- Politica Nacional
- Artículo cargado el 08/10/2009 - 23:55
La trampa del derechohumanismo
Desmontar la trampa significa reconocer que en el nivel individual la violencia política y social es una tragedia, pero que en el nivel histórico y social, de que se trata es de divisar cuál es el contenido de esa violencia, a fin de tomar partido a un lado y otro de la barricada.
El libro de Graciela Fernández Meijide de reciente publicación ("La historia íntima de los derechos humanos en la Argentina") es un vivo ejemplo de la operación política que realiza el “derechohumanismo”, y que es la que le confiere su carácter marcadamente contrarrevolucionario. Ella consiste en lo que se podría denominar “confusión de niveles de análisis”.
El libro de Meijide empieza narrando el secuestro y desaparición de su hijo Pablo, un chico de 17 años, en 1976. El lector se pone en la situación que debieron atravesar los Fernández Meijide. De pronto irrumpen en la casa individuos fuertemente armados y se llevan a un adolescente diciendo que son de la policía y que ya lo van a devolver. Es la madrugada. ¿Podemos imaginarnos la situación desesperante de la familia? ¿Qué hacer? ¿A quién recurrir? Y a partir de ahí la desesperación, el calvario. Pasan los días y no se sabe nada de Pablo. ¿Qué cosas no habrán imaginado los padres y los hermanos de Pablo en esa situación? Mientras estaban reunidos cenando, por ejemplo, ¿dónde estaría Pablo? ¿Lo estarían torturando en ese mismo instante? ¿Estaría vivo o muerto? Un chico de 17 años que influido por el clima de la época admiraba al Che y en la escuela se había arrimado a una “juventud guevarista”, integrada por pibes y pibas que, como él, querían “hacer la revolución” con todo el idealismo y la ingenuidad juveniles. Muchos de esos chicos también habían sido secuestrados y estaban “desaparecidos”. ¿Podemos imaginar la angustia de los padres? ¿Podemos imaginar el terror y el sufrimiento de los chicos caídos en manos de esas bestias decididas a picanearlos y a asesinarlos? Imaginemos a un adolescente casi desnudo, atado de pies y manos, con los ojos cubiertos, tiritando de frío y terror mientras espera que quienes se llevaron hace un rato al amigo cuyos gritos desgarradores escucha, vengan por él. ¿Dónde están papá y mamá? ¿Dónde está la seguridad del hogar al que siempre se podía volver si algo iba mal en el agresivo mundo externo?
Visto desde esta perspectiva, no cabe duda de que las cosas adquieren un perfil muy diferente del que podrían adquirir si nos situáramos en una perspectiva político-social. Desde esta perspectiva, cualquier fenómeno histórico social se torna una tragedia individual de la condición humana. Pensemos en la familia de Zar esperando en 1917 que los verdugos bolcheviques vaciaran impiadosamente sobre ellos sus fusiles proletarios. ¿Qué edad tenía la “Princesa Anastasia”? ¿Qué culpa tenía esa niña de haber quedado atrapada en medio de un profundo torbellino social? Una niña es, en definitiva, sólo una niña. ¿No es una monstruosidad matarla? Y matar a los sirvientes de la familia real, ¿no es igualmente monstruoso? ¿No significa matar “inocentes”? Si nos ponemos en el lugar de las víctimas, siempre la historia adquiere un signo de tragedia humana en la cual no valen ni las revoluciones ni las contrarrevoluciones. Sólo hay individuos sufrientes cuyos “derechos humanos” deberíamos defender ante todo, porque “nada hay más importante que una vida humana”.
Y aquí esta, precisamente, la trampa del derechohumanismo: en la reducción del nivel de análisis económico y social de los fenómenos históricos al nivel individual de los “seres humanos” “inocentes”, con el consiguiente chantaje emocional que de ello resulta. Es decir: en el escamoteo de la dimensión específicamente política. Por eso, el derechohumanismo es la política de la despolitización. En el nivel individual de análisis no existen las revoluciones ni las contrarrevoluciones. El sufrimiento del hijo de Fernández Meijide es homologable al de la hijita del capitan Viola asesinado por el ERP, o al de los hijos de Rucci volviendo de la escuela y encontrando el cadáver de su padre tirado sobre la vereda. El sufrimiento humano de León Trotsky ante la vida que se le apaga es equivalente al de José Antonio Primo de Rivera frente a sus fusiladores. El de los “chicos de la guerra” argentinos que murieron en Malvinas, al de los soldados britànicos que estaban del otro lado de la barricada.
