20 Jul 2011Opinión 

Las elecciones en Capital Federal y el Movimiento Nacional

Roberto A. Ferrero

La naturaleza social de la clase media porteña, la tradición cultural antinacional de ciudad puerto y un candidato y una campaña ajustados a los parámetros fijados por el establishment, precipitaron una abrumadora derrota del candidato kirchnerista en las recientes elecciones en la Ciudad de Buenos Aires, ante el partido que expresa los intereses de la derecha neoliberal. La presente nota desarrolla un análisis sobre la progresividad, las contradicciones y los límites del movimiento hoy gobernante en la Argentina. Su enfoque tiene diferencias con el que sostenemos desde esta Página, sin embargo vale por la solidez de la argumentación. Quién firma esta nota ha sido a lo largo de los años autor de estudios enriquecedores, de los que se ha nutrido la práctica política y el trabajo teórico de la izquierda nacional.

El contundente triunfo del macrismo en Capital Federal, en las elecciones del 10 de Julio ha desatado una catarata de análisis autocríticos de parte de publicistas del kirchnerismo y de observadores externos. En general, tales análisis han puesto el acento en las carencias de la táctica electoral y preelectoral de la dirección cristinista: se ha señalado, por un lado -como ha hecho Hernán Brienza, por ejemplo- el error de “desconocer, soslayar y despreciar” al electorado porteño, y por el otro, la incapacidad para articular una política que interpretando a los sectores populares, interpele y desnude al macrismo, a la vez que se concurre con candidatos que “solamente han surgido desde instalaciones mediáticas o posicionamientos internos y no por la dinámica política en el orden social existente”, como ha señalado “Gallego” Fernández. Agravada todavía esta última cuestión porque el candidato impuesto desde arriba –Filmus– se comportaba más como un “tibio delegado” del gobierno nacional que como un “genuino representante de los cien barrios porteños”, en la exacta apreciación de Daniel Yepes, mientras eran postergados en las listas –como recuerda Lacolla– los hombres propuestos por la CGT. La solución, como resume Brienza, consistiría en que el kirchnerismo “sedujera” a los porteños para conseguir su adhesión frente a Macri y la derecha porteña.

Todos los señalados son elementos importantes, obviamente, pero se limitan al nivel discursivo-táctico de la situación, soslayando o mencionando de manera apenas marginal la realidad social constitutiva porteña en la que operaron esos elementos coyunturales, presentados –desde un punto de vista honradamente autocrítico del kirchnerismo– como las únicas o muy principales instancias responsables de la derrota en el comicio.
 
Efectivamente: sabemos que la ciudad de Buenos Aires es el ámbito urbano donde mayor penetración han logrado las ideas antinacionales elaboradas y reelaboradas por los aparatos de reproducción ideológica del bloque imperialista-oligárquico. Digamos que sin ser inexactas ni mucho menos las notas de liberalismo y egoísmo que Fernández coloca como distintivas de la cultura existencial de los porteños, ellas no son sino expresión agravada de un subyacente espacio antinacional que las abarca y que caracteriza al grueso de Buenos Aires. No hay que hilar muy fino, entonces, para concluir que ha sido la hegemonía cultural de ese bloque la que ha posibilitado la victoria del macrismo, ya que ella se extiende no solamente sobre la pequeñoburguesía porteña, sino sobre sectores de la clase trabajadora y otros grupos de las clases subalternas, como demuestra el análisis pormenorizado de comuna por comuna, sobre todo en el Sur metropolitano. La coyuntura ha operado (y ha fructificado en votos al PRO) sobre la base de la estructura, no en el vacío. Y que no se busquen explicaciones esotéricas o sofisticadas para explicar el voto de esta franja de electores populares, ya que la hegemonía cultural del bloque imperialista no reconoce fronteras de clase. De no ser así, no sería realmente una hegemonía. La gran ciudad del Plata no ha cooptado solamente a personalidades vigorosas del Interior -Vélez Sársfield, Sarmiento, el segundo general Roca, Uriburu, Ibarguren- sino a millones de provincianos que emigraron a nutrir las filas de la clase trabajadora porteña y del conurbano. Esta clase protagonizó en 1945 el 17 de Octubre, es verdad, pero desde entonces ha corrido mucha agua bajo los puentes. No sabemos si esa generación fundacional de “cabecitas negras” fue encandilada por las “luces de la ciudad” –probablemente no– pero es seguro que las generaciones que le siguieron (hijos y nietos) fueron educadas como porteños por el establishment e interiorizaron el imaginario particularista que la Ciudad-Puerto ha venido constituyendo desde hace dos siglos. Buenos Aires fue nacionalizada como Capital Federal en 1880, pero no sucedió lo mismo con la mente y el corazón de la mayor parte de su gente. Como ha señalado Trotsky, aparte de la influencia directa de los medios hoy en día tan poderosa, en particular la TV, la pequeñoburguesía ha sido siempre la correa de transmisión de la ideología burguesa hacia el proletariado. Sustituyamos burguesía por imperialismo y oligarquía y obtendremos un esquema elemental pero verdadero para explicar la adhesión en los países dependientes de parte de las clases subalternas a sujetos como Macri en Buenos Aires o los antichavistas contumaces en Caracas. Concretamente, esta adhesión ha sido mediada entonces por la pequeñoburguesía asalariada, por las condiciones de vecindad en los barrios y por la presión de la burocracia sindical, esa fracción especial de la pequeñoburguesía emanada del movimiento obrero, el cual ni en los momentos de gran alza de masas de los ’60 y los ’70 ha podido o querido sacársela de encima.
 
