07 Dic 2007Literatura
El libro fue publicado originalmente en Buenos Aires en 1957 por la editorial Amerindia. En 1961 una edición ampliada de dos tomos. Posteriormente la obra alcanzó cinco volúmenes. La publicación de 1988 llega a la presidencia de Raúl Alfonsín. Hay ediciones más recientes de Distal y del Congreso de la Nación.
La situación historiográfica
Cuando el peronismo cayó derrotado la situación historiográfica era similar a la existente en 1945. El panorama diseñaba una oposición entre el liberalismo mitrista y el revisionismo rosista. El segundo movimiento popular del siglo, tanto como el primero, no se había ocupado de la renovación histórica. Si bien es sabido que Yrigoyen elegía mostrarse como un antimitrista, durante su presidencia en las escuelas seguían utilizándose los libros de Alfredo Grosso que divulgaban las enseñanzas arbitrarias de los forjadores de la corriente liberal. También a Perón se lo conoce como lector de los cuadernos de FORJA y simpatizante de las ideas históricas del nacionalismo, pero en su gobierno siguió la academia en manos de Ricardo Levene (fiel cultor de Mitre) y sus textos reinaban en los establecimientos secundarios. Como lo destacara oportunamente Arturo Jauretche, esto conformó un gran déficit del yrigoyenismo que trajo consecuencias adversas, muestra parcial de una insuficiencia general en el plano ideológico que, en ambas etapas de alza popular, permitió a la oligarquía mantener su hegemonía cultural.
Las críticas de Alberdi, las revelaciones de Saldías y los aportes de Quesada no tuvieron recepción en los colegios. La narración de Mitre y de López aparecía como una versión inconcusa que no merecía ser revisada. Pedagogos y políticos anodinos sostenían la historia oficial sin atender los cuestionamientos de Hernández o Guido Spano, de Bilbao o Peña. Sólo se aceptaban rectificaciones de detalle que no mancillaran las imágenes pétreas de los próceres impuestos. La academia y la cátedra, el periodismo y los medios de comunicación, ejercían una verdadera tiranía en materia histórica. Allí se aprendía que la esencia del país se concentraba en sus instituciones y que la savia de la argentinidad era la libertad. Traidores a la patria no serían los que se sometan a los designios foráneos sino los que conspiren contra el funcionamiento de la república formal con tres poderes equilibrados y armoniosos.
Los esfuerzos aislados o efímeros de algunos díscolos no dieron resultado. Fue necesaria una acción mancomunada y sostenida para ofrecer una oposición más consistente a la divulgación generalizada de la versión oficial. El movimiento crítico, que se conoció como revisionismo histórico, encontró consolidación en la década del treinta nutrido en corrientes europeas reaccionarias. Manuel Gálvez y Carlos Ibarguren, Julio Irazusta y Ernesto Palacio se destacaron en la conformación de una versión nacionalista contrapuesta al liberalismo en boga. A la leyenda negra de la dominación española opusieron la leyenda rosa de la evangelización continental. Los acontecimientos de 1810 fueron desprovistos de su afán independentista. Rivadavia quedó sindicado como el responsable de la penetración económica británica. Rosas se convirtió en el nuevo héroe, defensor de intereses patrióticos frente a las potencias extranjeras y su nombre fue utilizado para designar al instituto que fundaron en 1938, como réplica a la creación de la Academia Nacional de la Historia.
La acalorada disputa, preñada de antinomias irreductibles derivó en el terreno político. Los liberales se encargaron de acusar a cada revisionista de fascista y los nacionalistas tildaron a cada liberal de vendepatria. La batalla era despareja pues unos contaban con el aparato oficial y los otros se manejaban con recursos limitados. Pero con el tiempo la controversia se fue tornando más apacible ante la ausencia de nuevos aportes heurísticos y la falta de renovación hermenéutica.
