- Crítica de libros: desenredando la madeja
- Artículo cargado el 31/12/2011 - 20:12
Las minorías sexuales capturadas por el discurso anticientifico del “posfeminismo”
Gustavo Cangianotwitter @gcangianoSocialismo Latinoamericano
La “perspectiva de género”, con toda la vaguedad que la expresión conlleva, ha intentado constituirse en los últimos tiempos en el basamento teórico de las reivindicaciones identitarias de las llamadas “minorías sexuales”. Sin embargo, estas últimas no presuponen necesariamente la primera. Siempre será posible inscribir las reivindicaciones identitarias en un marco teórico alternativo, lo cual no será indiferente para sus potencialidades emancipatorias.
El pasado martes 27 de diciembre Clarín publicó una nota de Leticia Sabsay, quien adhiere a las concepciones de Judith Butler, una académica norteamericana “lesbo-feminista”. Por detrás del apoyo a la ley de identidad de género recientemente sancionada, fluyen en el artículo de Sabsay una serie de conceptos que están reñidos no sólo con el conocimiento científico más elemental fundamentalmente, el referido a la bipartición sexual inherente a la especie humana), sino hasta con el sentido común. He marcado en rojo esos conceptos, pero me permitiré reseñarlos:
Primero. Sabsay reclama el derecho de todos a “ser reconocidos —dice “reconocidxs“— de acuerdo al género con el que nos identificamos”. Esto significa que si un señor entrado en años decide autoproclamarse señorita quinceañera, habrá que tratarlo como señorita quinceañera. Si algún esencialista extraviado le dijera: “¡pero usted no es una señorita quinceañera sino un señor entrado en años!”, entonces estaría discriminándolo. El señor-señorita quinceañera podría recurrir al INADI para exigir que se respete su “derecho humano” a ser considerado señorita quinceañera.
Segundo. Sabsay nos informa que nuestro señor entrado en años tiene derecho a ser considerado señorita quinceañera porque de ese modo se estaría reparando la “arbitraria” “asignación de género” que al nacer le impuso “la institución médica” de acuerdo a la determinación de una “presunta anatomía”. Esto significa que así como a nuestro señor entrado en años se le “asignó” al nacer un nombre determinado, pongamos Pedro, o Manuel, pudiéndosele haber asignado otro diferente, como José o… ¿por qué no? María, también se le podría haber asignado la condición de mujer, en vez de la de varón. Es decir que para Sabsay no existen más razones para que una persona sea considerada varón o mujer que las que existen para que esa persona se llame Pedro o María: se trata sencillamente de la “arbitrariedad” del asignador. ¿Sabrá Sabsay cuáles son las diferencias existentes entre las leyes científicas y las leyes jurídicas?
Tercero. El problema de la “presunta anatomía” está aclarado (aclarado es un decir) de la siguiente manera. Cuando nacemos —dice Sabsay— no somos niños o niñas, como todo el mundo cree, sino “niñxs”. A diferencia de un niño o de una niña, que estarían signados por “su supuesto ‘sexo’“, un “niñx” es una entidad que será “considerada sociológicamente como de sexo femenino o masculino” a partir de “una categoría sociológica que pasa por médica”, es decir, a partir de “una definición social de la anatomía que se fundamenta en el saber-poder de la institución médica”. Dicho en criollo: ser nene o nena no depende de tener pito o cachucha, sino de una “definición social” que, como ya nos dijera la propia Sabsay, es impuesta por el dispositivo médico-psiquiátrico de manera “arbitraria”.
Personalmente, creo que toda esta ensalada terminológico-conceptual no tiene pies ni cabeza. Pero no es una preocupación teórica, científica o filosófica la que me conduce a salirle al cruce, sino una preocupación política: el legítimo derecho que tenemos todas las personas de vivir nuestra sexualidad de la manera más libre y plena posible, no puede depender del transitorio atractivo que una moda académica de los países imperialistas ejerza sobre la intelligentzia colonizada. Porque la moda va a pasar, y las demandas identitarias seguirá vigentes, por lo cual es imprescindible comprender su verdadero significado, entrelazarlas con otras demandas igualmente legítimas y articularlas a un proyecto de crítica social y cultural al capitalismo global.
Una observación final. El artículo de Sabsay recurre una y otra vez a la palabra “género”. En su libro Fronteras sexuales editado por Paidós hace unos meses, la autora reconoce abiertamente que ese término “puede funcionar como instrumento analítico (debido) a que se ha dado como un concepto inestable”. Es decir: el término “género” aparece como un concepto-comodín al que se puede recurrir cuando no se sabe bien qué se quiere decir o cuando se quiere matizar el significado más preciso que tiene el término “sexo”. En un comienzo, con el empleo de “género” se quería hacer referencia a la dimensión cultural o social que está presente en la sexualidad, además de la dimensión biológica. Pero posteriormente, las feministas posmodernas (o “posfeministas”) como Butler empezaron a reemplazar el térmimo “sexo” por el término “género” y a decir que el género es “performativo”, lo cual significa que se crea a sí mismo “en el discurso”. Hemos visto que Sabsay adhiere a este punto de vista que, entre otras cosas, es filosóficamente antimaterialista y por tanto antimarxista.
Aunque el libro “Fronteras sexuales” se torna por momento tedioso por su lenguaje abstruso, conviene leerlo para advertir las implicancias políticas de estos discursos que pretenden pasar por “progresistas” pero que están dirigidos contra el pensamiento socialista y de izquierda. Mencionaré sólo dos de esas implicancias:
1) la defensa desvergonzada de la prostitución, es decir, de la mercantilización de la sexualidad y la captura del erotismo por la sociedad capitalista, llamando eufemísticamente a las prostitutas y prostitutos “trabajadores sexuales independientes”. Sabsay deplora “la cantidad de Estados que al tiempo que implementan políticas sexuales de lo más progresistas, siguen criminalizando el trabajo sexual independiente, una zona que, de hecho, parecería marcar el límite de lo que entendemos por democracia sexual”. O sea que la “democracia sexual” incluye para Sabsay el libre ejercicio de la práctica alienante de la prostitución.
2) la defensa vergonzante de la pedofilia, que aparece cuando la autora denuncia “exclusiones que están siempre implicadas en las políticas de reconocimiento de una limitada y la mayor parte de las veces ya normativizada diversidad, y en la que ciertos sujetos, como las trabajadoras sexuales, u otras minorías no normativas, suelen quedar fuera del espectro de las reivindicaciones a atender”. Si el reconocimiento de la “diversidad sexual” abarca lesbianas, gays, transgéneros, travestis, transexuales, bisexuales e intersexos (como indica la sigla LGTTTBI), ¿qué “minoría no normativa queda fuera del espectro de las reivindicaciones a atender”, que no sea la de los pedófilos?
http://www.clarin.com/opinion/Cuerpos-fin-libres-viviendo-igualdad_0_616738381.html
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Comentarios:
Juan dijo:
Lo que plantea Sabsay es un verdadero desafío para la medicina, pues los médicos se van a encontrar con chicas de 15 años con cáncer de próstata
Enviado el 07/01/2012 a las 20:38
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