16 Feb 2011Mundo Árabe 

A PARTIR DEL AUMENTO DE LAS LUCHAS OBRERAS

La revolución egipcia entra en una nueva fase

ocalello Socialismo Latinoamericano

Finalmente las Fuerzas Armadas decidieron echar a Hosni Murabak y asumir directamente el gobierno. En sus últimos días al anciano dictador sólo le quedaba el respaldo de Israel y de la monarquía saudita. El rey Abdullah recriminó a Washington por su decisión de abandonar a su viejo aliado y le advirtió que de ser necesario estaba dispuesto a apuntalar financieramente al régimen egipcio para que asegurara la transición. En cuanto al gobierno de Tel Aviv, la permanencia en el poder de su viejo socio o del vicepresidente Suleimán, era la mejor garantía de continuidad para la política egipcia de complicidad plena con los crímenes de la pandilla sionista en Medio Oriente. Sin embargo, el balance del poder había cambiado dramáticamente y no había vuelta atrás. Por lo demás, Estados Unidos intervenía activamente para que los cambios inevitables de la situación no escaparan totalmente a su influencia.

Forzosamente la solución (transitoria) a la crisis tenía que provenir del propio régimen. La movilización popular había alcanzado una amplitud y una intensidad extraordinarias, suficiente para derribar al gobierno, pero los sublevados carecían de la organización y del programa necesarios, de modo de poner fin al viejo orden autocrático. Bajo tales condiciones los altos mandos se hicieron cargo de la situación: desplazaron al dictador, disolvieron el Congreso, suspendieron la Constitución y establecieron su dictadura. Un golpe de Estado, que no será reconocido como tal en el Occidente “democrático”, en tanto los nuevos gobernantes respeten los acuerdos con Israel y no impongan mayores rectificaciones a los programas neoliberales dictados por el FMI y el Banco Mundial; programas que sumergieron en el más brutal desamparo y explotación a las masas trabajadoras.

¿Qué puede esperarse de los jerarcas de uniforme? Los cuadros superiores de las Fuerzas Armadas han estado firmemente integrados al régimen de Murabak y en dependencia directa respecto de sus colegas del Pentágono. Recientemente un cable dirigido al Departamento de Estado desde la embajada de Estados Unidos en El Cairo, reveló que muchos de los jefes militares son dueños de compañías dedicadas a los negocios en rubros tales como cemento, agua corriente, aceite de oliva, construcción, hotelería e industrias gasolineras. Esta capa privilegiada es asimismo propietaria de importantes extensiones de tierras en el delta del Nilo y en la costa del Mar Rojo. Razones más que suficientes para asegurar que el status quo no sea alterado sustancialmente.

Estos son rasgos salientes de los integrantes del régimen militar que administrará la transición hasta el desemboque electoral. En consecuencia, ¿la revolución llegó  su término? Para una parte de la pequeña burguesía y de la burguesía, para gente como El Baradei, el ex director general de la Agencia Internacional de Energía Atómica, quién recientemente explicó que el período de Nasser, al igual que los de Sadat y de Murabak, fueron épocas de pobreza, temor y represión, puede que sí. En todo caso, lo que les queda por hacer a esta gente es vigilar que el proceso preelectoral se desarrolle bajo normas democráticas. Pero para las masas, fuerza motriz del movimiento, la revolución no concluyó con la caída de Murabak y la convocatoria a elecciones.

Las luchas democráticas han puesto en movimiento a la clase obrera y a las grandes masas oprimidas con el propósito de imponer una serie de reivindicaciones, desconocidas y reprimidas por el régimen imperante. La prensa internacional puso siempre en foco el movimiento de los jóvenes, y trabajó insistentemente sobre el imaginario colectivo para instalar en el papel de líderes del movimiento a figuras como El Baradei o Wael Ghonim, ejecutivo de Google, transmutado repentinamente en “héroe popular” por los medios. Invariablemente la oleada de huelgas y movilizaciones obreras apenas si eran difusamente nombradas en los despachos periodísticos. Sin embargo, hoy en día operaciones simbólicas de este tipo son imposibles. Luego del desalojo de la plaza Tharir las marchas, ocupaciones de empresas y paros han pasado a ocupar el lugar central en las noticias. A tal punto han avanzado los acontecimientos que el lunes 14, un representante de la Junta Militar, advirtió que no se tolerarán nuevas protestas e instó a los trabajadores a poner fin a las manifestaciones. “Los nobles egipcios ven que estas huelgas, en este momento delicado, llevan a resultados negativos”, fue el insólito comentario del vocero. Por entonces en El Cairo circulaban insistentes versiones acerca de una decisión militar suspendiendo el derecho de huelga y de reunión, hasta la realización de las elecciones. Tanto los altos mandos como la burguesía egipcia quieren poner límites estrictos a los reclamos democráticos, y sienten un indisimulable temor ante el movimiento de masas que se extiende a lo largo y lo ancho de la nación. Ese mismo día que Junta Militar advertía a los trabajadores, el enviado de Clarín reconoció la verdadera raíz de los acontecimientos que precipitaron la caída del dictador: “El derrocamiento de Murabak se produjo cuando fue claro que además de la protesta civil en las calles, habían surgido huelgas en todo el país que acompañaban la rebelión y ponían en riesgo la economía. Ese escalamiento convenció a los aliados del hombre fuerte, en especial el establishment local, a retirarle su apoyo y sobrevino el golpe”.

