02 May 2001Malvinas
Malvinas y Pinochet, una invitación a meditar
1982… Malvinas. Recuerdo aquella jornada. Transcurre, en Santiago, mi “exilio interior”. La prensa, la TV y la radio apoyan al Reino Unido. El último medio transmite los boletines de la BBC. El gobierno se proclama neutral. No obstante, pese a la censura, hay indicios de lo contrario, por ejemplo, barco británico reabastecido de petróleo en Talcahuano o helicóptero de la RAF en Tierra del Fuego. En el Paseo Ahumada -equivalente a Florida de Buenos Aires- se agolpan ciudadanos ante los kioscos de periódicos. Informan, en primera plana, de los triunfos de la Aeronáutica Argentina en el Estrecho de San Carlos. Nadie formula un comentario. Los cetrinos rostros se tornan taciturnos y cejijuntos. Hay atmósfera de velorio. Se cuchichea, pues en el Chile de entonces nadie profiere una palabra en voz alta: “Si ganan la guerra el país será víctima de una blitz krieg. A la agresión se sumarán los dos resentidos Estados septentrionales. El cuadrillazo nos pondrá de rodillas perdiéndose, por el norte, Tarapacá y Antofagasta y por el sur Aysén y Magallanes. Quedaremos reducidos a una lonja restringida entre Copiapó y Puerto Montt. Para colmo, los pertrechos escasean por efecto de la Enmienda Kennedy. En Lima hay filas de cholos anotándose —en la Embajada de Argentina— como voluntarios y pilotos peruanos combaten junto a argentinos contra británicos…”. De capitán a paje hay inquietud. Si bien la guerra no estalla en 1978 puede producirse ahora un cuatrienio después. El pretexto es el mismo y dispone de nombre: Beagle.
Silencios y voces
La Oposición —sumida en la semiclandestinidad— cierra la boca. No se pronuncia. El marxismo que la integra se traga el discurso antimperialista y descolonizador. Se le juzga conveniente tratándose de Vietnam o Cuba, pero no de Argentina. Pontifica: “el pueblo chileno se niega a acompañar en la aventura bélica a un militar equivalente a Pinochet que oprime a Argentina y vulnera los DDHH”. En la Democracia Cristiana se archiva, por el momento, el discurso bolivariano de Gabriel Valdés, readquiriendo vigencia el chauvinista de Alejandro Magnet. Apenas un instituto de politología —el Centro de Estudios Chilenos (Cedech)— integrado por académicos excluidos de las aulas superiores por el gobierno de facto enarbola opinión disidente. Apoya a Buenos Aires y condena a la Gran Bretaña colonialista. Es voz solitaria inspirada en las tesis de Haya de la Torre, Jorge Abelardo Ramos y Felipe Herrera. Su mérito: reducir a polvo el cristal de la unanimidad antiargentina y anglófila. En medio del fragor del conflicto, La Habana y Managua solidarizan con la Casa Rosada. Entonces nuestra izquierda vacila. Siente el chicotazo, pero no enmienda rumbo. Décadas antes ha coincidido con la derecha en excomulgar a Perón y al justicialismo. Ahora demoniza a Galtieri. Juzga la liberación de Malvinas una irresponsabilidad y con ello le hace el juego al Reino Unido.
Halcón o gallina
El resto es historia. Después de 90 días de epopeya, el general Benjamín Menéndez -militar gorila conocido por su trayectoria antiperonista- suscribe el acta de capitulación en Puerto Stanley. Es sindicado uno de los halcones del Estado Mayor. Al parecer es quien rebautiza, como Puerto Argentino, a Puerto Riveros. Se le adjudica afirmar en 1978: “Con 5 días de campaña estoy bebiendo whisky en La Moneda y meando en Valparaíso”. Si non e vero e ben trovato. La catástrofe militar transandina genera en Chile una sensación de alivio. Ya no se producirá el ataque por el este que gatillaría de inmediato confrontación con Perú y Bolivia. Aquella debacle -quiérase o no- lubrica la diplomacia vaticana que resuelve el pleito del Beagle. Se suprimía así el peligro de guerra entre dos pueblos con frontera común, idéntica etnia, lengua y fe, dotados de economías complementables y problemas cuya solución exigen la mancomunidad. Dos pueblos que integran una sola nación hoy desmembrada como lo estuvo -en su momento- la Italia pregaribaldina o la Alemania prebismarckiana.
