para una crítica antiesencialista de la historiografía”. Se trata de un libro realmente difícil de entender, pero que merece ser leído porque está en sintonía con las nuevas modas intelectuales que atraviesan el mundo académico en este comienzo del siglo XXI.

Además, habla del “pensamiento binario”, el cual constituye una especie de cuco en el mundo académico.

Sexo, biología y lenguaje

El núcleo del libro (si la interpretación es correcta, porque cabe reiterar que resulta difícil entender exactamente las reflexiones de Acha y, más importante todavía, resulta difícil entender cuáles son las conclusiones que una práctica político-teórica puede extraer de esas reflexiones), el núcleo del libro, entonces, es la idea de que sexo y género son dos conceptos diferentes que no deben ser confundidos, y que, además, sería incorrecto creer que el sexo remite a la dimensión biológica y el género a la dimensión cultural; o, dicho de otro modo, que sería un error creer que el sexo es algo natural, algo dado, algo “material”, mientras que el género es algo construido mediante el discurso o, mejor dicho, mediante las prácticas discursivas. Para Acha “hay que superar la distinción de los setenta entre un sexo biológico y un género cultural”.

Antes se creía que “el sexo era una base biológica que distinguía hembras de machos”. Pero parece que ahora ya no se piensa así. Al menos no lo piensan Acha y sus inspiradores filosóficos como la académica norteamericana Judith Butler. “El sexo y la sexualidad -dice Acha- son construcciones arbitrarias, convenciones que se reproducen a través de la repetición jerarquizada de afirmaciones, exclusiones, elusiones, promociones”. Quienes piensan como Acha suelen expresarse de este modo: “cuando un niño nace se le asigna un nombre, y se le asigna también un sexo”. Es decir que cuando el autor de este artículo nació, por ejemplo, “arbitrariamente” se le asignó el nombre “Gustavo”; y arbitrariamente también se le asignó el sexo masculino. Podría habérsele asignado otro nombre, y también otro sexo. ¿Usted siempre había creído que era “macho” y no” hembra” debido, por así decir, a que tenía pito? Pues no. Acha (y Butler antes que Acha) informa que se es macho como resultado de una serie de “exclusiones, afirmaciones, elusiones, promociones” discursivas y arbitrarias.

Para gente como Freud las cosas eran diferentes de como las ven Acha y Butler. Escribe Acha que “para Freud era un hecho dado la distinción ideal entre hombres y mujeres”. Agrega que el fundador del psicoanálisis “tenía la convicción de que existen tales sexos, que son precisamente dos y establecen tipos idealmente discernibles”. Esta fue “una convicción que Freud sostuvo toda su vida (…) Suponía ya la clasificación binaria. Carácter masculino y carácter femenino…”.

Muchas veces se ha planteado la legitimidad del binarismo cuando se lo aplica a la sexualidad humana., en razón de que hombre/mujer son las únicas posibilidades en una especia caracterizada biológicamente por la bipartición sexual. Pero no. Acha dice que “en tanto corporalidades sexuadas las subjetividades no son productos materiales de la condición socio-económica, sino que se crean en prácticas discursivas que se despliegan constantemente.” Como se dice arriba, resulta difícil entender exactamente lo que Acha explica. Pero puede suponerse que es lo siguiente: un cuerpo masculino, por ejemplo, no es una realidad material o natural ya dada: es una creación discursiva. Por eso, correspondería modificar hasta el modo de expresarse: “hablamos de cuerpo casi con error -dice Acha- pues corporalidad señala mejor la permanente construcción de aquello que consideramos lo más propio de nuestros orígenes animales”.

Toda esta postura tiene un nombre: se trata de “una concepción radicalizada y antiesencialista de los géneros y la historicidad”. Más concretamente, Acha llama a su postura “antiesencialismo radical”.