En realidad, la leyenda rosa era tan falsa como la leyenda negra. Si bien los sucesos de 1810 carecieron de relación directa con la Revolución Francesa de 1789, no configuraron un movimiento ajeno al sentir popular. El Rosas marmóreo resulta insuficiente para ocultar al terrateniente que mantuvo el injusto control porteño de la aduana. La evolución argentina, que no concluye en la batalla de Caseros, tampoco culmina en la Constitución de 1853. Ni mitristas ni rosistas establecieron las debidas relaciones de la historia argentina con la continental, tampoco explicaron la fragmentación latinoamericana ni el sentido nacional de la patria grande. Nunca impugnaron la estructura agroexportadora pergeñada por la oligarquía. Los liberales despotricaron contra la presencia criolla de las montoneras y los nacionalistas contra la presencia gringa de la inmigración. Unos se desvivían por un mañana ilusorio (el progreso) y otros por un ayer irrepetible (la tradición).
Más allá del polvo levantado por la reyerta, los dos bandos presentaban puntos de coincidencia notables. Compartieron la forma expositiva episódica de la historia narrativa donde prevalecía lo político y militar por sobre lo económico y social. Mantuvieron incólume un individualismo en el que los grandes personajes motorizaban los sucesos ante la pasividad de las masas. Se sostenía en pie un idealismo que presupone el predominio de la conciencia sobre la condición social. Oficialistas y revisionistas de la historia demostraron recelos crispados ante la implantación del sufragio popular.
Los mitristas proporcionaron la versión oligárquica de nuestro pasado y, en bloque, se opusieron al yrigoyenismo y al peronismo. Los revisionistas fueron adversarios de la chusma radical, algunos nunca apoyaron a Perón y otros lo abandonaron cuando se desató el conflicto con la Iglesia. Mención particularizada merecen los hombres de FORJA: inspirados en un nacionalismo democratico y plebeyo supieron superar las estrecheces del chauvinismo regresivo y del liberalismo oligárquico.
La izquierda tradicional, más allá de interpretaciones controversiales parciales, en su conjunto repudió las críticas revisionistas y siguió ligada a los grandes lineamientos de la versión liberal ortodoxa. Para socialistas y comunistas el inefable Sarmiento daba el marco global interpretativo con su antagonismo entre la civilización y la barbarie, mientras Mitre proporcionaba los contenidos historiográficos mas concretos. Como lo afirmara el stalinista Rodolfo Ghioldi, el padre de la historiografía oficial no había sido superado.
Los nuevos revisionismos
Resulta evidente en Revolución y contrarrevolución en la Argentina el empeño de Ramos por invalidar tanto la versión liberal como la versión revisionista, qubrando tambiéen la rémora de la izquierda cosmopolita en materia histórica conocida como mitromarxismo. Pensaba que el acotado debate se había agotado y necesitaba ser llevado a planos más profundo. No estaba solo en el emprendimiento.
Una corriente en formación, que después fue conocida como izquierda nacional, estaba dispuesta a romper el estancamiento. Unos provienían del comunismo como Rodolfo Puiggrós y Eduardo Astesano, otros del trotskismo como Enrique Rivera y Esteban Rey o de corrientes nacionales del yrigoyenismo y del peronismo como Juan Hernández Arregui y John Cooke. La existencia de matices diversos no les impidió confluir en la crítica de la izquierda tradicional anquilosada en un cerril antimilitarismo y en un estéril anticlericalismo. Para ese entonces Puiggrós dio a conocer Historia critica de los partidos políticos argentinos (1956) y Hernández Arregui publicó Imperialismo y cultura (1957).
Coincidieron en la necesidad de elaborar una concepción renovada de la historia argentina y de la realidad contemporánea que, desde una óptica latinoamericanista, les permitiese reivindicar los movimientos populares vislumbrando una estrategia diferente para la clase obrera en la lucha por la liberación. Recién entonces el pasado argentino se imbricó con su destino continental, la cuestión de la emancipación del imperialismo cobró un sitio central y la liberación social quedó encuadrada adecuadamente en ese contexto.
