10 Mar 2012Politica Nacional 

NI ANTICLERICALES NI CHUPACIRIOS

La Izquierda Nacional y la Iglesia Católica

gcangiano Socialismo Latinoamericano

Un amigo católico y nacionalista nos atribuye a los militantes de la Izquierda Nacional apartarnos de las posiciones de Jorge Abelardo Ramos respecto de la Iglesia católica, las cuales habrían sido formuladas en un texto escrito para una revista comercial en el año 1986.

En primer lugar, habría que decir que en la Izquierda Nacional no leemos a Ramos de la manera como ciertos cristianos leen la Biblia: como si fuera la Verdad revelada ante la que sólo cabe inclinarse.

Si al propio Ramos no le tembló el pulso a la hora de rechazar ciertos juicios del mismísimo Marx, ¿por qué nosotros vamos a temer rechazar los juicios de Ramos cuando lo creamos necesario? Personalmente, además, creo que a partir de los años 80, y especialmente de los años 90, Ramos formuló una gran cantidad de juicios no sólo equivocados, sino incompatibles con las posiciones básicas del socialismo de la Izquierda Nacional.

En términos generales, podría decirse que en los años 80 Ramos efectuó un giro hacia el nacionalismo, y su concepción del Frente Nacional se modificó perceptiblemente respecto de la de los años 60 o 70. La clase obrera como sujeto de una revolución concebida como permanente (en el sentido trotskista) fue sustituida por el “movimiento obrero”, articulado corporativamente en la CGT; el socialismo como perspectiva estratégica cedió paso a un deliberadamente ambiguo “socialismo criollo”; y la diferenciación político-ideológica respecto de otras corriente nacional-populares, tendió a licuarse, por lo cual la lucha por la hegemonía del Frente Nacional desapareció del horizonte inmediato. Está claro que sin clase obrera como sujeto revolucionario, sin perspectiva socialista y sin lucha independiente por la conducción del Frente Nacional, la Izquierda Nacional pierde su identidad distintiva. Esto explica, en última instancia, ciertas tácticas de la época, como las alianzas electorales con desarrollistas y nacionalistas de derecha (Partido de la Independencia), el excesivo entusiasmo con el seineldinismo (aunque Ramos se burlaba en privado de la cosmovisión personal de Seineldín, propia de un cruzado medieval) y, también, explica la insólita participación del FIP en las marchas organizadas por la Iglesia contra la ley de divorcio vincular.

Sin embargo, este desviacionismo de los años 80 no sería nada comparado con lo que sucedió en los años 90, cuando Ramos pegó un salto hacia el campo del imperialismo. Su apoyo a Menem y a Cavallo, además de penoso, es por demás significativo al respecto.

Creo que el texto sobre la Iglesia al que nuestro amigo hace referencia debe ser enmarcado en este contexto.

Una cuestión de método

En segundo lugar, si de lo que se trata es de conocer la caracterización de la Iglesia católica que está presente en la obra de Ramos, creo que limitarse a un texto circunstancial, escrito casi a las apuradas y aparecido en una publicación irrelevante, tiene un valor muy relativo. En beneficio del rigor interpretativo, habría que rastrear todas las referencias al tema presentes en una obra vasta y bastante dispersa como la de Ramos. Luego, habría que cotejar esas referencias con las tesis básicas de la Izquierda Nacional, a fin de evaluar si el discurso conserva su consistencia interna, y no habría que perder de vista, obviamente la coyuntura política en que fueron hechas (Ramos una vez me dijo: “tenga presente que nosotros somos, en definitiva, periodistas políticos”. Es decir: escribimos y hablamos para la coyuntura, y no para formular “principios eternos”).

Creo que este es el método correcto que debería seguirse. De lo contrario, se corre el riesgo de perder de vista el núcleo conceptual y el entramado lógico de la producción intelectual en su conjunto. Para dar un ejemplo ya clásico: el texto de Marx sobre Bolívar puede ser legítimamente interpretado como ajeno al pensamiento marxista, no sólo porque no fue producto deliberado del trabajo científico o político de Marx (o sea, por las condiciones de su producción), sino también por sus resultados: las coordenadas centrales del trabajo científico o político de Marx no están presentes en ese texto. Del mismo modo, se ha dicho que el concepto de “alienación” manejado por Marx en sus escritos juveniles, que son más propios de un demócrata radical que de un “socialista científico”, no puede formar parte del tronco principal de su obra madura.