El “antiesencialismo radical” de Acha contra el marxismo

El “antiesencialismo radical” emprende una profunda crítica del marxismo. Acha dedica todo un capítulo de su libro a “deconstruir” (más bien a destruir) el marxismo, queriendo mostrar lo siguiente:

1) Lo erróneo de su materialismo: “Marx seguía atado a una mirada materialista que nos parece inadecuada para la teoría de género”, sentencia Acha;

2) Lo erróneo de su “esencialismo”: “El marxismo comienza con un ataque a las perspectivas esencialistas pero termina perdiendo esa batalla. El obstáculo central que provoca la derrota es la apelación permanente a la necesidad de buscar una ‘explicación material’“, sentencia Acha;

3) Lo erróneo del “monismo interpretativo”: “sea el de la lucha de clases o el de la contradicción entre fuerzas productivas y relaciones de producción, puede considerarse como obsoleto”, sentencia Acha;

4) Lo erróneo del naturalismo-biologismo: se hace necesaria “la destrucción del naturalismo de los cuerpos que ha sido sentido común del marxismo, dada una noción naturalista de materia que caracteriza sus análisis”, sentencia Acha.

La circunstancia de que Acha no hubiera cumplido los 30 años cuando realizó tan demoledora crítica del marxismo no debe llevarnos a desconfiar de lo que dice creyendo que se trata simplemente de devaneos juveniles. Al fin y al cabo, los “cambios de paradigma” siempre han sido impulsados por personas jóvenes y marginales respecto del paradigma vigente. Lo que en este caso nos conduce a desconfiar es lo siguiente: Acha no es marginal respecto del paradigma vigente, porque el paradigma vigente en el mundo académico es precisamente el que él, Acha, con jerga difícil y citas bibliográficas incluidas, repite con la fidelidad propia del alumno aplicado. Acha es, aunque él no lo sepa, una víctima intelectual del triunfo contrarrevolucionario de 1976, el cual ha instituido a partir de 1983 a la academia como el lugar donde se produce conocimiento legítimo sobre los fenómenos políticos y sociales.

Pero lo más importante de todo este discurso posmoderno o “antiesencialista radical” sobre la construcción del sujeto, no es la extravagante creencia de que el discurso (o la “práctica discursiva”) es la causa de que haya individuos de sexo masculino y de sexo femenino en la especie humana. Lo más importante, por sus efectos políticos, es la creencia de que el “sujeto de la revolución” debe ser “deconstruido” en una infinidad de sub-entidades constituyentes. Esta operación político-ideológica tiene como consecuencia condenar de antemano toda estrategia de cambio global y limitar la intervención política a las disputas parciales y acotadas incapaces de acceder a una síntesis integradora superior.

La deconstrucción (destrucción) del sujeto revolucionario

Acha escribe que “toda subjetividad es heterogénea, la búsqueda de la homogeneidad a través de la definición de un solo elemento estructural no hace más que alejarnos de la subjetividad concreta que queremos comprender y a la cual interpelamos”. Para que no queden dudas de lo que habla, Acha añade: “la clase obrera es mucho más que un conjunto de vendedoras/es de fuerza de trabajo”.

En realidad, en un sentido estricto, la clase obrera efectivamente no es más que “un conjunto de vendedoras/es de fuerza de trabajo”. Sin embargo, esto no significa que las vendedoras/es de fuerza de trabajo constituyan una realidad homogénea: hay clase obrera fabril, rural, minera, etc. Dentro de la clase obrera fabril puede distinguirse todavía a los metalúrgicos de los algodoneros, de los petroleros, etc. Y todavía se puede hablar de clase obrera ocupada y desocupada, de la mujer trabajadora, etc. Es decir, incluso “a través de la definición de un solo elemento estructural”, como es la necesidad de vender la fuerza de trabajo para subsistir, la clase obrera es heterogénea. Pero si a esta realidad heterogénea podemos abarcarla en el concepto “clase obrera”, es porque hay un elemento común dentro de tanta heterogeneidad. Si no lo hubiera, entonces no podríamos hablar de “clase obrera”, y el referente empírico de ese concepto se nos aparecería como un caos inaprehensible. Afortunadamente esta no es la situación, a pesar de los intentos por que así sea de la burguesía en el plano “material” y de los “deconstructivistas” en el plano “filosófico”.

