• Cuestión Nacional 
  • Artículo cargado el 04/09/2009 - 13:40

Izquierdas y ser nacional

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Se suelen escuchar variadísimas canciones sobre la nacionalidad. Hay muchos coros que la entonan y muchos coristas que gustan de pasearse para que todos los vean mientras afinan esas melodías. La nacionalidad es un tema central y, al ser central, se vuelve complicado. Permite grandes divergencias, concepciones múltiples. Tenemos en oferta una amplia gama de posibilidades a disposición cuando nacionalismo buscamos. Nacionalistas los hay de todos los tipos. Y no deja de sorprender la distancia que pueden aparecer entre unos y otros. Todos, por lo general, evocan la autonomía nacional. Sin embargo, la consideración en cada uno de ellos, si echamos un ojo, simplemente, es sumamente dispar. Por eso, tendríamos que poder pensar a qué aludimos cuando nos referimos a la autonomía nacional. De qué autonomía hablamos cuando hablamos de ella: si pensamos en una autonomía absoluta o nos conformamos —como algunos muchos se conforman— con tener autonomía en determinados aspectos. Pero, ¿Es posible una autonomía parcial o parcializada? ¿O, la autonomía, para ser, debe ser absoluta, completa, abarcar todos y cada uno de los espacios? Al parecer, en las mentes de algunos nacionalistas sueltos de imaginación, la autonomía, es posible en pedacitos. Estos aspiran a autonomía política, pero se desentienden de la autonomía económica; pretenden autonomía cultural pero están sumisos y se alteran cuando se les habla de autonomía religiosa. En fin, estos falsos nacionalistas lo que quieren es una falsa autonomía. No mucho más.