Todo esto es discutible, pero el caso es que carece de rigor el método consistente en tomar un texto aislado de un autor y considerarlo representativo de su obra.

La “Internacional Negra”

Sin haberme detenido a investigar el asunto en detalle (tal vez lo hayan hecho o vayan a hacerlo compañeros historiadores pertenecientes o vinculados a nuestra corriente, como Honorio Díaz, Roberto Ferrero, Fernando Pita o Alberto Regali), diría que si queremos conocer lo que Ramos pensaba sobre la Iglesia católica, tenemos que leer sus escritos reunidos bajo el provocativo título “La Internacional Negra”. Se trata de escritos que aparecieron originariamente en el diario “Democracia”, entre los años 1952 y 1955. Están, por tanto, signados por una coyuntura política que debe ser tenida en cuenta. Sin embargo, años más tarde, en 1959, cuando la coyuntura política ya era otra, Ramos reeditó estos escritos (“De Octubre a Setiembre, los ensayos políticos de Víctor Almagro”). Y, además, aclaró: “(En ‘Democracia’) no escribí sobre todo lo que hubiera querido escribir, pero jamás escribí lo que no quise. Lo escribí como revolucionario socialista; puedo suscribirlo ahora como tal”. Luego de 1959, los escritos sobre “La Internacional Negra” volvieron a reeditarse, hasta los años 70 por lo menos, lo cual autoriza a concluir que Ramos seguía suscribiéndolos. ¡Jamás se desdijo de ellos! Estamos hablando de un lapso de casi tres décadas. ¿Puede creerse, entonces, que el par de páginas enviadas por Ramos a “Politicón” en 1986, bajo el gobierno alfonsinista al que Ramos se oponía frontalmente, tengan entidad suficiente para contraponerse a todo lo anterior?

De todos modos, creo que no hay incompatibilidad entre el conjunto de la obra de Ramos y el articulito de “Politicón”. Vamos a considerar esta cuestión.

Tres tesis de Ramos sobre la Iglesia Catolica (y una más)

A grandes rasgos, pueden advertirse las siguientes tesis centrales en “La Internacional Negra”:

1º) La Iglesia católica es una institución supranacional.

Así, Ramos escribe: “La educación, la juventud y la mujer constituyen el campo político de la Iglesia. Si en relación con los niños y los jóvenes los clericales exigen el más completo control espiritual -esa labor formativa prepara en el futuro inmediato hombres más ligados a Roma que a su país (...)”. Y agrega: “De ahí que resulta al menos risible que precisamente los agentes de una potencia extranjera, por más eclesiástica que sea, hayan intentado durante mucho tiempo convertirse en los personeros más impolutos de un seudo nacionalismo clerical que ha propagado sus deformaciones particularmente al campo de la historia y de la política”.

Para evitar equívocos, Ramos se ocupa de precisar que “las creencias religiosas no estaban en debate, ni ayer ni hoy”. Lo que está en consideración es la Iglesia institucional, que no es una entidad sujeta a la soberanía argentina o latinoamericana sino, para decirlo con un lenguaje más actual, una “institución global”.

2º) La Iglesia católica, a lo largo de la historia, se opuso a las revoluciones burguesas.

Esto significa que la Iglesia católica desempeñó un papel reaccionario durante al menos cuatro siglos. Dice Ramos: “(...) de esta manera ratificábase una vez más el odio irreconciliable con que el Papado romano enfrentaba todas las revoluciones democráticas y sus desesperadas tentativas para oponerse al curso de la historia”. Y agregaba: “El Papado católico ha estado siempre contra las tentativas liberadoras de todos los pueblos”. Entre esas “tentativas liberadoras” Ramos incluía también al peronismo, por lo cual concluía lo siguiente: “La extirpación de la influencia clerical en la Argentina corona ideológicamente las grandes conquistas de su revolución” (Diré, de pasada, que este último párrafo lo desarrolló para la misma época, con su solidez característica, Jorge E. Spilimbergo, en su libro “Nacionalismo oligárquico y nacionalismo revolucionario”).

3º) La Iglesia católica opera como cobertura espiritual del imperialismo.

