15 May 2010Politica Nacional 

La “izquierda democrática”: la otra voz de la contrarrevolución

gcangiano Socialismo Latinoamericano

La editorial Edhasa acaba de publicar un libro de Claudia Hilb: “Silencio, Cuba”. Lleva como subtìtulo “La izquierda democrática frente al régimen de la Revolución Cubana”. La autora está casada con el althusseriano-alfonsinista Emilio De Ipola, y, al igual que su marido, se proclama dueña de una “sensibilidad de izquierda” y sobreviviente de la “tradición política de izquierda radical”.

La socialdemocracia contra la revolucion cubana

Es realmente notable que el análisis crítico que esta “izquierdista democrática” hace sobre el régimen cubano tenga tantas coincidencias con el que realiza Nicolás Márquez, un escriba pagado por la CIA, en el libro “El canalla. La verdadera historia del Che”, que se publicó el año pasado.

Primera curiosidad, por cierto “sintomática” (en sentido althusseriano, como diría De Ipola). Para realizar su “investigación” sobre Cuba, Hilb obtuvo una beca del Conicet para viajar a… ¿a Cuba? No. ¡A Miami! Allí se entrevistó con cuanto gusano tuvo a mano y consultó la frondosa biblioteca de la Florida International University.
Segunda curiosidad. También digna de una “lectura sintomal”. Hilb nota que hay cierta resistencia en la intelectualidad “progresista” a criticar al régimen cubano tal como se lo merecería. Y entonces dice: “mi propósito es comprender el núcleo de esta dificultad, captar el punto ciego de la dificultad de la izquierda democrática con el régimen surgido de la Revolución cubana, con el fin de comenzar a horadar ese núcleo y así poder reflexionar libremente sobre la naturaleza de dicho régimen”. Es decir, Hilb se propone “desmitificar” la Revolución cubana. Su libro es una crítica despiadada tendiente a tal fin. Uno se pregunta por qué, si de desmitificar un fenómeno histórico se trata, elegir justamente el “mito” de la izquierda revolucionaria y del nacionalismo antiimperialista, y no los mitos de las clases dominantes. ¿Por qué no “deconstruir”, por ejemplo, los mitos fundantes del orden imperialista mundial (el que se instituye en 1945 luego de la derrota del imperialismo alemán ante el imperialismo anglosajón, convirtiendo a los derrotados en “el Mal Absoluto” y a los vencedores en paladines de la “democracia”) y del orden semicolonial en Argentina (el que se instituye en 1983 luego de la institucionalización, mediante el paradigma derechohumanista, de la contrarrevolución triunfante en 1976)? La respuesta es sencilla: porque Hilb y su “izquierda democrática” son la “intelectualidad orgánica” encargada de administrar estos dos últimos “mitos”. Su interés no es derribarlos sino fortalecerlos para oponer obstáculos intelectuales a los procesos revolucionarios emancipadores.
Pero vayamos al contenido del libro.

Los profesores y la lucha de clases

¿Cuál es la tesis central de Hilb? Ni más ni menos que una remanida tesis de la derecha liberal que ella presenta como novedosa: que los procesos revolucionarios “igualitaristas”, en su intento por “imponer desde arriba” el “Paraíso en la Tierra”, terminan edificando un “Infierno” que suprime todas las libertades. Según la autora, no existe contradicción entre las aspiraciones (y los logros “iniciales”) igualitaristas de la Revolución y su progresiva “verticalización”. El “igualitarismo radical” está inescindiblemente asociado a la “concentración del poder”. La reflexión no vale sólo para la Revolución Cubana, sino para todo proceso revolucionario: el desenlace stalinista estaría inscripto desde un comienzo en lo que sería la concepción leninista de toma del poder por una vanguardia revolucionaria. El “totalitarismo”, entonces, no es un accidente evitable, sino el complemento natural del “revolucionarismo radical”.

Como Hilb es una profesora biencomida al servicio de la burguesía, y no una militante del campo popular, todas sus reflexiones se mantienen en un plano discursivo-filosófico, y la función de esas reflexiones es generar la idea de que no existe salida para los males del capitalismo, puesto que más allá del capitalismo, hacia donde apunta la “izquierda radical”, hay un “infierno totalitario” que en nombre de “la Virtud” instala “el Terror”. De ese modo, Hilb expande el veneno del desencanto. (¿Qué otra cosa podía encontrar en las bibliotecas de Miami o en sus charlas con los contrarrevolucionarios exiliados?)

En ningún momento Hilb presta atención al curso de la lucha de clases a escala mundial. Pero sin considerar este aspecto decisivo de la cuestión, es imposible emitir un dictamen “a priori” sobre el resultado ulterior de un proceso revolucionario particular y concreto. Hilb presenta como “imposibilidad lógica” (la de conciliar la abolición de la explotación social con la abolición de otras formas de opresión) lo que es en realidad producto de la contingencia histórica. Las consecuencias prácticas de semejante confusión son importantes: en vez de estudiar y actuar para descubrir el camino que permita a las revoluciones emancipatorias no empantanarse en el burocratismo stalinista, Hilb y sus socios “izquierdistas democráticos” (en sorprendente coincidencia con los Márquez y demás tinterillos de la CIA) postulan la resignación y la aceptación del orden existente. Otro “síntoma” de los que tanto le gusta descubrir a su marido: Hilb no formula una sola crítica, ni de pasada siquiera, al régimen capitalista contra el cual se levantó, de la manera que pudo, la Revolución Cubana.

Cuba: entre calumnias y obsecuencias

Hace unas semanas, el politólogo Atilio Boròn explicaba en un programa televisivo que “el régimen de partido único no es un problema para la Revolución Cubana”. Es natural que Borón, que vive de las becas y subsidios que distribuye Cuba entre los “turistas revolucionarios” y su ejército de adulones, haga una defensa de lo indefendible. La exaltación a-crítica del régimen cubano es tan perniciosa para el desenvolvimiento teórico-práctico de las fuerzas revolucionarias como los ataques reaccionarios de la “izquierda democrática” de Hilb o la derecha sin máscara de Nicolás Márquez.

Este año se cumple el 70º aniversario de la muerte de León Trotsky (cuyo asesino, dicho sea de paso, terminó trabajando para el gobierno cubano). Se trata de una buena ocasión para centrar la atención en la obra de este último gran clásico del marxismo revolucionario, quien -a despecho de su caricaturización en manos de los “trotskistas”- nos proporciona las herramientas político-teóricas que hacen posible una “crítica desde abajo y desde la izquierda” de los procesos revolucionarios en general y del proceso cubano en particular.

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