Esta específica conformación de la ideología y la cultura política del pueblo de Buenos Aires -que lo hace presa fácil de la propaganda cipayo-imperialista- tiene carácter estructural y se ha constituido históricamente; de allí esa solidez que atraviesa los tiempos y hace al Puerto prácticamente inasimilable para los movimientos nacionales. Artigas, el federalismo antimitrista, Yrigoyen, Perón e incluso, con sus tibiezas, el kirchnerismo, han tenido siempre como enemigos a la oligarquía porteño-bonaerense y su clientela social y electoral de clase media y hasta popular. Al respecto, Brienza, en su acalorada defensa de los porteños, señala con elocuencia que así como no todos los cordobeses son “bulliciosos y ladinos” por el hecho de ser cordobeses, tampoco todos los porteños están “condenados al gorilismo y a la tilinguería sólo por la disposición de los adoquines del empedrado”… Rechaza, en suma, y con harta razón, el pedestre determinismo geográfico. Pero Brienza empuja una puerta abierta, porque no se pretende que la configuración ideológica de los habitantes de Buenos Aires sea producto de tan grosero determinismo de lugar, sino resultado de una determinada historia que ha dado consistencia notable a aquella característica cultural.
 
Esta estructura pétrea del porteñismo cipayo no se disolverá del todo con una estrategia de pedagogía pública, ni con llamados a la racionalidad, sino con la puesta en crisis de sus fundamentos materiales, que será también una instancia social-histórica y no un mero e inocuo voluntarismo. Esta afirmación no pretende erigir una especie de “tesis del catastrofismo”, que sólo conduce a la espera inerte y desapasionada del porvenir, sino apenas advertir la inconsistencia de políticas y tácticas que ignoren los condicionamientos sociales y se ilusionen con la posibilidad de “seducir” a corto plazo al electorado porteño que acaba de confirmar a “Mauricio”. Una tentativa de “seducción” cortoplacista puede ser efectiva si el movimiento nacional y popular en construcción –en trabajosa construcción– se pliega a los valores del particularismo porteño y trata de competir con el macrismo en su mismo terreno. Algo de eso se ha intentado el 10 de julio con la candidatura de Filmus, un carrerista y oportunista neoliberal que es casi “un clon” de Macri, como bien señala Cangiano. Si esa línea de seducción se sigue consecuentemente el gobierno cristinista puede triunfar en Buenos Aires –no ahora, en el ballotage, porque es muy pronto, sino más adelante– pero esa será una victoria pírrica: será el triunfo del neoliberalismo bajo el pabellón desplegado del kirchnerismo.
 