También, para esa época, en el campo del revisionismo rosista se experimentó una importante transformación significativa. Si hasta entonces se habían abocado centralmente a la defensa de Rosas atacando la leyenda roja de la tiranía cruel, reduciéndose todo a ser rosista o antirrosista, ahora procuraban desarrollar en forma rigurosa una crítica integral de las postulaciones liberales y del sometimiento del país al imperialismo. En esta nueva etapa, en la que el instituto rosista perdió la importancia de otrora, se destacaron las producciones de José María Rosa, Fermín Chávez, Norberto D’Atri, Luis Alberto Murray, Rodolfo Ortega Peña y Eduardo Duhalde, entre otros tantos. Como lo reclamaba enfáticamente Arturo Jauretche, se trataba de ser nacional o antinacional.
La acción convergente de ambos revisionismos ( del nacionalismo popular y de la izquierda nacional ) pusieron en jaque a la historia oficial. El liberalismo historiográfico entró en una verdadera crisis perdiendo credibilidad día a día. A ello tambien contribuyó la nacionalización da vastos sectores sociales medios decepcionados de la experiencias gubernativas radicales. En el plano cultural cambiaron las temáticas y los autores preferidos pasaron a ser Jauretche y Ramos, Rosa y Herándes Arregui.
Revolución y contrarrevolución
Ramos es un antimitrista por excelencia que desnuda la falacia de la historia oficial. Agudo defensor del federalismo mediterráneo, responsabiliza a los rivadavianos del sometimiento a Gran Bretaña y a los políticos portuarios del proceso de balcanización. Presenta a Rosas como un ganadero que cuidó los privilegios de su clase y de su provincia, desplazó a la burguesía comercial del poder politico pero le permitió seguir lucrando con la aduana. Mitre queda presentado en la cúspide contrarrevolucionaria y Roca como un conductor nacional (no como el jefe de la oligarquía) que logró construir el estado. Perón fue un gobernante bonapartista, elevado por sobre las disputas clasistas, que desplegó una política antimimperialista y democratizadora de la sociedad. En los límites de su transformación encuentra las causas de su derrota.
Este libro de Ramos, comparado con América Latina: un país (1949), posee un acotamiento temático, pues se encuentra centrado en el pasado argentino (sin perder contacto con la historia continental). Además tiene una extensión superior. Como resultado de esa doble característica se poduce la posibilidad de un mayor desarrollo expositivo de cada época. De todos modos, no deja de ser una obra de síntesis desde la España borbónica hasta la restauración oligárquica de 1955. Los aciertos expositivos y el detenimiento en aspectos decisivos lo hacen comparable a otros valiosos trabajos de resumen panorámico como los de Ernesto Palacio y de José Luis Busaniche.
Está escrito con una prosa vibrante y enfática, que no oculta la pasión del autor por los enfoques que realiza ni la indignación por los hechos que denuncia. Por sus páginas desfilan el pueblo y sus personajes destacados con verosimilitud y realismo admirables. Pone todas sus dotes de escritor al servicio de la claridad y la amenidad como una manera eficaz de impedir la trivialidad y el tedio. En el aspecto expositivo se notan —en relación con su ópera prima— sensibles mejorías que reflejan el perfeccionamiento literario del ensayista.
Continuando con la comparación, también resulta evidente la incorporación de las tesis más contundentes que Enrique Rivera le opusiera a su libro anterior. Tanto el encuadre del movimiento emancipatorio, la caracterización del rosismo y la interpretación de la federalización de Buenos Aires, con sus consecuencias en lo que respecta a la historización del roquismo y del yrigoyenismo, marcan las instancias salientes de la corrección. En toda la producción posterior se mantendrán estos lineamientos, lo que habla de la introducción de un cambio definitivo en su posicionamiento.
