16 Nov 2006Declaraciones 

La Izquierda Nacional ante el gobierno de Kirchner

El gobierno de Néstor Kirchner es resultado de la crisis que estalló en diciembre de 2001 y del cambio en el balance de fuerzas que experimentó la sociedad argentina por entonces. La movilización popular puso fin a más de una década de gobiernos del menemismo y de la alianza radical-frepasista, de crudo contenido neoliberal, pero dejó en pie los problemas fundamentales que le habían dado origen.

El movimiento de diciembre de 2001 careció de programa y de organización. Sólo una consigna —“que se vayan todos”— guió a los manifestantes que se volcaron a la Plaza de Mayo para terminar con la administración de Cavallo y de la Rúa. La clase media que gritó “basta”, luego de la estafa del congelamiento de los depósitos bancarios y de largos años de expoliación por el capital monopólico, volvió sobre sus pasos y posibilitó la recomposición de los partidos políticos y del conjunto de las instituciones que por entonces habían quedado envueltas en una profunda crisis de representatividad. Declinaron irremediablemente las asambleas barriales y la consigna “piquetes, cacerolas, la lucha es una sóla” quedó en el olvido. Un año y cinco meses más tarde, en la primera vuelta de las elecciones presidenciales, López Murphy ganó en la Capital y Menem en el nivel nacional.

El reflujo de la movilización de diciembre de 2001 posibilitó la resurrección del viejo orden institucional, primero a través del dulhadismo y luego del kirchnerismo. Se reestableció de este modo una línea de continuidad fundamental en la historia de las últimas tres décadas y, a despecho de la consigna que guió a los manifestantes hacia Plaza de Mayo, reaparecieron una a una las viejas figuras degradadas y corrompidas de los partidos, los sindicatos, la magistratura, el periodismo, los lobbys patronales, etc. La vida pública de la democracia colonial volvió a su cause normal.

Sin embargo, la correlación de fuerzas políticas y sociales no era la misma. Dentro del círculo de clases dominantes el centro de gravedad del poder había oscilado. Diciembre de 2001 marcó la pérdida de posiciones del capital trasnacional, dominante en el circuito de los negocios financieros y en la explotación de las empresas públicas privatizadas y, al mismo tiempo, produjo el fortalecimiento del bloque exportador de los grupos económicos locales y las corporaciones extranjeras. Esta fase de recomposición de la hegemonía se desarrolló a través de la lucha entre dolarizadores y devaluacionistas y finalizó con la victoria de los segundos. En definitiva el Grupo Productivo, integrado por la Unión Industrial, la Cámara de la Construcción y Confederaciones Rurales, prevaleció sobre el establishment financiero y logró imponer la devaluación y la pesificación de las deudas en dólares contraídas con la banca local. El programa de Lavagna bajo el gobierno de Duhalde y luego de Kirchner, expresó plenamente este desplazamiento del centro de gravedad del poder. Esta línea de política gubernamental se ha mantenido inalterada luego de la renuncia del jefe del Palacio de Hacienda y su reemplazo por Felisa Miceli.

La recomposición que se produjo dentro de los círculos dominantes mantuvo en un todo la unidad del bloque y preservó, en lo fundamental, la continuidad del modelo de acumulación instaurado a partir del golpe de Estado de marzo de 1976. A pesar de los cuestionamientos discursivos del neoliberalismo de los 90, el kirchnerismo mantiene intactos sus fundamentos. Del horizonte ideológico y de clase de la pequeña burguesía progresista de remoto pasado montonero o filomontonero, quedan fuera medidas estructurales como la nacionalización de las ramas estratégicas privatizadas por el menemismo, la derogación de la apertura financiera impuesta por Martínez de Hoz, la revisión de la apertura importadora, la liquidación del régimen de las AFJP y la flexibilización laboral heredada de los 90. Ni siquiera medidas nacional-demo-cráticas elementales como una reforma impositiva que grave la renta financiera y establezca una mínima equidad en la distribución de la carga tributaria, o la apertura del régimen previsional para que los que quedaron cautivos en la jubilación privada tengan la opción del sistema de reparto, o la renuncia a los leoninos tratados de protección de inversiones, todos vencidos pero que se renuevan automáticamente si no se denuncian, tienen cabida en el programa del gobierno. En cambio, el kirchnerismo presentó como un acto de soberanía el pago de la deuda al Fondo Monetario, a pesar de su origen fraudulento. Una auditoria interna del Fondo estableció en el 2004 que el 80 % de esa deuda, correspondiente al “blindaje” acordado al gobierno de De la Rúa en el 2001, había sido empleada para financiar la fuga de capitales con conocimiento de los funcionarios del organismo, maniobra prohibida por sus estatutos y razón suficiente para repudiar las obligaciones pendientes.