No nos tendría que sonar descabellado que alguna de aquellas preguntas salga de la boca de alguno de nosotros, hombres nacidos y criados en suelo argentino, es decir, suelo semi-colonial. Tal vez sería un buen comienzo, quiero pensar. El primer peldaño, precisamente, en esa escalera hacia la autonomía. Podría ser, como también esto podría ser una soberana idiotez. No podemos estipularlo, responde al campo de la creencia y, por lo tanto, es cuestión de creerlo o no. Lo que sí puede ser válidamente argumentado es la existencia del camino hacia la autonomía, que es un camino de búsquedas que no permite atajos. Un camino empedrado porque requiere de decisiones que de seguro no van a conformar a todos y despertarán más de un alarido de bronca. Y algunos, de hecho, le van a poner los pelos de punta y harán lo imposible porque esos pasos adelantados se retrotraigan. Son, estos, los que gozan de los lujos de la dependencia. Quienes hicieron el país, desde un principio, al servicio de las metrópolis extranjeras y ellos agarraron los puestos de testaferros locales. Ellos son quienes con más ansias pretenden prolongar —sino profundizar— el estatuto del coloniaje, convertir al nuestro en un país cada vez más sumiso a los designios foráneos. Un país integrado al mundo, dirían. A ellos, cipayos locales, les sienta bien la heteronomia. Son un grupo más amplio de lo que a simple vista podemos pensar: no están compuesto solo por quienes tienen intereses materiales concretos con las potencias mundiales que ahora nos rigen, sino también, por quienes quisieran tener las mismas relaciones carnales de subordinación pero con otras potencias. También podemos incluir en esta triste lista a los pobres engañados con sus discursos baratos. La gran maquinaria persuasiva se pone al servicio de una causa tan noble como es la subastación del país. Son los sectores oligárquicos —denominación que no responde solo a pocos con mucho poder, como a algunos les gustaría creer y, de esa manera, ver desaparecida la eterna oligarquía argentina, sino al talante de los mismos, a su forma de pensar, actuar y moverse, hasta en la manera de caminar, mirar y hablar— los dueños de la educación y socialización de los jóvenes; son los dueños —además del capital económico, del que son, muchas veces, simples titulares encubridores— de los aparatos de difusión del pensamiento y, por lo tanto, tienen a su merced la posibilidad de manipular el imaginario social y conformar “ideologías” que respondan a sus intereses más directos. “Ideologías” que son ideologías en el sentido más marxista-engeliano —es hora de que le demos también su merecido reconocimiento a Engels y lo saquemos de la sombra obturadora del genial Marx— es decir, como un proceso llevado a cabo por un pensador consciente que, de todos modos, no es consciente de las verdaderas causas propulsoras y, como es un proceso discursivo, de palabras, deduce el contenido del pensamiento puro, concluye que las ideas son fruto de su razón pura, de su puro pensamiento, sin buscar otra fuente más alejada en la razón. Esas evaporaciones a las que se les llama “ideología” son herramientas fundamentales en el procedimiento de dominación simbólica. Crear esas “ideologías” es una buena forma de romper con la conciencia de clase y empujar a los hombres fuera de los marcos de la práctica. Es una abstracción que termina por abstraer a los hombres y colocarlos en una realidad de corte ficticio: las ideas no surgen de la realidad, sino que la realidad surge de las ideas. La división del trabajo, que recluye a las clases trabajadoras a un puesto fijo, monótono y repetitivo, petrifica el pensamiento y quita elementos fundamentales para desarrollar el pensamiento crítico; vuelve a los trabajadores mucho más vulnerables al mensaje único que todo lo aplasta. Al trabajador se le quita toda herramienta que le permita identificar la situación global y así, entonces, ve al diablo simplemente en la figura de las patronales, no puede identificar el virus en las estructuras mismas del propio sistema de opresión y, por lo tanto, solo aspira a correr al patrón. Sin agregar que, en vastas ocasiones, el trabajador, en la deformación de la conciencia de clase, no sueña con una sociedad más justa e igualitaria con los medios de producción socializados, en manos de los verdaderos productores, sino que solo aspira a convertirse él en patrón. El trabajador, en su exclusión de cultura, llega a comprar las zonceras recalcitrantes que hablan de “libertad” y “pacificación” y no logra diferenciar los intereses sociales concretos que sostienen por detrás a todos y cada uno de los partidos “democráticos”. Está en una situación de soledad, sometido a la chanza maléfica de los poderes reales que lo asechan. Pero es esa situación, sin embargo, la que en determinadas condiciones, le permite salvarse de esas ataduras mentales y poder notificar puntualmente su situación de sumisión. De esa manera, puede poner el grito en el cielo y, entonces sí, comenzar a luchar por su liberación. Marx ya lo anunció y mostró que así como los trabajadores son las armas materiales de la filosofía; la filosofía es el arma espiritual de los trabajadores. Y la filosofía no puede realizarse sin la superación del proletariado, y el proletariado no puede superarse sin la realización de la filosofía. Esa es la unión entre teoría y práctica. Unión tan poco comprendida por los casi-marxistas que