Ramos carece de la convencional obsesividad de los trotapapeles y el libro no se distingue por las novedades heurísticas. Pero su aporte es de carácter interpretativo, lo que permite dar nueva vida a materiales éditos deformados por la hermenéutica liberal o exhumar textos que la operatoria cultural adosenada se había encargado de asignarles un oscuro destino. La suya es una historia que razona la problemática nacional y que expone las conclusiones con real virtuosismo.
La hermenéutica liberal se estructura con la indigente elaboración de grandes oposiciones o disyuntivas dotadas de amplia capacidad comprensiva. El pasado queda reducido a la colisión de concepciones motoras antagónicas: civilización o barbarie, progreso o restauración, libertad o tiranía. En las últimas décadas el progresismo parece fijado en la aninomia de la segúnda guerra mundial como si todo se resumiese a una lucha entre la democracia y el totalitarismo. En cambio Ramos utiliza el método marxiano para el análisis del pasado histórico. Lo hace sin caer en sinos geopolíticos ni en fatalismos económicos. Lo social termina superando los determinismos de divesa índole. Le preocupa sobremanera caracterizar con justeza el rol que cada clase ha jugado en la lucha por el control del poder.
En contra de la exacerbada visión individualista de la historiografía, Manuel Estrada había querido incorporar, muy tímidamente por cierto, el papel de las mayorías en el desarrollo histórico. Poco siguieron su camino. El subtítulo del libro de Ramos —Las masas en nuestra historia— es muy elocuente al respecto. La promesa del autor no defrauda al lector avezado. La suya no es sólo la historia de las grandes figuras, sino también la de los diversos grupos y sectores, estamentos y clases sociales desde su emergencia en el pasado nacional hasta su gravitación actualizada. Podrá discreparse con alguna distinción efectuada entre patriciado y oligarquía o con las relaciones entre ésta y el roquismo, pero deberá compartirse el esfuerzo por presentar las mas vívidas singularidades de la pequeña burguesía y del proletariado.
Diagnóstico del presente
En un extenso artículo donde analizaba la significación de Ramos, el uruguayo Methol Ferré dejó planteada una observación: “Algo que llama la atención es la despreocupación filosófica de Ramos y su generación, que se limitan a enunciar el retorno a la dialéctica, a lo hegeliano del marxismo, y a descalificar al pensamiento contemporáneo con una mera adjetivación de ‘oscuridad’, ‘evasión metafísica’, ‘angustia del capitalismo en su decadencia’”.1 El aludido sostuvo que lo distintivo del marxismo radica en la titánica tarea de proporcionar al proletariado las armas metodológicas para reorganizar la sociedad: “Nuestro supuesto desdén por la ‘filosofía’ no sería en consecuencia sino nuestra forma humana, histórica, de filosofar, es decir, de negarla como idea pura y convertirla en realidad. La asociación indestructible de idea y realidad, que el pensamiento vulgar generalmente divorcia en dos unidades estáticas, es el fundamento mismo del marxismo, la forma específica de la creación histórica y la fuente de todo conocimiento científico. La contribución de Marx y Engels a la inteligencia de la historia fue considerarla como un proceso. Difícilmente puede limitarse la importancia de este aporte, que ya había adelantado Hegel bajo una forma idealista, pero que Marx replanteó con un criterio materialista. Si a la fórmula hegeliana de que ‘todo lo que nace es digno de perecer’ se la proyectaba hacia la idea del Estado, de la propiedad privada, de las instituciones en general, adquiriría un resplandor inesperado y el filósofo se haría político”.2