En todo su recorrido el gobierno de Kirchner ha ajustado su línea política al balance de fuerzas consolidado en los círculos del poder económico tras el derrumbe de la convertibilidad. En esos círculos tiene un peso decisivo el capital extranjero. Un estudio reciente del INDEC reveló que en la cúpula de las 500 empresas líderes, generadoras de un tercio del valor agregado total, dos tercios de las firmas son extranjeras y se apropian el 90 % de las utilidades. Entre este núcleo influyente del capital imperialista y la gran burguesía exportadora existe una relación de alianza política y una asociación de negocios, aunque no una fusión de intereses. En este punto la resistencia al ALCA, tanto de la burguesía industrial argentina como de la brasileña, es indicativo del tipo de equilibrio que intentan mantener con el imperialismo y de su necesidad de preservar ciertas áreas del mercado interno regional. A diferencia de economías primarias exportadoras, como la chilena o las de América Central, las de los dos países más fuertes del cono sur han alcanzado un cierto desenvolvimiento y diversificación de sus fuerzas productivas, de modo que su patrón de acumulación no es una simple correa de trasmisión de la reproducción ampliada existente en las metrópolis capitalistas.

El programa del kirchnerismo refleja el nudo de intereses que configuran el bloque exportador, aunque no es su expresión corporativa. Necesita establecer un cierto juego de compensaciones para mantener la estabilidad del sistema y, al mismo tiempo, reservarse un papel arbitral. En esta dirección se inscriben ciertas concesiones a la CGT a cambio de garantizarse un control sobre el movimiento obrero: recortes limitados al régimen de flexibilización laboral, entrega de la administración de algunas áreas de las obras sociales, beneficios a sindicatos (camioneros, obras sanitarias, La Fraternidad), etc. A la vez, con la finalidad de ponerse a salvo del desbarajuste inflacionario, impone límites a la especulación del capital monopólico mediante el acuerdo de precios. Sin embargo, la resultante final de esta suerte de toma y daca es inconfundible. Por ejemplo, amenaza aplicar la ley de abastecimiento a los petroleras si no cubren la demanda interna de gasoil, alarmado por la inminencia de una crisis energética, pero al mismo tiempo otorga nuevos beneficios impositivos y aduaneros a las empresas que por no haber cumplido con los contratos son culpables de esa crisis.

Los resultados de este “modelo productivo” son una marcada concentración de la riqueza y agudización de la desigualdad social; altos índices de marginalidad; fragmentación del mercado laboral entre la capa de trabajadores en blanco y los que están en negro, sin ningún tipo de seguridad social ni derechos laborales y con sueldos depreciados; desvalorización del salario medio; concentración y extranjerización del capital y tasas de ganancias extraordinarias para las fracciones de la gran burguesía. “Están ganando como nunca. Va a haber ganancias y rentabilidad cada vez más altas”, dijo Kirchner ante 300 inversores internacionales durante su reciente visita a Nueva York, confirmado este cuadro de situación.

El Ejecutivo desarrolla su programa centralizando firmemente los mecanismos del poder institucional, frente a una oposición desarmada políticamente y sin programa alternativo. A tales fines se ha asegurado el control del Consejo de la Magistratura, y con ello la facultad de designar y destituir jueces; ha dotado de facultades extraordinarias al jefe de gabinete para modificar el presupuesto aprobado por el Congreso; ha garantizado la vigencia de hecho de los decretos de necesidad y urgencia mediante una reglamentación de su tratamiento legislativo que no impone plazos… La paradoja de esta situación es que a medida que el kirchnerismo concentra los resortes institucionales, el poder que tiene entre las manos se vuelve cada vez más vacío. La crisis de representatividad que estalló en diciembre de 2001 no está clausurada y la recomposición política que logró imponer el conjunto de viejos y nuevos partidos en mayo de 2003, tiene un carácter provisorio, reflejado por manifestaciones inconfundibles como la compra de votos en sucesivas elecciones nacionales y provinciales, las cooptaciones de opositores y, en otro orden, la descomposición de la burocracia sindical y la degradación del sistema judicial.

Las grandes masas obreras y populares no tienen lugar en un orden institucional altamente corrompido, cuyos partidos mayoritarios se han alternado en el gobierno y en la oposición para reproducir las políticas públicas de un modelo profundamente colonizado por el capital extranjero. Pasaron más de treinta años desde la emergencia del último Frente Nacional encabezado por el general Perón. Desde entonces, el movimiento que el jefe popular fundara a mediados de los 40 se ha precipitado en un curso de degradación y decadencia, confirmando el cierre de todo un ciclo histórico. En consecuencia, las próximas luchas populares y nacionales tendrán que retomar la historia en el punto de quiebre que significó la contrarrevolución de marzo de 1976. Pero esto será obra de un frente revolucionario de los trabajadores, de las clases medias empobrecidas, de la capas bajas de la burguesía nacional y de las grandes masas excluidas. Su norte será el socialismo y la unidad antiimperialista de América Latina.

Causa Nacional

Partido Socialista de la Izquierda Nacional (PSIN 2da Época)

Socialismo Latinoamericano

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