19 May 2011Nacionalismo, internacionalismo y socialismo 

Más sobre la discusión acerca del internacionalismo

gcangiano Socialismo Latinoamericano

Coincido con quienes han planteado que sería auspicioso que “partidos (de diferentes países) con principios similares encuentren un punto de unidad en un acuerdo estratégico fundante”. Sin embargo, creo que la existencia de una Internacional, tal como la conciben todavía muchos trotskistas y como la concebía el propio Trotsky, supone algo más que eso: supone algo así como la existencia de un “partido mundial de la revolución proletaria”, del cual los diferentes partidos adherentes serían meras “secciones nacionales”.

En mi opinión, Spilimbergo hizo una correcta crítica de esta interpretación táctico-organizativa del internacionalismo. En La cuestión nacional en Marx (página 63 de la edición de 1974), escribe: “El internacionalismo —como principio táctico-organizativo— debe ser desenmascarado a esta altura de la experiencia histórica como funesto para la causa internacional de los trabajadores. El internacionalismo táctico-organizativo es la ilusión decimonónica de un mundo unificado por la economía liberal burguesa, expresada en lenguaje obrero. La crisis imperialista del mercado mundial, su dislocamiento, los desniveles entre países opresores y oprimidos, hacen del internacionalismo táctico-organizativo el instrumento de penetración de los factores mundiales de poder, dentro de la clase trabajadora, especialmente la de los países coloniales y semicoloniales”.

Creo que el acierto de Spilimbergo fue saber distinguir entre el internacionalismo como “paradigma teórico” desde el cual abordar el estudio de los fenómenos políticos nacionales e internacionales (cuya justeza deriva del caracter mundializado que reviste el capitalismo), y el internacionalismo como “paradigma táctico-organizativo” (cuyo vicio principal —aunque no el único— consiste en no visualizar el carácter asimètrico de esa mundialización capitalista).

En cualquier caso, el punto es importante y merece que lo desarrollemos, puesto que la Izquierda Nacional no lo ha hecho hasta ahora con la debida profundidad. ¡He aquí otra problemática que la Izquierda Nacional del siglo XX no ha resuelto para comodidad de la Izquierda Nacional del siglo XXI!

La experiencia del trotskismo y el POUM

Entretanto, es posible recurrir a la experiencia histórica en busca de elementos para pensar la cuestión del internacionalismo. La situación española desde 1931 hasta 1939 proporciona un abundante material para el análisis, puesto que en un lapso muy breve cayó la monarquía y se instauró la repíblica, hubo un golpe militar, hubo una guerra civil con un proceso revolucionario paralelo y, por si esto fuera poco, todo ocurrió en el marco de una situación internacional signada por el avance del fascismo en Europa y del stalinismo contrarrevolucionario en Rusia. La cuestión del internacionalismo se le planteó con toda agudeza a los revolucionarios españoles.

En 1934 Trotsky propone a sus partidarios de la Oposición de Izquierda dentro de la III Internacional la táctica del “entrismo” en los partidos socialistas de masas. Esto se llamó “el viraje francés”. En España existían la Izquerda Comunista (IC) de Andrés Nin y Juan Andrade, que adhería a las posiciones de Trotsky. Sin embargo, en lugar de aplicar la táctica propuesta por Trotsky, IC decide confluir en 1935 con el Bloque Obrero y Campesino (BOC) de Julían Maurín en la fundación de un nuevo partido: el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM). Trotsky puso el grito en el cielo ante esta decisión, y acabó rompiendo políticamente con Nin (que era su amigo) y con el POUM, a quien acusó de “centrismo” y hasta de “traición” (a pesar de considerarlo “el partido más honesto” de toda España).

En 1936 se crea el Frente Popular (alianza entre comunistas, socialistas y republicanos) y el POUM decide sumarse electoralmente, aunque en todo momento denuncia su naturaleza anti-socialista y se mantiene en una postura independiente. Se trata de otra decisión táctica que Trotsky condena. Según el POUM se justificaba apoyar al Frente Popular para impedir el triunfo electoral de la derecha y garantizar la libertad de miles de prisioneros políticos. Según Trotsky, el Frente Popular encerraba una trampa mortal para las masas, puesto que su concepción “etapista” de la revolución no podía sino conducir al triunfo franquista en la guerra civil que se avecinaba. En 1937 Nin acepta formar parte del gobierno catalán, y esto da lugar a nuevas críticas de Trotsky. Finalmente, en mayo de 1937 se produce el levantamiento obrero en Barcelona (entre paréntesis, la película “Tierra y Libertad” de Ken Loach pinta este momento en todo su dramatismo, y nadie debe dejar de verla; es una película hermosa y edificante). El papel titubeante del POUM ante el levantamiento da nuevos motivos a Trotsky para profundizar sus críticas.