Naturalmente, la clase obrera en tanto concepto de la teoría marxista (o de cualquier otra teoría) “nos aleja” de “la subjetividad concreta que queremos comprender y a la cual interpelamos”, es decir, del obrero de carne y hueso que conforma la “base empírica” de la teoría y del concepto. Pero se trata del “alejamiento” analítico presente en toda disciplina teórica y sin el cual sería imposible acceder a la comprensión del fenómeno que se estudia. Análogamente, podría decirse que la caracterización que hace el psicoanálisis de la neurosis obsesiva, por ejemplo, “nos aleja” de “la subjetividad que queremos interpelar”, puesto que no hay dos neuróticos obsesivos idénticos (unos son viejos, otros son morochos, otros son pobres, otros están casados, etc.).

Acha dice una obviedad cuando propone empezar a conceptualizar “una clase obrera compleja compuesta por múltiples factores”. Ya Marx en su célebre “Introducción de 1857” dejaba en claro que “lo concreto es concreto porque es la síntesis de múltiples determinaciones, por lo tanto, unidad de lo diverso”. Y agregaba: “aparece en el pensamiento como proceso de síntesis, como resultado, no como punto de partida”. No existen en la realidad social entidades teóricas ni empíricas que sean entidades “simples”, que no puedan ser descompuestas analíticamente en infinidad de elementos constituyentes. Por otro lado, la construcción de lo que Marx llamaba “lo concreto representado” (el concepto teórico) implica un proceso de síntesis que hace a un lado los aspectos accidentales o contingentes de la entidad estudiada. Es la única manera de hacer ciencia, ¿o Acha conoce otra?

Sin embargo, acá el problema no es filosófico sino político. Lo que Acha quiere es acabar con la idea de que la lucha por la emancipación nacional y social exige un sujeto social privilegiado: la clase obrera, por ejemplo.

En el mundo hay obreros, pero también hay hombres y mujeres, hay jóvenes y viejos, hay negros y blancos, hay heterosexuales, homosexuales y bisexuales, hay judíos, cristianos, etc. Y más todavía: cada una de las identidades mencionadas es susceptible de ser “deconstruida” en infinitas “subidentidades”. Así, dice Acha que “no hay que dar por sentada la unidad de las ‘mujeres’, los ‘hombres’, sino escribir más bien sobre ‘masculinidades’, ‘feminidades’, ‘travestismo’, etc.”  O sea: hay que abandonar el lenguaje “clasificatorio” que “sustancializa” nombrando. Por ejemplo, sería un error “sustancialista” (o “esencialista”) llamar “homosexual” al homosexual, o “prostituta” a la prostituta, puesto que estaríamos en realidad ante un individuo “en situación de homosexualidad” o de una mujer “en situación de prostitución”. Un investigador ideológicamente afín a Acha —Darío Sztajnszrajber— escribió en un libro llamado “Posjudaismo” que también la identidad judía debe ser puesta en entredicho, ya que existen múltiples formas de “ser judío”. “No hay judaísmo sino que hay judíos”, dice triunfante Sztajnszrajber, sin advertir la contradicción en la que incurre: si hay judíos, debe haber algo que los haga judíos, diferenciándolos de quienes no son judíos. ¿Una “esencia”, tal vez?

La ofensiva imperialista a nivel mundial ha encontrado la filosofía que mejor le calza: el “deconstructivismo” podmoderno, una de cuyas versiones es el “antiesencialismo radical” que celebra el joven académico Omar Acha. Es una filosofía dirigida a despojar a los luchadores revolucionarios de las herramientas conceptuales que les permiten comprender la realidad y actuar sobre ella. Llevada a sus lógicas consecuencias, esta filosofía ni siquiera permite hablar, puesto que al hacerlo estaríamos utilizando palabras que “cristalizarían” una realidad cambiante e inaprehensible.

Si la recomendación es que no creamos ni siquiera en la existencia de hombres y de mujeres, ¿cómo podríamos creer en el socialismo en tanto perspectiva concreta de desenvolvimiento?

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Comentarios

El  10/02/2011 a las 18:55 Ab Carlos CORNEJO BAQUERO dijo:

Estas innovaciones comunicacionales ejercen el resarcimiento del derecho ciudadano conculcado por las democracias liberales y capitalistas aque el público sea informado con la prensa “contra-corriente”.- Felicitaciones por la iniciativa y el contenido de éste periódico virtual.-

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