Cultura chauvinista
El país —desde la Guerra del Pacífico (1879-1883)— padece de intoxicación patriotera identificable como “chilenitis” (“de viejas naciones respetada, por fuerte, principal y poderosa…”,“Chile es la copia feliz del Edén”, “Ejército siempre vencedor, jamás vencido”). Se consigue mediante la ingesta de un brebaje ideológico que consume —sin remilgos— toda la sociedad. Se expresa en mitomanía isleña excepcionalista (“Chile es mansión de lujo ubicada en barrio ordinario”, “Chile es distante, distinto y… superior”, “la excelencia del vino, la belleza de la bandera, la proverbial hospitalidad, la vocación pacifista, la homogeneidad étnica…”). También —y esto es más pernicioso— complejo de superioridad respecto a Perú y Bolivia y de inferioridad con Argentina. Chile exhibe ante aquellas dos repúblicas altanería racista y frente a “la otra banda”, pueril resentimiento (“nos arrebató la Patagonia”). Peruanos, bolivianos y argentinos son entonces adversarios de ayer, de hoy, de mañana y de siempre. Tan inveterada fatalidad coagula en el dogma de la paz armada (“si quieres la paz, prepárate para la guerra”), en un set de hipótesis de conflicto en las cuales siempre el adversario son los Estados fronterizos y, como consecuencia, en el armamentismo “disuasivo”. La escuela, el cuartel y la prensa perpetúan circuitos de estereotipos. Entre estos anotemos: cholos y cuicos son indios abúlicos y piojentos y los cuyanos, fanfarrones y expansionistas. El esquema supone a Lima y La Paz en plan de revancha y a Buenos Aires animado de afán de anchsluss.
La paranoia chilensis
Tal intoxicación se incorpora al ser chileno como una segunda piel, o si se quiere, cuaja en una cultura específica. Se expresa a través de actitudes etnocéntricas y postulaciones geopolíticas y geoestratégicas importadas desde la Europa decimonónica. Se identifica como síndrome de fortaleza asediada (SFA). Tal anomalía involucra un inminente ataque tripartito. Dicho peligro siempre ad portas obliga a permanecer bala en boca y dedo en el gatillo. Quienes conocen el film “El desierto de los tártaros” podrán, con menos dificultad, imaginarse esta sui generis paranoia generadora de una atmósfera adversa a cualquier proyecto integrador. Si la complementación propuesta es con Argentina y Brasil se cuestiona como un peligro la opulencia y el gigantismo de ambas repúblicas. Si es con Bolivia y Perú, se presenta la iniciativa como estéril, pues se trata de países indigentes y privados de gravitación (off the record, el criollo pseudocaucásico añade con un rictus de desprecio “poblados por indios”). Siempre hay argumento para aferrarse al deshidratante aislamiento y, de modo soterrado, convertir al país en satélite de un “hermano mayor” el cual es imaginado “amigo”. No obstante, los antimperialistas lo sabemos siempre patrón y, a veces, como ahora en Londres, verdugo.
Los Estados fronterizos —según la mitología jingoísta— envidian a Chile por “exitoso y próspero” o lo desprecian por “débil y pobre”. Se identifican, en la polemología, como “enemigos inmediatos”. Son “los tártaros” siempre urdiendo la agresión. Hay que disuadirlos de tal propósito. Ello se consigue disponiendo de FFAA en pie de guerra y con tecnología de punta. Otro artilugio no menos importante es amagarles sus respectivas retaguardias. Con el propósito de cubrir este propósito los Haushofer autóctonos —en virtud de las enseñanzas de la Misión Militar Prusiana contratada a fines del XIX— se empeñan en el montaje de una cadena de “aliados cercanos”. Son —según el esquema— Ecuador, Paraguay y Brasil. Sin embargo, registran éxito sólo en Quito. Fracasan en Asunción y en Brasilia (durante un siglo aquí se comulga con aquello de “Brasil amigo seguro”). Los “aliados distantes” -ahora más importantes que antes por efecto de la globalización- son las megapotencias. En el ayer remoto la Alemania del Kaiser apadrina nuestro Ejército y el Imperio Británico, a la Armada. Después de la II Guerra Mundial lo anhelado es “pentagonizarse”, es decir, alcanzar el rango de sobrino predilecto del Tío Sam. Tal operativo conlleva subscribir la doctrina de la Seguridad Nacional y actuar como batallones de exterminio de comunistas y comunizantes etiquetados “miembros de la V columna de Moscú”. No obstante, el asunto del Beagle, la Enmienda Kennedy y el casus belli de Malvinas ponen a las FFAA de Chile, de hinojos, ante Londres.