pretenden endiosar la práctica y ven en la teoría un simple devaneo pequeño-burgués o un ejercicio en asistencia servil de la afamada y glorificada praxis. Pero esas ideas de los casi-marxistas tienen un núcleo que es, en verdad, profusamente anti-marxista. Sin hacer distinciones, sin elucidar bien los detalles, se puede caer en falsas pretensiones que lleven a la torpeza e inutilidad política. El trabajador tiene que pasar de la espontaneidad, de la acción directa en la inmediatez, a la comprensión de las causas de su lucha; y esa comprensión debe realizarse en un plano global, amplio, sin reducirse a las instancias inmediatas de su fábrica, taller, empresa o comercio. De esa manera, no solo comprende el contenido de la sociedad en la que vive, no solo entienden los enredos del entramado social capitalista, sino que además se transforma sí mismo, se auto-educa, supera vallas del pensamiento cooptado. Es el paso, al decir de Hernández Arregui, de la conciencia racional de la propia condición, a la conciencia revolucionaria. Todo estos nos indica el alto nivel de rusticidad que presenta el practicismo en sus más variadas posibilidades: marchismo, toma de edificios de una y repetidas veces, cortes por el corte mismo, etcétera. Por el daño que estos males perpetran, vastos sectores de izquierda —que uno supondría tendrían que estar alejadísimos de esos grupos oligárquicos antinacionales— integran las filas vendepatrias y, para más, son de los principales aseguradores, por uno u otro motivo, de la vigencia del grupo y de su hegemonía; aunque ellos estén convencidos de tenderle una lucha que, aparentemente, se acrecienta día a día —aunque, al parecer, los resultados indican que están perdiendo por goleada—. Y la complicidad no se da solo por la conspiración consciente y directa, sino que también aquel sector se ve beneficiado y fortalecido cuando estos grupos casi-marxistas adoptan tontamente los moldes de rebeldía y oposición que se les ofrecen como modas. Son uno más en el holgado arsenal esnobista. En esos placares oficiales hay de todo: están las tribus urbanas; los grupos de jóvenes que piden paz y solo paz pero no reflexionan ni un poquito en las causas sociales de la violencia; están los seguidores de las marcas conocidas que compran y compran todo el tiempo; y están también, los rebeldes de “izquierda”, que son un prototipo de moda muy usado en las épocas universitarias. Este “jovencito revolucionario” es un prototipo que cientos y cientos de jóvenes, por gusto, por diversión, por falsa rebeldía, por necesidad de exposición, por buena voluntad, por filantropía mal encausada, por influencia, por lo que sea, siguen casi al pie de la letra y terminan sirviendo intereses contrarios a los que creen estar defendiendo: le hacen el juego a la dominación, para decirlo simple. Ellos creen estar revocando eso que llamamos “sistema”, aunque en verdad lo están consolidando. Hablan y hablan de “sistema” y vaya uno a saber qué es lo que quieren decir. Las apreciaciones justas y meditabundas no son arena suave en sus costas; hay cierta predisposición a la pura acción, absurda preconización de la práctica, que conduce a errores políticos insalvables. En fin, a los rufianes que obtienen los mayores y más gruesos beneficios, estos revoltosos hipotéticos, son quienes mejor le cumplen el trabajo, aún más que los lacayos pagos a su disposición: porque no son capaces de notar que lo hacen; se compra un papel, no lo crean, y suponen que así llegarán, algún día, a derrocar ese orden tan magnánimo que cada vez se refuerza más y parece más inamovible. Estos son los que conciben la autonomía parcializada. Ven un pedacito de la foto y al resto lo ignoran. Sus razones son en todos los casos diferentes. Pero el problema es el mismo. Ellos leyeron parcialmente a los teóricos marxistas, y también leyeron insuficientemente a Marx. Tienen una reconocida filiación por él –filiación que le permite a los sectores de derecha reaccionaria hacerlos pasar como los legítimos marxistas y, en efecto, desfigurar la imagen de una teoría riquísima y verdaderamente revolucionaria- , pero el cariño o el aprecio no alcanzan para validar un cuerpo de ideas revolucionarias ni tampoco para justificar una acción específica. Hacen de Marx lo mismo que los enemigos de Marx: lo reducen al campo económico, le quitan todo el valor teórico a sus ideas y lo traen a nuestra realidad copiándolo mecánicamente, sin realizar una mínima adecuación. Es decir, niegan todo lo que Marx proponía. La dialéctica marxista que se esfuerza por mostrar las contradicciones que actúan en los cambios del orden natural e histórico, queda negada. Es inservible para los casi-marxistas, porque es su transportación exacta de la doctrina lo que se está haciendo es, justamente, negar esa dialéctica. Niegan estos casi-marxistas, por lo tanto, la cuestión nacional. De ahí que conciben la autonomía como algo reducido: como autonomía en el plano económico. La autonomía es una cuestión material, deducen, por consiguiente hay que lograr la autonomía en las relaciones materiales de producción y ya. Y para lograrlo, truecan su autonomía de pensamiento por algunas teorías que funcionan como manual práctico. Es solo el terreno de la economía el que busca autonomía en el campo de los casi-marxistas. Nada más. Y para ello, hipotecan las demás esferas de la autonomía, entre ellas quizás la más importante: la autonomía de la razón.