Ramos recordaba que el proletariado anuncia su victoria con triunfos en las grandes batallas intelectuales y entendía que al socialismo revolucionario le correspondía el mérito de haber empleado la dialéctica, no sólo para la reinterpretación de la historia sino para una tarea más difícil aún: lograr el “diagnóstico correcto del presente histórico”. Las discusiones de la aplicación sobre la aplicación de la dialéctica en el pasado, en general, tienen un carácter académico. En cambio, cuando el método se introduce en los enconos de la realidad actual, todas las fuerzas del pasado se ponen en tensión porque esa cuestión constituye la función específica del arte político. “Situar al primer Bonaparte –continúa Ramos- como representante militar de la burguesía francesa y descubrir bajo su toga cesárea las relaciones capitales de producción, ya es lugar común entre los marxistas, y no sólo entre ellos. Pero discernir la verdadera significación de Perón y el peronismo, la función de los industriales, el carácter del bonapartismo latinoamericano, la hegemonía proletaria de la revolución democrática y el papel político del Ejército argentino —ya esto resulta algo nuevo, que destruye los esquemas preestablecidos y sume en la confusión a los repetidores de frases que han hecho de Marx un tótem con virtudes mágicas”.3
Cabe preguntar ahora si se logró ese objetivo superior en el ensayo en análisis. En grandes lineamientos puede afirmarse que las mejores producciones historiográficas posteriores confirmaron los rasgos centrales que se asignan a la España de la conquista. También encontraron corroboración las tesis centrales sobre el proceso emancipatorio y el papel jugado por el artiguismo. En cambio, la caracterización de Paz pasó desapercibida. Pero, sin duda, son denodados los esfuerzos del autor para vincular al personaje con el federalismo mediterráneo y alejarlo del unitarismo rivadaviano. El talento y la espada del cordobés no estuvo precisamente al servicio de esas provincias y su gloria mayor se conformó con las victorias logradas sobre Quiroga. Pareciera que, precisamente en este tema, puede hablarse de una desmesura interpretativa.
En cambio la tesis sobre el roquismo es errónea. Toda la positividad del movimiento que acompañó al tucumano a la presidencia está relacionada con el desplazamiento político del mitrismo tan bien caracterizado por Ramos. Pero la gestión económica estuvo signada por la ratificación de la vinculación con el mercado mundial en los términos diseñados por gobiernos anteriores. El modelo agroexportador entró en plena vigencia desde su primera presidencia y en la segunda se consolidó la producción agrícola para convertirnos en importantes proveedores —a nivel internacional— de carnes y granos. Pero esa productividad significaba el abandono del crecimiento industrial, el agravamiento de las deterioradas relaciones interregionales con perjuicio del interior mediterráneo, la consolidación de los términos de dependencia en una semicolonia, sólo privilegiada hasta la crisis de 1930. La generación del ochenta no aparece como la más argentina pues construyó el modelo de país que estaba al servicio de la oligarquía capituladora. Si en su llegada al poder no eran oligarcas (¿pertenecían al patriciado?) prontamente se integraron a la oligarquía. La política elitista y antidemocrática aplicada no fue modificada por sus continuadores y descendientes, dedicándose sólo a perfeccionar el régimen prescindente de la voluntad popular. Los estudios más serios realizados siguiendo las bases proporcionadas por Ramos (Alfredo Terzaga: Historia de Roca, Bs.As., Peña Lillo, 1976) tampoco lograron aportar razones convincentes en su favor.
La crítica que Hernández Arregui realizó respecto al carácter bonapartista atribuido al peronismo carece de justeza. Correctamente el crítico señaló que el concepto no tiene la misma significación en textos de Engels que en los de Marx referidos a Luis Bonaparte. Enfatiza que en este último caso se trata de un bonapartismo, más que conservador, reaccionario pues se apoyó en el sector del campesinado que pretendía obener privilegios propios del viejo orden. Consecuentemente, esa categoría no podría aplicarse al peronismo que, para él, fue un movimiento revolucionario.