Así lo expresa Ramos: “En nuestros días el imperialismo se ha convertido en el eje de la contrarrevolución capitalista. Por esa razón, y por tratarse del más poderoso guardián de los últimos privilegios, el Vaticano ha sellado una unión sagrada, transformándose en su brazo espiritual. No otra es la causa por la que todos los adversarios de la revolución argentina han encontrado en el clero su base de reagrupamiento”.

Recordemos que cuando Ramos escribía estas líneas el Vaticano y el Pentágono colaboraban en la construcción de partidos “demócrata-cristianos” orientados a apagar el fuego de la revolución socialista que amenazaba con extenderse. Esta misma colaboración se mantenía todavía en los años 80, cuando el “mundo libre” estaba comandado por Reagan-Thatcher -Wojtila, y cuando la Iglesia de Roma apoyaba a los mercenarios calvinistas ingleses contra los soldados católicos que peleaban en Malvinas.

Hay todavía, si se me permite, una cuarta tesis que aparece en “La Internacional Negra”, que viene a cuento del debate mantenido últimamente respecto de los derechos homosexuales (a los cuales nuestro amigo nacionalista católico, al igual que la Iglesia, se opone con toda energía). Es la siguiente:

4º) En los años 80 del siglo XIX confluyeron en nuestro país dos tendencias que fueron confundidas con frecuencia, pero que son “separables”, porque son diferentes: a) la “modernización” del país; b) la penetración imperialista.

Dice Ramos: “La modernización técnica y económica del país adquirió un formidable impulso, que hubo de hacerse en las condiciones legadas por la historia, es decir, mientras el imperialismo afirmaba sus posiciones claves en la vida argentina”. Y agregaba: “Si por un lado (Juárez Celman) actualizaba la legislación argentina, introducía un espíritu moderno en la educación (siguiendo en este camino a Roca) y estimulaba el desarrollo de la cultura, por el otro abría sin vacilar las puertas del país al imperialismo colonialista. La falacia de una historia escrita que no responde a la verdad, ha intentado asimilar el espíritu progresista de la generación del 80 con la entrega del país al extranjero, la ideología nacionalista democrática de esa época con el cipayismo antinacional”.

A partir de estas observaciones de Ramos referidas a los años del roquismo, podemos intentar distinguir hoy “el espíritu progresista” que supone, por ejemplo, el matrimonio igualitario, del “cipayismo antinacional” que sobre él se monta. La Izquierda Nacional debe, a partir de esta distinción, defender las reivindicaciones identitarias de las minorías sexuales denunciando al mismo tiempo el uso que de ellas hacen los estrategas del imperialismo, que las subsumen en el “derechohumanismo” y las contraponen a los procesos revolucionarios antiimperialistas y socializantes.

La religión católica como “escudo ideológico” frente al imperialismo

La última tesis que sostiene Ramos sobre el papel de la Iglesia católica no está explicitada en “La Internacional Negra” (aunque está insinuada en otros artículos de la época, referidos a la India de Gandhi), y es la que aparece en el texto de 1986 que tanto gustó a nuestro amigo nacionalista y católico:

5º) La Iglesia y la religión católicas son factores de “unidad espiritual” de las masas oprimidas y proporcionan un “escudo defensivo” contra la penetración ideológica del imperialismo.

Ramos escribe: “La fe católica es profesada por la mayoría de los argentinos y de los latinoamericanos y es, de algún modo, como la coránica en Medio Oriente, un peculiar escudo de nuestra nacionalidad ante aquellos que quieren dominarnos o dividirnos (...). La religión ejerce un doble papel: el teológico que le es propio y el de ideología nacional defensiva contra el dominador extranjero”. Esta es la tesis de Ramos que nuestro amigo festeja alborozado y que nos echa en la cara como si nosotros no la aceptáramos.

Pero nosotros la aceptamos, sólo que no de la manera como él cree que deben ser aceptadas las ideas inteligentes: como si se trataran de Verdades Absolutas, inmunes a la erosión que sobre ellas ejerce la temporalidad. Veamos.