Como en su concepción la realidad de los países sudamericanos, semi-coloniales, es idéntica a la realidad de los países europeos del siglo XIX, la aplicación del sagrado método debe ser exacta. No se admiten desviaciones disidentes. Solo el iconoclasta es el que se permite hacer objeciones a las sacrosantas pautas del maestro. La devoción sacerdotal es un hecho. Pero, paradójicamente, es el mismo Marx el que advierte contra estos vicios. El marxismo apoya sus pies en la tierra —y eso es lo que lo caracteriza—, por lo tanto, se critica a sí mismo y no niega, por cuestión de los cambios históricos, verse rejuvenecido con agregados, tal vez, provenientes de otras teorías. Pero eso es algo que los feligreses del marxismo no se pueden permitir, y tienen varias razones para hacerlo. Uno de sus fuertes en la feroz batalla contra la cuestión nacional es el aclamado internacionalismo. Para los marxistas, los límites de las fronteras no son importantes, lo que importan son solo los límites de clase. Así, siempre un obrero argentino tendrá más que ver con un obrero alemán o francés que con un pequeño-burgués de su mismo país —aunque materialmente el pequeño-burgués viva en condiciones sociales quizás aún más penosas que el obrero—. La cuestión nacional, en tanto, queda abolida. Sin embargo, Marx y Engels, tomaban al internacionalismo como un paso posterior a la liberación nacional. Su internacionalismo era, precisamente, la lucha más directa y definida contra aquel internacionalismo que ahora, traición de malas lecturas, los marxistas defienden a ultranza como divino precepto. El internacionalismo de Marx y Engels, bajo ningún concepto negaban la concepción nacional. Eran, para más, la continuación necesaria en el desarrollo histórico de esa etapa nacional. Diferencia grande, ésta, con el internacionalismo que defienden los casi-marxistas; internacionalismo que funciona como ojeras que le impiden ver la realidad más cercana y los lleva a pensar en magníficos procesos que solo tienen anclaje en sus ensueños. Marx y Engels eran defensores de las luchas por la liberación nacional, precisamente, porque esas luchas eran el preludio a la posibilidad de concretar el debido internacionalismo. Decía, Marx, respecto del tránsito del capitalismo al socialismo: “Desde luego no se entiende que en todas partes será lo mismo. Es sabido que las instituciones, costumbres y tradiciones de los diversos países deben ser tenidas en cuenta” como si fuera una graciosa ironía contra los marxistas actuales. Estos casi-marxistas no tuvieron —a lo largo de la historia, con evidencias lamentables— en cuenta ni las instituciones de la argentina ni las costumbres nacionales ni las tradiciones y, por lo tanto, estuvieron siempre colocados en la vereda de enfrente de las masas oprimidas. Esa, acaso sea la espina más punzante que tienen clavada y no se pueden arrancar. Como sintetiza Hernández Arregui, la casa no se empieza por el techo sino por la base, la base son las masas, y en la argentina, las masas fueron peronistas. La izquierda no lo entendió así y se vio alineada a las fuerzas sociales más reaccionarias y antinacionales. Pero eso no les importó mucho, porque la concepción nacional no está presente en sus mentes y solo quieren pelear esa pelea que en la fantasía de su imaginación están librando. La conquista de la patria por parte de los trabajadores no es un paso previo que ellos diluciden. Marx, por el contrario, si lo contemplaba y, es más, le adjudicaba una importancia primaria: “Cuando el proletariado pueda conquistar el poder político elevándose a clase nacional, constituirse en nación, entonces, él también es nacional, aunque no sea en el sentido burgués.” Se observa en la cita claramente la distinción que Marx adelante entre lo nacionalista y lo nacional. Tradicionalmente tenemos por nacionalismo a una concepción puramente abstracta, una suerte de comunidad espiritual que reúne a todos bajo un sentimiento común, esa emotividad ambigua que podríamos sintetizar en “amor a la bandera”. Sin embargo, esa concepción no implica nada material, no exige definiciones políticas. Es solo una simple declaración de aprecio abstracto, sin enclaves materiales, que por lo general se recae en cerrazones herméticas, formalismo cerriles y un excesivo fanatismo por lo representativo de la nacionalidad, pero que, sin embargo, no siempre se ve correspondido en la defensa de los intereses materiales. Así, entonces, puede ser nacionalista tranquilamente un hombre que poca consideración tenga por el patrimonio nacional, aquel que esté más preocupado por la identificació n espiritual de una comunidad con alguna simbología vacía y se despreocupe del lugar que materialmente ocupe el país dentro de la división internacional del trabajo. Es decir, es posible encontrar, vaya paradoja, nacionalistas antinacionales. Lo nacional, en cambio, incorpora una necesaria consideración política y un reconocimiento de la problemática material, concreta. Nacional es aquel que pone en primer lugar la contradicción Nación-imperio. Nacional es aquel que reconoce el despojo del suelo material y pretende su recuperación. Nacional es quien ansía la soberanía. Nacional es quien pugna por la re-unión con esa esencia material de la cual los hombres fueron infamemente despojados. Verdaderamente, parecería que Marx les habla con mordaz prosa a los “marxistas” de hoy que nada de esto reconocen.