Sin embargo, cuando Ramos hablaba sin vacilaciones de bonapartismo, pensaba en la concepción de Trotsky enunciada para el tratamiento de la cuestión nacional en América Latina. “Los gobiernos de países atrasados —afirmaba el jefe del ejército rojo— es decir, coloniales y semicoloniales, asumen en todas partes un carácter semibonapartista; difieren uno de otro en esto: que algunos tratan de orientarse en una dirección democrática, buscando apoyo en los trabajadores y campesinos, mientras que los otros instauran una forma de gobierno cercana a la dictadura policíaco-militar. Esto determina asimismo el destino de los sindicatos. Ellos están bajo el patronato especial del Ejército o sometidos a una cruel persecución. El tutelaje por parte del Estado está dictado por dos tareas que éste tiene que afrontar: 1) atraer a la clase obrera, ganando así un apoyo para su resistencia contra las presiones excesivas de parte del imperialismo; 2) al mismo tiempo regimentar a los trabajadores, poniéndolos bajo el control de la burocracia”.4 Resulta evidente que, en este caso, no seguía los lineamientos de los fundadores del socialismo científico sino la recreación de la categoría que efectuara Trotsky en el análisis de la realidad continental, con lo cual la crítica de Hernánadez Arregui queda sin la necesaria apoyatura.
El mérito superior de Ramos radica precisamente en obtener lo que él se proponía: brindar un diagnóstico adecuado de la Argentina contemporánea que había nacido en las jornadas de octubre de 1945. La correcta aplicación de la categoría del bonapartismo (término que sacó de sus títulos en las últimas ediciones), el estado de la sociedad capitalista dependiente, la relación de sus clases y la caracterización del frente nacional, como el rol asignado al socialismo revolucionario en la lucha por la liberación nacional, son valores por demás suficientes para que su ensayo mantenga una significación actual incuestionable.
La hegemonía cultural del bloque dominante ha sostenido en grotesco ritual la vigencia de un puñado de apotegmas sobre los que se asienta el pensamiento liberal: Ramos los ha sintetizado con presición “1) La herencia de España es oscurantista. 2) El indio, el negro, el mestizo o el criollo son étnicamente inferiores a los hombres de las ciudades del Litoral. 3) La ‘civilización’, en la lucha contra la ‘barbarie’, se encarnó en el duelo entre Buenos Aires o Europa y el Interior. En el orden político, la cultura porteña de los Rivadavia o Mitre enfrentaba a la ‘barbarie de chiripá’ de los caudillos del género de Facundo, Ramírez, López, etc. 4) El capital extranjero es el factor principal del progreso en el siglo XIX (ferrocarriles, telégrafos, etc.). 5) Sin la inmigración europea posterior a 1880, el país estaría poblado por indios salvajes. 6) Rosas era un tirano, Sarmiento un demócrata, Roca un oligarca y Perón un demagogo. La ‘organización nacional’ nace con la caída de Rosas en 1852. 7) Artigas es el héroe nacional de un país extranjero llamado Uruguay. En nuestra frontera, también hay una atrasada república llamada Bolivia”.5
La obra de Ramos ha sido uno de los mas valiosos aportes en la lucha contra la colonización pedagógica. La continuidad actual de la operatividad nefasta de cada uno de estos asertos liberales también contribuye a mantener la vigencia de este libro que acaba de cumplir cincuenta años de saludable vida. Corresponde a las nuevas generaciones realizar su reexámen crítico a la luz de las contribuciones que durante esta cinco décadas enrriquecieron el conocimiento del pasado y del presente de los argentinos.
- “El marxismo y Jorge A. Ramos” en Nexo Nº1, Montevideo, abril-mayo/55, p.42.↑
- En prólogo a León Trotsky, En defensa del marxismo, Bs.As., Amerindia, 1958, p.30.↑
- En prólogo a León Trotsky En defensa del marxismo, Bs.As., Amerindia, p.32.↑
- Por los Estados Unidos Socialistas de América Latina, Bs.As., Coyoacán, 1961, p.15.↑
- “Prólogo para una nueva historia” en Las masas y las lanzas, Bs.As., Hyspamérica, 1986, p.13↑