Operación “puñalada por la espalda”
Las revelaciones de Margarita Thatcher sobre el colaboracionismo de Chile al Reino Unido en el Atlántico austral no sorprenden. Fue siempre un secreto a gritos. La estocada anglófila de Chile a Argentina estuvo avaladas —salvo excepciones— por montescos y capuletos. Apenas ayer, el general Fernando Matthei —ex jefe de la Fuerza Aérea de Chile— la justifica expresando “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”. Cuanto mejor si ese “amigo” es una macropotencia y europea. Entonces resurge la atávica genuflexión del “sudaca” ante el capanga blanco, alto, rubio y de ojos glaucos juzgado invencible, infalible y paternal. Tal idolatría empuja a nuestra oficialidad a autoevaluarse “aliada de Gran Bretaña” en Malvinas. No pasaron, sin embargo, jamás de la condición de yanaconas, es decir, peones. El fetichismo europeizante —de modo sostenido- se manifiesta, por ejemplo, en el afán por preferir, como cadetes de las escuelas matrices de las FFAA, a los retoños de los euroinmigrantes -preferentemente sajones y germánicos— con exigencias explícitas de estatura y solapadas de pigmento. Esto acentúa en la cúpula la convicción de constituir una ínsula europea sitiada por macacos amerindios, mestizos y mulatos. Las modas euroyanquis se imponen en toda esfera, es decir, el herodianismo campea con banderas desplegadas. Recientemente, el “milagro chileno” —derivado de la aplicación del modelo neoliberal y de la apertura al Pacífico sur con sus Dragones—, sin tapujos, invita a proferir la consigna “Good bye Latinamerica!”. En ese contexto la asociación con Inglaterra contra Argentina, en Malvinas, adquiere luciferina logicidad.
El trato humillante propinado por Londres al general Pinochet es un latigazo a la cipayería, es decir, a la cultura de la servidumbre. Es posible que la frustración del nativo servicial ante la ingratitud del amo extranjero no se traduzca, por ahora, en insurgencia. El asunto se explicará con simplonería: “complot del eurosocialismo”. Antes se expresa: “los Kennedy son comunistas”. Se trata de grosero reduccionismo del cual el mundo militar tendrán que redimirse. El estamento castrense no maneja todavía la noción de “imperialismo” y se ignora asimismo como componente de una república periférica. La izquierda colonizada ayer por el Kremlín y hoy por la Internacional Socialista —lisa y llanamente— opta por cohabitar con los imperios y acude a ellos, para derimir disputas domésticas. Aunque, atrás queda la era del rublo, se sigue operando con dólares y se añaden ahora coronas, francos, marcos y pesetas. Estas divisas financian guerras de liberación, insurgencia de etnias y campañas electorales. Ciertas ONG’s son la urdimbre jurídica del soborno socapa de solidaridad internacional. La injerencia abre puertas -a posteriori- para negocios como el expendio de armamento así, como en el ayer, el flujo inmigratorio. Al interior de cada Estado y en la relación de un Estado con otro gravitan las potencias extracontinentales que interviene de modo discreto o descarado. El fenómeno lo etiqueta Salvador de Madariaga “donjulianismo”. Pese a lo anotado, el atropello perpetrado en la capital del Támesis conmueve incluso a la marina cuyo santón es Lord Thomas D. Cochrane. Esta institución de las FFAA amenaza con congelar la compra de nuevas unidades en los astilleros británicos y francoespañoles. El secular convencimiento de la oligarquía mapochina - elite chic o gente linda- en orden a sentirse europea (“somos los ingleses de América del Sur”) tiende a colapsar. Depresión parecida experimenta el herodianismo eslavizante del marxismo como consecuencia del desplome de la URSS y del Muro de Berlín. Obvio, se marchita también la vieja eurolatría de la oficialidad argentina por la agresión inferida, “in the Falkland´s Islands”, por la tropa de SMB.
Integracion: tarea de todos
El proceso integrador comienza a materializarse. Su manifestación de mayor operatividad es el Mercosur. La meta: conseguir desarrollo complementado, garantizar la soberanía política y —aunque no se explicite— rescatar la identidad criolla. Aunque el concepto sociológico de “nación” (“la nación es un conglomerado dotado de comunidad de etnia y de cultura”) carezca —por ahora— de luz verde, hay que manifestar que el “mercosurismo” se perfila como un proceso consensuado de unificación nacional. Tal enfoque tropieza con tenaces reticencias. En efecto, no es fácil legitimarlo porque aun posee vigencia la concepción legalista (“el Estado es la nación jurídicamente organizada”) y las oligarquías lugareñas —blancas o emblanquecidas— animan “nacionalismos” fratricidas justificatorios de la geopolítica de sello foráneo y, por ende, de la demencial armamentofagia.