Para los marxistas contemporáneos, la cooperación entre trabajadores y burgueses nacionales en la lucha por la liberación, es un insulto a la moral revolucionaria y algo que no puede permitirse por nada del mundo. Proletarios –así les llaman aún acá, en la Argentina semi-colonial- y burgueses no pueden convivir en un proyecto común. Son enemigos de clase y es imposible -¿prácticamente? - que estén juntos, alineados bajo una misma bandera. El Frente Nacional de Liberación, en consecuencia, es, para ellos, un absurdo. Pero Marx, sin embargo, no lo consideraría tan así. <

> Me animaría a decir que Marx, en cierto punto, es más peronista que marxista, tomando como referencia la historia argentina. De todos modos, Marx no negaba la necesaria independencia organizativa de la clase obrera; cuestión que no invalida la conjunción en un proyecto nacional con otras clases igualmente desfavorecidas por el régimen semi-colonial. Es decir, Marx hablaba de algo así como el “golpear juntos y marchar separados” que entre nosotros popularizó Jorge Abelardo Ramos, hombre de la Izquierda Nacional que, en su momento, apoyo al peronismo bajo ese lema.

Ahora, podrán decirnos estos casi-marxistas, que las diferencias que existen son tales porque ellos son, en realidad, marxistas-leninista s, es decir, que le agregan a la plataforma de ideas de Marx, todo los desarrollos posteriores de Lenin. Pero también acá caerían en un error falta. Lenin fue un firme defensor de la causa nacional y de ninguna manera negó la necesidad de liberación nacional como preludio a cualquier revolución obrera. De hecho, fue de los primeros pensadores en hablar de “revolución nacional” reemplazando el viejo uso, ya desgastado por entonces, de revoluciones “democráticas burguesas”. El internacionalismo socialista era, para Lenin, solo el desenlace final de un proceso de revoluciones nacionales. Y en esas revoluciones nacionales, bajo ningún punto de vista, estaba en contra de la alianza entre clases para luchar contra el enemigo común: el imperialismo —”Golpear juntos y marchar separados” es, de hecho, una frase por él emitida—. Decía, por ende, respecto a esto: “Adueñarse del poder presupone el fin no solo de la socialdemocracia y no sólo del proletariado. Esto se debe a que no es únicamente el proletariado el que está interesado en la revolución democrática y el que participa activamente en la misma. Ello se debe a que la insurrección es popular, a que participan en ella, asimismo, grupos no proletarios, es decir, también la burguesía”. Ahí lo tenemos a Lenin, quién sabe, justificando el proceso peronista. Porque el peronismo no fue otra cosa sino que un revolución nacional, encabezada, por errores de los partidos de izquierda, por los sectores burgueses. Pero esa es ya otra cuestión. Lo importante acá es que Lenin, a diferencia de nuestros casi-marxistas- leninistas, consideraba positivo y hasta necesarios los acuerdos tácticos en el terreno político entre diversas fuerzas de un país, aunque más tarde, como nadie lo niega —y la izquierda nacional lo recalcó siempre— las contradicciones internas aflorarían y sería entonces tiempo de resolverlas. Por lo tanto, como vemos, Lenin, para nuestros marxistas-leninista s, sería un traidor de clase, alguien que pretendía transar con la burguesía y corromperse en prácticas propias de la política burguesa. Lenin, evidentemente, no era partidario del no transar ni negociar, era un poco más inteligente y entendía la dinámica política desde una óptica realista y no desde un estúpido puritanismo soberbio e inútil. Aducía Lenin: “La lucha de los comerciantes y de los intelectuales burgueses egipcios por la independencia del Egipto es por las mismas causas objetivamente una lucha revolucionaria, a pesar del origen burgés y la condición burguesa de los líderes del movimiento nacional egipcio, y a pesar de que está en contra del socialismo. En cambio, la lucha del gobierno laborista inglés por mantener la situación de dependencia en Egipto es por las mismas causas una lucha reaccionaria a pesar del origen proletario y de la condición obrerista de los miembros de ese gobiernos y a pesar de que son partidarios del socialismo”. Se nota, en Lenin, una clara conciencia de la problemática nacional por sobre la contradicción de clase. Se nota, también, que Lenin estaría a favor de todos los procesos revolucionarios nacional-burgueses que hubo y hay en América Latina. Es decir, Lenin no vería en Chávez, por ejemplo, el militar burgués tan denostado por la izquierda marxista-leninista, que retarda la revolución socialista de los obreros venezolanos, sino que vería a un militar burgués al frente de una revolución nacional que abre las puertas a una posible revolución socialista, siempre y cuando, las clases trabajadoras sean capaces de colocarse en la conducción de ese frente nacional. Lenin estaría a favor de Chávez y no en contra, como muchos de los casi-marxistas-leninistas coterráneos.

