10 Nov 2011Medios 

La comunicación en un escenario bipolar

Hay una afirmación de base indudable: existe, en el campo comunicacional, la disputa del poder simbólico entre dos polos concentrados. Desde esa certidumbre partimos, como para dejar, de entrada, las cosas claras.

El terreno de significación, en la Argentina, se resuelve de la lucha hegemónica entre los medios corporativos –Grupo Clarín y adláteres, que sostienen una perspectiva de corte liberal-conservadora– y los medios oficiales –cuyo discurso campea entre el progresismo reformista y cierto conformismo pequeñoburgués que todo lo explica–. Los unos proclamando virtudes constitucionales que remiten a las más amargas experiencias nacionales; los otros enunciando con tono épico sus conquistas, al mismo tiempo que argumentan con detenimiento las razones de por qué no se avanzó más.

Estos dos extremos concentran la discusión por el poder simbólico: es de su tensión, de los efectos de esta, de dónde surge el sentido que se le adhiere a las cosas.

En los últimos tiempos –gracias a la Ley de Medios, huelga reconocer– se ha alcanzado un punto de crudeza quizás inédito: hay dos posiciones nítidamente definidas que pelean por la capacidad de imprimir un significado a las cosas y de generar las categorías de pensamiento que configuren las interpretaciones. En el medio de esas dos posiciones, hay un abismo insalvable. ¿Cómo cobran notoriedad los discursos menores en fuerza ante un escenario de tamaña contradicción? ¿Deben, las voces alternativas, volcarse hacia alguno de los focos de tensión para limitarse a favorecer a la posición más “amigable”?

El grado de independencia de las terceras voces es particularísimo: solo logran visibilidad en tanto y en cuanto sean útiles para los objetivos de uno de los bloques enfrentados. De ese modo, su existencia es fugaz, cuanto mucho esporádica, y está caracterizada por su irresoluble instrumentalidad: existen para servir; o, peor aún, existen cuando sirven. 

Ley de Medios, temporal y después…

La Ley de Medios tuvo una destacable utilidad para desmenuzar el discurso hegemónico de las corporaciones y abrir un escenario de mayor participación y, sobre todas las cosas, de desacralización de las “palabras sagradas”. Los sacerdotes del periodismo perdieron sus credenciales incuestionables. Con la sanción de la ley, el vocabulario sufrió alteraciones y el lenguaje asumió nuevas formas: las palabras dejaron de significar unívocamente, como si resultaran de un designio divino; la lucha por la formulación de los conceptos pasó a ser visible, al menos algo más que antes; los actores, ahora, con el mero acto de enunciar, estaban comprometiéndose.

Pero la Ley de Medios, su uso político –legítimo y esperable: no vamos a pretender zonzamente que medidas de corte progresivo no sean utilizadas políticamente, tal como si nos esforzáramos por cobrar una ingenua posición democratista y parecernos al siempre frágil Ricardito Alfonsín–, produjo que ese campo de cuestionamiento a la hegemonía corporativa sea ocupado por una fuerza igualmente conglobada. Esta tendencia a la uniformidad –no la “uniformidad de criterios”, proclama insostenible desde el moralismo liberal; hablamos, más bien, de hegemonía del discurso oficial –o de los medios simpatizantes– no solo se da por el crecimiento en la cantidad de órganos de difusión, aunque aquí bien puede objetarse que su cantidad y propagación ni se compara con los medios corporativos. Sin embargo, la multiplicación existe sino –y fundamentalmente– por la conformación de su discurso en base a ciertos preceptos incuestionables que adjuntan a su predicamento un acento cuasi sacramental.

Ambos discursos parten de una base común: en el fondo más remoto del ser humano, lo que hay es nobleza, y la función de los sistemas políticos es lograr que esa nobleza emerja y así reine la paz y la concordia.

El moralismo liberal del que se jactan las corporaciones –y sus satélites– es idéntico –en cuanto a su lógica– al moralismo progre del oficialismo. Tanto para unos como para otros existen ejes inamovibles para el desarrollo de sus interpretaciones y todo elemento que los ponga en cuestión, debe ser desplazado; ambos sostienen esquemas de pensamiento similares, pese que difieren en sus conclusiones. Piensan igual, aunque no lo mismo.

A partir de ahí, el cuadro conceptual se consolida y es prácticamente imposible interceder con un planteo disruptivo. No hace falta apoyar explícitamente a uno o a otro, basta con encaminarse de la misma manera, es decir, pensar igual, utilizando los mismos recursos conceptuales y aplicando iguales metodologías racionales.

El tercer lugar

Los conflictos políticos son la resultante de la toma de conciencia de una contradicción material. Detallemos el movimiento: la contradicción material –propia del desarrollo productivo– existe. El lenguaje la atraviesa y la expresa –y configura– en un discurso. Entonces, la contradicción se hace consciente y, por lo tanto, toma forma de conflicto que se resuelve en el campo político.

Ahora bien: ¿Cómo hace una voz alternativa al liberalismo conservador de Clarín y afines y, al mismo tiempo, alejada del progresismo pequeñoburgués del oficialismo para cobrar dimensiones suficientes como para ser capaz, con autonomía, de atravesar con el discurso las contradicciones materiales para hacerlas conscientes y, por lo tanto, que emerjan los conflictos en el campo político?

Porque, vamos al grano, de lo que se trata es de intervenir una contradicción material –y, como tal, aún no puesta en discurso y, por lo tanto, no consciente– y, mediante el lenguaje, hacerla aparecer, cobrar dimensión real, ya que mientras el lenguaje la ignora, esa contradicción es “como si” no existiera.

De esa forma, usufructuando su hegemonía, los medios corporativos tienen la capacidad de mantener en la inconsciencia determinadas contradicciones existentes. Como son los dueños del poder simbólico que permite “hacer consciente” las condiciones materiales, ellos también eligen qué existe y qué no. Ese es el trasfondo del –en apariencia– banal “fijar la agenda”.

Entonces, el motivo de una comunicación que tercie en esa bipolaridad es el de lograr poner en discurso contradicciones que los otros bloques ignoran y, de esa manera, ejercer presión para que ese conflicto cobre lugar en el campo político. Los medios y las estrategias para lograrlo, depende de la creatividad de los actores. En eso, hay una certeza: hasta ahora, quienes proponen una opción transformadora, han estado errando.

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