No hubo más posibilidades de que Trotsky continuara criticando: el POUM fue declarado ilegal por el gobierno del Frente Popular, sus militantes fueron perseguidos y encarcelados y Andrés Nin fue secuestrado, conducido a Madrid, torturado y asesinado por la policía stalinista (cuya crueldad era infinitamente superior a la de los Grupos de Tareas de la última dictadura argentina). La revolución española era ahogada en sangre, y según Trotsky el POUM había sido uno de los grandes responsables de ese desenlace.

Ahora bien, estas desavenencias entre el POUM y Trotsky (que ordenó a sus pocos seguidores en España denunciar a viva voz al POUM como una organización perniciosa para la clase obrera) eran desavenencias tácticas, pero desde el punto de vista teórico-estratégico, había casi plenas coincidencias. En contraposición al “frentepopulismo” stalinista, que caracterizaba a la revolución española como una revolución burguesa que debía instalar una república democrática, la Revolución Permanente caracterizaba como proletaria a la revolución española (desde el punto de vista de la clase que debía conducirla). Según Trotsky, las tareas democráticas como la reforma agraria, la abolición de la monarquía o la separación entre la Iglesia y el Estado sólo podían ser garantizadas por un proceso revolucionario encabezado por la clase obrera. Pero la clase obrera no se detendría en los límites democrático-burgueses y transitaría ininterrumpidamente hacia el socialismo, es decir, hacia un régimen basado en el poder de los soviets o consejos, que colocara toda la producción y la distribución bajo control obrero. Maurín, el dirigente del POUM procedente del BOC (a quien Trotsky apostrofaba llamándolo “bujarinista”), hablaba de “revolución democrático-socialista”, cuyo parecido terminológico y teórico con la Teoría de la Revolución Permanente era sorprendente y cuyas conclusiones estratégicas eran prácticamente las mismas.

El POUM y el trotskismo tenían dadas todas las condiciones estratégicas, teóricas y hasta morales como para converger. Sin embargo, en el plano de la táctica las diferencias entre le POUM y Trotsky se manifestaron inmensas.

IV Internacional: ¿prematura o tardia?

La Conferencia Internacional que da origen a la IV Internacional en 1938 no contó con la presencia del POUM. Según se ha sabido con el tiempo, un agente de la GPU llamado Zborowsky, infiltrado en las filas trotskistas, intervino para que un observador designado por el POUM no llegara a asistir. De cualquier forma, ¿qué hubiera hecho el POUM? Wilebaldo Solano, dirigente juvenil del POUM durante la guerra civil, confiesa muchas décadas más tarde que “el POUM no pensaba incorporarse a la IV Internacional porque tenía otra perspectiva y pensaba que esa Internacional era prematura” (ver el interesantísimo libro El POUM en la historia, Ed. Los Libros de la Catarata, Madrid, 1999).

A más de setenta años de su fundación, cabe reflexionar: ¿era la perspectiva de una IV Internacional prematura? ¿O era la manifestación tardía de una fase del capitalismo, y del desenvolvimiento de la clase obrera, que ya había quedado definitivamente atrás? Autores identificados con Trotsky, como Deutscher o Broue, piensan de manera distinta: para el primero la IV Internacional era una utopía irrealizable; para Broué era el objetivo más importante que perseguía Trotsky en sus últimos años, y la razón por la cual Stalin lo liquidó.

En cualquier caso, lo cierto es que la Internacional concebida por Marx tenía como radio de acción a los países más avanzados de Europa. Dentro de ese horizonte, tanto la homogeneidad de las condiciones socio-económicas como la cercanía física y “cultural” entre los revolucionarios, tornaba plausible la creencia de que un “partido único de la revolución”, es decir, una organización vertical y centralizada como lo son todos los partidos, actuara tanto en Francia como en Inglaterra o Alemania. Pero con la conversión del capitalismo en imperialismo todo se volvió más complejo. ¿Podía concebirse hacia mediados del siglo XX que un mismo partido “internacional” condujera procesos tan disímiles, como la revolución china, la revolución mexicana o la revolución alemana? Ciertamente, si uno de esos procesos triunfaba (como el caso de China, por ejemplo), sus posibilidades de hegemonizar el “partido mundial” aumentaban considerablemente. Pero no en razón de la capacidad o el talento de los dirigentes chinos para aleccionar a los mexicanos o a los alemanes sobre si debían o no participar en unas elecciones o si debían crear o no una nueva central sindical, sino en razón del peso político que confería a sus decisiones el poder material derivado de su condición de partido gobernante. Pero en este caso el tal “partido internacional” sería simplemente una correa de transmisión de intereses nacionales disfrazados de “internacionales”.

Sea como fuere, lo cierto es que el “partido de la revolución mundial” no existe ni ha existido hasta ahora (como factor real de la política mundial, y no como fantasía de pequeños grupos completamente alejados de las masas). El método marxista indica que hay que ir “de la tierra al cielo”, y no al revés. Es decir: hay que partir no del deseo de que ese “partido del a revolución mundial” exista, sino de la realidad de que ese partido no existe. Y desde este punto de partida, hay que explicar el por qué ese partido no existe.

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