Nuestros “revolucionarios” de izquierda no conciben estas ideas. Para ellos, en cambio, solo hay que seguir el recetario, que ahora adquiere carácter universal: no importa quién lo haya escrito, ni dónde ni cuándo ni mucho menos por qué. Sirve para todo, siempre y en todas partes. El caso más sobresaliente en este punto lo tenemos en la izquierda que se autoproclama marxista, en todas sus variantes. Marx hace las veces de maestro chamán y sus palabras son preclaras consignas ubicuas que funcionan correctamente acá, allá y del otro lado. No hay margen de error. Todo lo que salga mal habla de una deslealtad apóstata hacia los pasos a seguir por parte de quien lo aplica. Si se sigue a pie juntillas el manual, se deduce, no hay posibilidad de equivocación. Toda la riqueza de la revolucionaria teoría marxiana queda abolida. El marxismo se transforma en reaccionario porque sirve para retardar los procesos históricos revolucionarios e ir en contra del pueblo oprimido. Como un oprobio al propio Marx, en su nombre, algunos entusiastas, apoyaron dictaduras, se alinearon a fuerzas democráticas antinacionales o estuvieron furibundamente en contra de procesos revolucionarios nacionales. La izquierda así comienza, entonces, por el techo y se olvida de la base. Se puede estar de cara al pueblo o darle la espalda. La tradición izquierdista decidió presuntuosamente darle la espalda. Al final, miraron la historia por la ventana.

Por eso pensar en la autonomía nos tiene que llevar, necesariamente, a extender nuestro horizonte de consideración. La autonomía es una forma de romper con los esquemas impuestos, pero es también una forma de romper con aquellos esquemas importados que nosotros mismos nos colocamos. La autonomía tiende a la resurrección de las tinieblas del olvido de la razón autóctona, de un pensamiento nacional, de un sentir nacional. Nuestra concepción no puede acabar, ahí nomás, en el manejo de la economía o la elección de los gobernantes. Con decir autonomía vamos mucho más allá. Nos referimos al fondo de la cosa, al pensamiento que le da forma a esa cosa, y a la razón que le da forma al pensamiento: a ese más allá del que hablaba Engels cuando se refería a la ideología. Entonces, pretender autonomía es pretender el pensamiento propio, que es un pensamiento que insoslayablemente va unido al terreno, al suelo desde donde pensamos. Hablar de autonomía es hablar de un pensamiento que aborde nuestra propia realidad, con categorías propias, con nuestros propios conceptos. Conceptos y categorías extraídos de la propia práctica sensible en nuestra materialidad. Conceptos y categorías formadas desde esa materialidad, en el estrecho lazo que nos une al suelo material. Que es ésta tierra y no aquella en la cual se formaron los conceptos que ahora, como abstracciones, nos quieren encajar.