Lo que hace falta es otra cosa. Y esa otra cosa le hace falta al movimiento nacional (en formación) no sólo en Buenos Aires, sino en varios otros lugares. Porque seamos justos: los candidatos a gobernadores y legisladores nacionales del cristinismo-kirchnerismo serán también derrotados en Córdoba, en Rosario y en Santa Fe, por lo menos. ¿Qué sucede entonces? Que la década menemista de destrucción de la economía nacional y especialmente de la industria, sumada a la automatización y a las nuevas tecnologías suplantadoras del trabajo humano vivo han disminuido el peso específico de la clase trabajadora en la sociedad argentina y ampliado horizontalmente las grandes capas de clases medias de los servicios y el sector terciario, con la consiguiente ampliación del auditorio pequeñoburgués satisfecho que presta oídos a la ideología neoliberal o al “progresismo”.

No le será fácil a la futura Revolución Nacional lidiar con estos vastos sectores de la población enajenados al enemigo imperialista y base de maniobra de sus políticas. Tenemos en Venezuela una prueba a la vista: allí la pequeñoburguesía proimperialista posee una fuerza inusitada, arrastra incluso a sectores de los trabajadores y su dirigencia y ha infligido una derrota a Chávez en las últimas elecciones. Esta relación de clases –presente en casi toda América Latina– establece límites que recortan a su justa medida la concepción menendizta (muy influida por los alzamientos de las clases medias y populares del mundo árabe y de los “indignados” en diversos países europeos) de una ruptura generalizada de la pequeñoburguesía con la burguesía a escala mundial. La “sexta ola” del populismo latinoamericano –por decirlo en el lenguaje descalificador del enemigo en honor a la brevedad–, surgida con el nacimiento mismo del Siglo XXI, se nutrió desde un comienzo con los aportes de las clases medias, los trabajadores, los desocupados convertidos en piqueteros y los campesinos. Pero con la llegada de la bonanza económica proveniente de la revalorización de los términos del intercambio que favorecen al Tercer Mundo, la pequeñoburguesía ha amainado sus ímpetus renovadores. Principal beneficiaria de la flamante onda del comercio mundial, pareciera que se ha conformado con el nuevo nivel de prosperidad clasista que ha alcanzado y no desea que los procesos de liberación iniciados con una redistribución de la renta nacional sigan más adelante por una vía antiimperialista con perspectivas al socialismo. Esta situación se refleja en la contradicción social que Brienza cree ver vigente muchas veces: Conservadurismo versus Progresismo, que aparece como suplantación encubridora de la verdadera contradicción, la que importa: Nación o Colonia, ya que el clivaje señalado por Brienza, con ser verdadero, funciona al interior del régimen establecido (“la colonia”), sin poner en cuestión otra cosa que aspectos de la superficie cultural. Las clases medias latinoamericanas se están haciendo conservadoras, en un dejá vú que reproduce el ciclo yrigoyenismo-alvearismo. Los sectores populares marginados de esta bonanza, en cambio, pretenden profundizar estos desarrollos emancipatorios.
 
Naturalmente, ningún proceso de transformación profunda de la sociedad podrá contar jamás con la favorable unanimidad de ella, desde que afectará los intereses materiales de las clases dominantes y las instancias axiológicas y simbólicas en general de los grupos subalternos -muchas veces numerosos- que son tributarios de la hegemonía de aquéllas. Pero un movimiento revolucionario deberá tratar de ganar a su perspectiva a la mayor cantidad posible de estos sectores populares transitoriamente alienados o, al menos, neutralizarlos. Y para ganarlos e influenciarlos no lo puede hacer mimetizándose con la ideología dominante y descendiendo al nivel de halagar sus prejuicios, porque esta táctica no hace otra cosa que confirmarlos en sus equivocadas ideas y soldarlos aún más a la cosmovisión que se desea combatir.
 
