18 Feb 2011Politica Nacional 

A PROPÓSITO DE LA OBRA OLVIDADA DE ESTEBAN REY

La izquierda nacional y el frondizismo

gcangiano Socialismo Latinoamericano

En la reciente polémica Galasso-Altamira, una de las tantas mentiras que se dicen sobre la Izquierda Nacional es que habría apoyado en su momento a Frondizi.

Veamos. En 1957 aparece el libro de Esteban Rey ¿Es Frondizi un nuevo Perón?, que expresaba a la vertiente “no ramista” de la IN. Llevaba el sello editorial “Lucha Obrera”, nombre del periódico del PSRN que Rey había dirigido y en el que habían participado con máximo protagonismo Ramos y Spilimbergo. Se trata de una durísima crítica a Frondizi y al frondizismo. Pero esto no es todo. En 1959 Ramos dirigía la colección “La Siringa” de la editorial Peña Lillo. El primer título de la colección fue “Historia Política del Ejército Argentino”, del propio Ramos. Y el segundo título fue “Frigerio y la traición de la burguesía industrial”, de Esteban Rey. Se trata de un libro que completa al anterior de 1957.

Si la Izquierda Nacional apoyaba al frondizismo, como dice Altamira y concede por omisión Galasso, ¿cómo explicar la publicación de estos libros en el instante mismo en que el frondizismo estaba plenamente vigente, despertando expectativas incluso en el Partido Comunista y en los intelectuales del grupo “Contorno”? La verdad es ésta: Altamira acusa a la IN de lo que sea simplemente porque es un enemigo acérrimo de la IN. Y Galasso no retruca el punto debido a que para justificar su adhesión al kirchnerismo inventó hace un tiempo una teoría según la cual hay gobiernos “ni nacionales ni antinacionales”, como los de Frondizi o Illia, que son merecedores de apoyo en tanto “mal menor”. El kirchnerismo, según Galasso, entraba dentro de esta categoría de gobiernos hasta hace poco; ahora ya sería un gobierno plenamente “nacional”.

Es decir: para Galasso, que la IN hubiera apoyado a Frondizi no implicaría hoy problema alguno. Para la IN sí: recordemos que en setiembre de 1973 el FIP llamaba a votar a Perón con su boleta y no con la del Frejuli alertando que en el Frejuli estaban los burócratas sindicales, los conservadores y los desarrollistas, todos ellos enemigos de la clase obrera y de la perspectiva del socialismo.

Rey vaticino lo que sucederia al frondizismo

Uno de los aciertos más notables de “¿Es Frondizi un nuevo Perón?” es el vaticinio sobre lo que sucedería en caso de que Frondizi llegara al gobierno (el libro fue escrito un año antes de que eso sucediera). En el capítulo titulado “¿Y si fuera presidente?”, Rey escribe cosas como las que transcribo a continuación:

“Frondizi no tiene un capital político propio; es una especie de comanditado de la burguesía industrial, y resultaría elegido por el voto mayoritario de los peronistas. Al día siguiente de estar en la Casa Rosada se enfrentaría con el problema de dar satisfacción a todas las corrientes, tendencias e intereses que contribuyeron a su ascensión al poder”.

¡Esto es exactamente lo que sucedió! El gobierno de Frondizi se caracterizó, justamente, por los desesperados intentos del Presidente de permanecer a flote en medio de poderosas corrientes de signo opuesto que lo tironeaban hacia uno y otro lado: el sindicalismo, la pequeña burguesía progresista estilo los hermanos Viñas, las fuerzas armadas, el peronismo, la Iglesia católica, el capital imperialista. Rey indica que esta situación era previsible. ¿Podría Frondizi sobrellevarla?

Escribe Rey: “No, no podrá; no puede ya, en el presente, oponerse a todo esto que, sin ser gobierno, gobierna actualmente su corriente y le impone rumbos y caracterizaciones. Frondizi no representa intereses sociales y económicos concretos de ninguna clase o agrupamiento social importante o decisivo en la República. No podrá por ello evitar las presiones y las imposiciones. Está atrapado por los que lo llevan de bandera y lo imponen como candidato. Pero así como no podrá resistirse a las presiones, no podrá tampoco satisfacer los requerimientos de sus parciales o de los que, circunstancialmente, se han definido como parciales suyos”.