Nos la pasamos eternamente es ese estado que Heidegger llamó de interpretado. Nuestra historia la escribieron amanuenses extranjeros —o extranjerizados, que es lo mismo— y nos educan maestros educados en esas concepciones antinacionales. Forjamos una cultura netamente vendepatria y la vamos soldando generación a generación. Repetimos lo que nos llega desde los iluminados suelos dueños de la razón. Seamos conservadores o revolucionarios, ateos o religiosos, estamos sometidos a una razón pura que vienen en barcos y aviones a indicarnos qué tenemos que decir, qué tenemos que pensar y qué tenemos que hacer. No pensamos, somos pensados. No hablamos, somos hablamos. Esa es una extraordinaria manera de mantener las aguas calmas para quien quiere subsistir en su dominación silenciosa –a veces no tan silenciosa-. Sucede a nivel individual –somos sujetos sujetados, presos de esas construcciones de verdad que nos penetran desde sofisticados medios- y, para peor, nos sucede a nivel colectivo; somos una semi-colonia que tercamente insiste en negar su condición, que mira con los ojos de una potencia y actúa esperando la venia de los países centrales; somos una semi-colonia estancada que no puede consagrarse como nación. Casi todo el equipaje cultural oficial, eso que está en el proscenio y que es lo que vemos, es una copia de piezas foráneas o creaciones fundadas en esos valores extranjeros. Estamos sometidos a una lógica prestada, porque pensamos desde una razón que no es nuestra. Eso nos lleva a errores tremendos a la hora de concebirnos y concebir el mundo. Eso es lo que llevo a muchas almas nobles y voluntariosas a ponerse en contra de procesos de revolución nacional que, precisamente, lo que querían eran librarnos de la conciencia acartonada que nos ponía de rodillas al extranjero y dejar salir, expresarse libremente, todo eso que estaba en el interior y que podríamos llamar, en una romántica nomenclatura, el ser nacional.

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Comentarios:

Sebastián dijo:

Este artículo es excelente. La frase que habla de la revolución nacional de Egipto me parece (creo) haberla leído de Stalin, escrita antes, obiamente, de ser el ser contrarrevolucionario que fue.

Enviado el 02/12/2009 a las 22:48

Carlos A. Zelada dijo:

“Nacionalistas los hay de todos los tipos. Y no deja de sorprender la distancia que pueden aparecer entre unos y otros. Todos, por lo general, evocan la autonomía nacional.” (...)
“Lo que sí puede ser válidamente argumentado es la existencia del camino hacia la autonomía, que es un camino de búsquedas que no permite atajos. Un camino empedrado porque requiere de decisiones que de seguro no van a conformar a todos y despertarán más de un alarido de bronca.” (...)
“Marx ya lo anunció y mostró que así como los trabajadores son las armas materiales de la filosofía; la filosofía es el arma espiritual de los trabajadores. Y la filosofía no puede realizarse sin la superación del proletariado, y el proletariado no puede superarse sin la realización de la filosofía. Esa es la unión entre teoría y práctica.”  dice Lucas Paulinovich en su muy interesante nota sobre “La izquierda y el ser nacional”


La Sociología “rama del conocimiento que estudia las relaciones humanas, aplicando métodos empíricos”, tiene la inestimable ventaja de poner de relieve las estructuras sociales que conforman un país, pero la Política es la praxis que puede, a través del Poder, dar curso a la vida colectiva y encaminar al grupo humano del que se trate hacia un determinado derrotero.

Decimos esto porque, al separar el campo de acción de cada una, estimamos que la teoría que pudiera emerger de la Sociología solo es un “deber ser” que no necesariamente se dará y, además, tributaria como está de la empiria, su vuelo es como el de la cometa: está sujeto a la realidad con la que no quiere ni puede perder contacto.

Así también, le ocurre a la Política cuando va a la cola de los hechos. Es por eso que la conceptualización se vuelve decisiva, como el báculo donde se apoya la acción política. Los medios, surgidos de la correcta lectura de la realidad son el centro de gravedad de los actos pero el objetivo está mediatizado por la claridad de los conceptos que se tenga de los fines que tiene la Sociedad Política.

