- Politica Nacional
- Artículo cargado el 01/06/2009 - 02:50
La izquierda cipaya contra Jauretche y Scalabrini Ortiz
Gustavo Cangianotwitter @gcangianoSocialismo Latinoamericano
Prensa Obrera, el semanario del Partido Obrero, dedicó la contratapa de una de sus últimas ediciones a atacar a Arturo Jauretche y a Raúl Scalabrini Ortiz (ver “Raúl Scalabrini Ortiz y Arturo Jauretche. Los teóricos silenciados de Cristina K”, PO Nº 1074, marzo 2009).
¿Por qué PO la emprende contra Jauretche y Scalabrini? Porque los considera “teóricos de las nacionalizaciones burguesas”. Quienquiera que haya leído a Lenin y a Trotsky, ritual por el que seguramente muchos dirigentes del PO habrán pasado, debería saber que las “nacionalizaciones burguesas” en un país semicolonial, particularmente cuando son llevadas adelante por gobiernos nacional-populares, asumen un carácter políticamente progresivo, puesto que contribuyen a ensanchar el espacio del Estado nacional (semicolonial) a expensas del que ocupa el capital trasnacionalizado (imperialista). Para PO, en cambio, las nacionalizaciones del país semicolonial son meras “operaciones de rescate del imperialismo”. Es decir, asumen un carácter reaccionario. Jauretche y Scalabrini se habrían ocupado de encubrir el significado de esas operaciones poniéndose intelectualmente al servicio del peronismo histórico, que las habría llevado a cabo. Dice PO: “la nacionalización de los ferrocarriles, que el peronismo hizo de acuerdo con el plan elaborado en 1940 por los dos mejores agentes argentinos de la Corona británica: Federico Pinedo y Raúl Prebisch” […] habría sido una de “esas operaciones de rescate del imperialismo inglés”.
Es decir, Jaureteche y Scalabrini habrían sido, en opinión de estos insólitos “trotskistas”, dos ideólogos reaccionarios que trabajaron al servicio de un movimiento también reaccionario como el peronismo, cuya política económica habría consistido en “rescatar al imperialismo”.
Oligarquía y burguesía nacional
Una cita de Norberto Galasso reivindicando a Scalabrini por haber enseñado que el trazado de la red ferroviaria diseñada en el siglo XIX por los británicos benefició a los oligarcas y hundió a los pueblos del interior le sirve a PO para exponer el nudo de su propia posición teórico-política. Dice: “He aquí una palabra decisiva para esta corriente de pensamiento: oligarquía. Con ella tratan de trazar una supuesta divisoria de aguas entre la ‘oligarquía exportadora’, dependiente del mercado mundial, y la ‘burguesía nacional’ interesada, según ellos, en el desarrollo del mercado interno”.
En julio de 1974, cuando Perón acababa de morir y arreciaba la conspiración de la rosca oligárquico-imperialista (terratenientes, banqueros, grandes industriales, etc.), el jefe radical Ricardo Balbín era invitado a la Sociedad Rural y declaraba: “la oligarquía no existe”. Idéntica cantinela repiten hoy, como si se tratara de una novedad sociológica, los voceros de esa misma oligarquía que prefieren emplear eufemismos tales como “productores” o “el campo” para ocultar, de ese modo, el contenido de clase de las fuerzas a las que sirven. Que PO se sume objetivamente a esta tentativa de vaciamiento conceptual no debería extrañar. Desde siempre ha militado en el campo de las fuerzas contrarias a la emancipación nacional y social una izquierda cipaya cuya misión ha consistido en aportar falacias seudomarxistas que extraviaran a los mejores luchadores populares en la vía muerta de un tacticismo bochinchero sin perspectivas estratégicas. Sea la Argentina peronista en 1955 o la Venezuela bolivariana en la actualidad, el argumento siempre es el mismo: los frentes nacionales que las masas oprimidas constituyen para resistir al imperialismo y a la oligarquía son reducidos por estos sedicentes marxistas a la condición de meras “expresiones de la burguesía nacional” que se hallarían orgánicamente entrelazadas con la burguesía mundial, y que por ello deben ser combatidas. Por esta vía se reduce la complejidad histórica de la lucha de clases en el capitalismo semicolonial a la oposición libresca y deshistorizada entre la burguesía (abstracta) y el proletariado (abstracto). Al mismo tiempo, se esfuma del campo de preocupaciones de los revolucionarios la “cuestión nacional”, puesto que si la “burguesía” es una sola entidad indiferenciada que opera en escala planetaria, del mismo modo en Bolivia que en Alemania, ¿para qué ocuparse de diferenciar la táctica y la estrategia revolucionarias en los países centrales o metropolitanos y los países semicoloniales? Y la consecuencia política del extravío teórico-conceptual es la que está a la vista: la ajenidad de los supuestos “partidos obreros” respecto de los obreros reales, que los miran con indiferencia.