¿Y cómo concluiría una experiencia como la que Rey preveía? Dice: “La violenta luz del poder colocaría en un primer plano a todas sus marchas y contramarchas, llevando el descontento hasta los límites más extremos de partidarios y enemigos. Esto le está impuesto no por su propia naturaleza sino por la naturaleza del momento que encabeza y de las fuerzas sociales en las que asienta su partido y negocia su candidatura. Todo lo que de contradictorio hay en él y su postura, todo lo que de inexplicable tiene el prometer tanto a tan distintos y contradictorios sectores, se origina en la inestabilidad social de las clases medias urbanas y de los sectores burgueses industriales que lo siguen y a quienes expresa políticamente. El poder, como un negativo de fotografía, revelaría esto descarnada y cruelmente. Ello contribuiría también a su inevitable caída”.

¿No resulta impresionante constatar hoy, más de cincuenta años después, la extraordinaria “capacidad predictiva” del compañero Esteban Rey? ¿Acaso era vidente? Nada de eso. El pronóstico de lo que sobrevendría era consecuencia de un diagnóstico certero fundado principalmente en un análisis de clase, pero también en el perfil político e ideológico (y hasta caracterológico) de Frondizi. Para valorar en sus justos términos el acierto de Rey, puede considerarse que el grupo “Praxis” en el que militaba Altamira publicaba semanas antes del triunfo de Frondizi el folleto “La crisis del radicalismo”, de Marcos Kaplan, en el que se proniosticaba… ¡que Frondizi no ganaría las elecciones!”

Frondizi: cómo aislar a la clase media de la clase obrera

La primera parte del libro de Rey abunda en declaraciones de Frondizi durante los años del gobierno peronista: su oposición a la nacionalización del Banco Central, de los ferrocarriles, de los teléfonos. También se reproduce el apoyo de Frondizi a los golpistas del 16 de junio de 1955, su llamado a destruir a la CGT y su apoyo a la “Libertadora”, a la cual seguía reivindicando un año después en los siguientes términos: “la revolución está justificada históricamente porque se hizo para salvar la dignidad moral de la república; se hizo para restaurar la libertad que no existía ni para los partidarios del gobierno ni para los adversarios”.

Leyendo a Rey, uno no entiende cómo hay quienes creen que Frondizi y el frondizismo se ubicaban en el campo nacional-popular. Ni siquiera puede entenderse el lugar “intermedio” entre el campo nacional-popular y el campo antinacional que les asigna Galasso.

Rey, que no era un pensador ni un teórico, sino un periodista brillante e intuitivo, supera en penetración a Garetto y a Galasso. Tras reseñar el posicionamiento progresivamente “crítico” que iba adoptando Frondizi ante la “Libertadora”, escribe: “Es precisamente en este momento cuando la oposición de Frondizi juega su papel de freno al curso del proceso. A manera de un dique, contiene a las clases medias que tienden a alejarse y las mantiene dentro del campo de la ‘revolución libertadora’ o, lo que es lo mismo, dentro del plano político en el que la defensa de los intereses esenciales de la oligarquía y el imperialismo se aseguran”.

Lo que acabamos de leer bien podría considerarse una lección de “dialéctica aplicada”: Frondizi es un producto de la clase media, pero en la medida en que actúa políticamente, adquiere la suficiente autonomía como para operar sobre la clase que representa y propiciar un determinado alienamiento político, en el caso, junto al bloque oligárquico-imperialista que combatió al peronismo.

A mediados de los años 30, Frondizi había participado en los intentos frentepopulistas impulsados por el stalinismo y se había ubicado junto al imperialismo “democrático” contra las potencias fascistas que lo desafiaban. Había apoyado dentro de la UCR a Alvear, y no a FORJA. A partir de 1945 y hasta 1955, intentó ser un crítico “de izquierda” al gobierno de Perón.