Desde fines de 2006 y nuevamente en 2007 las luchas de la clase obrera llevadas adelante en el importante conglomerado textil de la ciudad de Mahalla, intensificaron y elevaron a un nuevo nivel el ciclo de huelgas del conjunto de los trabajadores que se remonta a 2004, y que ha pasado a constituir un factor político decisivo de la presente situación egipcia. Algo similar había ocurrido antes en Túnez, donde los cuadros sindicales ocuparon las primeras líneas del movimiento, en muchos casos a partir de las federaciones de la Unión General de Trabajadores, opuestas a la dirección central comprometida con el gobierno de Ben Alí. 

En Egipto las protestas obreras ante salarios y condiciones de trabajo de superexplotación han constituido el eje de un movimiento de notoria combatividad y decisión. Pero no sólo de paros y marchas se valieron los trabajadores en pie de lucha. El 10 de febrero la agencia oficial Ahram Online informó que los trabajadores de la Compañía del Canal de Suez en Port Said, Ismailia y Suez ocuparon por tiempo indefinido las instalaciones, poniendo en riesgo, de continuar con la medida, el movimiento de navíos. En otros casos la información destacó la decisión de los obreros y empleados de expulsar a los gerentes patronales y poner a funcionar la empresa bajo un régimen de autogestión.

En medio de los acontecimientos extraordinarios que animaron el alza de masas se abrió paso una tendencia de clase más profunda. En esos días, en que la suerte del movimiento estaba en juego, la agencia oficial informó que el vicepresidente de la progubernamental Federación Egipcia había sido detenido por los trabajadores que le exigían su renuncia. Asimismo una manifestación frente a la sede de la Federación convocó a los obreros para reclamar el procesamiento de su titular acusado de corrupción.[1]

La lucha obrera se había extendido y profundizado, fijando nuevos y más ambiciones objetivos. El 30 de enero delegados sindicales en representación de trabajadores textiles y del vestido, de la metalurgia, industrias farmacéuticas y químicas, y empleados públicos; de la siderurgia y las terminales automotrices; de importantes centros fabriles y de los sindicatos independientes de los trabajadores de la salud, inspectores de impuestos y unión de jubilados, anunciaron la creación de una Federación Egipcia para Sindicatos Independientes. Entre los fundamentos de la resolución figuraba el siguiente párrafo: “… los obreros y empleados egipcios rechazan absolutamente que la federación general ‘gubernamental’ los representen y hable en su nombre, porque ella negó a menudo sus derechos y revindicaciones, y hasta publicó la declaración famosa del 27 de enero en la cual se oponía a toda acción de protesta en este período”. En una de sus demandas más significativas la nueva organización exigió: “El derecho de los obreros y los empleados de organizarse, de crear sus propias reglas de funcionamiento; la retirada de todas las restricciones a este derecho”.[2] La iniciativa tuvo por antecedente la creación de la Liga de Trabajadores Textiles, surgida al calor del valiente combate de los trabajadores de Marhalla.

Las demandas de autonomía y democracia apuntan directamente a quebrar el régimen de estatización sindical, mediante el cual los círculos dominantes han sometido al movimiento obrero a un férreo control a través de una burocracia corrompida y sometida a los dictados el poder. Sin duda esas demandas forman parte del movimiento de reivindicaciones democráticas que conmueve al país, pero a diferencia del democratismo de la clase media, incorpora un componente de clase que profundiza esas reinvidicaciones, elevándolas a una nueva dimensión. El hecho de que los trabajadores libren una lucha por organizarse independiente y democráticamente constituye antes que un hecho sindical, un hecho político de extraordinaria importancia para la suerte de la revolución.

Desde esta perspectiva las próximas elecciones y el advenimiento de un gobierno constitucional constituyen un acontecimiento de carácter episódico. Ninguno de los partidos que pretende representar la protesta popular está a la altura de los acontecimientos: ni los liberales que sueñan con una democracia capitalista similar a la que impera en los países de Occidente, ni tampoco la Hermandad Mulsumana, cuyos dirigentes son cultores de la economía de mercado y socios de la burguesía compradora subordinada al imperialismo.

En estas horas el centro de gravedad de los acontecimientos se ha desplazado hacia la izquierda. Para los trabajadores la conquista de una posición sindical y política autónoma, y el fortalecimiento y la democratización de sus organizaciones constituye la piedra angular de la unidad de clase. Para la revolución este giro significa el punto de partida para la construcción de una voluntad colectiva emergente desde lo más profundo del conjunto de las grandes masas explotadas.

Notas:
  1. Mario Hernández. “La caída de Murabak y el papel de los trabajadores”. Rebelión, 13-02-2011
  2. Periódico del Parti Ouvrier Indépendant, febrero 2011
Etiquetas: imperialismo egipto
  • 16 Feb 2011Mundo Árabe 

¡Suscribite a nuestra lista de correo!

Comentarios

El  16/02/2011 a las 22:38 Pablo Rivera dijo:

Me parece excelente la nota!

Comentar





Recordar mi información personal

Por favor ingrese la palabra que se ve en la imagen de abajo:



¿Notificarme de comentarios nuevos?

*  Campos obligatorios

Blog de comentarios provisto porDisqus

Compartir / Imprimir
Enviar por e-mail este artículo a un amigo





Descargar afiche de:Taller ¿Hacia donde va YPF?
Descargar afiche de:30 años de desmalvinización, 30 años de democracia colonial

Nuevo Folleto de la Izquierda Nacional: “Malvinas: 30 años de desmalvinización, 30 años de democracia colonial”

Descargar afiche de:Salió Socialismo Latinoamericano Número 25
Descargar afiche de:Día Internacional de la Mujer Trabajadora