El proceso de reaglutinamiento de nuestra nacionalidad desmenuzada en veintitantos Estados enclenques y empobrecidos no puede efectuarse sin el apoyo de las FFAA. Conseguir dicha adhesión supone una campaña de tipo cultural que, en primerísimo lugar, exige la deseuropeización y la deschauvinización de la oficialidad. El objetivo es convertir el archipiélago en continente y el continente en “nación de repúblicas”. Se debe entonces recriollizar los cuerpos castrenses. La agresión colonialista del Atlántico austral -que dispuso de la complicidad de EU y de la Unión Soviética así como de la apatía de la España “democrática”- debiera motivar a los uniformados transandinos a reencontrarse con la esencia sanmartiniana.
La consigna “seamos nosotros mismos” vale, por cierto, también para los soldados, marinos y aviadores chilenos. Su líder está siendo humillado por Europa. Fiscales de ultramar enjuician 17 años de gestión gubernativa militar. El cuestionamiento de ese capítulo de la Historia de Chile -se insiste- es privativo de los criollos. Desde otro ángulo, la injerencia foránea en materia judicial constituye una lesión de la soberanía con consecuencias no difíciles de pronosticar. Quienes aplauden el arresto del ex Presidente de la República, ex jefe del Ejército y actual senador actúan acorde al “donjulianismo”. Los vociferantes antimperialistas de ayer son los sumisos proimperialistas de hoy que acatan el Nuevo Orden Mundial. La vieja Europa colonialista y genocida, para la izquierda del Chile actual es “la comunidad internacional”. Ahora para esa fuerza política no hay Tercer mundo explotado y Primer mundo explotador. No puede extrañarnos… durante 17 años mendiga —de modo soterrado— la intervención de Washington para desestabilizar al régimen militar, calla ante la invasión de Panamá y el secuestro de su jefe de Estado el general Manuel Antonio Noriega. Permanece silenciosa frente a los despiadados bombardeos de Irak, Sudán y Afganistán y el bloqueo a Cuba no se menciona. Tampoco protesta por las explosiones nucleares de Francisco Mitterrand sobre la Polinesia ¿Qué queda de esa izquierda? Ayer colona mental del Kremlin y hoy teleguiada desde la Europa socialdemócrata e infiltrada por la Casa Blanca. Ha sido -desde su origen- apátrida. Divorciada, igual que la derecha, de las esencias fundacionales de la nación.
El viraje propuesto es difícil, dificilísimo, pero no imposible. En lo inmediato la meta es conseguir se abandone la geopolítica importada tan postiza como anacrónica. Los traumas que, para los uniformados, significan la guerra colonial de Malvinas y el entrampamiento del general Pinochet constituyen una invitación a retornar a la geopolítica de los libertadores. Allá sanmartiniana y aquí o´higginiana. Fueron los libertadores —José de San Martín y Bernardo O´Higgins Riquelme— quienes fundan las instituciones castrenses de Argentina y Chile. Son concebidas como brazos armados de la macrofamilia de pueblos que constituyen una nación cuya independencia y progreso exige rearticularse. Ello compromete a sacudir la hipnosis euroyanqui y erradicar la patriotería aldeana. La empresa es la megatarea de nuestro tiempo conosureño al finalizar el siglo XX y asomándose ya al Tercer milenio.
Cristalizar la meta indicada pasa por superar el abismo que separa a civiles y militares. Tal divorcio es un ardid de los imperialismos para debilitar a nuestras patrias. Participan en la maniobra minorías internas contranacionales infiltradas en diversas tiendas políticas de babor y de estribor. Igual estrategia se efectúa en el siglo XIX desarticulando a la ciudadanía en el desgastador contrapunto entre “laicismo” y “clericalismo”. Hoy no se trata, en consecuencia, de exigir que los uniformados pidan excusas por violación de DDHH en teatrales ceremonias de reconciliación, sino de abrir diálogo sobre como superar la dependencia y el subdesarrollo que afecta a nuestro “mundo ancho y ajeno”, Patria Común de los iberoamericanos australes.