“Frondizi es el dirigente de la clase media urbana”, sentencia con razón Rey. Pero, ¿qué es esa clase media? Así la caracteriza Rey: “A la clase media urbana pertenecen el abogado de empresas imperialistas y el asesor jurídico de un sindicato; el médico dueño de un sanatorio y el recetante de un barrio pobre; el rentista y el inquilino; el actor de cine y el extra; el técnico cotizado y el capataz; el estudiante y el profesor; el fabricante medio y el importador mediano; todos la clase media, todos extendidos en estratos sociales difusos y enfrentados. No hay sector social en el que las diferencias sean tan marcadas y tengan tanta relevancia; importa allí el apellido, las amistades y relaciones; la diferencia cultural y de educación (cómo se maneja el tenedor, hasta qué grado se hizo, qué títulos hubo de alcanzarse, etc.)”.

Esta heterogeneidad social de la clase media, conjuntamente con su papel subalterno en la sociedad capitalista, explica tanto su versatilidad política como los límites infranqueables de esa versatilidad. Frondizi, en tanto su representante político, habría actuado durante el peronismo con un propósito definido: impedir la confluencia de la clase media con el movimiento popular -el peronismo- que tenía a la clase obrera como su columna vertebral. De allí el papel objetivamente reaccionario de Frondizi (el de “dique” que frena la eventual confluencia de la clase media con la clase obrera), independientemente del contenido “progresista” de algunos de sus pronunciamientos.

Pero tras el golpe de 1955 la situación cambia. Dice Rey: “El enfrentamiento con esta realidad, el descubrir que la caída de Perón no era el objetivo para la felicidad general y la libertad de todos, sino un propósito de ocultas revanchas económicas, sociales y políticas, polariza el descontento de casi toda la Nación. Los sectores sociales medios, empobrecidos, utilizados para encumbrar a sus propios enemigos, tienden a manifestarse en el plano de la oposición. Es entonces cuando el demoliberalismo, y Arturo Frondizi ahora ya en el papel principal, levanta las nuevas banderas de la defensa de lo nacional y lo popular. Pero esta vez, y por este medio, no para mantener a las clases medias en el plano de una oposición definitiva y hasta el derribamiento del régimen vigente, sino para que permanezcan sustentando a la estructura total aunque discrepando y oponiéndose al gobierno. Apoyar al régimen y sostenerlo discutiendo y combatiendo sus hombres y su política, es su conducta. Ahora no se trata de impedir que las clases medias lleguen al campo oficial, como cuando Perón, sino de lograr que no se aparten del oficialismo aunque se desplacen hacia la más extrema y radical de las oposiciones. Antes todo iba a arreglarse derribando a Perón; ahora todo se arreglará cuando se elija a Frondizi”.

A partir de 1955 empieza a producirse lo que se conoce como “nacionalización de las clases medias”. Frondizi encarna el primer momento de ese proceso de nacionalización. Ante la progresiva ruptura de la clase media con la rosca oligárquico-imperialista que derribó al peronismo, Frondizi busca subordinar la clase media a la llamada burguesía nacional. Pero, ¿qué es exactamente la burguesía nacional?

La traición de la burguesía nacional

Gran parte de la discusión político-teórica dentro de la izquierda argentina se ha desarrollado en torno al papel que puede desempeñar la burguesía nacional en un proceso revolucionario. La ultraizquierda (Milcíades Peña, PO, etc.) acusó a la Izquierda Nacional de atribuir un papel progresista a la burguesía nacional. Se trata de una falsedad originada en el hecho de que la Izquierda Nacional, a diferencia de la ultraizquierda, rescató el papel progresista del peronismo histórico. Como el peronismo estaba conformado como un frente de clases en cuya dirección se ubicaba un líder bonapartista (Perón) que aplicaba un programa de capitalismo relativamente autocentrado, la ultraizquierda concluía que la caracterización que hacía la Izquierda Nacional del peronismo como progresista, lógicamente debería extenderse a la a la burguesía nacional.  Pero se trataba de un error. En realidad, justamente el hecho de que Perón, un hombre salido de las Fuerzas Armadas, hubiera tenido que hacerse cargo de las tareas a las que la burguesía nacional daba la espalda, estaba indicando que esta clase no podía en modo alguno conducir un proceso de desarrollo y emancipación nacional.