En nuestra concreta realidad argentina, la tarea de disputar al macrisno –y al delasotismo o al radicalbinnerismo– el alma de las clases medias no puede encararse sino con una voluntad política que, desde el seno del conjunto de las clases populares –y no desde las parcialidades del derechohumanismo, los okupas, los gays y otras respetables minorías– se haga eco de las necesidades y exigencias de aquéllas clases, interpelando a los partidos y gobiernos del neoliberalismo residual para desnudarlos poniendo ante los ojos de las masas su incapacidad o su negativa a proporcionar las soluciones que se le reclaman: viviendas, salud, educación, seguridad, transporte para todos y no únicamente matrimonio igualitario, habitación para los sin techo o defensa ambientalista para pocos, aunque estos pocos sean los más vulnerables. Tales consignas deben ser el puente hacia un Programa nacional-estatista de transición que reestablezca el monopolio del comercio exterior, renacionalice YPF y las fuentes energéticas, hidrocarbúricas especialmente, lo mismo que la banca, la gran minería, los transportes y las comunicaciones; defienda nuestra riqueza ictícola y nuestros acuíferos y constituya, en definitiva, un gran sector público de la economía, con una planificación indicativa de largo plazo y su integración armónica al Mercosur y la Unasur. Ésta es la tarea que tienen ante sí las juventudes kirchneristas y las corrientes populares y de izquierda que se les han sumado desde la muerte de Néstor Kirchner. ¿Podrán lograrlo? El desafío es muy grande, porque la dirección del kirchnerismo, con Cristina al frente, solamente se propone profundizar el “Modelo”, vale decir: acentuar los rasgos neoyrigoyenistas y neodesarrollistas que lo tipifican, cuando lo que corresponde es cambiar el modelo. Efectivamente: el kirchnerismo ha realizado algunos avances importantes en el camino de la liberación argentina (renegociación de la deuda externa, estatización de las AFJP, inversión en ramas estratégicas de la ciencia y la tecnología, hundimiento del ALCA en Mar del Plata, fortalecimiento de la Unasur,  ratificación del MERCOSUR, recuperación del control el Banco Central, asignación universal por hijo, etc.), pero sin embargo, estas medidas no dejan de ser, como los subsidios, instrumentos de un cambio -que debe ser apoyado, por supuesto- sólo en el modo de distribución, y como tal, insuficiente. El modo de producción capitalista dependiente neoliberal, preparado por la Dictadura e implementado por Alfonsín y sobre todo por Menem, no ha sufrido en lo sustancial modificación alguna. La economía (industria, minería, energía…) continúa tan extranjerizada como antes, si no más; la tierra superconcentrada en pocas manos; el sistema impositivo gravitando proporcional e injustamente más sobre los pobres que sobre los poderosos, el comercio exterior en manos de los pulpos monopólicos, el sistema ferroviario destruído, los bancos intocados. Las medidas antiimperialistas y antioligárquicas que hacen falta no son en realidad “materias pendientes” del programa kirchnerista que se aprobarán cuando las relaciones de fuerza más favorables lo permitan en el futuro: son materias sencillamente ausentes en la currícula del kirchnerismo dirigente. No hay un plan revolucionario “secreto” que esté esperando su oportunidad de realización. No hay otro programa que el que se está  aplicando y que se limita a una redistribución más equitativa de la renta nacional (neoyrigoyenismo, por tanto) y una reindustrialización y desarrollo del país con la “ayuda” de las inversiones extranjeras, al modo que lo intentó Frondizi en 1958/62 (neodesarrollismo, por tanto).

La base social de este proyecto es la pequeñoburguesía satisfecha, principal beneficiaria del nuevo modelo sojo-minero exportador fogoneado por el cambio de dirección del tradicional deterioro de los términos del intercambio de nuestras materias primas exportables. Satisfechas sus necesidades básicas, estas clases medias “progresistas” no quieren tener problemas con las clases dominantes y el imperialismo y sólo desean “avanzar” en el terreno de las superestructuras (matrimonio gay, defensa ambiental, derechos humanos, libertades democráticas, lucha contra la corrupción, ley de medios,  justicia “independiente”, funcionamiento parlamentario, etc.). Se comprende que el cristinismo no desee realizar cambios progresivos en la estructura de la propiedad de los grandes medios de producción y cambio, ya que el “modelo” en vigencia está funcionando satisfactoriamente, alimentando las arcas fiscales y produciendo su propia base social de apoyo entre los favorecidos por el despliegue de su impresionante potencial. Razón tenía Marx cuando afirmó, en 1859, que “ninguna formación social desaparece antes que se desarrollen todas las fuerzas productivas que caben dentro de ella”.
 