El “derechohumanismo” tiene su respuesta para las tragedias humanas de los “inocentes”. La respuesta es “Nunca Más”. Nunca más a la violencia, nunca más a la intolerancia, nunca más, en definitiva, a las revoluciones y a las contrarrevoluciones, que son las que generan violencia.
Pero cuando en una sociedad atravesada por los antagonismos de clase entre explotadores y explotados, entre opresores y oprimidos, se promulga el “nunca más” a la violencia, lo que se hace es consagrar la perpetuidad del orden vigente. El “nunca más” a la violencia formulado en 1983, tras una contrarrevolución triunfante, significa lisa y llanamente consagrar la victoria definitiva de esa contrarrevolución. Significa negarse a debatir sobre las tácticas y las estrategias seguidas por las diferentes agrupaciones políticas y político-militares del campo popular, a fin de averiguar qué errores pudieron haber conducido a la derrota de 1976 y de qué modo deberían prevenirse en el futuro. Significa cerrar la vía de la autocrítica para aquellos jóvenes militares que creían combatir por la Patria y combatían en realidad al servicio de la CIA y del Pentágono. Es por eso que los primeros en usar la expresión “nunca más” no fueron los derechohumanistas, sino los centuriones de la picana, cuando intentaron autoamnistiarse.
Para desmontar la trampa derechohumanista, corresponde no confundir niveles de análisis. Desmontar la trampa significa reconocer que en el nivel individual la violencia política y social es una tragedia, pero que en el nivel histórico y social de lo que se trata es de divisar cuál es el contenido de esa violencia, a fin de tomar partido a un lado u otro de la barricada.
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Comentarios:
Carlos A. Zelada dijo:
"Pero cuando en una sociedad atravesada por los antagonismos de clase entre explotadores y explotados, entre opresores y oprimidos, se promulga el “nunca más” a la violencia, lo que se hace es consagrar la perpetuidad del orden vigente.”
Esta afirmaciòn pareciera ser el meollo del artìculo de Gustavo Cangiano cuya expresividad en la dicotomìa del nivel individual y social de la violencia se vuelve tocante.
Es cierto que hay una extorsiòn evidente al equiparar el inenarrable dolor que la violencia, la tortura y la muerte produce cuando quien la sufre es alguien allegado con el que todos podemos consustanciarnos y la existencia de una violencia “blanca” como el aire en que estamos todos inmersos, cuando un sistema condena sin juicio a infinidad de hombres, mujeres y niños cuyo único delito es estar fuera del circuito económico que hace rentable un negocio, segùn dicen los partidarios de la “divisiòn internacional del trabajo”. Martinez de Hoz lo dijo sin ruborizarse: “sobran 15 millones”....en aquel tiempo.
Asì y todo, las experiencias anteriores al Proceso militar, que parangonò la Violencia de arriba = violencia de abajo” para legitimar el uso de las armas, deberìan mover a reflexiòn cuando se trata de dar identidad a una actitud que lleva ìnsita en sus células la negaciòn de la Sociedad.
Esta, la Sociedad tiene muchos beneficios y con ello valores cuya màxima expresiòn es la Paz. Y tambièn muchas injusticias que llevan a la Violencia. Sin pretender dar soluciones definitivas a una forma de ser de los hombres, deberìamos elucidar què se pretende conseguir
utilizando la violencia y, sobre todo, si ello reditúa algùn beneficio justificable así como el costo resultante, porque “nada hay más importante que una vida humana”.
Efectivamente es asì, lo que no significa que deberemos soportar cualquier cosa ni nos resignaremos a admitir cualquier polìtica—que de eso se trata—en nombre que a lo mejor se quita una o muchas vidas.
De hecho esa es la lògica de la Guerra, instrumento de la Polìtica en la discusiòn del Poder, pero de ninguna manera “la” soluciòn que terminarà con un oximoron insoportable como es el capitalismo depredador que con la complicidad de la Democracia parlamentaria, en nombre de las institucionalidad, consagra la aberrante succiòn de la sangre de quienes no pueden siquiera abogar por sus vidas.
“La imaginacìón al poder”, la vieja consigna de los universitarios del ‘68 debería preceder a la amenaza de desatar situaciones que luego se vuelven incontrolables, cualquiera sea la justificaciòn que se le quiera dar.
La Polìtica es una praxis de resultados, no un discurso legitimador. Eso por el lado eminentemente racional que, vaya a saber porque vericuetos mentales llega a unir la razòn y el sentimiento. Porque no podemos tratar a los muertos como si fueran solo “bajas” de una guerra cuyos objetivos se desdibujan a medida que es màs costosa.
Enviado el 19/10/2009 a las 14:57
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