Será, sin duda, una tarea de los estudiosos encargarse de precisar los alcances del concepto “oligarquía”, alcance que, seguramente, habrá de variar desde los tiempos en que Scalabrini desentrañaba la articulación de intereses entre el capital inglés y los ganaderos de la pampa húmeda hasta hoy, cuando los cambios tecnológicos, económicos y sociales han dispuesto de otro modo las piezas en el interior del bloque de las clases dominantes. Pero una cosa es precisar el mayor o menor alcance de un concepto cuya fuerza explicativa radica en que ha descifrado el “código genético” de la cuestión nacional en los países semicoloniales, y otra muy diferente es renunciar a ese concepto para retrotraernos a la prehistoria del movimiento socialista (cuando la inmadurez del proletariado le impedía plantear una política para el conjunto de las clases oprimidas y debía limitarse a una resistencia de clase sin perspectivas hegemónicas o de poder).
Ha sido desde fuera de los marcos académicos y político-institucionales, desde la tribuna y el folleto militante, donde los grandes pensadores nacionalistas y antiimperialistas del siglo XX, como Jauretche y Scalabrini, divisaron dónde estaba –y está– el núcleo duro de los males que aquejan a la patria y al pueblo: en ese entramado de intereses económicos, sociales, políticos y culturales cuyo programa es un país heterónomo, proveedor de materias primas (ayer, carne o trigo; hoy, además, soja) a las grandes potencias industriales que rigen los destinos del capitalismo mundial. En la vereda de enfrente de este entramado reaccionario (la oligarquía y el imperialismo), se ubican las clases y los sectores interesados en la autonomía nacional y la emancipación social. Que la clase obrera debe ser no sólo el motor sino la cabeza conductora de este campo, está fuera de toda duda para los socialistas. También debería estarlo que la clase obrera no debe marchar sola, sino que debe convocar a su lado a todas aquellas clases y subclases, estratos y sectores que manifiesten contradicciones con el régimen vigente. Es por esta vía por donde se constituyen los frentes nacionales antiimperialistas, que lejos de ser meros representantes de la “burguesía nacional”, lo que procuran hacer es realizar las tareas democráticas y modernizadoras que esa clase no puede realizar por su debilidad intrínseca.
“Oligarquía”, palabra clave, en efecto, cuya vigencia deriva de la supervivencia de la entidad compleja por ella designada. Palabras igualmente claves para comprender la lucha política revolucionaria en Argentina son “frente nacional”, “imperialismo” y “semicolonia”, todas ellas palabras que no figuran en el vocabulario habitual de los estudiantes “trotskistas” de PO. ¿Acaso el empleo de estas palabras impide comprender la lucha de clases tal como se desarrolla entre nosotros? “Jauretche rechazaba con énfasis hasta la idea de la lucha de clases dentro del país, todo en nombre del conflicto entre esa oligarquía y los ‘intereses nacionales’”, dice PO demostrando su poca familiaridad con el pensamiento de ese autor. En cualquier caso, la importancia del pensamiento jauretcheano (y del de Scalabrini) es haber contribuido a fijar las condiciones concretas para la realización de esa lucha de clases en el país. No en vano eran lectores de Lenin.
La contradicción principal en un país semicolonial, que enfrenta a la rosca oligárquico-imperialista con el campo nacional-popular que procura establecerse como opción frentista de poder político, no pretende suprimir la lucha de clases, sino establecer las condiciones de su manifestación.
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Comentarios:
Martin Acosta dijo:
En ningun momento del texto si utilizan argumentos solidos para refutar el texto comentos si no que se ocupada en descalificar a la persona que lo hace. En ningun momento se usan ni fuentes ni cifras. Me gustaria ver mas solidez argumentativa y no lo dijo desde una ortodoxia academica.
Enviado el 27/09/2009 a las 20:05
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