Efectivamente: si el modelo argentino presente funciona perfectamente desarrollando sus fuerzas productivas ¿para qué aventurarse en cambios de resultados inciertos? Sobre todo si los especialistas aseguran que la demanda externa de soja y demás commodities no cesará de crecer por lo menos durante los próximos veinte años. Por igual razonamiento tácito, el yrigoyenismo histórico se limitó a administrar el Primer sistema agro-exportador y liberal, democratizándolo en lo posible, pero sin pensar en cambiarlo. Pero lo que es un gran plazo para una vida, no es nada para los pueblos, que se realizan en la larga duración, por decirlo braudelianamente. En este sentido, hay que preveer –ahora que tenemos la experiencia de la quiebra del modelo agroexportador de la Generación del Ochenta, que se creía eterno– que alguna vez cambiarán nuevamente las tornas. Entonces no debemos perder esta oportunidad. Si no rompemos el cordón de la dependencia que nos ata al imperialismo, si no construimos un país moderno e independiente en la esfera económica y soberano políticamente, unido al resto de América Latina en una gran nación cuya perspectiva de futuro sea el socialismo, las venideras crisis del capitalismo mundial nos arrojarán a aguas tormentosas que pondrán en peligro la existencia misma de este bajel que se llama Argentina.
 
En cuanto a nosotros, la Izquierda Nacional, no debemos conformarnos con ser consejeros áulicos o diagramadores de programas y consignas para que sostengan o ejecuten otros. La única garantía cierta para el sostenimiento de nuestras ideas –muchas de las cuales, como la consigna estratégica de la Unidad Latinoamericana son hoy sentido común– es nuestra propia existencia, es la reconstrucción de un sistema de cuadros en una organización ideológica, política, funcional y estratégicamente independiente del imperialismo, la oligarquía y la burguesía. E independiente asimismo del kirchnerismo, al cual debemos dar un apoyo crítico como un movimiento nacional en formación o un movimiento semi-nacional, como también puede ser caracterizado por autolimitarse a las reformas en la esfera de la distribución sin atacar las raíces de la dependencia nacional. Como decíamos líneas más arriba, una actitud parecida tuvo en su época el yrigoyenismo –mechado incluso por gigantescas represiones que hoy están ausentes–, pese a lo cual nuestra corriente, hecho el balance histórico, lo consideró un movimiento nacional y popular y le dio su apoyo retrospectivo. Únicamente en el ancho cauce del movimiento nacional en formación –y no diluyéndonos dentro de alguna de las organizaciones kirchneristas que nos someterían a una jefatura burguesa o pequeñoburguesa–, acompañando desde la izquierda, el Socialismo Nacional adquirirá autoridad política, solvencia teórica y solidez organizativa. Tres requisitos para hacer aportes positivos al campo nacional antiimperialista que vayan más allá de las meras contribuciones ideológicas, siempre en la estela del curso abierto en el 2003 –aún con críticas y delimitaciones– porque enfrentarlo nos colocará en el mismo sistema de fuerzas en que se debate estérilmente la ultraizquierda y la izquierda cipaya. Si los sectores antiimperialistas y juveniles del kirchnerismo, en la disyuntiva que se les plantea, optan por esforzarse en torcer el rumbo de su movimiento, de la profundización al cambio de modelo, allí estará la Izquierda Nacional para acompañarlos junto al pueblo argentino. Si la oportunidad se frustra, las masas buscarán otro camino y allí también estaremos. 

Córdoba, 15 de julio de 2011

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  • 20 Jul 2011Opinión 

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Comentarios

El  22/07/2011 a las 15:14 SUSANA dijo:

articulón de balance elecciones en la Ciudad de Buenos Aires de FERRERO

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