La autonomía – común denominador de los nacionalismos—, al parecer, deja una amplia gama de elecciones en su interpretación. No obstante, tal y como ocurre en la vida de cualquier persona, hay cosas imprescindibles, cosas importantes, cosas deseables, cosas secundarias, etc. etc. Esto significa un escalonamiento de los intereses individuales en la vida de una persona tal como hay una gradación de los intereses colectivos en la vida Política que es como decir en la incidencia que tiene la praxis en la vida de los pueblos.
La autonomía, que en el plano económico solía conocérsela como “autarquía”, está enfrentado frontalmente con la naturaleza del mundo contemporáneo. El comercio de infinidad de bienes y aun servicios invalida, en principio, cualquier desideratum de autarquía.  No obstante, no es lo mismo “depender “ de la provisión de whisky que depender de la provisión de energía.
Concientes del ejemplo grueso que damos, para que no se imagine simplemente una ingenuidad, recordemos que hubo alguien con responsabilidades públicas, aquí en la Argentina de no hace muchos años, que tuvo el tupé de decir sin ruborizarse: “Da igual producir caramelos que acero”.

Así siguiendo, tener claro cual es el objetivo de la Sociedad Política – no una definición abstracta propia de manuales escolares sino la sociedad del propio país que no es igual a otras – debería guiar la construcción de lo nacional que, a nuestro juicio claro, debe guiar no solamente el gobierno del que se trate sino también la configuración de la estructura del Estado. Y eso lleva indefectiblemente a conceptualizar la significación del Estado en la vida de la Nación, porque el Estado es la fuente del Poder de donde emanan los derroteros de la vida colectiva de un país. Y no olvidemos que, sobre todas las cosas, todos los seres humanos tenemos ideas distintas que responden a intereses distintos. De ahí la importancia de la Legitimidad de quienes estructurarán eso que llamamos Estado. Y la Legitimidad, en la vida actual, surge de las mayorías que, en el léxico político, llamamos Democracia y qué en plano simbólico llamamos Igualdad.

(sigue en el próximo comentario)

Enviado el 03/12/2009 a las 15:59

Carlos A. Zelada dijo:

(viene del comentario anterior)

“Para los marxistas, los límites de las fronteras no son importantes, lo que importan son solo los límites de clase.”  dice Paulinovich.

El idealismo humanista que late detrás de esa actitud que hace que los nacionalismos sean vistos como una tosquedad propia de gente que no ha evolucionado lo suficiente, demuestra también, visto con malevolencia, que los intereses de clase priman sobre su supuesto humanismo y que, a la postre,  su sentir es la contrapartida del sentir de la denostada oligarquía que mira a los de su clase por encima de la frontera de su patria, y que, en nombre de la excelencia, hace de los humanos un “deber ser” en lugar del doliente humano que nos acompaña en nuestro tránsito por la vida.

Ambas actitudes, la de la oligarquía – como una generalización de cierta disposición anímica –y la de los marxistas, imbuidos de la Fe clasista, conducen irremediablemente al elitismo y, por lo tanto, a la subordinación externa con el pretexto del “conocimiento”,  que niega a las mayorías, una en nombre de la excelencia y otra en nombre del internacionalismo humanista.
Pero ambas menoscabarán, dicho con benevolencia,  los valores de la Democracia que, ciertamente, no es como quiere la Sra. Carrió “el funcionamiento de la instituciones republicanas”, sino el efectivo respeto por la decisión de las mayorías. Para unos y para otros,  el peronismo será solo “populismo”, con el aliento despectivo de quienes creen que la vida de los hombres solo es válida si se vive en Boston pero no en Puerto Príncipe, o como sentía Cortazar, el aliento revolucionario de las masas en La Habana pero no en Plaza de Mayo.

Eso hace que siga vigente el fragmento que transcribimos del artículo de Lucas Paulinovich a propósito del eminente J.J. Hernández Arregui:

“Como sintetiza Hernández Arregui, la casa no se empieza por el techo sino por la base, la base son las masas, y en la Argentina, las masas fueron peronistas. La izquierda no lo entendió así y se vio alineada a las fuerzas sociales más reaccionarias y antinacionales.”

Enviado el 03/12/2009 a las 16:06

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