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  • Artículo cargado el 02/06/2002 - 03:42

La crisis de hegemonía y el Frente Nacional

Osvaldo Calellotwitter @ocalelloSocialismo Latinoamericano

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El gobierno tripartito de justicialistas, radicales y frepasistas ya tiene su ley electoral con su revolucionaria cláusula de internas abiertas, obligatorias y simultáneas, verdadera llave al reino de la democratización, la participación y la transparencia. Asi es. La vieja y nueva partidocracia se prepara para garantizar una solución continuista ante la profunda crisis de representatividad que ha desacreditado el régimen político-institucional.

Precisamente esta crisis, que afecta no sólo a los partidos sino al conjunto de la dirigencia, es el rasgo central de la presente situación política. Las próximas elecciones, sean en marzo o en septiembre, no solucionarán nada. El desprestigio del sistema partidario es la manifestación de un proceso profundo que tiene origen en una crisis de hegemonía, visible a la luz de las pujas internas que se han desatado dentro de los círculos dominantes, y de la pérdida de la influencia ideológica que esos círculos han ejercido durante la década pasada sobre amplias capas de la clase media.

Sobre el primer aspecto basta recordar que el bloque de clases dirigentes salió dividido de la convertibilidad a partir del enfrentamiento entre el autoproclamado Grupo Productivo, encabezado por la burguesía industrial exportadora y la rosca del capital financiero anudada en torno al negocio de bancos, AFJP, bolsa, etc, en alianza con la Sociedad Rural y la Cámara Comercio. En esta puja estaba en discusión el reparto de los costos que traía aparejado el colapso de la convertibilidad y, además, las reglas del modelo de acumulación que habría de imponerse en las nuevas condiciones. El grupo de la Unión Industrial, la Cámara de la Construcción y Confederaciones Rurales, se ha disuelto de hecho, tras el fracaso del ministerio encabezado por el representante de los fabricantes. A su vez los banqueros, respaldados por el Fondo Monetario y el Departamento del Tesoro norteamericano, han arrancado una a una sus exigencias a un gobierno débil y vacilante, exponente cabal de la mezquindad y cobardía política que envuelve al conjunto de la dirigencia argentina. Así y todo no han logrado aún imponer una solución a la crisis. El problema sigue irresuelto, tal como lo demuestra el intento de avanzar en la reorganización de los círculos tradicionales del establishment desde la flamante Asociación de Empresarios Argentinos, integrada por fracciones del capital monopólico invertido en las empresas privatizadas, parte de los grupos industriales y algunos bancos trasnacionales. La iniciativa es parcial e insuficiente (no es tarea de lobbystas recomponer una dirigencia de clase), pero señala el punto neurálgico del problema.

El segundo aspecto de la crisis de hegemonía tiene que ver con el colapso de la clase media y con el hundimiento del imaginario neoliberal de la globalización, que se afirmó en los primeros años de la década de los 90’. La manifestación significativa de este fenómeno fue la ruptura de la pequeña burguesía democrática con el gobierno de la Alianza, y la crisis político-institucional del 19 y 20 de diciembre pasados. Lo que se quebró entonces fue una construcción “progresista”, orientada a reciclar el descontento de las capas medias en los marcos de una democracia formal, vaciada de soberanía popular y, en definitiva, mecanismo institucionalizador de los intereses dominantes. Ese “progresismo” de los Chacho Alvarez, Storani, Alfonsín, etc, se afirmó en una operación simbólica que descargaba en la corrupción del Estado el aspecto casi excluyente de la crítica al menemismo, velando de ese modo la naturaleza de clase del régimen semicolonial y, en consecuencia, poniendo fuera de foco los problemas de la dependencia. Gatopardismo en el sentido más amplio del término. ¿Sin embargo hay aún margen político para la reproducción de una experiencia similar en las condiciones presentes?

La profundidad sin antecedentes de la crisis capitalista que se prolonga desde los últimos años de la convertibilidad, y que se ha agudizado de modo extraordinario durante los primeros seis meses del corriente año, ha cerrado la posibilidad de reconstruir con cierta amplitud el centroizquierda a partir del eje exclusivo del discurso anticorrupción. Elisa Carrió y sus amigos han comprendido esta dificultad, y por eso su discurso gira en torno al vínculo existente entre la corrupción y la “matriz mafiosa” del capitalismo argentino. Pero al mismo tiempo al fijar férreamente los límites del cuestionamiento, oponiendo a ese tipo de capitalismo degradado el “verdadero capitalismo”, clausuran de antemano la discusión sobre el aspecto decisivo del problema: en la época de la globalización imperialista opera en toda su intensidad la ley de hierro de la acumulación capitalista, encaminada a la concentración, centralización y transnacionalización del capital. En los países dependientes, como Argentina, la transnacionalización significa extranjerización de las principales empresas públicas y privadas. Por lo tanto, la matriz de ese capitalismo periférico está determinada por la gravitación dominante de las corporaciones extranjeras, a las que se ha asociado, en múltiples negocios, la gran burguesía local.