En primer término, equiparar la función que cumple en Latinoamérica la religión católica con la que cumple “la coránica en Medio Oriente” tiene un valor relativo. Al menos por tres razones:

1) El Islam no parece estar estructurado de la manera piramidal como lo está la Iglesia Católica, lo cual permite a sus “cuadros medios” una libertad de acción infinitamente mayor que la que permite a los suyos la jefatura vertical del Papado de Roma. Si agregamos a esto la alianza estratégica tejida entre el Vaticano y el imperialismo anglosajón, entonces se concluye que resulta más que discutible la eventual eficacia de ese “escudo defensivo”;

2) el Islam ha penetrado y constituido la subjetividad de los pueblos de Medio Oriente de una manera mucho más profunda que como lo ha hecho el catolicismo en Argentina y en América Latina. Esto explica, por ejemplo, que las encuestas digan que hay una mayoría abrumadora de católicos en Argentina pero, al mismo tiempo, que la mayor parte de los argentinos apoya el divorcio vincular y hasta el matrimonio homosexual (“Soy católico, pero creo en Dios y no en los curas”, es una expresión extendidísima, como todos sabemos);

3) El antagonismo entre el Islam y Occidente imperialista es mucho más manifiesto que el supuesto antagonismo entre Occidente imperialista y el Papado romano. (Para decirlo a la manera maoísta: las contradicciones entre el Vaticano y los norteamericanos e ingleses son “contradicciones en el seno del campo imperialista”)

Por otro lado, aun cuando es cierto que “la religión coránica” puede constituir la argamasa ideológica que nuclea a las masas islámicas que resisten al imperialismo extranjero detrás de organizaciones políticas como Hamas, Hezbola o los Hermanos Musulmanes, también es cierto que los modelos de sociedad que esas organizaciones políticas proponen no constituyen el modelo al que nosotros aspiramos. ¡No queremos un Estado musulmán, ni judío, ni católico, sino laico y democrático donde todos sean libres de profesar o no una religión! Por tal razón, la delimitación respecto de ellos y la crítica formulada desde una perspectiva antiimperialista y socialista es enteramente legítima.

Hay todavía otra observación que se le puede hacer a Ramos. Dice: “Después de Juan XXIII y Pablo VI, después de Medellín y de Puebla, cuando la Iglesia descubre América por segunda vez y admite que la liberación del Nuevo Mundo recae en las manos del gran pueblo latinoamericano, la oligarquía tanto como la gran prensa se distancian de la cristiandad”. Dejemos a un lado que esto no es exactamente así. Basta leer “La Nación”, o escucharlo a Mariano Grondona para comprobarlo. Pero es cierto que en los años 60, cuando el pueblo latinoamericano se lanzó a la lucha por la emancipación nacional y social, la Iglesia católica tomó nota del hecho y se “aggiorno” doctrinaria y políticamente. Fue la época de la Teología de la Liberación y de los Sacerdotes del Tercer Mundo. La Izquierda Nacional siempre reivindicó este fenómeno (aun cuando no compartiera los métodos terroristas de muchos católicos de por entonces). Ahora bien, es cierto que cuando Ramos escribió las páginas de “La Internacional Negra” esta época no había llegado, y de allí cierta “unilateralidad” presente en sus escritos (¡los escritos de un “periodista político”!). Pero no menos cierto es que cuando escribió el articulito de “Politicón”, esta época ya había pasado, y la Iglesia institucional había reafirmado su alianza indestructible con Estados Unidos, Inglaterra e Israel.  En este contexto, creer que la religión católica podía servir de “escudo defensivo” para frenar la ofensiva imperialista era una afirmación que al menos debió haber explicado, además de enunciarla. ¿Iban a defendernos de Reagan y Thatcher los socios que Reagan y Thatcher tenían en el Vaticano?

En 1986 Ramos, al oponer al alfonsinismo con “los obreros, la Iglesia y las Fuerzas Armadas”, ponía de manifiesto que seguía concibiendo al Frente Nacional Antiimperialista en los términos que ese Frente había asumido casi medio siglo antes. Pero el país había cambiado. Y el Frente Nacional, cuya necesidad sigue vigente porque continúa vigente la dependencia respecto del imperialismo, ya no puede repetir la fisonomía que era propia de una época que ha pasado. Si el Frente Nacional en 1945 no fue la replica exacta del Frente Nacional de 1916, ¿por qué el del siglo XXI habrá de ser una réplica exacta del de 1945? Al fin y al cabo, el Frente Nacional es una categoría conceptual susceptible de adoptar distintas manifestaciones empíricas.

  • 10 Mar 2012Politica Nacional 

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