Esteban Rey dedica largos párrafos de ambos libros mencionados a describir y caracterizar a la burguesía nacional.

Distingue en primer término “un sector de burgueses industriales que tiene una larga tradición en la República. Dueños de ingenios azucareros y propietarios de bodegas lo constituyen de un modo preponderante”. Y los caracteriza políticamente: “La alianza de estos burgueses industriales con los terratenientes, los importadores de manufacturas, los exportadores de cereales y el imperialismo, resultó estable porque no hubo ni hay conflictos de iuntereses entre ellos (...). Este sector de la burguesía industrial nacional se mostró siempre irreductiblemente reaccionario y antinacional”.

Luego distingue un segundo sector: “un sector de la burguesía nacional se halla vinculado por medio de contratos de asistencia técnica y por préstamos obtenidos en instituciones bancarias oficiales o privadas, al imperialismo”. Y la caracterización es la siguiente: “su aspiración más lejana es la de participar, como un socio menor, en la explotación imperialista de Sudamérica”.

Por último, Rey menciona que “el grueso de la burguesía industrial argentina se integra con gentes recién llegadas a la riqueza. Desde pequeños talleres artesanales, desde comercios minoristas o, simplemente, desde un poco más allá de obreros calificados, arribaron a la propiedad de fábricas que crecían casi con cada mes al calor de un ávido mercado de consumo interno y de los generosos créditos del Banco Industrial”. ¿Acaso cabe cifrar expectativas políticas en este sector de la burguesía nacional? Responde Rey: “Oscilantes entre el país y el imperialismo, entre el pueblo y la oligarquía, resultan siempre, a la postre, definiéndose por el imperialismo contra el país y por la oligarquía contra el pueblo”.

La conclusión de Rey es entonces clara y desmiente las acusaciones a supuestas expectativas en esta burguesía que según la ultraizquierda tendría o habría tenido la Izquierda Nacional. Refiriéndose al comportamiento de la burguesía nacional a partir de 1955, dice Rey: “la falta de conciencia nacional de la burguesía industrial argentina y su absoluta impotencia política tuvieron, durante todo el período de la dictadura contrarrevolucionaria, una completa confirmación”. El título del libro -”Frigerio y la traición de la burguesía industrial”- extiende la caracterización de la clase a quien aparecía como su representante político: “Frigerio no es un líder en el sentido nacional o popular, sino, simplemente, lo único que la burguesía industrial ha logrado producir en este país como líder”, y el programa por él elaborado coincidía a la perfección con el del propio Frondizi

Los limites del pensamiento de Esteban Rey

Las razones de fondo que explican el fracaso del frondizismo según Rey, pueden leerse en el siguiente párrafo: “Sin el proletariado industrial y la clase trabajadora, nada es posible. Con ellos, es posible todo. No se trata de proclamar que el proletariado y la clase trabajadora, solos, conseguirán la victoria. Pero hay que aceptar también que sólo con ellos y junto a ellos, mediante su fuerza, es posible alcanzarla”.

Así como la ultraizquierda condena a la clase obrera a la impotencia política en nombre de un clasismo abstracto que le impide desarrollar una política hacia otros sectores oprimidos o en conflicto con el orden vigente, el frondizismo cree que el frente de clases puede conformarse con la burguesía nacional en la cúspide, la clase media apoyando desde abajo y el proletariado mirando desde afuera. Esta es la concepción desarrollista tendiente a “construir una burguesía nacional” para desarrollar un “modelo productivo”, a la que todavía hoy consideran “progresista” muchos kirchneristas. El error consiste en ignorar que la burguesía nacional no aspira a enfrentar al imperialismo, sino a acordar con él en calidad de socia menor. De ese modo, deserta de la lucha por la liberación nacional. Rey lo expresa así: “La burguesía industrial capituló. Prefirió continuar en un papel de segundo orden antes que correr el riesgo de un proceso que traería a las masas populares a un primer plano en la vida política argentina. Entre la capitulación incondicional y la revolucion nacional, eligieron el primer camino”.