Los trabajadores y el frente de clases

Pero si el bloque dominante no ha logrado aún reorganizarse y alinearse en torno a alguna de sus fracciones en pugna y a un programa común para imponer una solución a la crisis, el campo popular tampoco ha encontrado, hasta el presente, un eje rearticulador de sus diversas fuerzas. La revuelta popular de diciembre pasado y el período de crisis que se abrió inmediatamente, sacó a la luz la profunda crisis de dirección que afecta al grueso del movimiento obrero. La clase trabajadora a través de sus organizaciones sindicales no ha incidido en el desenvolvimiento de los acontecimientos que provocaron la caída del gobierno de la Alianza, ni tampoco ha gravitado en la posterior lucha que se libró (y se libra) con vistas a decidir la composición de poder por todo un período. El cuadro es por cierto significativo: traición y corrupción en la CGT de Daer; marchas y contramarchas, contradicciones y vacilaciones en la CGT de Moyano, al punto de colocarla durante los meses decisivos que sucedieron a la caída de De la Rúa a la retaguardia del gobierno de Duhalde; limitaciones de centro izquierda de la CTA, que la llevaron a apoyar en su momento el advenimiento del “progresismo” frepasista, a pesar del oportunismo que desde sus orígenes exhibieron sus principales dirigentes.

El ciclo sindical que tiene origen a mediados de la década del 40’ está definitivamente agotado. Ese sindicalismo se correspondió con la situación de una sociedad capitalista, en la cual aún existía margen para defender el salario y las condiciones laborales con cierto resultado. En su momento de apogeo, los sindicatos peronistas obraron como factor de presión, incidiendo a favor o en contra de algunas de las fracciones que dirimían el poder, e imponiendo términos de negociación. Se trataba de un movimiento altamente politizado, que sin embargo nunca llegó a constituirse en dirección política de la clase trabajadora. Sus límites fueron impuestos por la solución bonapartista que prevaleció en octubre de 1945, en la cual las masas obreras, organizadas sindicalmente, constituyeron la base de apoyo que le permitió a Perón elevarse a una posición arbitral durante sus dos primeros gobiernos, y sostener una política nacional-popular a pesar de las presiones de la oligarquía y el imperialismo. Medio siglo más tarde, las condiciones históricas que posibilitaron los equilibrios de clase sobre los que se afirmó la política de reformas peronistas, han desaparecido. Su lugar ha sido ocupado por una formidable polarización social, cuyas reglas de hierro han quitado toda chance a las soluciones intermedias, tanto en el plano político como en el sindical.

Este punto es clave. El Frente Nacional se reconstruye desde su ala izquierda. No está de más advertir que la afirmación tiene un significado unívoco. Necesariamente este desplazamiento del eje estratégico afirma la centralidad de la clase trabajadora y señala el centro de gravedad, desde el cual habrá de erigirse un nuevo principio hegemónico de confrontación con el discurso dominante. Pero plantear las cosas de este modo es poner en primer plano los problemas que hacen a la organización de un sistema de cuadros políticos del movimiento obrero, afirmados a partir de una posición autónoma de clase. Estos problemas no se resuelven en la línea del clasismo abstracto. Los cuadros avanzados de los trabajadores podrán progresar en esa dirección en la medida que logren erigirse en representación alternativa del interés general, y encontrar el lenguaje, el programa y la política en condiciones de articular una diversidad de identidades, brutalmente redefinidas por la presión de la crisis más profunda que ha vivido la sociedad argentina. Se trata de un amplio campo social y político que abarca a los trabajadores ocupados y desocupados, las franjas radicalizadas de clase media, las capas arruinadas de pequeños industriales, comerciantes y productores agrarios, las corrientes populares del clero y las fracciones patrióticas de las Fuerzas Armadas. Estas clases, fracciones, grupos y tendencias, constituyen el basamento de un gran Frente Nacional Revolucionario. Su punto de partida es la unidad de todas las fuerzas patrióticas enfrentadas al imperialismo, y en su alcance más general y estratégicamente decisivo, su destino se inscribe en las luchas populares en curso por la liberación y la unidad antiimperialista de América Latina.

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