Sin embargo, Esteban Rey no saca todas las conclusiones que corresponde sacar del proceso que describe. Es esta la gran limitación de sus trabajos, y también lo que explica que en 1973, luego de presentarse como candidato a senador por el Frente de Izquierda Popular, abandonara el partido de la Izquierda Nacional militante para sumarse al justicialismo.

Dice Rey: “La burguesía industrial, que había aprovechado de la política industrialista del gobierno de Perón, que había gozado de sus créditos y de la protección aduanera, que había sido la mimada en la distribución de la renta nacional y que había podido desarrollarse gracias a esta política del peronismo, pasó a integrar, en su inmensa mayoría, el frente contrarrevolucionario. Sus riquezas y sus vinculaciones, su poderío económico y sus influencias, fueron jugadas a la carta de la caída de Perón”.

Se trata de una observación de extraordinaria importancia para el planteamiento de una estrategia revolucionaria.

Aun con toda su progresividad histórica, el desenvolvimiento del programa peronista llevaba en su seno la semilla de su propia destrucción. Rey está afirmando que la dinámica misma del capitalismo autocentrado alimentaba el crecimiento de una clase social cuyos intereses, llegado un punto, habrían de volverse en contra del proceso mismo que los realizaba. Para decirlo metafóricamente: la derrota de 1955 estaba inscripta desde el comienzo en la victoria de 1945 y 1946. Pero si esto es así, desde el punto de vista de los intereses emancipatorios nacional-populares más generales no alcanza sólo con criticar a la ultraizquierda por desentenderse del frente de clases y al frondi-frigerismo por proponer un frente de clases conducido por la burguesía nacional y cuya columna vertebral sea la clase media. ¡Hay que extender la crítica al frente de clases conducido por Perón!

Rey dice: “El proletariado industrial sindicalmente organizado es la llave maestra del necesario reagrupamiento que evitará la dispersión y que preparará las condiciones en las que la victoria popular y nacional ha de resultar inevitable”. Así dicho, es falso. Siendo una condición necesaria para el triunfo de las aspiraciones emancipatorias nacional-populares, la presencia de la clase obrera en el frente de clases no es la condición suficiente. Además de ser la “columna vertebral” de tal frente, la clase obrera debe constituirse en “cabeza conductora”. Esta conducción le imprimirá al frente de clases un rumbo socialista, es decir, no basado en el objetivo de construir una burguesía nacional que más tarde o más temprano capitulará ante el imperialismo, sino en el objetivo de erigir al Estado, centralizado y a la vez democratizado mediante formas de cogestión y autogestión, en el motor de la acumulación.

No haber sacado esta conclusión tuvo trágicas consecuencias en los años setenta. Superada la ilusión frondizista de un frente de clases nacional y popular pero sin obreros y sin Perón, es decir, superado el “primer momento” del proceso de nacionalización de las clases medias, tuvo lugar el “segundo momento” de este proceso. En el plano estructural, por así decir, Rey lo explica del siguiente modo: “la alianza de clases debe reconocer que la única posibilidad de triunfo radica en que la gran convocatoria de esfuerzos nacionales se realice alrededor de la clase obrera, reconociendo su papel primordialísimo y su carácter de garantía de estabilidad y de perduración del curso revolucionario en todo el proceso”. En el plano político, esto significó la incorporación al peronismo de buena parte de esa clase media. Pero el peronismo, por su propia naturaleza, no podía asimilar una “alianza plebeya” entre la clase media y la clase obrera. Esta alianza sólo podría tener lugar en un frente de clases reconfigurado en términos de un programa socialista y una conducción obrera. Al no concretarse esta posibilidad, por la que la Izquierda Nacional batalló frente a la incomprensión de la izquierda cipaya y de la izquierda peronista, sobrevino la sangrienta contrarrevolución oligárquico-imperialista de 1976, cuyos efectos aún padecemos.

  • 18 Feb 2011Politica Nacional 

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